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domingo, 10 de mayo de 2026

Entre flechas amarillas: Entre María Auxiliadora y la Asunción: la educació...

Entre flechas amarillas: Entre María Auxiliadora y la Asunción: la educació...: Basílica de María Auxiliadora de Turín  Durante buena parte del siglo XX, la educación religiosa en Puertollano quedó marcada por dos nombre...

Entre María Auxiliadora y la Asunción: la educación religiosa en Puertollano

Basílica de María Auxiliadora de Turín

 Durante buena parte del siglo XX, la educación religiosa en Puertollano quedó marcada por dos nombres propios que todavía hoy forman parte de la memoria colectiva de la ciudad: Salesianos y María Inmaculada. Más allá de su función educativa, ambos colegios terminaron convirtiéndose en pequeños universos sociales con identidades muy distintas y profundamente ligadas a la evolución urbana, industrial y humana de Puertollano.


  La historia de la educación en Puertollano no se puede entender sin dos instituciones que han moldeado la formación y el futuro laboral de sus ciudadanos durante décadas. Situados en dos puntos estratégicos de la ciudad, Salesianos y el Colegio María Inmaculada representan mucho más que aulas; son también centros de identidad local.

 Los dos centros presentan además un contraste interesante. Por un lado, Salesianos Puertollano representa el modelo salesiano clásico de Don Bosco: juventud, deporte, asociacionismo, barrio, parroquia y una vida comunitaria masculina que más tarde evolucionó hacia la coeducación. Se instaló oficialmente en nuestra ciudad en 1953 y construyó alrededor del colegio todo un ecosistema social y religioso: parroquia, scouts, centro juvenil, asociaciones y deporte.

 Por otro lado, el Colegio María Inmaculada tiene un origen más ligado a la educación femenina, la acción social y la presencia de las Hijas de la Caridad en el centro histórico, junto a la Plaza de la Asunción. Nació en los años cuarenta por petición directa de las familias.

  En cierto sentido, Salesianos dotó a la ciudad de una identidad obrera, juvenil y deportiva, además de contribuir a la formación de trabajadores cualificados para la industria local. María Inmaculada, por su parte, quedó más vinculado a una tradición académica y asistencial muy ligada al casco urbano tradicional.

 Ambos centros han sobrevivido a los cambios de Puertollano, al auge minero e industrial y a las transformaciones sociales de los años setenta y ochenta. Con la caída demográfica, también tuvieron que reinventarse. María Inmaculada pasó de ser exclusivamente femenino a mixto en 1987, mientras que Salesianos hizo lo propio manteniendo una identidad fácilmente reconocible.

 Yo no fui alumno de Salesianos ni del María Inmaculada, pero como muchos niños de Puertollano sí pasé parte de mi infancia dentro del universo salesiano. Los fines de semana acudíamos a la catequesis y antes de entrar era casi obligatorio pasar por los quioscos del Paseo para comprar regaliz y jobitos, aquel maíz frito que consumíamos entre clase y clase. Curiosamente, no comprábamos pipas; había una conciencia bastante asumida de que las instalaciones debían mantenerse limpias.

  Aunque en aquellos años la formación religiosa ya formaba parte obligatoria de la enseñanza escolar, muchos padres seguían queriendo que sus hijos acudieran a la catequesis salesiana. No era solo una cuestión religiosa. Allí socializábamos, hacíamos amigos y disfrutábamos de unas instalaciones —cine, pistas deportivas, piscina de verano— de las que muchos barrios y familias carecían entonces.

 Para muchos chavales de la ciudad, incluso sin estudiar allí, Salesianos terminó convirtiéndose también en un espacio de encuentro, ocio y convivencia.

 Con el paso del tiempo, aquel modelo de colegio casi autosuficiente fue cambiando junto a la propia ciudad. La secularización, la caída de población y las nuevas formas de ocio hicieron desaparecer parte de aquel mundo de catequesis masivas, cine de fin de semana y patios siempre llenos. Sin embargo, tanto Salesianos como María Inmaculada han conseguido mantener algo esencial de su carácter original.

 Salesianos continúa muy vinculado a la formación técnica y profesional, conservando esa mezcla de colegio, parroquia y espacio comunitario que durante décadas definió a buena parte de la juventud puertollanense. María Inmaculada, por su parte, mantiene una identidad más centrada en el acompañamiento educativo, la cercanía y la tradición académica heredada de las Hijas de la Caridad.

 Probablemente hoy ambos centros ya no ocupan en la ciudad el mismo lugar casi total que tuvieron durante buena parte del siglo XX. Pero siguen formando parte de la memoria colectiva de Puertollano. Basta mencionar cualquiera de los dos nombres para que aparezcan inmediatamente recuerdos, generaciones y maneras distintas de entender la educación.

 Porque, al final, durante décadas muchos vecinos crecieron —de una forma u otra— entre María Auxiliadora y la Asunción.

 También existía entonces una percepción bastante extendida entre muchas familias de Puertollano: Salesianos y María Inmaculada eran colegios especialmente adecuados para alumnos que no terminaban de adaptarse al modelo académico más competitivo de la época. Eran años en los que el sistema educativo todavía valoraba más la excelencia entendida como selección que la integración o el acompañamiento individual.

 En muchos casos, más que buscar expedientes brillantes, las familias buscaban entornos donde hubiese cercanía, disciplina, seguimiento personal y cierta sensación de comunidad. Y probablemente ahí ambos centros encontraron parte de su verdadera función social dentro de la ciudad.

  Con el tiempo, el propio concepto de educación fue cambiando. Hoy términos como inclusión, atención a la diversidad o acompañamiento emocional forman parte habitual del discurso educativo, algo mucho menos presente en aquellas décadas. Sin embargo, precisamente esa capacidad de cercanía personal —más visible en unos centros que en otros— explica en parte por qué Salesianos y María Inmaculada han conseguido mantener su espacio dentro de Puertollano hasta nuestros días.

 Hoy Puertollano es una ciudad muy distinta a la que vio crecer aquellas generaciones de patios llenos, catequesis multitudinarias y colegios casi autosuficientes. Sin embargo, Salesianos y María Inmaculada siguen ocupando un lugar reconocible dentro de la memoria sentimental de la ciudad.

 Quizá porque ambos representan dos maneras distintas —aunque complementarias— de entender la educación, la convivencia y el papel social de la escuela en una ciudad obrera e industrial.

 Metafóricamente, durante décadas, buena parte de la comunidad escolar de Puertollano creció entre dos campanas: la de María Auxiliadora y la de la Asunción.




lunes, 4 de mayo de 2026

Entre flechas amarillas: David Jiménez Avendaño y don Carlos: maestros en P...

Entre flechas amarillas: David Jiménez Avendaño y don Carlos: maestros en P...:     Hay nombres que no se quedan en la historia, sino en la memoria. Nombres que, al evocarlos, traen consigo no solo un tiempo, sino una fo...

David Jiménez Avendaño y don Carlos: maestros en Puertollano y vocación docente

 


  Hay nombres que no se quedan en la historia, sino en la memoria. Nombres que, al evocarlos, traen consigo no solo un tiempo, sino una forma de entender el mundo. En la escuela de tiza, pupitres y mapas colgados, algunos maestros no solo enseñaron lecciones: encarnaron una manera de ejercer la vocación. Este es el recuerdo de dos de ellos.

 Hubo un tiempo en que la escuela olía a tiza, a cuadernos recién abiertos y a madera gastada de pupitre. Un tiempo de tarima elevada y de mapas colgados con chinchetas, en el que aprender podía ser, casi sin darnos cuenta, una forma de asombro. En ese escenario se dibuja la figura de David Jiménez Avendaño, maestro en Puertollano y, para muchos de sus alumnos, algo más que un docente: una presencia firme, cercana y profundamente humana.

