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domingo, 5 de abril de 2026

Entre flechas amarillas: Simago: memoria de un cambio en Puertollano

Entre flechas amarillas: Simago: memoria de un cambio en Puertollano:    Hubo un tiempo en que en Puertollano comprar no era elegir, sino pertenecer.   Se compraba donde correspondía: en el economato de la empr...

Simago: memoria de un cambio en Puertollano


   Hubo un tiempo en que en Puertollano comprar no era elegir, sino pertenecer.
  Se compraba donde correspondía: en el economato de la empresa, en la tienda de siempre, en el mercado donde se pedía la vez y se fiaba la confianza. Todo tenía su sitio, su olor y su orden.

  Y entonces, un día de diciembre de 1966, las puertas de Simago se abrieron en el Paseo de San Gregorio, y sin que nadie lo anunciara como tal, empezó otra forma de vivir la ciudad. No fue solo un supermercado: fue la entrada silenciosa a una manera distinta de mirar, de elegir y de consumir.

  Al auge minero de Puertollano se sumó la Empresa Nacional Calvo Sotelo de combustibles, líquidos y lubricantes en 1942 con sus sucesivas ampliaciones en 1959 de la fábrica de abonos nitrogenados, y en 1966 con el gran complejo petroquímico y de refinería. Puertollano tenía mucha vida. El Poblado de Puertollano tuvo su hermano gemelo en el Poblado de Repesa de Cartagena, y según Pérez Reverte, fueron y en gran medida Puertollano como ciudad lo sigue siendo, un experimento sociológico.

  La Calvo Sotelo abrió un Economato en 1943 y en 1947 ya tenía unos 5.500 beneficiarios entre trabajadores y familias, es decir, aparece al mismo tiempo que la implantación industrial de la empresa en la ciudad, siendo uno de los primeros equipamientos básicos del complejo. Está al mismo nivel de creación de escuelas (1.945), la iglesia (1.948) e instalaciones deportivas. Es decir, un diseño de vida y abastecimiento controlado de poblado industrial. El economato cumplía varias funciones simultáneas: abastecimiento en un contexto de escasez -España estaba en plena autarquía con un mercado intervenido-, garantizaba el suministro, y con unos precios más bajos que en el mercado general, servía como complemento real al sueldo -salario diferido-. Su acceso solo a los trabajadores reforzaba la dependencia de la empresa y generaba identidad de grupo y pertencencia al Poblao.

  El 17 de junio de 1.957 se inauguró el Mercado Municipal de Abastos respondiendo al vertiginoso crecimiento demográfico de Puertollano centrado en la minería y la industria química que desbordó las infraestructuras de comercialización de alimentos de la época. El mercado centralizó, ordenó y mejoró la higiene del suministro y se centró en la venta de productos perecederos, regulando precios.

  Puertollano también dispuso en los años 50, del Economato de la Sociedad Minera de Peñarroya, el SMMP que funcionó de manera similar y con la misma filosofía que el del Poblado. Estuvo ubicado en el Paseo de San Gregorio, y lo llamábamos El Colomato.

  Puertollano disponía pues de un modelo consolidado donde el acto de comprar llevaba más de veinte años funcionando, pero no era libre, sino dirigido, cuando SIMAGO abrió sus puertas en la ciudad el 1 de diciembre de 1.966. Fue sin duda alguna el primer supermercado moderno de la ciudad, y pese a que en la actualidad está integrado en la cadena Carrefour Market, los puertollaneros lo seguimos llamando Simago.

