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martes, 31 de marzo de 2026

Entre flechas amarillas: El Gran Teatro de Puertollano: la alegoría del pat...

Entre flechas amarillas: El Gran Teatro de Puertollano: la alegoría del pat...:   Hubo un tiempo en que el Gran Teatro de Puertollano no era solo un edificio, sino un lugar donde la ciudad se reconocía a sí misma. Bajo ...

El Gran Teatro de Puertollano: la alegoría del patrimonio derribado

  Hubo un tiempo en que el Gran Teatro de Puertollano no era solo un edificio, sino un lugar donde la ciudad se reconocía a sí misma. Bajo su techo no solo se representaban obras o se proyectaban películas: se tejía, casi sin que nadie lo advirtiera, una forma compartida de entender la vida, el ocio y el paso del tiempo.

 Hoy, sin embargo, ese espacio ya no existe. Y su desaparición no puede explicarse únicamente como el derribo de una construcción antigua o como una decisión urbanística propia de otra época. Lo que ocurrió fue algo más profundo y, quizá, más difícil de asumir: la ruptura de un vínculo entre una comunidad y uno de sus principales depositarios de memoria.

 Este texto parte de esa pérdida concreta para plantear una reflexión más amplia. Porque el patrimonio no es aquello que simplemente se conserva, sino aquello que una sociedad decide mantener vivo. Y cuando deja de hacerlo, no solo transforma su paisaje urbano: transforma también su identidad.

  El caso del Gran Teatro no es, por tanto, una excepción, sino una forma de entender cómo las ciudades pueden llegar a desprenderse de aquello que las definía. Y cómo, en ese proceso, lo que desaparece no es solo un lugar, sino la posibilidad misma de seguir contándose a través de él.

 

  El Gran Teatro de Puertollano es el símbolo más recordado de la nostalgia local. Se inauguró en 1920 gracias a las favorables condiciones económicas que creó en Puertollano la Primera Guerra Mundial, presentaba un estilo ecléctico con toques modernistas, y con una fachada imponente. Tenía un aforo de 1.233 localidades repartidas entre el patio de butacas, los palcos y el gallinero. 
  No solo albergó obras de teatro y zarzuelas, sino que funcionó como cine durante décadas, de presentación de eventos, mítines políticos sobre todo a finales de los 70, y fue el escenario de la Operación Mina que organizó Don Pedro para recaudar fondos, y en la que colaboraron los mejores artistas de la época.
  Se edificó sobre el llamado Huerto del Tío Polonio que a su vez había sido la huerta de un antiguo convento franciscano, y su promotor fue Don Alfredo Porras Delgado. Se cerró al público en 1979 y en el mes de agosto de 1982, las máquinas procedieron a su derribo. En los 2000 metros cuadrados de su solar se edificaron los edificios que hoy podemos ver.
  Igual que el cesped del campo de fútbol de El Cerrú fue muy famoso en la época -se comentaba que era el mejor de toda la Liga española-, nuestro Gran Teatro fue famoso por su excelente acústica lo que lo convirtió en espacio codiciado por las compañías líricas.
 No cayó por deterioro, sino por rentabilidad, no cayó su fachada sino la memoria de varias generaciones. No solo fue ceguera institucional que en la época impuso una visión especulativa en la que lo viejo no se veía como patrimonio histórico. No fue solo la falta de protección de las autoridades que permitieron que un bien ciudadano desapareciera para dar paso a la rentabilidad privada. No fue solo silencio administrativo ni dedos que movieran algún hilo para declararlo BIC, protegerlo, rehabilitarlo y salvarlo como legado para la modernidad. Fue amputación cultural.

