Entre flechas amarillas
El blog de Antonio Román Sánchez Rodríguez
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jueves, 29 de octubre de 2026
Entre flechas amarillas: Interludios de Athos (III). La primera puerta: lle...
Interludios de Athos (III). La primera puerta: llegada a la Montaña Santa
Desembarcar en Dafni es cruzar una frontera. Hasta ese momento, el Monte Athos había sido una presencia lejana, una geografía cargada de historia y espiritualidad, un nombre que evocaba monasterios suspendidos sobre el mar, campanas que rompen el silencio y hombres que habían elegido vivir apartados del mundo. Pero ahora ya no había distancia. La Montaña Sagrada estaba ahí, delante de mí, y el viaje adquiría otra dimensión.
Dafni es la puerta de entrada. El pequeño puerto recibe a quienes llegan por mar y los introduce en un territorio que obedece a sus propias leyes. El desembarco tiene algo de tránsito entre dos realidades: atrás queda el mundo conocido; delante, un espacio en el que el tiempo parece discurrir de otra manera. Desde allí, una furgoneta transit me llevó hasta Karyes, el centro administrativo y espiritual de la comunidad monástica del Athos. El trayecto me permitió ir tomando contacto con otros peregrinos, con el paisaje interior de la península, con sus caminos, sus bosques y esa sensación de aislamiento que acompaña a todo lo que se encuentra lejos de las prisas del mundo contemporáneo.
Karyes me esperaba. Y, a unos quinientos metros del centro, me esperaba también el lugar donde me alojaría la primera noche: el Skete de San Andrés, dependiente del monasterio de Vatopedi. La presentación debería hacerla antes de las 13.30 horas. Tuve tiempo para pasear por Karyes, fotografiar la iglesia y la sede del gobierno de los monjes y tomar café. Necesitaba aquellas primeras horas para observar, orientarme y empezar a reconocer el lugar en el que me encontraba. Después emprendí el camino hacia San Andrés.
La primera impresión una vez que atravesé la puerta del skete, fue la de encontrarme con su imponente conjunto arquitectónico, el Serai: una iglesia de grandes dimensiones y la Academia Eclesiástica Athonita para jóvenes seminaristas e instructores. San Andrés posee una escala que sorprende en un territorio cuya imagen más habitual está asociada a monasterios recogidos, edificios de piedra, torres defensivas y pequeñas comunidades de monjes entregados a la oración. Aquí, en cambio, la arquitectura se levanta con una grandiosidad que impone respeto.
La iglesia concentró toda mi atención. Me impresionó su tamaño, su presencia y la fuerza con la que ocupaba el espacio. Hay edificios que se contemplan y otros que, de alguna manera, te obligan a detenerte. El templo de San Andrés pertenece a esta segunda categoría. Ante él, la mirada necesita tiempo para abarcarlo, como si sus dimensiones exigieran una pausa antes de que uno pudiera empezar a comprender lo que tenía delante.
Pude entrar en su interior. Más tarde comprobé que no era aquella la iglesia en la que los monjes celebran los oficios a los que los peregrinos podemos asistir. Su visita, por tanto, tenía un carácter distinto. En las celebraciones litúrgicas, quienes no pertenecen a la Iglesia ortodoxa deben respetar las indicaciones que regulan su presencia y ocupar los lugares reservados para los visitantes no ortodoxos, más alejados del iconostasio. También esa disposición forma parte de un orden que el recién llegado debe aprender a reconocer.
En el Athos, la espiritualidad no siempre adopta la forma de lo pequeño y lo austero. A veces también se expresa mediante la grandeza. San Andrés es la muestra de ello. A las 13:30, la hora indicada en el correo, me presenté en el Archontariki -sala de acogida de peregrinos-. La acogida tuvo algo de sencillo ritual: loukoumi y agua, los primeros gestos de hospitalidad antes de las indicaciones prácticas. Después, el arcontaris, comprobó mi diamonitirion, anotó mi nombre en el Libro de Registro del Skete, me asignó una habitación y me explicó las normas de cumplimiento durante la estancia, así como los horarios de los oficios. A partir de ese momento, mi presencia en el skete quedaba sujeta a una organización precisa, con sus tiempos y sus obligaciones. Había llegado.
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