Entre flechas amarillas
El blog de Antonio Román Sánchez Rodríguez
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lunes, 2 de noviembre de 2026
Entre flechas amarillas: Interludios de Athos (IV). La noche: tres monaster...
Interludios de Athos (IV). La noche: tres monasterios, tres formas de habitar el silencio
Hay lugares que se conocen caminando y otros como lo numinoso envuelto en el misterio, se te des-velan cuando cae la noche. El Monte Athos es uno de ellos. Durante el día, el peregrino visualiza caminos, los distintos espacios de los monasterios, y el movimiento de los monjes. Pero cuando la luz desaparece, el paisaje cambia y también cambia la manera de estar en él. El mundo exterior parece alejarse y uno empieza a percibir que ha entrado en un territorio donde el tiempo se mide de otra forma.
Pasé tres noches en el Athos, en tres monasterios diferentes. San Andrés, Vatopedi e Iviron. Tres lugares, tres habitaciones y tres maneras distintas de acercarme a la vida que transcurre detrás de aquellos muros. La primera fue en el Skete de San Andrés. Era también mi primera noche dentro de aquel universo monástico. Después del viaje, del barco y de la llegada, tocaba detenerse. Tenía una habitación individual, un espacio propio desde el que empezar a familiarizarme con aquella nueva realidad. La experiencia de dormir en un monasterio tenía algo de extraño. No por las condiciones, sino por lo que representaba. Afuera quedaba el mundo del que venía; dentro, otro ritmo, otras costumbres y una forma de vida que llevaba siglos resistiendo al paso del tiempo.
La primera noche fue el descubrimiento del silencio, no sentía la ausencia de actividad ni de ruido, sino una parte esencial de la vida en Athos. La segunda noche fue en Vatopedi y la experiencia cambió considerablemente. Esta vez compartí dormitorio con otras seis personas. Después de la intimidad de San Andrés, el espacio común introducía otra dimensión de la estancia. Vatopedi era, de los tres monasterios en los que me alojé, el mejor equipado. La organización y las instalaciones mostraban una infraestructura preparada para recibir visitantes. Incluso había máquinas de café, una sala para charlar con otros peregrinos y ascensores para subir a los dormitorios. Puede parecer un detalle menor, pero me llamó la atención. En medio de aquel mundo que asociamos inevitablemente con la austeridad, aparecían pequeños elementos de nuestra vida cotidiana. El Athos no era un escenario detenido en el pasado. Seguía siendo un lugar habitado, organizado y adaptado, también, a las necesidades de quienes llegábamos de fuera.
La tercera noche llegué a Iviron. Allí volví a tener una habitación individual, pero había algo que la hacía diferente de las anteriores. Las vistas. El mar se extendía frente a mí y, en el horizonte, el propio Monte Athos componía una imagen difícil de olvidar. Era uno de esos paisajes ante los que uno no siente la necesidad de buscar palabras inmediatamente. Bastaba con mirar. Después de San Andrés y Vatopedi, Iviron parecía ofrecerme otra manera de permanecer en aquel territorio. La habitación, la amplitud del paisaje y la presencia constante del mar invitaban a detenerse. Ya no era únicamente la curiosidad del recién llegado ni la experiencia de compartir un espacio con otros viajeros. Había empezado a familiarizarme con el ritmo del lugar. El Athos dejaba de ser algo que estaba descubriendo para convertirse, poco a poco, en un espacio en el que estaba aprendiendo a estar. Generaciones enteras habían habitado aquellos monasterios mientras, al otro lado del mar, el mundo cambiaba de manera incesante.
Tres noches no bastaban, naturalmente, para interiorizar todo aquello. Pero sí permitían experimentar algo que durante el día, quedaba necesariamente en segundo plano: la continuidad de una vida que no dependía de la presencia del visitante. Me di cuenta de que mis tres noches habían sido distintas porque también lo habían sido los lugares y las circunstancias. La primera, la del descubrimiento. La segunda, la de la convivencia. La tercera, la de la contemplación. No había buscado esas diferencias, simplemente habían sido el resultado casual de mi aceptación como peregrino en cada monasterio. Aunque también pienso en que ese orden tuvo más de intervención de la Theotokos que del azar.
Quizá por eso, cuando pienso en las noches del Monte Athos, no recuerdo una única experiencia. Recuerdo tres habitaciones, tres monasterios y tres maneras de cerrar los ojos en un lugar que parecía vivir ajeno a nuestras prisas. Y recuerdo, sobre todo, aquella sensación de estar lejos de todo sin sentirme completamente fuera del mundo. Porque el Athos no está vacío de vida. Al contrario. Está lleno de una vida distinta, que transcurre mientras nosotros seguimos midiendo el tiempo con otros relojes.
Tres noches no bastaban, naturalmente, para interiorizar todo aquello. Pero sí me habían permitido experimentar algo que durante el día quedaba necesariamente en segundo plano: la continuidad de una vida que no dependía de la presencia del visitante. Con el paso de los días comprendí que mis tres noches habían sido distintas porque también lo habían sido los lugares y las circunstancias. La primera, la del descubrimiento. La segunda, la de la convivencia. La tercera, la de la contemplación. No había buscado esas diferencias; simplemente habían surgido de las circunstancias de mi estancia en cada monasterio. Aunque, mirando atrás, me cuesta no pensar que en aquel orden hubo más intervención de la Theotokos que del azar.
Quizá por eso, cuando pienso en las noches del Monte Athos, no recuerdo una única experiencia. Recuerdo tres habitaciones, tres monasterios y tres maneras de cerrar los ojos en un lugar que parecía vivir ajeno a mi vida cotidiana. Y recuerdo, sobre todo, aquella sensación de estar lejos de todo sin sentirme completamente fuera de este mundo. Porque el Athos no está vacío de vida. Al contrario. Está lleno de una vida distinta, que al igual que a nuestro corazón, lo que realmente le importa es por quién late y no cómo late.
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