 Quienes pasaron por su aula recuerdan no solo lo que enseñaba, sino cómo lo hacía. La memoria ejercitada con la cadencia de los reyes godos o las tribus de Israel; la ausencia de castigo como norma; el refuerzo amable, casi ceremonial, de una bolita de caramelo como premio al acierto. En una época distinta, de métodos más rígidos, su manera de enseñar abría una grieta luminosa por la que se colaban la motivación, la curiosidad y el respeto.

  Maestro comprometido, bibliotecario de su ciudad y reconocido con la Orden de Alfonso X el Sabio, su legado no se limita a los títulos ni a los honores. Permanece, sobre todo, en la memoria de quienes aprendieron a su lado y en el hecho simbólico —pero profundamente significativo— de que hoy un colegio de Puertollano lleve su nombre.

 Hablar de David Jiménez Avendaño es, en el fondo, hablar de una forma de entender la enseñanza: la que deja huella. Recordarlo  no es solo un ejercicio de nostalgia, sino también una forma de pensar qué significa, en el fondo, ejercer una profesión. En ese sentido, su figura dialoga de manera inesperada con la reflexión de Max Weber sobre la ética de las profesiones y la idea de vocación.

  Para Weber, toda actividad ejercida con autenticidad se sostiene en una tensión entre la responsabilidad y la convicción: entre hacer lo que uno cree justo y asumir las consecuencias de ese hacer en el mundo real. En el aula de Puertollano, esa tensión no se resolvía en discursos, sino en gestos concretos. La renuncia al castigo, la apuesta por el refuerzo positivo, la paciencia al repetir una lección hasta que prendiera en la memoria del alumno… eran formas silenciosas de responsabilidad. No se trataba solo de transmitir contenidos, sino de modelar una relación con el conocimiento y con los demás.

 Su manera de enseñar parecía responder a esa idea weberiana de la vocación como entrega sostenida, lejos del exhibicionismo y de la recompensa inmediata. La bolita de caramelo, humilde y casi simbólica, no era tanto un premio como un reconocimiento: la constatación de que el aprendizaje podía ser celebrado, de que el esfuerzo tenía sentido.

  Así, en la aparente sencillez de aquella escuela de tiza y pizarra, se desplegaba una ética profesional profunda. Una ética que no necesitaba ser nombrada para existir, pero que hoy, a la luz de Weber, puede entenderse como una forma de coherencia entre lo que se cree y lo que se hace. Y quizá por eso su huella perdura: porque fue, ante todo, un maestro que vivió su oficio como una vocación.

 David Jiménez Avendaño nació en Ajofrín (Toledo) el 29 de diciembre de 1.901. Llegó a nuestra ciudad en 1.933 y casi toda su etapa profesional la desarrolló en el Colegio Nacional Ramón y Cajal (antes Ave María). Murió en Puertollano el 18 de noviembre de 1.979, Fue docente comprometido con la sociedad y el fomento de la cultura y de la lectura. Organizó la pequeña biblioteca de los bajos de la Concha de la Música en el Paseo de San Gregorio, y en 1.953 se le nombró primer bibliotecario con la creación de la Biblioteca Municipal en las instalaciones de la calle Aduana. Por su entrega absoluta a la educación y la cultura, el Estado le concedió la Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio en 1.965 coincidiendo con el día del maestro.

 En sus últimos años de vida laboral, tuve la suerte de ser su alumno, todavía bajo el antiguo plan de estudios. Poco después, con mi promoción, llegaría la implantación de la EGB en el curso 1971-72, y con ella un relevo generacional en el claustro del colegio Ramón y Cajal.

  Aquellos nuevos maestros —que, significativamente, no gustaban de la etiqueta de “profesores”— encarnaban otra manera de estar en el aula. Habían sido formados en un contexto distinto, más atento a la pedagogía, a los métodos, a la organización de la enseñanza como sistema. La escuela empezaba a cambiar de tono: de la autoridad casi artesanal del maestro se pasaba, poco a poco, a una práctica más estructurada y colectiva.

  Y, sin embargo, el cambio no fue una ruptura. Bajo formas diferentes, persistía una misma conciencia del oficio, una misma responsabilidad hacia el alumno. La huella de maestros como don David no desaparecía: se transformaba.

 En ese nuevo escenario emergió la figura de don Carlos, uno de aquellos maestros que entendieron la enseñanza como parte de un tiempo que estaba cambiando. No era solo un relevo generacional, sino también una manera distinta de situarse ante la escuela y ante la vida.

 Don Carlos no se reconocía en los viejos métodos. Había en su forma de estar en el aula una voluntad clara de hacer las cosas de otro modo: más abierta, más dialogante, más acorde con el clima de cambio político y social que empezaba a respirarse en el país. La enseñanza dejaba de ser únicamente transmisión para convertirse también en conversación, en el despertar de una mirada propia.

 Recuerdo, en ese sentido, una propuesta que nos hizo y que, con los años, ha ido cobrando un significado especial. Nos pidió que escribiéramos sobre cómo nos gustaría que fuera la España futura. No era un ejercicio más. En un tiempo en el que aún muchas cosas no podían decirse en voz alta, aquella invitación abría un espacio inesperado: el de pensar, imaginar y, de algún modo, tomar posición.

  A través de gestos como aquel, don Carlos nos enseñaba algo que iba más allá de los contenidos. Nos estaba dando permiso —quizá sin decirlo— para mirar el mundo con criterio propio.

  Con los años, esa manera de entender su oficio fue más allá del aula. Para el grupo de antiguos alumnos del Colegio Ramón y Cajal —los de la promoción 1974-75— don Carlos terminó siendo algo más que un maestro: nuestra referencia sostenida en el tiempo, nuestro tutor en el sentido más amplio de la palabra.

  Quizá por eso, al volver la vista atrás, no recordamos solo lo que aprendimos, sino la forma en que nos enseñaron a estar en el mundo. Y ahí, en ese territorio invisible donde la enseñanza se convierte en huella, es donde perduran los verdaderos maestros. Porque la vocación —cuando lo es de verdad— no termina en el aula: continúa, silenciosa, en la vida de los otros.



sábado, 2 de mayo de 2026

Entre flechas amarillas: Entre el silencio y la memoria: masonería y comuni...

Entre flechas amarillas: Entre el silencio y la memoria: masonería y comuni...: Fachada Iglesia 1.930. Fuente Iglesia Evangélica de Puertollano   Puertollano no solo se forjó al calor de la minería y la industria. En par...

Entre el silencio y la memoria: masonería y comunidad evangélica en Puertollano

Fachada Iglesia 1.930. Fuente Iglesia Evangélica de Puertollano

  Puertollano no solo se forjó al calor de la minería y la industria. En paralelo a su crecimiento, se desarrollaron formas de sociabilidad, creencias y redes que influyeron en la vida de la ciudad de maneras muy distintas.

  Algunas de ellas dejaron huellas visibles que han llegado hasta hoy. Otras, en cambio, apenas pueden rastrearse entre silencios, archivos fragmentarios y memorias difusas. Este recorrido se sitúa precisamente en ese contraste: entre lo que permanece y lo que se desvanece.

  A finales del siglo XIX, Puertollano experimentó un proceso de transformación ligado al desarrollo minero e industrial que alteró no solo su economía, sino también su tejido social. En ese contexto de cambio, diversas corrientes ideológicas, culturales y religiosas encontraron espacio —con mayor o menor visibilidad— en la vida local. Algunas de ellas, como la iglesia evangélica, dejaron una huella material y una memoria reconocible que ha llegado hasta nuestros días. Otras, como la masonería, apenas se perciben en el paisaje urbano y solo pueden rastrearse a través de documentación fragmentaria conservada en archivos.

  El contraste entre ambas realidades permite aproximarse a una cuestión más amplia: la forma en que determinadas expresiones de sociabilidad y pensamiento participaron en la construcción de la ciudad, así como los distintos destinos de su memoria. Mientras unas pervivieron en forma de comunidad y presencia física, otras quedaron diluidas, en parte por la propia naturaleza de sus prácticas y en parte por los procesos históricos que condujeron a su desaparición o silenciamiento.

