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martes, 3 de febrero de 2026

Entre flechas amarillas: Ágios Óros ante la fractura de la Ortodoxia: coraz...

Entre flechas amarillas: Ágios Óros ante la fractura de la Ortodoxia: coraz...:   La crisis contemporánea de la Ortodoxia no se manifiesta en forma de cisma formal, como el de 1054, sino como una ruptura del reconocimien...

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Entre flechas amarillas: El dedo de Bizancio. Athos y Tesalónica en la geog...:      Bizancio no fue solo un imperio de fronteras, ejércitos y capitales, sino una civilización trazada por ejes invisibles. Algunos se dibu...

El dedo de Bizancio. Athos y Tesalónica en la geografía invisible de la ortodoxia

  


  Bizancio no fue solo un imperio de fronteras, ejércitos y capitales, sino una civilización trazada por ejes invisibles. Algunos se dibujaban sobre la tierra; otros, sobre el mar y la conciencia. Entre Constantinopla, Tesalónica y el Monte Athos no hubo nunca una alineación geográfica evidente, pero sí una continuidad espiritual, intelectual y política que sostuvo durante siglos el equilibrio de la ortodoxia. Comprender Athos exige mirar más allá de su aislamiento aparente y reconocer la red de ciudades, rutas y mediaciones que lo hicieron posible. 



 Athos no está en línea geográfica  con Tesalónica y Constantinopla, pero sí en el mismo eje cultural y bizantino. No es el paso natural a la capital del Bósforo, pero sí el dedo que se adentra en el mar y le señala el camino de la luz y la espiritualidad. Tesalónica fue la segunda ciudad del imperio triangulando con la capital imperial, el corazón monástico de la ortodoxia. Los monjes, ideas, manuscritos y los asuntos políticos circunnavegaban constantemente entre estos puntos.

  Tesalónica era después de Constantinopla, la ciudad más poblada, la más rica, la más estratégica del imperio, y la capital administrativa y militar del Ilírico y los Balcanes conectando el Adriático con la metrópoli. En otras palabras, no era el núcleo de la periferia, sino más bien el segundo corazón de Bizancio. Hoy Tesalónica sigue siendo la gran ciudad de apoyo al Monte Athos, allí se tramita el diamonitírion, el viaje y su logística con el aeropuerto y el servicio de autobús a Ouranopolis (para el embarcarque rumbo a Dafni), las comunicaciones esenciales y el respaldo urbano de mercancías que los monjes no pueden o a veces no quieren producir.

 


 Tesalónica tiene presencia athonita real con los metochia -dependencias y centros espirituales- e instituciones ligadas a la Montaña Sagrada. Los monasterios de Vatopedi, Iviron y Xiropotamo cuentan con iglesias dependientes, casas monásticas, centros de acogida y núcleos administrativos. 

 El monasterio de Vlatadon mantiene vida monástica viva, depende del Patriarcado de Constantinopla y funciona a modo de puente athonita con el Centro de Estudios Patriarcales. Monaquismo en la polis frente al monaquismo radical alejado del mundo.

 Tesalónica es también la capital intelectual de Athos con las Facultades de Teología y Estudios Patrísticos de la Universidad de Aristóteles donde se transmiten las tradiciones litúrgica y canónica, y se publican manuscritos y libros athonitas, en otras palabras, aporta el logos y la Montaña de la Virgen, el hesicasmo, una relación que anuda la razón a la fe.

 El Egeo es el espacio bizantino que vertebra al eje Athos, Tesalónica y Constantinopla con las rutas marítimas y las arsanas de los monasterios. En Athos hay serbios, rusos, rumanos, búlgaros...y todas esas culturas tienen su punto de encuentro en el ambiente cultural universitario y urbanita de la segunda ciudad griega. El Athos medieval, otomano y contemporáneo se ha fosilizado, Tesalónica ha fagocitado todos los cambios asumiendo las tensiones entre monjes y autoridades eclesiásticas, y entre nacionalismos griegos y eslavos para que la paz y el silencio y ese mantenerse por encima del bien y del mal perduren en el Dedo Divino de la Península Calcídica.