  Perdimos el olor a cine de sesión doble, con sus acomodadores y la linterna guiándonos a la butaca, sus empleados con una bandeja colgada al cuello ofreciendo patatas fritas, caramelos, chicles y  cigarrillos, su bar para el descanso entre películas para tomar el refresco, palomitas y frutos secos, los aplausos cuando llegaba el Séptimo de Caballería, el sonido de su suelo de madera, la luz de su fachada y el orgullo puertollanero que no supo conservar lo que muchas ciudades hicieron con sus respectivos teatros de la época y que hoy son activos turísticos y culturales. No fue fatalidad, fue elección, no fue olvido de lo que fue, sino consentimiento de toda una ciudad que hoy sigue con esa herida abierta. Puertollano no perdió uno de sus símbolos, lo entregó a la especulación urbanística, su derribo no fue una sustitución por edificios de viviendas y locales comerciales, sino por un modelo de vida que despreció el legado de varias generaciones.
  Eróstrato incendió el Templo de Artemisa en Éfeso -una de las 7 maravillas de la antigüedad- para ser recordado, y las autoridades decretaron la damnatio memoriae -su eliminación de la Historia-. En Éfeso se intentó borrar al culpable, en Puertollano ni siquiera sabemos a quién culpar del todo, en otras palabras, la culpa del derribo en el 82 de nuestro Gran Teatro, termina diluyéndose en una responsabilidad difusa, y por lo tanto no hay castigo, sino dolor compartido por lo que perdimos.
  Si la damnatio memoriae borraba estatuas, nombres e inscripciones matando al cuerpo y al recuerdo, en Puertollano no se borra al culpable, se borra el edificio. Nuestra damnatio memoriae se le aplica al patrimonio y no a quienes por acción u omisión permitieron su derribo.
  Según Walter Benjamin, el progreso no construye, amontona ruinas, para él lo que llamamos avance es una sucesión de destrucciones, el progreso urbano de 1982 es nuestra ruina moral en el presente. El Ángel de la Historia de Walter Benjamin mira al pasado de Puertollano y ve una catástrofe que amontona ruinas (a las del Gran Teatro habría que sumar la de nuestra Plaza de Toros, o las del Cine Imperial de la calle Aduana entre otros muchos), no como una opresión de los vencidos en el sentido marxista de la Historia, pero sí como una catástrofe que impidió en su día reparar el legado del pasado.
   Hannah Arendt nos enseñó que bastaba con la rutina y la dejadez de trámites administrativos para que venciera el mal, o lo que es lo mismo, nadie quiso derribar al Gran Teatro, pero nadie quiso salvarlo lo suficiente.
  Como sentenció Borges, “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes.” En la Alegoría del patrimonio, Françoise Choay indaga en el porqué del culto al patrimonio a través de su relación con la memoria y el tiempo. El Gran Teatro era una casa en el centro del pueblo que guardaba nuestras risas, nuestros susurros, nuestras primeras manitas con la pareja en la oscuridad de la sala, el escenario en el que nunca faltaba El Lolo los domingos en la sesión doble del cine, personaje puertollanero adelantado a su época que salió del armario sin rubor alguno. Pero el pueblo aprendió a pasar de largo y un día llegaron los hombres con cascos amarillos y empezaron a derribarla ante la indiferencia total de los ciudadanos. Las historias que guardaba y sus personajes: amantes, cómicos, héroes de la pantalla, fantasmas... salieron en silencio entendiendo que se había apagado la luz de su mundo. El teatro es el patrimonio, los personajes que se escapan son la memoria cultural colectiva, y el solar la pérdida intangible de nuestra Historia.
  Parafraseando a Sarte, el recuerdo es el único paraíso del que no podemos ser expulsados, nuestro paraíso solo es tal en la memoria y en el recuerdo de generaciones que lo conocimos, las venideras solo dispondrán de fotos históricas y de publicaciones. Lo que no se nombra, no existe y cada vez nombramos menos al Gran Teatro en nuestras conversaciones entre amigos. La memoria colectiva no es un dato, sino una construcción social, con el derribo del Gran Teatro nuestra memoria colectiva también se derrumbó y hoy permanece en la memoria subjetiva de cada uno de nosotros. Para la UNESCO, el patrimonio no es una colección de objetos o edificios, sino un proceso cultural, su valor no estaba en su arquitectura, sino en lo que la gente vivió allí. Un pueblo sin sus lugares simbólicos pierde referencias, sin referencias pierde relato, y sin relato se pierda la identidad.
  Hoy, donde estuvo el Gran Teatro de Puertollano, no queda nada que obligue a recordar, ningún vestigio que interpele. Solo es silencio de unos edificios de viviendas y locales que cumplen su función, pero no su memoria. Pero la verdadera desaparición no ocurrió aquel agosto de 1982. Ocurre cada vez que su nombre deja de pronunciarse, cada vez que sus historias no se cuentan, cada vez que una ciudad olvida que su pasado también le pertenece.
  Porque el Gran Teatro no era solo arquitectura. Era voz, era escena, era experiencia compartida. Y cuando se derriba, lo que se pierde no cabe en planos ni en catastros: se pierde la posibilidad de reconocerse, de recordar, de ser parte de una historia común.
  El patrimonio no muere cuando cae un muro. Muere cuando deja de significar. Y en Puertollano, el Gran Teatro sigue vivo solo en nuestra memoria, recordándonos que cuidar lo que heredamos es, también, cuidar quiénes somos.

domingo, 29 de marzo de 2026