  En el siglo XIX existieron al menos 16 logias y un triángulo en la provincia de Ciudad Real, con actividad confirmada en localidades como Almagro, Manzanares, Valdepeñas o la capital. Lo que pudiera haberse dado en Puertollano quedó, en todo caso, fuera de foco y, posteriormente, absorbido por procesos de incautación y centralización documental. Aun así, el contexto resulta significativo: una ciudad en expansión, con llegada de técnicos y obreros cualificados, y una sociabilidad obrera y republicana que funcionaba como red de intercambio y apoyo.

  El socialismo temprano, los ateneos y las sociedades de socorro mutuo se entrelazaban con esas dinámicas, configurando un tejido en el que la masonería difícilmente aparecería de forma aislada. Más bien se integraba, se solapaba o se diluía en otras formas de organización. Figuras como la de Antonio Rivilla apuntan, precisamente, a la existencia de ese entramado.

  Sin embargo, todo ello plantea un límite difícil de franquear: el de una presencia que, de haber existido, no dejó una huella clara en la ciudad. La discreción inherente a estas prácticas, unida a los procesos posteriores de represión y olvido, contribuyó a que su rastro se diluyera hasta volverse casi indistinguible.

  Frente a esa disolución, cabe preguntarse qué ocurre cuando una forma de disidencia logra sostenerse de otro modo: no en el secreto ni en los archivos, sino en la continuidad de la vida cotidiana.

  Es ahí donde aparece otra realidad distinta. En el mismo contexto de transformación social, la iglesia evangélica fue configurando en Puertollano un espacio de encuentro que no solo sobrevivió al paso del tiempo, sino que dejó una huella reconocible, no tanto en los edificios como en las personas.

 Si la masonería se intuye más de lo que se puede demostrar, la comunidad evangélica ofrece el recorrido inverso: una presencia que no siempre ocupó el centro, pero que ha persistido a través de vínculos, prácticas compartidas y biografías concretas. Entre ellas, la de don Salvador González.

  La presencia protestante en Puertollano es una de las más antiguas y consolidadas de la provincia, con su enclave histórico en la calle Ancha. Llegó, como tantas otras cosas en la ciudad, en tren: a comienzos del siglo XX, entre los mineros procedentes de Santa Elena y La Carolina. Los hermanos Avellaneda, Alfonsa y Juan José, abrieron sus casas a quienes querían escuchar la Palabra, dando forma a un primer núcleo que crecería con el tiempo.

  Cuando aquel espacio se quedó pequeño, la comunidad se trasladó primero al Paseo de San Gregorio y, en 1924, adquirió el edificio de la calle Ancha con ayuda de una misión inglesa (la Glynn Vivian Miners Mission).  Tres años más tarde, en 1927, se hizo cargo de la comunidad don Salvador: maestro y colportor, figura discreta y constante. Parte del edificio se habilitó como escuela, y aún hoy persiste el recuerdo de quienes pasaron por sus aulas. En mi propia familia, mi tío Agustín lo evocaba como una presencia cercana.

  Tras la Guerra Civil llegaron la represión, la prisión y el destierro. Se le prohibió ejercer como maestro, pero continuó haciéndolo de forma clandestina. Su figura se fue definiendo no solo por lo que construía, sino también por aquello a lo que se enfrentaba.

  Tuvo enfrente al arcipreste don José María. Y quizá esa oposición explique, en parte, la nitidez de su recuerdo. Según testimonios de quienes vivieron aquel tiempo, el conflicto alcanzó tal dimensión que fue necesaria la intervención de la embajada inglesa, que solicitó amparo ante el gobierno.

  No era solo un enfrentamiento personal. En él se cruzaban dos formas de entender la autoridad, la fe y la propia comunidad. Una más institucional, otra más arraigada en la práctica cotidiana; una con respaldo estructural, otra sostenida desde la persistencia.

  Don Salvador permaneció como pastor evangélico hasta 1.970. Su legado no se mide tanto en documentos como en la memoria compartida de quienes lo conocieron o heredaron su influencia.

  Y es ahí donde el contraste inicial cobra todo su sentido. Donde otras formas de disidencia quedaron diluidas o apenas intuibles, la comunidad evangélica encontró una manera de permanecer: no en el archivo, sino en la vida de la ciudad.

  Tal vez toda ciudad sea también el resultado de esa tensión: entre lo que logra mantenerse y aquello que se pierde con el tiempo.

 En Puertollano, esa diferencia no solo habla de ideologías o creencias, sino de las formas en que una comunidad consigue perdurar. Porque, en última instancia, lo que permanece no siempre es lo más visible, sino aquello que encuentra la manera de seguir viviendo en las personas.




domingo, 26 de abril de 2026

Entre flechas amarillas: Puertollano, Nemesio y la memoria del tapeo

Entre flechas amarillas: Puertollano, Nemesio y la memoria del tapeo:   Recorrido por los bares de Puertollano y la cultura del tapeo como forma de vida, a través de la figura de Nemesio El Seco y su bar. Entre...

Puertollano, Nemesio y la memoria del tapeo




  Recorrido por los bares de Puertollano y la cultura del tapeo como forma de vida, a través de la figura de Nemesio El Seco y su bar. Entre tapas como los tumbalobos, la caña en tubo y la memoria de la barra, se reconstruye una época donde los bares eran mucho más que lugares de consumo: eran espacios de encuentro, rutina y vida cotidiana en el pueblo.

  En el Madrid de La Transición, Enrique Tierno Galván se permitió una de esas hipérboles que, por exageradas, acaban siendo más verdaderas que los datos: entre la Glorieta de Atocha y la Plaza de Antón Martín —decía— había más bares que en toda Dinamarca. No importaba comprobarlo. Bastaba con haber paseado alguna vez por ese tramo para entender que hablaba de algo más que de cifras: hablaba de densidad vital, de esa forma tan nuestra de convertir la calle en una extensión del salón.

  Si uno intentara hoy un ejercicio parecido en Puertollano y en la misma época, quizá no saldrían las cuentas, pero sí la intuición. Porque aquí los bares no son solo bares: son archivo, son memoria sedimentada en la barra, son pequeñas cápsulas donde el tiempo no pasa igual.

  En algunos de esos bares, además, había algo que no figuraba en ninguna cuenta. Una manera de estar, de atender, de sostener el ritmo de la barra sin hacerse notar demasiado. En Puertollano, durante años, eso tuvo un nombre: Nemesio. El Seco.

  No hacía falta explicarlo. Bastaba con entrar y verlo moverse detrás de la barra, con esa forma suya de estar sin estorbar y de atender sin aspavientos. La tapa llegaba cuando tenía que llegar, casi sin pedirla, y en ese gesto —repetido mil veces, siempre ligeramente distinto— se iba quedando algo más que el hambre. La caña en tubo y los tumbalobos de tapa eran el motivo para quedar con los amigos en El Seco.

  Porque tapear, al final, es eso: una forma de eludir el aburrimiento cotidiano, pero también de domesticarlo. Una manera de estar en el mundo que oscila, como casi todo en España, entre Don Quijote y Sancho Panza: entre el impulso de arreglarlo todo y la sabiduría de conformarse con lo inmediato.

  Tapeando se vertebran las relaciones —las de trabajo, las de familia, las que no tienen nombre— y se construye una memoria que no siempre necesita palabras. A veces basta un sabor, una costumbre, una barra concreta. A veces basta con que alguien, sin preguntar, te ponga delante lo de siempre.

  Y es ahí donde la tapa deja de ser acompañamiento y pasa a ser gesto. No importa tanto lo que es, sino lo que provoca: la conversación que se interrumpe, la mano que se alarga, el breve silencio compartido. Una coreografía mínima, casi invisible, que sin embargo sostiene algo más grande.

