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martes, 14 de abril de 2026

Entre flechas amarillas: Salones recreativos y Hogar de la OJE en Puertolla...

Entre flechas amarillas: Salones recreativos y Hogar de la OJE en Puertolla...:     En el Puertollano de los años sesenta y setenta, en una España todavía contenida pero ya en movimiento, hubo espacios humildes donde, si...

Salones recreativos y Hogar de la OJE en Puertollano: amistad, memoria y el germen de la Transición

 


  En el Puertollano de los años sesenta y setenta, en una España todavía contenida pero ya en movimiento, hubo espacios humildes donde, sin darnos cuenta, empezábamos a vivir de otra manera. Entre salones recreativos y las estancias del Hogar de la OJE, se fue tejiendo una forma de convivencia que no figuraba en ningún programa oficial: una educación sentimental hecha de juegos, música, complicidades y descubrimientos compartidos. Aquellos lugares, aparentemente menores, fueron en realidad escenarios donde se ensayaba una libertad discreta y donde la amistad —la verdadera, la que se construye en el trato cotidiano— comenzaba a tomar forma.

Colegio Ramón y Cajal. Fuente Portus Planus

  En el Puertollano de los años sesenta y setenta, cuando el país aún caminaba con paso vigilado hacia el final de una época, hubo lugares discretos donde empezábamos, casi sin saberlo, a ensayar la libertad. Los salones recreativos no eran solo refugio del tedio ni excusa para escapar del colegio en aquellas mañanas de hacer toros -absentismo escolar-; eran también territorio propio, un espacio donde mezclábamos edades, descubríamos códigos y aprendíamos a estar con los otros sin demasiadas consignas.

 El Hogar de la OJE de la calle Benéfica, pensado para formar según los moldes del régimen, acabó siendo para muchos de nosotros un lugar ambiguo y fértil: un refugio inesperado donde crecer a nuestra manera. Allí aprendimos a jugar al ajedrez, veíamos películas mudas de El Gordo y El Flaco en la pequeña sala de cine, y en sus salas improvisadas como pequeñas discotecas, los guateques trajeron algo más que música: dieron a las chicas un espacio propio y a todos nosotros la posibilidad de mirarnos de otra forma, menos vigilada, más libre. Nuestra formación primaria estaba diferenciada por sexos y hasta que no llegamos al Instituto, no compartimos aulas chicos y chicas.

 Pero hay que dar  un breve repaso de los salones recreativos de los que dispuso Puertollano. Creo que el primero fue el Coimbra ubicado en la calle Aduana, al que siguieron el Salón Moderno de la calle Juan Bravo, los Llopis en la avenida 1º de Mayo, y los Espada y Morales en el Paseo de San Gregorio. Puede que alguno más. Entre sus sonidos característicos el las máquinas de bolas acompañadas del golpeteo de manos para cambiar su trayectoria y evitar que se colara por el centro, y el de aquellas gramolas en las que se seleccionaba una canción previo pago con una moneda de duro de la época. A esos sonidos, los inconfundibles del taco de billar, el de las bolas de ping pong en las mesas de juego y el de los futbolines. Sonidos inconfundibles en tiempos de cambio pobretes pero alegretes como diría Vázquez Montalbán, y miradas atentas a los jugadores más aventajados como técnica de pasatiempo que conllevaba una endoculturación  en un modelo de vida social totalmente offline.

 El Hogar de la OJE lo frecuentaban también algunos profesores que nos sacaban los colores cuando hacíamos toros, pero jamás recuerdo ninguna reprimenda, creo que eran conscientes de la importancia de esa vida cotidiana que significaba apertura del régimen. El personaje sin duda más entrañable y querido era Carmelo, que controlaba los tiempos asignados para los futbolines, el billar y el ping pong. Se acompañaba siempre de su libreta en la que anotaba los tiempos y los turnos, y era inconfundible por su carácter bonachón, sus patillas en forma de hacha, sus chascarrillos cuando nos tenía que llamar la atención y su paternalismo. Siempre le preguntábamos impacientes, ¿cuánto falta para una mesa?

  El Hogar de la OJE disponía de distintas plantas, en la más alta, la de las mesas de ping pong, y descendiendo, la de los billares y futbolines. En la planta baja, la sala de cine y la discoteca abierta los sábados y domingos con un pequeño bar. En el tocata de la sala de baile,  la música romántica italiana era la preferida para bailar con las chicas, y naturalmente se establecía un juego seductor muy sano, veníamos de un modelo educativo diferenciado por sexos, y aquellos bailes -con las canciones de Adamo- eran dinamita: pequeños ritos de paso adolescentes en los que, entre miradas y torpezas, empezábamos también a aprender otra forma de relación. 

  Con el tiempo he llegado a pensar que allí se fraguaba algo más profundo: una forma de amistad que iba más allá del simple entretenimiento. Sin saberlo, nos acercábamos a esa idea clásica de la amistad en el sentido que le dió Aristóteles en su Ética a Nicómaco, como vínculo que se construye en la convivencia, en el reconocimiento mutuo y en una cierta lealtad callada. No era solo pasar el rato: era aprender a estar juntos, a respetar turnos, a medirnos sin rompernos, a compartir un mundo que empezaba a ser nuestro.

  Visto con la distancia del tiempo, cuesta no pensar que en aquellos espacios -entre el ruido de las bolas, las canciones de los guateques y la mirada atenta de figuras como Carmelo- se estaba gestando algo más que una forma de pasar las horas. Había una felicidad sencilla, casi ingenua, hecha de pequeñas conquistas cotidianas, que convivía con un país que empezaba a cambiar sin saber muy bien cómo. El Hogar de la OJE, con todas sus contradicciones, y personas como Carmelo, tan cercanas y tan humanas, formaron parte de ese aprendizaje silencioso.

  Sin grandes discursos, sin conciencia histórica, fuimos aprendiendo a convivir, a relacionarnos y a reconocernos en los otros. Y quizá fue precisamente ahí, en esa vida compartida y aparentemente menor, donde empezó a tomar forma la España que vendría después: una España más abierta, más libre, que ya estaba latiendo -casi sin saberlo- en aquellos días pobretes pero alegretes.


domingo, 5 de abril de 2026