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viernes, 29 de mayo de 2026

Entre flechas amarillas: Puertollano: filosofía de barras y tapas

Entre flechas amarillas: Puertollano: filosofía de barras y tapas:    El término estética suele asociarse en el lenguaje cotidiano a lo bello, mientras que en filosofía remite tanto a la percepción sensible ...

Puertollano: filosofía de barras y tapas

  El término estética suele asociarse en el lenguaje cotidiano a lo bello, mientras que en filosofía remite tanto a la percepción sensible como a la reflexión sobre el arte y la belleza. Más allá de las discusiones teóricas —e incluso de la afirmación de Mario Bunge, quien sostenía que la estética no constituye una disciplina sino una acumulación de opiniones—, cabe formular una pregunta aparentemente sencilla: ¿tiene estética el tapeo en Puertollano?

  El término estética en lenguaje coloquial alude a lo bello, en filosofía podemos hablar de tres ramificaciones: como esencia y percepción de la belleza, como una teoría del arte o como un estudio de la percepción tanto sensorial como racional. En este sentido, más allá de la afirmación de Mario Bunge quien sostiene que la estética no puede constituir una disciplina sino una mera acumulación de opiniones, plantearemos la siguiente pregunta: ¿Tiene estética el tapeo en Puertollano? La pregunta puede parecer extraña o incluso exagerada: ¿Puede haber belleza filosófica en algo tan cotidiano como enlazar bares, compartir una tapa o alargar una conversación apoyados en una barra?

   Algunas costumbres populares contienen una manera de entender la vida mucho más profunda de lo que aparentan. Igual que la siesta no es absolutamente descanso, el tapeo tampoco consiste unicamente en comer o beber. Ambos forman parte de una cultura del tiempo, de una forma de habitar el día y de relacionarnos con los demás.

  

  En ciudades como Puertollano, el tapeo pertenece a la respiración misma de la vida cotidiana. No aparece como un acontecimiento excepcional ni como un reclamo turístico, sino como una costumbre casi natural, incorporada al ritmo de las semanas y de las generaciones. Hay algo profundamente humano en ese desplazamiento lento de un bar a otro, en las calles recorridas tantas veces, en la ronda improvisada que nunca parece tener demasiada prisa por terminar. El tapeo posee incluso una cierta coreografía: alguien propone el siguiente bar, otro pide la ronda, las conversaciones se entrecruzan mientras los camareros reconocen rostros y rutinas. Todo sucede con una naturalidad tan repetida que apenas advertimos la pequeña liturgia social que se está produciendo.

  El término estética deriva del griego aesthesis, que podríamos traducir como sensibilidad, y de tekné, comúnmente traducido como técnica o arte. En sentido etimológico, significaría arte o técnica de la sensibilidad, es decir, una especie de conocimiento práctico de la sensibilidad. Según Kant, la actividad del espíritu tiene tres niveles: sensibilidad, entendimiento y razón, pero a partir de Hegel  uno de los sentidos que debemos conceder a su sentencia sobre la muerte del arte, es el hecho de que el arte ya no puede proporcionar por sí solo satisfacción a nuestras necesidades más elevadas y necesita apoyarse en la ciencia. En consecuencia, si solo podemos centrarnos en la dimensión sensorial, podemos afirmar que el tapeo puertollanero tiene estética y que dota de un nuevo significado al acto de comer, con sus derivaciones lingüísticas y filosóficas respectivas de picotear. En otras palabras, que tapear en Puertollano, tiene mucho arte y que nos convierte en poetas improvisados habida cuenta de que el tapeo y la poesía, parafraseando a Ortega y Gasset, son formas de eludir el momento cotidiano de la vida. 

 En España, las ciudades se dividen en dos categorías invisibles: aquellas donde la tapa llega con la cerveza o el vino sin que nadie la pida, y aquellas donde aparece en la cuenta como un concepto aparte. La diferencia parece menor, pero encierra dos maneras de entender la barra del bar. En Puertollano, la tapa sigue formando parte del precio, como una herencia de su pasado obrero y minero, de generaciones acostumbradas a compartir mesa, conversación y sustento sin cálculos excesivos. Frente a ello, existe una cultura más burguesa del bar, donde cada consumición se descompone en partidas y cada bocado tiene su precio. La tapa gratuita no es solo una cortesía: es la huella de una forma de vida.

 Tal vez por eso los bares ocupan un lugar tan importante en la memoria sentimental de Puertollano. Muchos recuerdos no se conservan únicamente en plazas o edificios, sino en nombres concretos de bares, en terrazas determinadas, en barras donde se repitieron conversaciones durante décadas. Lugares como Nemesio, El Seco, no forman solo parte del paisaje urbano; forman parte también de la biografía emocional de mucha gente. En ellos permanece algo de la historia obrera de la ciudad, de las amistades construidas lentamente, de las generaciones que aprendieron allí a conversar, discutir, celebrar o simplemente dejar pasar el tiempo.

  Existe además una belleza particular en todo ello: una belleza que no suele aparecer en las postales ni en los discursos oficiales sobre las ciudades. No es la estética monumental de los grandes centros históricos, sino una estética humilde y cotidiana hecha de voces, de ruido de platos, de cañas compartidas y de calles recorridas sin objetivo urgente. Hay ciudades cuya verdadera belleza no reside tanto en sus monumentos como en sus costumbres. Y quizá Puertollano pertenezca precisamente a esa categoría de lugares donde la vida cotidiana construye una forma silenciosa de belleza colectiva.

  En el fondo, el tapeo al igual que la siesta comparten algo esencial: ambos representan una resistencia discreta frente a la aceleración contemporánea. En una época dominada por la productividad constante, las prisas y el aislamiento individual, detenerse para conversar durante horas o para interrumpir el ritmo del día adquiere casi un valor filosófico. Son prácticas que recuerdan que el tiempo humano no puede reducirse únicamente a rendimiento y eficacia. Hay también un tiempo para la pausa, para la conversación inútil en el mejor sentido de la palabra, para la presencia compartida.

 Quizá por eso el tapeo conserva todavía algo profundamente civilizador. Mientras existan barras llenas, amigos enlazando un bar con otro y conversaciones que se prolongan más de lo previsto, seguirá existiendo una manera humana de vivir el tiempo. Tal vez ahí resida, finalmente, la verdadera estética del tapeo puertollanero: en recordarnos que la vida no solo se trabaja; también se conversa.

 Ortega y Gasset sostenía que la filosofía española no debía buscarse únicamente en los sistemas abstractos, sino también en nuestra manera de vivir. En ese sentido, ciudades como Puertollano contienen una filosofía cotidiana hecha de barras, calles recorridas lentamente, tapas compartidas y conversaciones sin prisa. Una filosofía popular y silenciosa que no suele escribirse en tratados, pero que permanece viva en la experiencia común de quienes todavía entienden que convivir también es una forma de pensamiento.


jueves, 28 de mayo de 2026