  En bares como el de Nemesio, primero ubicado en el Paseo de San Gregorio y después en la calle Pozo, esa coreografía no se pensaba. Simplemente ocurría. Siempre te hacía hueco con la mirada y en cuanto podía sin que le hubieras pedido la comanda, ya la tenías en la barra incluso con el punto de picante que sabía de tu gusto, para las bravas y los tumbalobos. Entre el sonido ambiental de las conversaciones y el humo del tabaco, junto a la sinfonía de tapas a lo largo de la barra, pasábamos momentos de felicidad  que en aquellos tiempos no los percíbiamos como tales.

  Nemesio encarnaba una manera de trabajar y estar en un bar sin espectáculo, sin marketing, sin performatividad. Solo presencia, oficio y repetición. Ese tipo de ritmo —lento, constante, casi invisible— hoy se ha vuelto raro, y lo raro se recuerda. Un bar así no era solo consumo: era estructura cotidiana. Gente que se veía, que coincidía, que se reconocía. Nemesio no dirigía eso, pero lo sostenía. Y eso hace que, con el tiempo, lo asociemos a algo más grande que él.  La memoria colectiva no guarda solo hechos, sino figuras que condensan épocas. Igual que otros lugares tienen el camarero de siempre o la barra de toda la vida, Nemesio funciona como ese punto fijo alrededor del cual gira el recuerdo. Si a Juanito lo asociamos con las pipas, a Nemesio, con los tumbalobos y el tubo de cerveza.

  Algunos lugares no son escenario, sino eje. En torno a Nemesio no solo ibas a beber o tapear: ibas a coincidir, a repetir, a verte reflejado en una rutina compartida. Eso hace que el recuerdo no sea episódico, sino estructural. Lo que más se recuerda a largo plazo no es lo llamativo, sino lo estable. No hay picos, hay continuidad. Y la continuidad, con el tiempo, se convierte en identidad.

  Nemesio no representaba nada de forma consciente, pero ahora, al mirarlo hacia atrás, funciona como un contenedor: dentro caben los ritmos de barrio, las formas de hablar, la relación con la barra, la confianza sin protocolo. La memoria humana simplifica. Donde había muchos bares, muchos camareros, muchas rutinas… el recuerdo elige uno. No porque sea el único importante, sino porque es el que permite ordenar el resto.

  Al final, Nemesio no es un recuerdo aislado, sino una forma de ordenar lo que fuimos. En torno a él, como en tantos otros bares de aquella época, no solo se iba a beber o a tapear: se iba a coincidir, a repetir, a reconocerse en una rutina compartida.

  Lo que permanece no es lo extraordinario, sino lo estable. Y lo estable, con el tiempo, deja de ser cotidiano para convertirse en identidad.

 Nemesio no representaba nada de manera consciente. Pero hoy funciona como un punto fijo alrededor del cual gira la memoria: los ritmos de Puertollano, las formas de hablar, la confianza sin protocolo, la barra como lugar de vida.

 Y quizá por eso lo recordamos así: no porque fuera único, sino porque en él se ordena todo lo demás.

📎Posdata de bares: Macías, La Perdiz, Galicia, La Gamba, Rueda, Chinato, El Coto, Monroy, Emi, Coimbra, Cervantes, Gijón, La Extremeña, Manolo, La Giralda, Los Candiles, Trini, Goya, Los Nevado, El Ruedo, Sambo, El Carro, El Pijo, Redondo, La Castellana, Mohatar, Segovia, Stop, La Perdiz, Camilo, Benedicto, Lucas, Peña El Taurino...

viernes, 24 de abril de 2026

Entre flechas amarillas: El león de la Fuente Agria: mito y símbolo en Puer...

Entre flechas amarillas: El león de la Fuente Agria: mito y símbolo en Puer...:  Hay lugares que se explican solos y otros que necesitan ser contados. No porque les falte historia, sino porque lo que tienen no basta.  Pu...

El león de la Fuente Agria: mito y símbolo en Puertollano



 Hay lugares que se explican solos y otros que necesitan ser contados. No porque les falte historia, sino porque lo que tienen no basta.

 Puertollano pertenece a esa segunda categoría. No nació envuelto en un relato fundacional ni protegido por una gran leyenda que le diera forma desde el origen. Y, sin embargo, como todos los lugares habitados, ha terminado por llenarse de símbolos que piden ser interpretados.

 El mito es un relato de lo fabuloso, algo que se supone ocurrido en un tiempo remoto, impreciso, casi imposible de fijar. Para los antiguos, no era una mentira, sino una forma de explicar lo que no podía comprenderse de otro modo. Los presocráticos entrelazaron mythos y lógos, como si la razón hubiese nacido envuelta en narración. Más tarde, los sofistas los separaron, aunque no renunciaron a vestir de filosofía los viejos relatos. Para el griego, el lógos era un principio abstracto, ordenador del mundo; en la tradición cristiana, se convirtió en palabra viva, creadora, casi palpable. La leyenda, en cambio, pisa tierra más firme. Parte de un hecho, de un lugar o de un nombre, pero la imaginación popular lo deforma, lo agranda, lo embellece o lo oscurece hasta hacerlo suyo.

  Las montañas de Alicante guardan ecos de estas historias. Se dice que el Puig Campana fue hendida por el espadazo de Roldán, y que el fragmento arrancado dio origen al islote de Benidorm. En el Mascarat, algunos sitúan el tránsito errante de Judas Iscariote, condenado a vagar entre peñas. El Cabezón de Oro promete tesoros ocultos en sus entrañas, mientras que en el Montíboli aún resuena la historia de un amor imposible entre el hijo de un rico comerciante árabe y la hija de un humilde pescador cristiano.

  Más al interior, en la provincia de Ciudad Real, la historia también se vuelve relato. La derrota cristiana en Alarcos, a manos de los almohades, frenó durante años el avance de la Reconquista, hasta que el destino cambió en las Navas de Tolosa con la victoria de Alfonso VIII y la carga de los Tres Reyes. Y en Valdepeñas, la resistencia popular frente a las tropas napoleónicas quedó grabada como un gesto casi épico que anticipaba la derrota francesa en Bailén.

  Otras leyendas nacen de manera más inesperada: de una voz que improvisa. Como la de aquella guía de Cracovia que, ante un grupo de turistas, explicó el origen del hejnal, ese toque de trompeta interrumpido, asegurando que recordaba el momento en que un centinela fue alcanzado en la garganta por una flecha mientras daba la alarma ante una invasión tártara. Porque, al fin y al cabo, toda leyenda comienza así: alguien cuenta algo… y otro decide creerlo.

  Puertollano, a diferencia de otros lugares, no nace envuelto en un mito ni sostenido por una leyenda fundacional. No hay héroes que abran sus tierras a golpe de espada, ni dioses que bendigan sus aguas, ni relatos antiguos que expliquen su origen con palabras heredadas. Nace, más bien, en silencio. Sin embargo, incluso los lugares más austeros terminan por reclamar su misterio. Porque allí donde no hubo relato, alguien acaba por inventarlo.

 Pero el león está ahí. En los caños de la Fuente Agria y en la Fuente de los Leones, quieto, casi ignorado por quien pasa a su lado sin detenerse. Como si siempre hubiera estado, como si no necesitara explicación. Puertollano, ciudad que ha ido perdiendo gran parte de su patrimonio, conserva sin embargo esa figura obstinada. No es un palacio, ni una muralla, ni los restos del Gran Teatro lo que permanece. Son cuatro leones. Y quizá no sea casual. Porque hay ciudades que levantan sus símbolos sobre lo que fueron, y otras —como esta— sobre lo poco que resiste. Tal vez por eso el león no preside una puerta ni protege un tesoro visible. Tal vez su función sea otra. El león ya está ahí, en los caños de la Fuente Agria y en la Fuente de los Leones del Paseo de San Gregorio, pero sin historia, es pura forma, lógos sin mythos, y eso genera perplejidad, ¿por qué un león aquí, qué guarda, qué vigila?

