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sábado, 1 de agosto de 2026

Entre flechas amarillas: Santa Sofía: la historia de una superviviente

Entre flechas amarillas: Santa Sofía: la historia de una superviviente:        En las entradas anteriores vimos cómo Santa Sofía ayudaba a comprender el nacimiento de Bizancio y cómo sus mosaicos, columnas y espa...

Santa Sofía: la historia de una superviviente

    

 En las entradas anteriores vimos cómo Santa Sofía ayudaba a comprender el nacimiento de Bizancio y cómo sus mosaicos, columnas y espacios funcionaban como una auténtica catequesis en piedra. Pero hay otra manera de acercarse a ella: no como símbolo teológico ni como obra maestra arquitectónica, sino como una superviviente.

  Pocas construcciones de la historia han sufrido tantas destrucciones y renacimientos. Incendios, terremotos, revueltas populares, saqueos cruzados y cambios de religión y de imperio pusieron repetidamente en peligro su existencia. Y, sin embargo, Santa Sofía siguió en pie.

  La historia de este edificio es, en realidad, la historia de Constantinopla misma: una ciudad que cayó varias veces sin desaparecer del todo, y un templo que cambió de forma y de significado sin perder nunca su condición de corazón espiritual y político de Oriente.

 Tras la proclamación del cristianismo como la religión oficial del Estado por el emperador Constantino I el Grande (324-337 d.C.) se empezaron a construir iglesias por todo el imperio. 

 La tradición atribuía la primera Santa Sofía a Constantino el Grande (según Sócrates de Constantinopla), pero la mayoría de los historiadores considera más probable que la basílica fuese inaugurada por su hijo Constancio II  en el año 360 d.C. como Megalo Ecclesia hasta que en el siglo V  empezó a denominarse Sofía, dedicada a la Sabiduría Divina y se mantuvo dicho nombre bajo la ocupación otomana en 1453 por ser compatible su denominación con el Islam.

 Esa primera basílica se destruyó en un incendio con ocasión de una revuelta en el 404 d.C.  motivada por el segundo destierro de Juan Crisóstomo, provocado por las tensiones con la emperatriz Elia Eudoxia y el emperador Arcadio. La disputa se produjo por una estatua plateada de la emperatriz erigida justo fuera de la iglesia. La nueva construcción se completó después de un largo proceso de restauración en el reinado del emperador Teodosio II y se inauguró nuevamente el 10 de octubre del 415 d.C.

  Con ocasión de  la Revuelta Niká del 532 d.C. fue arrasada de nuevo. La contienda estalló en Bizancio entre los Azules y los Verdes, que eran equipos de carreras de cuádrigas que participaban en las competiciones del hipódromo. Con el tiempo, ambas facciones adquirieron una dimensión política y social: los Azules tendieron a asociarse con sectores aristocráticos y defensores de la ortodoxia, mientras que los Verdes encontraron apoyos entre comerciantes, artesanos y grupos próximos a posiciones monofisitas. En el 532 d.C. ambos partidos unieron sus fuerzas y se sublevaron contra el emperador Justiniano el Grande, estallando la revuelta en el hipódromo.

 El emperador Justiniano, que en un principio había aceptado la derrota y planeaba su huida, consiguió salvar el trono gracias a la emperatriz Teodosia, que había encargado a los generales Belisario y Narsés reprimir la revuelta, quienes restablecieron el orden sofocándola  con una matanza que costó la vida a miles de personas, pero Santa Sofía no logró salvarse del incendio y fue consumida por el fuego. Una vez reprimida la revuelta, Justiniano decidió construir una nueva iglesia según narró Procopio de Cesarea, el historiador bizantino de la época. La segunda Santa Sofía fue construida entre los años 532-537 d.C. y en su inauguración exclamó: "¡Salomón, te he superado!". El edificio fue totalmente distinto  a sus modelos anteriores y sería el más majestuoso y gigantesco construido hasta entonces. Los arquitectos designados fueron Isidoro de Mileto y Antemio  de Tralles. Los materiales llegaron de todos los rincones del imperio, incluyendo  columnas del templo de Artemisa de Éfeso. Los mosaicos se completaron en el reinado del emperador Justino II.