  Athos no mira a Tesalónica ni a Constantinopla como destinos, sino como orillas necesarias. La ciudad piensa, el monasterio ora, el mar sostiene el tránsito. Nada concluye en ninguno de los tres puntos: todo circula. Cuando el ruido del mundo amenaza el silencio, Tesalónica lo absorbe; cuando la razón se agota, Athos la devuelve a la luz. Así, en ese equilibrio inestable entre piedra, agua y palabra, Bizancio continúa respirando sin imperio, pero no sin alma.








lunes, 2 de febrero de 2026

Entre flechas amarillas: Ágios Óros ante la fractura de la Ortodoxia: coraz...

Entre flechas amarillas: Ágios Óros ante la fractura de la Ortodoxia: coraz...:   La crisis contemporánea de la Ortodoxia no se manifiesta en forma de cisma formal, como el de 1054, sino como una ruptura del reconocimien...

Ágios Óros ante la fractura de la Ortodoxia: corazón sin imperio, autoridad sin poder



  La crisis contemporánea de la Ortodoxia no se manifiesta en forma de cisma formal, como el de 1054, sino como una ruptura del reconocimiento, una quiebra de la autoridad compartida y de la unidad vivida. La ruptura de la comunión entre el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla y el Patriarcado de Moscú ha puesto en evidencia una tensión latente desde hace décadas: la dificultad de sostener una primacía canónica sin consenso efectivo y sin un centro espiritual que vertebre, reciba y encarne esa autoridad.

 En este contexto, el Monte Athos —Ágios Óros— emerge no como árbitro del conflicto, sino como espejo incómodo. Corazón espiritual de la Ortodoxia desde la Edad Media, Athos mantiene viva la tradición ascética, la hesiquía y la continuidad monástica al margen de los Estados, de las lógicas nacionales y de la instrumentalización política de la fe. Su existencia plantea una pregunta decisiva:
¿Puede la Ortodoxia sostenerse únicamente desde el derecho canónico y la diplomacia eclesial, prescindiendo de un centro espiritual reconocido por todos?


  Athos es el corazón espiritual y Constantinopla la cabeza canónica. Ágios Óros mantiene la tradición viva, el ascetismo y la continuidad espiritual; Constantinopla representa el derecho canónico y la diplomacia eclesial.

Tras la ruptura de la comunión entre el Patriarcado de Constantinopla y el de Moscú, el dilema que se plantea es si puede la Ortodoxia sostenerse solo desde el derecho y una primacía sin centro espiritual y de acatamiento del resto de las Iglesias, y dentro de esta disyuntiva, ¿Puede Athos permanecer al margen del Telón de Acero Ortodoxo?

  Athos vive alejada del mundo, de los Estados y de la lógica del poder, y depende canónicamente del Patriarca de Constantinopla, es hijo de Bizancio, el Patriarca Ecuménico es su protector, y tras la caída del Imperio en 1453, se convirtió en su reserva espiritual. 

  ¿Cómo afecta la división Constantinopla-Moscú habida cuenta de que en Ágios Óros hay monasterios de diferentes nacionalidades y cuyas Iglesias respectivas se han posicionado de un lado u otro? Toda la Montaña Sagrada depende canónicamente del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla sin excepción. Es decir, que los monasterios griegos, el serbio (Hilandar), el búlgaro (Zografou), el ruso (San Pantaleón) y el de Iviron de fundación georgiana y actualmente integrado en la tradición y administración griega, dependen del Patriarca con sede en la Catedral de San Jorge de Estambul y no de sus respectivos Patriarcas nacionales.

  El Patriarca de Athos es el de Constantinopla, quien confirma al Protos (máxima autoridad administrativa y espiritual de la Montaña Sagrada) con sede en Karyes y elegido entre los veinte monasterios. No hay pues monasterios nacionales que dependan de Moscú, Sofía o Belgrado aunque mantengan su lengua y tengan tipicón (regla de vida y disciplina monástica) propio, la relación que mantienen es cultural, no jurisdiccional. La Tercera Roma no puede nombrar abades ni intervenir canónicamente en Athos y pese a ciertas tensiones internas, Moscú no ha podido acercar a Athos a su postura.



  Tras la ruptura de comunión entre Rusia y la sede de Bizancio, Athos encuentra una vez más su sentido por ser supranacional, suprapolítico y suprapatriarcal vertebrando y preservando la unidad monástica. Obediencia, conciencia y tradición frente a instrumentalización política, espejo incómodo frente a la fractura de la Ortodoxia que se enfrenta no a un Cisma como el de 1054, pero sí a una crisis de Autoridad y de Unidad.