  Se cuenta —aunque nadie sabría decir cuándo empezó a contarse— que la Fuente Agria no siempre brotó como hoy la conocemos. Durante mucho tiempo, el agua permanecía oculta bajo la tierra, amarga incluso antes de ser bebida. Dicen que fueron cuatro leones los que la hicieron surgir. No llegaron como animales, sino como presencias: aparecieron una noche, en silencio, y comenzaron a escarbar la tierra hasta abrir los caños. Al hacerlo, quedaron fijados para siempre en el hierro, condenados a vigilar aquello que habían despertado. Desde entonces, el agua no es solo agua. Tiene memoria, Y su sabor áspero y mineral, sería según la leyenda, el eco de aquello que los leones no pueden decir. Por eso miran siempre al mismo sitio. No para custodiar lo que hay, sino lo que falta.

 Tal vez nuestra guía polaca particular decida contar esta historia a los turistas que visiten el Geositio Fuente Agria y quizá sin saberlo, la una a la vieja leyenda de la mona de las pocitas porque Puertollano, como todos los lugares termina necesitando también un relato solemne, casi heráldico. Si el lógos explica por qué hay hierro, agua, sulfatos...el mito responde a la pregunta que nadie formula en voz alta. "¿y por qué un león aquí, mirando siempre hacia el mismo sitio?"

  Los puertollaneros sabemos que no todos los caños de la Fuente Agria se usan igual. Todos tienen el mismo león, la misma boca abierta, el mismo gesto detenido, el mismo desgaste del hierro. Repetidos como si alguien hubiera querido borrar cualquier diferencia. Y sin embargo, la hay. Hay un caño que se reserva para beber allí mismo, sin botellas, sin prisa, los otros caños aceptan garrafas, manos apresuradas para cambiarla por otra vacía. Nunca se decidió, nunca se escribió pero se cumple. Tal vez el león esté ahí para vigilarnos. El lógos dirá que todos los caños son iguales, el mito mucho más discreto se limitará a constatar que hay uno que no es igual, y eso se percibe sin cartel alguno.

  La ermita más antigua de la ciudad es la de la Soledad, antiguamente dedicada a San Mateo. Marcos no tiene en Puertollano ni ermita ni costumbre. Y, sin embargo, el león está ahí. Tal vez los símbolos se confundieran, como se confunden los nombres cuando pasan de boca en boca. Tal vez, cuando la fuente empezó a brotar, alguien pensó que hacía falta un guardián. No para bendecir el agua, sino para vigilarla. Y el león de San Marcos —aunque no perteneciera al lugar— servía para la ocasión. No tenía historia aquí. Y precisamente por eso podía quedarse. Sin devoción concreta. Sin función declarada. Solo mirando.  Tal vez por ello no es custodio de la fe, ni siquiera del agua, sino de algo más difícil de nombrar: esa forma de acuerdo silencioso, casi invisible, que sostiene lo cotidiano.

 Quizá nunca sepamos por qué hay un león en Puertollano. Ni quien decidió colocarlo en la Fuente Agria, ni qué debía vigilar exactamente. Pero hay preguntas que no necesitan respuesta para seguir teniendo sentido. El león permanece. No como símbolo de lo que fue, sino de lo que falta. Y en esa falta, callada, compartida, casi imperceptible, se reconoce una ciudad que, sin mito heredado, ha aprendido a convivir con sus propios signos. Porque al final no es un león quien guarda la fuente. Somos nosotros, quienes sin saberlo, seguimos guardando al león.

 


lunes, 20 de abril de 2026

Entre flechas amarillas: Puertollano: la excelencia silenciosa del comercio...

Entre flechas amarillas: Puertollano: la excelencia silenciosa del comercio...:   En tiempos de inmediatez y consumo fugaz, el pequeño comercio tradicional emerge como un ejemplo discreto pero poderoso de excelencia. Lej...

Puertollano: la excelencia silenciosa del comercio que perdura


  En tiempos de inmediatez y consumo fugaz, el pequeño comercio tradicional emerge como un ejemplo discreto pero poderoso de excelencia. Lejos de grandes discursos empresariales, estas tiendas han sabido mantenerse vivas gracias a algo más profundo: la confianza, la cercanía y una identidad que resiste el paso del tiempo. En Puertollano, ese legado no solo se conserva, se vive.

  En un mundo donde lo efímero parece imponerse, hablar de excelencia en las organizaciones adquiere un matiz distinto cuando miramos al pequeño comercio tradicional. Más allá de indicadores financieros o estrategias de crecimiento acelerado, la verdadera excelencia —como apuntaba Tom Peters— reside en la capacidad de una organización para perdurar, adaptarse y mantener su esencia sin perder su propósito. (Vid.)

  Aplicada al comercio de proximidad, esta idea cobra una fuerza especial. Las tiendas que han pasado de generación en generación en Puertollano, no solo han sobrevivido a cambios económicos, tecnológicos y sociales; han sabido reinterpretarse sin romper el hilo invisible que las une a su origen. Su excelencia no se mide únicamente en términos de rentabilidad, sino en la confianza construida con sus clientes, en el conocimiento transmitido de padres a hijos y en la identidad que aportan al tejido urbano.

  En Puertollano, estas pequeñas organizaciones familiares son mucho más que negocios: son custodios de historias, hábitos y relaciones. Su continuidad no es casualidad, sino el resultado de una forma de entender el trabajo donde la calidad, la cercanía y el compromiso se convierten en una filosofía que trasciende generaciones.

  "Solo podemos dar una opinión realmente imparcial cuando se trata de cosas que no nos interesan y ésta es, sin duda, la razón de que la opinión imparcial carezca completamente de valor". -Óscar Wilde-

  No hay mirada neutra cuando uno escribe sobre lo que le importa, y este es el caso porque esta entrada está cargada de emoción y amistad. Este texto nace, precisamente, desde la implicación: desde la admiración por esos comercios que han resistido el paso del tiempo en Puertollano, que han visto cambiar generaciones enteras sin bajar la persiana. Hablar de ellos no es un ejercicio de distancia, sino de cercanía.

  Porque si la excelencia —en el sentido más profundo que plantean las teorías organizativas— tiene que ver con la permanencia, con la coherencia y con la capacidad de seguir siendo relevantes sin traicionar el origen, entonces el pequeño comercio tradicional merece ser contado desde dentro, desde la emoción y el respeto.

  Empiezo por un pequeño repaso de esa relación de comercio tradicional: La Perla fundada en 1953 y ubicada en la calle Aduana; La Casetilla, tuvo su primer local en la calle Calzada, hoy está en la calle Cruces, las heladerías Morán y Romero, la floristería Díaz que tuvo su primer local en la calle Talavera Alta y hoy tiene el local en la calle Aduana y la droguería Espinosa que inició su actividad en la calle Córdoba y hoy se encuentra en la calle Aduana. Además, en esta lista, hay que incluir a la joyería García de la calle Aduana, los calzados Menasalvas, con dos tiendas, una en la calle Vélez y otra en el Paseo de San Gregorio, y el estudio fotográfico que fundó en los sesenta Antonio Sánchez Romero y que hoy mantiene su hijo Antonio en el Paseo de San Gregorio esquina calle Benéfica.

  Me voy a centrar en las tiendas de ultramarinos de Colado, en la de confecciones Sixto y en la de Viuda de Sánchez. Cada una de ellas nos ha acompañado en distintas etapas de la vida y de generaciones de puertollaneros. Si la vida es como el Camino de Santiago, que se hace por etapas y son etapas de tu vida, la tienda de Colado nos lleva a las generaciones que peinan canas, a la infancia, a lo cercano, al ultramarino envuelto en papel que olía antes de abrirse, y a su inconfundible acera llena de cubas de sardinas en salazón. La tienda de Sixto marcaba -y marca- un rito de paso en los eventos de nuestras vidas, el del primer traje bueno para nuestro día de la boda. Y la tienda Viuda de Sánchez nos lleva a ese tiempo sin whatspp ni fotografía digital, al revelado expectante de esos rollos de películas de 12, 24 y 36 que en cada viaje administrabas tanto como los escasos recursos económicos de los que disponíamos. Los paisajes y selfies tenían que esperar a que el laboratorio de Kodak los revelara y los recogieras en papel en la tienda. Era como abrir esa carta de amor, todo una sopresa...