 En 1.966 Puertollano era una locomotora de crecimiento industrial y demográfico, con clase trabajadora urbana que demandaba un consumo moderno. Fue su primera gran superficie local con acceso desde la calle Aduana y el Paseo de San Gregorio, y su novum fue transformar a una ciudad acostumbrada al comercio tradicional en otra que se adaptó al cambio de paradigma. La cadena se fundó en 1.960 con una mezcla de supermercado más bazar, política de precios bajos y de autoservicio, es decir, y para la época, algo asombroso, sin que se despachara detrás de un mostrador. El acto conllevaba coger los productos sin dependiente, hacer cola en caja y recorrer pasillos con el bolso de la compra o el carro, es decir el modelo actual, pero en Puertollano se impuso mucho antes que en otros pueblos y ciudades. Además acabó con el regateo y la incertidumbre de los precios y creó la moda de ir a ver lo que había, sirviendo de punto de encuentro ciudadano. Simago nos empezó de alguna manera a hacernos sentir cosmopolitas, y caminar de regreso a casa con la bolsa de plástico amarilla con el logotipo de Simago, era todo un ritual. Para los habitantes de los barrios periféricos era señal inequícova de que habían ido al centro. Además catalizó el empleo femenino en puestos de cajeras y reponedoras y transformó socialmente a la ciudad. En resumen, el comercio de los economatos restringidos de las empresas, dió paso a un modelo  de libre acceso a los clientes.

  Simago congrebaba a los pueblos de la comarca: Almodóvar, Argamasilla, Hinojosas...que llegaban en aquellos autobuses de línea que tenían paradas en los bares del Paseo que servían igualmente de sala de espera tomando el  cafelito o la caña. Eran tiempos en que los camiones circulaban por todo el centro en dirección al Complejo Petroquímico -la variante del Minero tardó bastantes años en hacerse- y en los que la foto del Paseo era la del guardia municipal dirigiendo al tráfico y a los peatones en aquella rotonda arcaica en la confluencia del Gran Teatro, la calle Aduana y la calle Ricardo Cabañero.

  El Mercado de Abastos y las tiendas de ultrarinos mantuvieron la fórmula del contacto directo donde se pedía la vez, a veces se compraba de fiao, se compraba a granel y se intercambiaban los cascos de las botellas de cerveza, leche, gaseosa La Casera y los sifones de agua con gas. Las tiendas tenían sus olores, la de la tienda de Colado por ejemplo, el de las sardinas de cuba y el pimentón, y el Mercado,  el olor característico del pescado fresco y las hortalizas. Simago en cambio, era la asepsia olfativa pero en cambio te brindaba la estimulación visual y el consumo. Para los chiquillos, al no disponer el centro de escaleras mecánicas, la diversión consistía en acceder por el Paseo y salir por la calle Aduana recorriendo sus pasillos, era una especie de diversión más que un  atajo -los pasajes comerciales llegaron más tarde-.

 El comercio tradicional también aprendió a convivir con Simago, aún recuerdo las advertencias de nuestras madres cuando nos mandaban a algún recado a las tiendas tradicionales como la de la familia Agudo en la Plaza Pepe Hía -Plaza de la Constitución- con la advertencia severa de que no volviéramos sin los cupones de Valispar, el marketing de la época  que consistía en fidelizar clientes en el comercio tradicional pegando sellos en unas cartillas con las que se obtenían regalos incluidos en un catálogo.

  De alguna manera, apreciábamos el contraste de la compra de un cuarto de membrillo y el intercambio de la botella de La Casera en una tienda en la que te conocían y sabían quienes eran tus padres con el recorrido anónimo por Simago, curioseando en sus estanterías.

  Con el tiempo, el nombre cambió y llegaron otras marcas, pero para muchos el lugar sigue siendo el mismo. Porque más allá de lo que se compraba, lo que quedó fue la experiencia: ese tránsito casi imperceptible entre un mundo donde todo estaba pautado y otro donde empezábamos a elegir.

  Quizá por eso, aún hoy, cuando alguien dice voy al Simago, no está nombrando un supermercado. Está nombrando una época. Una ciudad que crecía, unos niños que miraban los estantes como si fueran escaparates del mundo, y una bolsa amarilla que, camino de casa, llevaba dentro algo más que la compra: llevaba la sensación de que Puertollano, por fin, se parecía un poco más a todo lo demás.