  Athos es desde la Edad Media el núcleo de la ortodoxia, su centro espiritual más prestigioso y el puente simbólico de Bizancio tras la toma de Constantinopla por los otomanos, con obediencia a un Patriarca primus sine imperio. Tras el paréntesis soviético de ateísmo oficial, Rusia persigue usar a Athos como herramienta de influencia en los Balcanes promoviendo el paneslavismo y dando apoyo financiero a su monasterio (San Pantaleón). En la Montaña Sagrada, el proyecto  de la Tercera Roma encuentra, la legitimidad religiosa, la herencia bizantina, la influencia espiritual y un relato como imperio de la ortodoxia.

 El derecho canónico ortodoxo no se impone sin conciencia ni se legitima sin Patriarca reconocido, por eso Athos recuerda a la Ortodoxia que la Autoridad no emana del poder sino de la tradición recibida y vivida y ello conlleva un doble problema: para Moscú porque no puede instrumentalizarlo políticamente, y para Constantinopla porque no puede reducirlo a obediencia administrativa y canónica.

  En otras palabras, Athos no sustituye a Constantinopla, ésta no puede prescindir de Athos y Moscú no lo puede convertir en su legitimación de anhelo imperial.







sábado, 31 de enero de 2026

Entre flechas amarillas: Entre el primado y la fuerza: Constantinopla y Mos...

Entre flechas amarillas: Entre el primado y la fuerza: Constantinopla y Mos...:     La ruptura de la comunión entre los patriarcados de Constantinopla y Moscú no ha sido proclamada como cisma, pero en la práctica funcion...

Entre el primado y la fuerza: Constantinopla y Moscú ante la mayor fractura de la Ortodoxia contemporánea

 


  La ruptura de la comunión entre los patriarcados de Constantinopla y Moscú no ha sido proclamada como cisma, pero en la práctica funciona como tal. Desde la concesión del Tomos de autocefalia a la Iglesia Ortodoxa de Ucrania en 2019, la Ortodoxia vive una tensión inédita en la era moderna: dos centros de referencia que ya no se reconocen mutuamente como interlocutores plenos. Bajo el conflicto ucraniano late una disputa más profunda —sobre autoridad, primacía y modelo de unidad— que ha transformado una Iglesia tradicionalmente conciliar en un espacio marcado por bloques, silencios y una “guerra fría” eclesial cuyo desenlace sigue abierto.


  El Patriarca Ecuménico de Constantinopla es el primus inter pares de la Iglesia Ortodoxa, no es el papa de la ortodoxia, su primacía es de honor y coordinación, no de jurisdicción ni obediencia. Pero tiene funciones esenciales: convocar concilios panortodoxos, reconocer la autocefalia (autonomía, independencia) de las nuevas Iglesias, y además actuar como instancia de apelación en conflictos canónicos.


  El Patriarca de Moscú es la cabeza de la Iglesia Ortodoxa Rusa y la más numerosa del mundo, su poder es demográfico y político, no histórico ni canónico. Había sido reconocida su autocefalia en 1589 y se autopercibe desde el siglo XVI como la Tercera Roma la heredera de Bizancio tras la toma de Constantinopla por los turcos en 1453. De manera que Constantinopla mantiene la primacía histórica, y Moscú tiene el peso demográfico y el del aparato del Estado en su favor.

  El punto de ruptura entre ambos patriarcados es Ucrania, no como un cisma doctrinal o canónico, sino político, y surge el 5 de enero de 2019 cuando en la Catedral Patriarcal de San Jorge en Estambul, el Patriarca Ecuménico Bartolomé I firmó y entregó el Tomos (documento sinodal y patriarcal solemne que formaliza decisiones eclesiásticas) a la Iglesia Ortodoxa de Ucrania que se había formado el 15 de diciembre de 2018 en Kiev. Hasta esa fecha, Ucrania dependía canónicamente de Moscú.

  Para Constantinopla nunca hubo una cesión formal, jurídica y canónica, un tomos de Ucrania a Moscú, y habida cuenta de que su Patriarca tiene el derecho histórico de conceder autocefalias, actuó como garante y árbitro en contra del criterio de Rusia que entendió que su decisión había invadido su jurisdicción y que venía a ser una demostración arbitraria de poder a modo de papa oriental, como sumo pontífice de la ortodoxia. El resultado: Moscú rompe la comunión eucarística con Constantinopla y no se concelebran ni reconocen sacramentos mutuos, en otras palabras, un fiel ruso no puede comulgar en templos del Patriarcado Ecuménico y viceversa. 