  Ultramarinos Colado lo funda Balbina en 1.940, en lenguaje político actual, hablaríamos de mujer empoderada. Su primera ubicación fue en la calle Ave María y posteriormente, a la empresa, se unió su marido Felipe, cambiando el local a la calle Soledad. Continuó la tradición Valentín, siguieron la saga su hijo Pedro y  su viuda Carmen. Hoy la biznieta Sofía mantiene la esencia pero con otro colorido, decoración y organización, entrar en su tienda es como ver la película de Chocolat y dejarte llevar por el olor a pimentón, y a los  mejores embutidos, pastas, y especias, todo un lujo gourmet.

  Confecciones Sixto lo funda Sixto Ruiz Mohedano en 1.976, conocía bien el oficio porque había trabajado en La Perla. Siguió la tradición su hijo Pedro Sixto, y la continuidad está asegurada por la nieta, María Ruiz Mora. Es la tienda del rito de paso de los puertollaneros que se van a casar. El traje de caballero es su seña de identidad y su escaparate es uno de los mejores -el mejor sin duda- de la calle Aduana.

 Gabriel Sánchez Romero funda Viuda de Sánchez en 1.958 en el Paseo de San Gregorio, y en 1.967 su viuda se hace cargo del establecimiento. Fue tienda de fotografía, laboratorio fotográfico en blanco y negro, regalos, artículos de fumador, pequeños electrodomésticos y estanco. Hoy el nieto Gabriel Sánchez Duque continúa la tradición familiar con la venta de complementos de regalo.

  La fotografía en rollo revelada por Kodak, acompañaba como el zumbido al moscardón, a la tienda Viuda de Sánchez y representaba algo casi mágico: capturar momentos sin verlos al instante. Cada carrete era un pequeño acto de fe. Disparabas sin certeza absoluta, confiando en la luz, en el pulso y en el ojo. Luego venía la espera, a veces de días, hasta llevar el rollo a revelar y descubrir qué había salido bien… y qué no.

  Ese proceso hacía que cada imagen tuviera más peso. No había miles de fotos ni posibilidad de borrar: cada disparo contaba. Las fotos reveladas eran objetos físicos, recuerdos tangibles que se guardaban en cajas o álbumes y se compartían en familia. Más que un simple registro, la fotografía en rollo era una forma de detener el tiempo con intención, donde la sorpresa final formaba parte esencial de la experiencia. Cada día, la saca de Kodak se facturaba en Renfe, era como ese petate de la mili, y en él se custodiaban los recuerdos de la vida cotidiana, eventos y viajes. La tienda mantiene como elemento vintage el cartel luminoso de la otrora poderosa Kodak.

  Viuda de Sánchez fue también pionera en la venta de películas en Super 8, que fue el puente con el vídeo doméstico... ¡Cuántas historias viendo aquéllas películas en la tienda!

  Quizá la verdadera excelencia no esté en crecer sin límite, sino en permanecer con sentido. En seguir levantando la persiana cada día con el mismo compromiso, en conocer a quien entra por la puerta y en formar parte de su historia sin hacer ruido.

  Porque estos comercios no solo venden productos: sostienen recuerdos, acompañan etapas y dan forma a la memoria colectiva de una ciudad. Y mientras sigan ahí —adaptándose sin dejar de ser— Puertollano conservará algo que no se puede replicar ni digitalizar: su alma.

  P. D.: Esta entrada podrá actualizarse en el futuro para incorporar nuevas tiendas de comercio tradicional conforme vaya teniendo constancia de más establecimientos de este tipo.




martes, 14 de abril de 2026

Entre flechas amarillas: Salones recreativos y Hogar de la OJE en Puertolla...

Entre flechas amarillas: Salones recreativos y Hogar de la OJE en Puertolla...:     En el Puertollano de los años sesenta y setenta, en una España todavía contenida pero ya en movimiento, hubo espacios humildes donde, si...

Salones recreativos y Hogar de la OJE en Puertollano: amistad, memoria y el germen de la Transición

 


  En el Puertollano de los años sesenta y setenta, en una España todavía contenida pero ya en movimiento, hubo espacios humildes donde, sin darnos cuenta, empezábamos a vivir de otra manera. Entre salones recreativos y las estancias del Hogar de la OJE, se fue tejiendo una forma de convivencia que no figuraba en ningún programa oficial: una educación sentimental hecha de juegos, música, complicidades y descubrimientos compartidos. Aquellos lugares, aparentemente menores, fueron en realidad escenarios donde se ensayaba una libertad discreta y donde la amistad —la verdadera, la que se construye en el trato cotidiano— comenzaba a tomar forma.

Colegio Ramón y Cajal. Fuente Portus Planus

  En el Puertollano de los años sesenta y setenta, cuando el país aún caminaba con paso vigilado hacia el final de una época, hubo lugares discretos donde empezábamos, casi sin saberlo, a ensayar la libertad. Los salones recreativos no eran solo refugio del tedio ni excusa para escapar del colegio en aquellas mañanas de hacer toros -absentismo escolar-; eran también territorio propio, un espacio donde mezclábamos edades, descubríamos códigos y aprendíamos a estar con los otros sin demasiadas consignas.

 El Hogar de la OJE de la calle Benéfica, pensado para formar según los moldes del régimen, acabó siendo para muchos de nosotros un lugar ambiguo y fértil: un refugio inesperado donde crecer a nuestra manera. Allí aprendimos a jugar al ajedrez, veíamos películas mudas de El Gordo y El Flaco en la pequeña sala de cine, y en sus salas improvisadas como pequeñas discotecas, los guateques trajeron algo más que música: dieron a las chicas un espacio propio y a todos nosotros la posibilidad de mirarnos de otra forma, menos vigilada, más libre. Nuestra formación primaria estaba diferenciada por sexos y hasta que no llegamos al Instituto, no compartimos aulas chicos y chicas.

 Pero hay que dar  un breve repaso de los salones recreativos de los que dispuso Puertollano. Creo que el primero fue el Coimbra ubicado en la calle Aduana, al que siguieron el Salón Moderno de la calle Juan Bravo, los Llopis en la avenida 1º de Mayo, y los Espada y Morales en el Paseo de San Gregorio. Puede que alguno más. Entre sus sonidos característicos el las máquinas de bolas acompañadas del golpeteo de manos para cambiar su trayectoria y evitar que se colara por el centro, y el de aquellas gramolas en las que se seleccionaba una canción previo pago con una moneda de duro de la época. A esos sonidos, los inconfundibles del taco de billar, el de las bolas de ping pong en las mesas de juego y el de los futbolines. Sonidos inconfundibles en tiempos de cambio pobretes pero alegretes como diría Vázquez Montalbán, y miradas atentas a los jugadores más aventajados como técnica de pasatiempo que conllevaba una endoculturación  en un modelo de vida social totalmente offline.

 El Hogar de la OJE lo frecuentaban también algunos profesores que nos sacaban los colores cuando hacíamos toros, pero jamás recuerdo ninguna reprimenda, creo que eran conscientes de la importancia de esa vida cotidiana que significaba apertura del régimen. El personaje sin duda más entrañable y querido era Carmelo, que controlaba los tiempos asignados para los futbolines, el billar y el ping pong. Se acompañaba siempre de su libreta en la que anotaba los tiempos y los turnos, y era inconfundible por su carácter bonachón, sus patillas en forma de hacha, sus chascarrillos cuando nos tenía que llamar la atención y su paternalismo. Siempre le preguntábamos impacientes, ¿cuánto falta para una mesa?

