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sábado, 3 de marzo de 2018

Las pipas de Juanito y las bravas del Macías


 Según Woody Allen, la vida valía la pena vivirse por esos momentos de placer del arte, la música, Groucho Marx, Marlon Brando...para los puertollaneros además, vale la pena vivir por la Fuente Agria, el Minero... las pipas de Juanito y las bravas del Macías.
 Entre los años 60 y el 74 que inicia la crisis profunda  Puertollano con el cierre de la Sociedad Minera de Peñarroya, en nuestro Paseo se instalaban quioscos que eran carros acondicionados con ruedas y un toldo. ¿Cómo no recordar los frutos secos de Golilla, las gambas y camarones del Cartero, y las raciones de patatas fritas de las hermanas de La Rincona que acompañaban las veladas del verano en el Paseo junto a  los chorrillos  tomando un refresco los peques y los mayores sus cervezas en los veladores de los bares Coto, Benedicto, Chinato...? Más tarde llegaron los quioscos tal y como los conocemos hoy con una estructura de obra mimetizada con el verdor del entorno. Golilla se instaló en una tienda en la calle Soledad junto a la de Colado, el Cartero dejó de vender las gambas en el Paseo y el puesto de las patatas fritas perdió su encanto y ya no fue lo mismo. Pero Juanito se adaptó a los tiempos, dejó de empujar su carro desde su casa en la calle Vía Crucis cerca del Pilancón de los Burros y nos siguió deleitando con sus pláticas y sus pipas envueltas en cucurucho de papel de estraza y pesadas en una balanza con su propio sistema de pesado que consistía en medir la cantidad  en pesetas y no en gramos.
 Cuando éramos niños, los chicos recogíamos las chapas de las bebidas que tiraban los camareros cuando servían las consumiciones en el Paseo y los tapones de las botellas de vino, esas que llevaban un plástico dentado para su apertura. Con ellos jugábamos a los platillos, y las estrellas eran las de Cinzano y el corcho del vino Clavileño. 
 No necesitábamos tecnología ni maquinitas para divertirnos. Nuestros ritos de paso fueron el uso del pantalón largo, ir a los bares sin la compañía de los mayores y pasar horas de palique a la fresquita en las madrugadas del verano en los bancos del Paseo comiendo pipas de Juanito con el dilema  entre las saladas y las de sin sal. El inicio en el tapeo fue para muchos el Bar Macías y sus bravas, con su inconfundible e insuperable sabor. Para pasar al Coto, y al Benedicto, aún debíamos esperar unos años, el ambiente era más adulto.
   ¡Tantas cosas vivimos sin que le diéramos importancia, tal como éramos!, hoy recuerdos que vale la pena revivir, testimoniar y sentir. Me resisto al olvido de un modo de vida que se vivía, sin neurosis y sin pajas mentales. El Puertollano de los sesenta y setenta fue un milagro de convivencia, de armonía, una sinfonía, un pensar el sentimiento y sentir el pensamiento como nos enseñó Unamuno. Me siento orgulloso de ser...naturalmente puertollanero.

                                        Foto de Juanito por cortesía de Aumi Arias