Entre flechas amarillas
El blog de Antonio Román Sánchez Rodríguez
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domingo, 10 de mayo de 2026
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Entre María Auxiliadora y la Asunción: la educación religiosa en Puertollano
Basílica de María Auxiliadora de Turín
Durante buena parte del siglo XX, la educación religiosa en Puertollano quedó marcada por dos nombres propios que todavía hoy forman parte de la memoria colectiva de la ciudad: Salesianos y María Inmaculada. Más allá de su función educativa, ambos colegios terminaron convirtiéndose en pequeños universos sociales con identidades muy distintas y profundamente ligadas a la evolución urbana, industrial y humana de Puertollano.
La historia de la educación en Puertollano no se puede entender sin dos instituciones que han moldeado la formación y el futuro laboral de sus ciudadanos durante décadas. Situados en dos puntos estratégicos de la ciudad, Salesianos y el Colegio María Inmaculada representan mucho más que aulas; son también centros de identidad local.
Los dos centros presentan además un contraste interesante. Por un lado, Salesianos Puertollano representa el modelo salesiano clásico de Don Bosco: juventud, deporte, asociacionismo, barrio, parroquia y una vida comunitaria masculina que más tarde evolucionó hacia la coeducación. Se instaló oficialmente en nuestra ciudad en 1953 y construyó alrededor del colegio todo un ecosistema social y religioso: parroquia, scouts, centro juvenil, asociaciones y deporte.
Por otro lado, el Colegio María Inmaculada tiene un origen más ligado a la educación femenina, la acción social y la presencia de las Hijas de la Caridad en el centro histórico, junto a la Plaza de la Asunción. Nació en los años cuarenta por petición directa de las familias.
En cierto sentido, Salesianos dotó a la ciudad de una identidad obrera, juvenil y deportiva, además de contribuir a la formación de trabajadores cualificados para la industria local. María Inmaculada, por su parte, quedó más vinculado a una tradición académica y asistencial muy ligada al casco urbano tradicional.
Ambos centros han sobrevivido a los cambios de Puertollano, al auge minero e industrial y a las transformaciones sociales de los años setenta y ochenta. Con la caída demográfica, también tuvieron que reinventarse. María Inmaculada pasó de ser exclusivamente femenino a mixto en 1987, mientras que Salesianos hizo lo propio manteniendo una identidad fácilmente reconocible.
Yo no fui alumno de Salesianos ni del María Inmaculada, pero como muchos niños de Puertollano sí pasé parte de mi infancia dentro del universo salesiano. Los fines de semana acudíamos a la catequesis y antes de entrar era casi obligatorio pasar por los quioscos del Paseo para comprar regaliz y jobitos, aquel maíz frito que consumíamos entre clase y clase. Curiosamente, no comprábamos pipas; había una conciencia bastante asumida de que las instalaciones debían mantenerse limpias.
Aunque en aquellos años la formación religiosa ya formaba parte obligatoria de la enseñanza escolar, muchos padres seguían queriendo que sus hijos acudieran a la catequesis salesiana. No era solo una cuestión religiosa. Allí socializábamos, hacíamos amigos y disfrutábamos de unas instalaciones —cine, pistas deportivas, piscina de verano— de las que muchos barrios y familias carecían entonces.
Para muchos chavales de la ciudad, incluso sin estudiar allí, Salesianos terminó convirtiéndose también en un espacio de encuentro, ocio y convivencia.
Con el paso del tiempo, aquel modelo de colegio casi autosuficiente fue cambiando junto a la propia ciudad. La secularización, la caída de población y las nuevas formas de ocio hicieron desaparecer parte de aquel mundo de catequesis masivas, cine de fin de semana y patios siempre llenos. Sin embargo, tanto Salesianos como María Inmaculada han conseguido mantener algo esencial de su carácter original.
Salesianos continúa muy vinculado a la formación técnica y profesional, conservando esa mezcla de colegio, parroquia y espacio comunitario que durante décadas definió a buena parte de la juventud puertollanense. María Inmaculada, por su parte, mantiene una identidad más centrada en el acompañamiento educativo, la cercanía y la tradición académica heredada de las Hijas de la Caridad.
Probablemente hoy ambos centros ya no ocupan en la ciudad el mismo lugar casi total que tuvieron durante buena parte del siglo XX. Pero siguen formando parte de la memoria colectiva de Puertollano. Basta mencionar cualquiera de los dos nombres para que aparezcan inmediatamente recuerdos, generaciones y maneras distintas de entender la educación.
Porque, al final, durante décadas muchos vecinos crecieron —de una forma u otra— entre María Auxiliadora y la Asunción.
También existía entonces una percepción bastante extendida entre muchas familias de Puertollano: Salesianos y María Inmaculada eran colegios especialmente adecuados para alumnos que no terminaban de adaptarse al modelo académico más competitivo de la época. Eran años en los que el sistema educativo todavía valoraba más la excelencia entendida como selección que la integración o el acompañamiento individual.
En muchos casos, más que buscar expedientes brillantes, las familias buscaban entornos donde hubiese cercanía, disciplina, seguimiento personal y cierta sensación de comunidad. Y probablemente ahí ambos centros encontraron parte de su verdadera función social dentro de la ciudad.
Con el tiempo, el propio concepto de educación fue cambiando. Hoy términos como inclusión, atención a la diversidad o acompañamiento emocional forman parte habitual del discurso educativo, algo mucho menos presente en aquellas décadas. Sin embargo, precisamente esa capacidad de cercanía personal —más visible en unos centros que en otros— explica en parte por qué Salesianos y María Inmaculada han conseguido mantener su espacio dentro de Puertollano hasta nuestros días.
Hoy Puertollano es una ciudad muy distinta a la que vio crecer aquellas generaciones de patios llenos, catequesis multitudinarias y colegios casi autosuficientes. Sin embargo, Salesianos y María Inmaculada siguen ocupando un lugar reconocible dentro de la memoria sentimental de la ciudad.
Quizá porque ambos representan dos maneras distintas —aunque complementarias— de entender la educación, la convivencia y el papel social de la escuela en una ciudad obrera e industrial.
Metafóricamente, durante décadas, buena parte de la comunidad escolar de Puertollano creció entre dos campanas: la de María Auxiliadora y la de la Asunción.
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