  El Hogar de la OJE disponía de distintas plantas, en la más alta, la de las mesas de ping pong, y descendiendo, la de los billares y futbolines. En la planta baja, la sala de cine y la discoteca abierta los sábados y domingos con un pequeño bar. En el tocata de la sala de baile,  la música romántica italiana era la preferida para bailar con las chicas, y naturalmente se establecía un juego seductor muy sano, veníamos de un modelo educativo diferenciado por sexos, y aquellos bailes -con las canciones de Adamo- eran dinamita: pequeños ritos de paso adolescentes en los que, entre miradas y torpezas, empezábamos también a aprender otra forma de relación. 

  Con el tiempo he llegado a pensar que allí se fraguaba algo más profundo: una forma de amistad que iba más allá del simple entretenimiento. Sin saberlo, nos acercábamos a esa idea clásica de la amistad en el sentido que le dió Aristóteles en su Ética a Nicómaco, como vínculo que se construye en la convivencia, en el reconocimiento mutuo y en una cierta lealtad callada. No era solo pasar el rato: era aprender a estar juntos, a respetar turnos, a medirnos sin rompernos, a compartir un mundo que empezaba a ser nuestro.

  Visto con la distancia del tiempo, cuesta no pensar que en aquellos espacios -entre el ruido de las bolas, las canciones de los guateques y la mirada atenta de figuras como Carmelo- se estaba gestando algo más que una forma de pasar las horas. Había una felicidad sencilla, casi ingenua, hecha de pequeñas conquistas cotidianas, que convivía con un país que empezaba a cambiar sin saber muy bien cómo. El Hogar de la OJE, con todas sus contradicciones, y personas como Carmelo, tan cercanas y tan humanas, formaron parte de ese aprendizaje silencioso.

  Sin grandes discursos, sin conciencia histórica, fuimos aprendiendo a convivir, a relacionarnos y a reconocernos en los otros. Y quizá fue precisamente ahí, en esa vida compartida y aparentemente menor, donde empezó a tomar forma la España que vendría después: una España más abierta, más libre, que ya estaba latiendo -casi sin saberlo- en aquellos días pobretes pero alegretes.


domingo, 5 de abril de 2026

Entre flechas amarillas: Simago: memoria de un cambio en Puertollano

Entre flechas amarillas: Simago: memoria de un cambio en Puertollano:    Hubo un tiempo en que en Puertollano comprar no era elegir, sino pertenecer.   Se compraba donde correspondía: en el economato de la empr...

Simago: memoria de un cambio en Puertollano


   Hubo un tiempo en que en Puertollano comprar no era elegir, sino pertenecer.
  Se compraba donde correspondía: en el economato de la empresa, en la tienda de siempre, en el mercado donde se pedía la vez y se fiaba la confianza. Todo tenía su sitio, su olor y su orden.

  Y entonces, un día de diciembre de 1966, las puertas de Simago se abrieron en el Paseo de San Gregorio, y sin que nadie lo anunciara como tal, empezó otra forma de vivir la ciudad. No fue solo un supermercado: fue la entrada silenciosa a una manera distinta de mirar, de elegir y de consumir.

  Al auge minero de Puertollano se sumó la Empresa Nacional Calvo Sotelo de combustibles, líquidos y lubricantes en 1942 con sus sucesivas ampliaciones en 1959 de la fábrica de abonos nitrogenados, y en 1966 con el gran complejo petroquímico y de refinería. Puertollano tenía mucha vida. El Poblado de Puertollano tuvo su hermano gemelo en el Poblado de Repesa de Cartagena, y según Pérez Reverte, fueron y en gran medida Puertollano como ciudad lo sigue siendo, un experimento sociológico.

  La Calvo Sotelo abrió un Economato en 1943 y en 1947 ya tenía unos 5.500 beneficiarios entre trabajadores y familias, es decir, aparece al mismo tiempo que la implantación industrial de la empresa en la ciudad, siendo uno de los primeros equipamientos básicos del complejo. Está al mismo nivel de creación de escuelas (1.945), la iglesia (1.948) e instalaciones deportivas. Es decir, un diseño de vida y abastecimiento controlado de poblado industrial. El economato cumplía varias funciones simultáneas: abastecimiento en un contexto de escasez -España estaba en plena autarquía con un mercado intervenido-, garantizaba el suministro, y con unos precios más bajos que en el mercado general, servía como complemento real al sueldo -salario diferido-. Su acceso solo a los trabajadores reforzaba la dependencia de la empresa y generaba identidad de grupo y pertencencia al Poblao.

  El 17 de junio de 1.957 se inauguró el Mercado Municipal de Abastos respondiendo al vertiginoso crecimiento demográfico de Puertollano centrado en la minería y la industria química que desbordó las infraestructuras de comercialización de alimentos de la época. El mercado centralizó, ordenó y mejoró la higiene del suministro y se centró en la venta de productos perecederos, regulando precios.

  Puertollano también dispuso en los años 50, del Economato de la Sociedad Minera de Peñarroya, el SMMP que funcionó de manera similar y con la misma filosofía que el del Poblado. Estuvo ubicado en el Paseo de San Gregorio, y lo llamábamos El Colomato.

  Puertollano disponía pues de un modelo consolidado donde el acto de comprar llevaba más de veinte años funcionando, pero no era libre, sino dirigido, cuando SIMAGO abrió sus puertas en la ciudad el 1 de diciembre de 1.966. Fue sin duda alguna el primer supermercado moderno de la ciudad, y pese a que en la actualidad está integrado en la cadena Carrefour Market, los puertollaneros lo seguimos llamando Simago.

 En 1.966 Puertollano era una locomotora de crecimiento industrial y demográfico, con clase trabajadora urbana que demandaba un consumo moderno. Fue su primera gran superficie local con acceso desde la calle Aduana y el Paseo de San Gregorio, y su novum fue transformar a una ciudad acostumbrada al comercio tradicional en otra que se adaptó al cambio de paradigma. La cadena se fundó en 1.960 con una mezcla de supermercado más bazar, política de precios bajos y de autoservicio, es decir, y para la época, algo asombroso, sin que se despachara detrás de un mostrador. El acto conllevaba coger los productos sin dependiente, hacer cola en caja y recorrer pasillos con el bolso de la compra o el carro, es decir el modelo actual, pero en Puertollano se impuso mucho antes que en otros pueblos y ciudades. Además acabó con el regateo y la incertidumbre de los precios y creó la moda de ir a ver lo que había, sirviendo de punto de encuentro ciudadano. Simago nos empezó de alguna manera a hacernos sentir cosmopolitas, y caminar de regreso a casa con la bolsa de plástico amarilla con el logotipo de Simago, era todo un ritual. Para los habitantes de los barrios periféricos era señal inequícova de que habían ido al centro. Además catalizó el empleo femenino en puestos de cajeras y reponedoras y transformó socialmente a la ciudad. En resumen, el comercio de los economatos restringidos de las empresas, dió paso a un modelo  de libre acceso a los clientes.

  Simago congrebaba a los pueblos de la comarca: Almodóvar, Argamasilla, Hinojosas...que llegaban en aquellos autobuses de línea que tenían paradas en los bares del Paseo que servían igualmente de sala de espera tomando el  cafelito o la caña. Eran tiempos en que los camiones circulaban por todo el centro en dirección al Complejo Petroquímico -la variante del Minero tardó bastantes años en hacerse- y en los que la foto del Paseo era la del guardia municipal dirigiendo al tráfico y a los peatones en aquella rotonda arcaica en la confluencia del Gran Teatro, la calle Aduana y la calle Ricardo Cabañero.

  El Mercado de Abastos y las tiendas de ultrarinos mantuvieron la fórmula del contacto directo donde se pedía la vez, a veces se compraba de fiao, se compraba a granel y se intercambiaban los cascos de las botellas de cerveza, leche, gaseosa La Casera y los sifones de agua con gas. Las tiendas tenían sus olores, la de la tienda de Colado por ejemplo, el de las sardinas de cuba y el pimentón, y el Mercado,  el olor característico del pescado fresco y las hortalizas. Simago en cambio, era la asepsia olfativa pero en cambio te brindaba la estimulación visual y el consumo. Para los chiquillos, al no disponer el centro de escaleras mecánicas, la diversión consistía en acceder por el Paseo y salir por la calle Aduana recorriendo sus pasillos, era una especie de diversión más que un  atajo -los pasajes comerciales llegaron más tarde-.

