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martes, 4 de agosto de 2026

Entre flechas amarillas: El silencio visible de Athos: caminar por la Monta...

Entre flechas amarillas: El silencio visible de Athos: caminar por la Monta...:     Hay lugares que se recuerdan por sus monumentos, otros por sus paisajes y unos pocos por una sensación difícil de explicar. Athos perten...

El silencio visible de Athos: caminar por la Montaña Sagrada

 

  Hay lugares que se recuerdan por sus monumentos, otros por sus paisajes y unos pocos por una sensación difícil de explicar. Athos pertenece a esta última categoría. La Montaña Sagrada, aislada entre el bosque y el mar Egeo, no impresiona solo por sus monasterios centenarios, sino por una forma de silencio que parece envolverlo todo. No es ausencia de sonidos: es una presencia que modifica la manera de caminar, de mirar  y de percibir el tiempo.

  Hay lugares donde el silencio no es ausencia de sonido, sino una forma de presencia. Athos pertenece a esa rara geografía. La Montaña Sagrada se adentra en el mar Egeo como una península separada del tiempo, y desde el primer momento uno tiene la sensación de que allí el mundo habla en voz más baja.

  No es un silencio absoluto. Se escuchan el roce del viento en los pinos y el canto lejano de algún pájaro oculto entre los castaños. Pero todos esos sonidos forman parte de una quietud más profunda, una especie de respiración del paisaje. El silencio, en Athos, se vuelve visible.

  Caminas con otra percepción del movimiento. Los senderos de la península no están hechos para la prisa. Suben y descienden entre bosques densos, bordean barrancos, atraviesan pequeños puentes de piedra y conectan monasterios que parecen suspendidos entre la roca y el mar. Caminar allí modifica la percepción del tiempo. Después de unas horas desaparece la costumbre de medir la distancia en kilómetros; empieza a medirse en respiraciones, en cambios de luz, en el olor de la tierra húmeda. Cada recodo del sendero ofrece una nueva relación entre la montaña y el Egeo: a veces el mar aparece de repente entre los árboles como una lámina azul inmóvil; otras veces desaparece por completo y solo queda el bosque.

  Esa alternancia crea una sensación extraña de aislamiento y apertura simultáneos. El bosque recoge la mirada hacia dentro; el mar la devuelve hacia el horizonte. El bosque escucha. La verdadera experiencia de Athos comienza cuando el bosque deja de ser un paisaje y se convierte en una presencia. Los grandes castaños filtran la luz y los pinos desprenden un olor que cambia con la temperatura de la mañana y de la tarde. Percibes que el silencio parece apoyarse físicamente sobre los troncos, como si la montaña hubiese aprendido a conservar siglos de oración y de soledad.

 Lo más sorprendente es que el bosque no produce sensación de vacío. Al contrario: transmite una densidad difícil de explicar. Uno tiene la impresión de que cada claro de luz contiene algo que no necesita ser nombrado. Esa fue la sensación que me llevé, pese a que dediqué casi todo mi tiempo de estancia a participar de la vida en los monasterios. En Athos, el sonido no se escucha, se siente. Los gallos no cantan al amanecer, ni los perros ladran (1); y los peregrinos no hablan en voz alta, incluso toman ese café en Karyes mientras esperan el transporte a Dafni en silencio. Ni siquiera el conductor del vehículo mientras te va acomodando en tu asiento, rompe ese silencio.

  El diamonitirion también permite en ciertas épocas del año, usarlo para ascender al Monte Athos. Yo no ascendí al Monte Athos. Sin embargo, en el barco de regreso a Ouranópoli coincidí con un peregrino rumano que había trabajado muchos años en España. Mientras me enseñaba las fotografías de la cumbre, comprendí algo esencial: la montaña no se conquista, sino que va despojando poco a poco al caminante de todo lo superfluo. A medida que se gana altura, el bosque se vuelve más escaso. Los árboles quedan atrás y aparece una montaña austera, de piedra y viento. El esfuerzo físico obliga a concentrarse únicamente en el siguiente paso. Esa simplicidad que es común a la de cualquier escalada a pie de cualquier montaña es liberadora: desaparecen las preocupaciones cotidianas y solo permanecen la respiración, el ritmo de las piernas y la luz creciente del amanecer. En Athos no existe un espacio verdaderamente profano. Todo parece participar de una misma dimensión sagrada, como habría señalado Mircea Eliade, esa es la diferencia esencial con cualquier ruta, sendero o ascensión en cualquier otro lugar y esa conciencia de lo pequeño que es uno cuando estás en la cumbre, te hace sentirte fusionado como si de una hierofanía se tratase. Viendo las fotos que me enseñó el rumano, comprendí toda la experiencia que él había vivido.

  En Athos, el bosque y el Egeo forman dos modos diferentes de silencio. El bosque es un silencio interior, recogido, vertical. El mar es un silencio abierto, horizontal, infinito. Entre ambos se mueve el peregrino, como si transitara entre dos estados de la conciencia.

  Quizá esa sea la singularidad de la Montaña Sagrada: no obliga a elegir entre la contemplación de la naturaleza y la búsqueda espiritual. Ambas aparecen unidas en la experiencia física del paisaje. Los monasterios, la roca y el Egeo permanecen en la memoria como imágenes poderosas. Pero lo que realmente sobrevive al viaje es una modificación de la atención. Athos enseña que el silencio no consiste en que el mundo calle, sino en aprender a percibir lo que normalmente queda oculto bajo su estrépito.

   Aquella conversación me hizo entender que el silencio visible de Athos no pertenece únicamente a sus bosques, a sus senderos o a su cumbre. También aparece en las personas que regresan de allí con una forma distinta de mirar, por eso, no abandonas Athos cuando ha concluido tu permiso de estancia de tres días, sino que lo que abandonas es una manera de estar en el mundo.

  Cuando el barco abandona Dafni y la silueta de Athos comienza a desvanecerse en el horizonte, uno comprende que el verdadero viaje no termina allí. Los monasterios, los bosques y el Egeo permanecen en la memoria, pero lo que realmente perdura es una alteración de la atención. Athos enseña que el silencio no consiste en que el mundo deje de emitir sonidos, sino en aprender a escuchar aquello que normalmente queda sepultado bajo el ruido cotidiano. Quizá por eso nadie abandona del todo la Montaña Sagrada: lo que queda atrás no es solo un lugar, sino una manera distinta de estar en el mundo.

(1) El avaton también se aplica tradicionalmente a los animales domésticos. Los gatos constituyen la excepción más visible, probablemente por su utilidad para controlar los ratones en los monasterios. De forma ocasional pueden verse perros machos acompañando a trabajadores de la Montaña Sagrada en tareas de mantenimiento, construcción de caminos u obras relacionadas con los tendidos eléctricos.


lunes, 3 de agosto de 2026