  La cúpula tuvo que ser reparada al agrietarse como resultado de los terremotos en agosto del 553 y diciembre del 557. El emperador Justiniano encargó una restauración inmediata a Isidoro el Joven, sobrino de Isidoro el Mayor de Mileto, quien usó materiales más ligeros y consiguió elevarla  unos siete metros, siendo nuevamente reabierta  el 23 de diciembre del 562 d.C.

  Durante el período iconoclasta (726-843), los mosaicos en Santa Sofía fueron destruidos y sustituidos por cruces. Los mosaicos que aún hoy podemos ver fueron decorados a partir del año 842. En 1453, Santa Sofía se transformó en mezquita y los mosaicos fueron cubiertos de cal en el periodo otomano, lo cual hizo posible su conservación.

  Santa Sofía se incendió de nuevo en el 859 d.C. y un terremoto con efectos más devastadores que el propio incendio, acaecido el 8 de enero del 869  provocó el derrumbe de una de las medias cúpulas. El emperador Basilio ordenó las reparaciones necesarias. Y nuevamente otro terremoto acaecido en la madrugada del 25 al 26 de octubre del 989 provocó la destrucción de la gran cúpula y de varias partes del edificio. El emperador Basilio II restauró la basílica dejándola en su estado anterior, siendo el aquitecto encargado de las obras, Trdat. Santa Sofía fue reabierta el 13 de mayo del 994.

  La Cuarta Cruzada se apoderó de Constantinopla en 1204 y saqueó Santa Sofía. Según Nicetas Coniata historiador bizantino de la época, se arruinó el altar de la Virgen María, se tomó vino de los cálices usados en la misa, y manadas de animales entraron en el templo para cargarlos con los objetos saqueados, incluso una prostituta subió al púlpito cantando y bailando. Entre las reliquias que fueron robadas y llevadas a diferentes iglesias de Occidente, se detallan un lignum crucis de la Vera Cruz, una piedra de la tumba de Jesucristo, la mortaja de Jesús y huesos de varios santos conservados en las urnas.

  Cuando los bizantinos recuperaron la ciudad en 1261, Santa Sofía estaba sumamente deteriorada. En 1317, el emperador Andrónico II mandó construir contrafuertes para reforzarla que provocaron el derrumbamiento de varias partes del edificio dos años después, el 19 de mayo de 1346 con ocasión de un nuevo terremoto. En 1354 se restaura nuevamente por los arquitectos latinos Astras y Peralta.

 En 1453 con la toma de los turcos de Constantinopla, Santa Sofía estaba descuidada y en mal estado. Pese a su deterioro, el edificio seguía siendo el gran símbolo de Constantinopla, y su transformación en mezquita marcaría el inicio de una nueva etapa de su historia.

  Contemplar hoy Santa Sofía es contemplar una acumulación de heridas. Bajo su cúpula conviven las huellas de emperadores bizantinos, patriarcas ortodoxos, cruzados latinos, sultanes otomanos y restauradores modernos. Cada incendio dejó cenizas; cada terremoto, grietas; cada conquista, nuevas capas de significado.

  Y, sin embargo, esa es precisamente la razón de su grandeza. Santa Sofía no impresiona solo por su tamaño o por la perfección de su cúpula, sino porque ha sobrevivido a todo aquello que parecía destinado a destruirla. Fue basílica imperial, iglesia ortodoxa, mezquita otomana, museo de la República turca y de nuevo mezquita. Pocas veces un mismo edificio ha atravesado tantos mundos distintos sin desaparecer.

  Si en la primera entrada Santa Sofía explicaba Bizancio, y en la segunda enseñaba su fe, esta tercera revela quizá su lección más profunda: las civilizaciones pueden derrumbarse, los imperios pueden cambiar de nombre y de religión, pero algunas piedras conservan la memoria de todos ellos. Santa Sofía sigue ahí, no como un vestigio inmóvil del pasado, sino como la superviviente más extraordinaria de Constantinopla.

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domingo, 26 de julio de 2026