 El comercio tradicional también aprendió a convivir con Simago, aún recuerdo las advertencias de nuestras madres cuando nos mandaban a algún recado a las tiendas tradicionales como la de la familia Agudo en la Plaza Pepe Hía -Plaza de la Constitución- con la advertencia severa de que no volviéramos sin los cupones de Valispar, el marketing de la época  que consistía en fidelizar clientes en el comercio tradicional pegando sellos en unas cartillas con las que se obtenían regalos incluidos en un catálogo.

  De alguna manera, apreciábamos el contraste de la compra de un cuarto de membrillo y el intercambio de la botella de La Casera en una tienda en la que te conocían y sabían quienes eran tus padres con el recorrido anónimo por Simago, curioseando en sus estanterías.

  Con el tiempo, el nombre cambió y llegaron otras marcas, pero para muchos el lugar sigue siendo el mismo. Porque más allá de lo que se compraba, lo que quedó fue la experiencia: ese tránsito casi imperceptible entre un mundo donde todo estaba pautado y otro donde empezábamos a elegir.

  Quizá por eso, aún hoy, cuando alguien dice voy al Simago, no está nombrando un supermercado. Está nombrando una época. Una ciudad que crecía, unos niños que miraban los estantes como si fueran escaparates del mundo, y una bolsa amarilla que, camino de casa, llevaba dentro algo más que la compra: llevaba la sensación de que Puertollano, por fin, se parecía un poco más a todo lo demás.


viernes, 3 de abril de 2026

Entre flechas amarillas: Puertollano entre memoria y olvido: lo que queda y...

Entre flechas amarillas: Puertollano entre memoria y olvido: lo que queda y...: Fuente Foto Portus Planus      El patrimonio de Puertollano no siemp...

Puertollano entre memoria y olvido: lo que queda y lo que podemos proteger


Fuente Foto Portus Planus
    

El patrimonio de Puertollano no siempre está a la vista, pero sigue ahí. No ha desaparecido del todo: permanece escondido en naves, almacenes y rincones olvidados. Este “patrimonio invisible” nos habla de lo que perdimos y de lo que aún podemos proteger, antes de que siga el mismo camino que los edificios y monumentos que la ciudad ya no reconoce.


El patrimonio invisible de Puertollano no ha desaparecido. No ha sido destruido del todo ni borrado por completo. Permanece, en gran parte, oculto. Guardado en naves municipales, disperso en almacenes, apartado de la mirada pública hasta el punto de que, en muchos casos, se desconoce incluso su paredero. No es un patrimonio perdido: es un patrimonio invisibilizado, secuestrado por el olvido institucional.

Pero antes de hablar de lo que aún queda, conviene detenerse en lo que ya no está. Y no como un simple ejercicio de memoria, sino como una constatación de una forma de hacer ciudad. Puertollano perdió espacios que no eran solo edificios, sino lugares donde la vida colectiva tomaba forma. Recordemos lo que ya está derruido, y en consecuencia, imposible de recuperar: Gran Teatro, Plaza de Toros, Monumento a los Caídos -junto a la ermita de la Virgen de Gracia-, Templete de la música del Paseo de San Gregorio (conocida como la Concha de la Música), el Cine Lepanto de la calle Vélez, el Edificio del Círculo de Recreo convertido en cine y recordado como El Imperial de la calle Aduana, el Edificio de Correos de la calle Calzada, el depósito de agua La Copa que dió nombre a la calle, y la Posada de la Tercia.

 Sin embargo, lo más revelador no es solo lo que se ha perdido, sino lo que aún existe y permanece fuera de la vista. Elementos de la antigua estación de Renfe, vagonetas y utillaje de la Sociedad Minera y Metalúrgica de Peñarroya, farolas históricas del Paseo de San Gregorio… piezas que no fueron destruidas, pero tampoco integradas en ningún relato público. Sobreviven sin contexto, sin función, sin mirada. Y eso plantea una cuestión de fondo: Puertollano no solo ha dejado caer su patrimonio, también ha sido incapaz de reconocer el valor de lo que conserva.

Fuente Foto Portus Planus

Mención aparte merecen, el Monumento al Marqués de Suanzes, cuyo título fue suprimido en octubre de 2022 tras la entrada de la Ley de Memoria Histórica, que fue ingeniero naval, ministro de Industria y artífice de la creación del INI, y por tanto impulsor de la instalación de Repsol en Puertollano, y el Monumento a los héroes Cabañero, familia que fue tiroteada por el Frente Popular en el 36 y que el franquismo la declaró mártir.

El monumento al Marqués de Suanzes estuvo instalado en el Paseo de San Gregorio muy cerca de la Casa de Baños. De su busto se desconoce su paradero. La obra la realizó Horacio de Eguía Quintana, se inauguró en 1967 y se retiró en 1979. El Monumento a Los Cabañero se instaló en la Plaza del Ayuntamiento, era la firgura de una mujer que portaba una corona de laurel con la leyenda en la base Puertollano a los Héroes Cabañero. Fue obra de Joaquín García Donaire que fue miembro de la Real Academia de Bellas Artes. Se inauguró en 1961 y se retiró en el mismo año que la de Suanzes corriendo la misma suerte que su busto, es decir que ambos monumentos por falta de la diligencia debida, se marcaron un ¿Quién sabe dónde?

  Más allá de las razones ideológicas, hay una pregunta que sigue abierta: ¿qué se hizo con ellos? La desaparición sin rastro no es reinterpretación, es ruptura. Porque incluso aquello que resulta incómodo forma parte de la historia y, como tal, debería poder ser explicado, contextualizado y comprendido, no simplemente borrado.

  En otras ciudades europeas se ha optado por caminos distintos. Lugares como Sofía han sabido reunir y reinterpretar elementos de su pasado, incluso aquellos vinculados a etapas políticas complejas, creando espacios donde la memoria no se impone, pero tampoco se oculta. No se trata de conservar por nostalgia, sino de dotar de sentido a lo que se hereda. Como ejemplos, el Museo de Arte del período socialista y los recorridos que se ofrecen a los turistas en las capitales de la Europa del Este mostrando  la vida cotidiana en la era comunista. 

Esta reflexión resulta aún más pertinente si se tiene en cuenta que en 2024 la UNESCO reconoció el valor del territorio al declarar Geoparque Mundial a los Volcanes de Calatrava de la provincia de Ciudad Real, incluyendo a Puertollano como enclave relevante por su patrimonio geológico y minero. Sus puntos de interés se centran en el Geositio Fuente Agria, el Carbonífero -monumento natural- y el Museo de la Minería.

  Este reconocimiento no debería ser solo un motivo de orgullo, sino también una advertencia. Porque si hoy sabemos valorar lo que nos hace únicos, también deberíamos ser capaces de cuidar aquello que aún conservamos. Puertollano está a tiempo de no repetir su propia historia: de evitar que lo que queda siga el mismo camino que lo que ya se perdió o se hizo desaparecer.

  Aún estamos a tiempo de mirar de otra manera. De recuperar, reunir y dar sentido a lo que permanece. Porque el verdadero patrimonio no es solo el que se reconoce desde fuera, sino el que una ciudad decide no volver a olvidar.

  Este reconocimiento internacional no debería ser solo motivo de orgullo, sino también una llamada de atención. Puertollano aún está a tiempo de cuidar lo que queda, de reunirlo, mostrarlo y dar sentido a su historia. No podemos permitir que lo que sobrevive siga el mismo destino que lo perdido. Porque el verdadero patrimonio no es solo el que otros valoran desde fuera, sino el que una ciudad decide no volver a olvidar.

P.D.: Como ejemplo de patrimonio que aún podemos recuperar, puedes leer sobre la Chimenea Cuadrá y su restauración aquí