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viernes, 6 de noviembre de 2026

Entre flechas amarillas: Interludios de Athos (V): La mesa, alimento del cu...

Entre flechas amarillas: Interludios de Athos (V): La mesa, alimento del cu...:    Hay experiencias que no necesitan imágenes para permanecer en la memoria. En el Monte Athos, donde el silencio acompaña cada gesto y la o...

Interludios de Athos (V): La mesa, alimento del cuerpo y del espíritu

 

 Hay experiencias que no necesitan imágenes para permanecer en la memoria. En el Monte Athos, donde el silencio acompaña cada gesto y la oración ordena el transcurso de los días, también la mesa adquiere un significado especial. Sentarse a comer es participar de una antigua tradición en la que el alimento trasciende su función material para convertirse en expresión de comunidad, acogida y fraternidad. En los refectorios de los monasterios descubrí que, a veces, las lecciones espirituales más profundas se encuentran en los gestos más sencillos.

 Hay lugares donde uno aprende a guardar silencio. Y el silencio es el lenguaje del alma como reza la máxima franciscana. El Monte Athos pertenece a estos últimos. Además, guardas en tu memoria no imágenes que no puedes fotografiar, sino sensaciones. En Athos no se puede fotografiar el interior de los monasterios. Y quizá sea mejor así. Hay espacios que no necesitan convertirse en imágenes para existir. Su verdadera dimensión está en lo que despiertan en quienes los visitan.

  Recuerdo los refectorios de los tres monasterios en los que compartí mesa con otros peregrinos. Para el monje no es solo el lugar del sustento físico del cuerpo, sino la prolongación de la liturgia y sustento espiritual del cenobio. Para el peregrino además es la sensación de acogida, una pausa dentro de un universo espiritual organizado alrededor de la oración y el recogimiento. Después de cada ceremonia de las horas litúrgicas, los monjes se sientan a comer comunitariamente, y el peregrino también lo hace compartiendo espacios diferenciados y en algunos casos refectorios distintos.

 En nuestra vida cotidiana, la mesa ha perdido buena parte de su antiguo significado. Comemos muchas veces solos, y pendientes de una pantalla. En Athos, en cambio, la mesa forma parte de algo mayor:  la sencillez adquiere dignidad y solemnidad. Chilopites, aceitunas, pan de masa madre y té verde servidos en menaje de acero inoxidable rematado con remaches artesanales, forman parte del menú diario junto con alguna fruta y ensalada de pepino y tomate. Ni carne, ni pescado ni huevos ni leche.

 La mesa nos iguala. Nos recuerda que todos tenemos las mismas necesidades esenciales, y los peregrinos a diferencia del espacio que se ocupa en las iglesias, en el refectorio no se discrimina a ortodoxos de no ortodoxos. En Athos, donde tantas cosas parecen pertenecer a lo inmutable y lo celeste, la mesa devuelve al visitante a la tierra y a lo contingente. En cierta manera, parafraseando a Santa Teresa, lo espiritual se percibe en lo sencillo y en la humildad con un trozo de pan y una comida compartida.

 Quizá esa sea una de las enseñanzas que me traje de Athos: que lo espiritual no siempre se manifiesta en lo extraordinario, ni necesita de grandes palabras para hacerse presente. A veces basta un trozo de pan, una mesa compartida y el silencio de quienes saben que están participando de algo que los trasciende. Porque también alrededor de una mesa, en la sencillez de una comida compartida, puede encontrarse el camino que viniste a buscar.

lunes, 2 de noviembre de 2026