Translate

Share buttons. Botones para compartir

sábado, 2 de mayo de 2026

Entre flechas amarillas: Entre el silencio y la memoria: masonería y comuni...

Entre flechas amarillas: Entre el silencio y la memoria: masonería y comuni...: Fachada Iglesia 1.930. Fuente Iglesia Evangélica de Puertollano   Puertollano no solo se forjó al calor de la minería y la industria. En par...

Entre el silencio y la memoria: masonería y comunidad evangélica en Puertollano

Fachada Iglesia 1.930. Fuente Iglesia Evangélica de Puertollano

  Puertollano no solo se forjó al calor de la minería y la industria. En paralelo a su crecimiento, se desarrollaron formas de sociabilidad, creencias y redes que influyeron en la vida de la ciudad de maneras muy distintas.

  Algunas de ellas dejaron huellas visibles que han llegado hasta hoy. Otras, en cambio, apenas pueden rastrearse entre silencios, archivos fragmentarios y memorias difusas. Este recorrido se sitúa precisamente en ese contraste: entre lo que permanece y lo que se desvanece.

  A finales del siglo XIX, Puertollano experimentó un proceso de transformación ligado al desarrollo minero e industrial que alteró no solo su economía, sino también su tejido social. En ese contexto de cambio, diversas corrientes ideológicas, culturales y religiosas encontraron espacio —con mayor o menor visibilidad— en la vida local. Algunas de ellas, como la iglesia evangélica, dejaron una huella material y una memoria reconocible que ha llegado hasta nuestros días. Otras, como la masonería, apenas se perciben en el paisaje urbano y solo pueden rastrearse a través de documentación fragmentaria conservada en archivos.

  El contraste entre ambas realidades permite aproximarse a una cuestión más amplia: la forma en que determinadas expresiones de sociabilidad y pensamiento participaron en la construcción de la ciudad, así como los distintos destinos de su memoria. Mientras unas pervivieron en forma de comunidad y presencia física, otras quedaron diluidas, en parte por la propia naturaleza de sus prácticas y en parte por los procesos históricos que condujeron a su desaparición o silenciamiento.

  En el siglo XIX existieron al menos 16 logias y un triángulo en la provincia de Ciudad Real, con actividad confirmada en localidades como Almagro, Manzanares, Valdepeñas o la capital. Lo que pudiera haberse dado en Puertollano quedó, en todo caso, fuera de foco y, posteriormente, absorbido por procesos de incautación y centralización documental. Aun así, el contexto resulta significativo: una ciudad en expansión, con llegada de técnicos y obreros cualificados, y una sociabilidad obrera y republicana que funcionaba como red de intercambio y apoyo.

  El socialismo temprano, los ateneos y las sociedades de socorro mutuo se entrelazaban con esas dinámicas, configurando un tejido en el que la masonería difícilmente aparecería de forma aislada. Más bien se integraba, se solapaba o se diluía en otras formas de organización. Figuras como la de Antonio Rivilla apuntan, precisamente, a la existencia de ese entramado.

  Sin embargo, todo ello plantea un límite difícil de franquear: el de una presencia que, de haber existido, no dejó una huella clara en la ciudad. La discreción inherente a estas prácticas, unida a los procesos posteriores de represión y olvido, contribuyó a que su rastro se diluyera hasta volverse casi indistinguible.

  Frente a esa disolución, cabe preguntarse qué ocurre cuando una forma de disidencia logra sostenerse de otro modo: no en el secreto ni en los archivos, sino en la continuidad de la vida cotidiana.

  Es ahí donde aparece otra realidad distinta. En el mismo contexto de transformación social, la iglesia evangélica fue configurando en Puertollano un espacio de encuentro que no solo sobrevivió al paso del tiempo, sino que dejó una huella reconocible, no tanto en los edificios como en las personas.

 Si la masonería se intuye más de lo que se puede demostrar, la comunidad evangélica ofrece el recorrido inverso: una presencia que no siempre ocupó el centro, pero que ha persistido a través de vínculos, prácticas compartidas y biografías concretas. Entre ellas, la de don Salvador González.

  La presencia protestante en Puertollano es una de las más antiguas y consolidadas de la provincia, con su enclave histórico en la calle Ancha. Llegó, como tantas otras cosas en la ciudad, en tren: a comienzos del siglo XX, entre los mineros procedentes de Santa Elena y La Carolina. Los hermanos Avellaneda, Alfonsa y Juan José, abrieron sus casas a quienes querían escuchar la Palabra, dando forma a un primer núcleo que crecería con el tiempo.

  Cuando aquel espacio se quedó pequeño, la comunidad se trasladó primero al Paseo de San Gregorio y, en 1924, adquirió el edificio de la calle Ancha con ayuda de una misión inglesa (la Glynn Vivian Miners Mission).  Tres años más tarde, en 1927, se hizo cargo de la comunidad don Salvador: maestro y colportor, figura discreta y constante. Parte del edificio se habilitó como escuela, y aún hoy persiste el recuerdo de quienes pasaron por sus aulas. En mi propia familia, mi tío Agustín lo evocaba como una presencia cercana.

  Tras la Guerra Civil llegaron la represión, la prisión y el destierro. Se le prohibió ejercer como maestro, pero continuó haciéndolo de forma clandestina. Su figura se fue definiendo no solo por lo que construía, sino también por aquello a lo que se enfrentaba.

  Tuvo enfrente al arcipreste don José María. Y quizá esa oposición explique, en parte, la nitidez de su recuerdo. Según testimonios de quienes vivieron aquel tiempo, el conflicto alcanzó tal dimensión que fue necesaria la intervención de la embajada inglesa, que solicitó amparo ante el gobierno.

  No era solo un enfrentamiento personal. En él se cruzaban dos formas de entender la autoridad, la fe y la propia comunidad. Una más institucional, otra más arraigada en la práctica cotidiana; una con respaldo estructural, otra sostenida desde la persistencia.

  Don Salvador permaneció como pastor evangélico hasta 1.970. Su legado no se mide tanto en documentos como en la memoria compartida de quienes lo conocieron o heredaron su influencia.

  Y es ahí donde el contraste inicial cobra todo su sentido. Donde otras formas de disidencia quedaron diluidas o apenas intuibles, la comunidad evangélica encontró una manera de permanecer: no en el archivo, sino en la vida de la ciudad.

  Tal vez toda ciudad sea también el resultado de esa tensión: entre lo que logra mantenerse y aquello que se pierde con el tiempo.

 En Puertollano, esa diferencia no solo habla de ideologías o creencias, sino de las formas en que una comunidad consigue perdurar. Porque, en última instancia, lo que permanece no siempre es lo más visible, sino aquello que encuentra la manera de seguir viviendo en las personas.




domingo, 26 de abril de 2026