  Y con ello se produce una fractura  interna, stricto sensu no es un Cisma como el de 1054 entre oriente y occidente, pero en la vida cotidiana plantea posicionamientos encontrados, algunas Iglesias apoyan a Constantinopla: Grecia, Chipre y Alejandría; y otras lo hacen en favor de Moscú o mantienen silencio: Serbia, Antioquía y Jerusalén, es decir, confusión para los fieles y forma de percibir esta división de manera desigual.

  Asistimos pues a un conflicto político envuelto en papel de celofán entre patriarcas. La Iglesia rusa está muy vinculada al Estado y la guerra de Ucrania ha radicalizado el conflicto, Moscú considera a Ucrania su cuna espiritual con el bautismo del príncipe Vladimir en Kiev en el 988 y a la Rus de Kiev como el origen de su legado cultural. El Patriarca ruso a su vez considera y apoya que Ucrania debe estar bajo la esfera de Moscú, y entiende la invasión armada como si de una guerra santa se tratara.

  Una Constantinopla minoritaria, vulnerable y confinada en un Estado de religión islámica, apela a la sinodalidad, como un caminar juntos de la ortodoxia y misión de su Iglesia manteniendo el  equilibrio histórico, y el Kremlin intenta rivalizar en prestigio apelando a su fuerza y al apoyo del Estado.

  El dilema que surge es, ¿Cómo se ejerce la primacía sin caer en un papado ortodoxo y cómo se evita el caos de Iglesias autocéfalas desconectadas entre ellas? ¿Hablamos de cisma o de herida abierta? ¿Bartolomé I y Cirilo chocan como personas o como modelos que representan? ¿La primacía del honor y la Historia, o autocefalias fuertes sin sumisión a cualquier instancia superior efectiva?

  La comunión se ha convertido en el instrumento de presión, no se ha producido la excomunión entre Patriarcados por una herejía, sino por una disputa jurisdiccional con el trasfondo ideológico de Moscú como Tercera Roma. Es como si la solución fuese, un papa en el Kremlin. Hablamos pues de una ortodoxia en bloques, sin ruptura universal ni dogmas de fe enfrentados, de una guerra fría, de un Telón de acero ortodoxo, sin visos de solución. Bartolomé I ha declarado que no retirará el tomos y que la autocefalia de la Iglesia ucraniana es un hecho irrevocable habida cuenta de que su concesión fue un acto canónico y no político, y por otra parte dicha autocefalia ha sido reconocida solo por algunas Iglesias locales y otras como Antioquia, Serbia o Georgia no la han aceptado formalmente. Sic transit.

martes, 27 de enero de 2026

Entre flechas amarillas: La catedral ortodoxa de Estambul: tradición, patri...

Entre flechas amarillas: La catedral ortodoxa de Estambul: tradición, patri...:   Más allá de los grandes monumentos visibles, Estambul custodia un corazón discreto pero esencial de la cristiandad oriental. En torno a su...

La catedral ortodoxa de Estambul: tradición, patriarcado y continuidad litúrgica


  Más allá de los grandes monumentos visibles, Estambul custodia un corazón discreto pero esencial de la cristiandad oriental. En torno a su catedral ortodoxa y a la figura del Patriarca Ecuménico, pervive una tradición litúrgica que ha atravesado imperios, cismas y siglos sin perder su voz propia.



   

  En Estambul, la ortodoxia bizantina aún vive. El corazón late en la Catedral de San Jorge, en el barrio de Fener, sede del Patriarcado Ecuménico, primus inter pares del mundo ortodoxo. La catedral alberga la Piedra de la Flagelación (columna donde Jesús fue azotado), un clavo de la Santa Cruz y las reliquias de los santos Gregorio Naianceno  (santo y doctor para la Iglesia Católica igualmente y líder del Segundo Concilio Ecuménico -Primero de Constantinopla- debatido en Santa Irene) y Juan Crisóstomo, cuyas reliquias de ambos santos fueron devueltas por el papa Juan Pablo II el 27 de noviembre de 2004 en un acercamiento de ambas iglesias y perdón por la Cuarta Cruzada y el saqueo de Constantinopla.

  La Gran Escuela de la Nación, el edificio rojo cercano a la catedral, que se yergue imponente en las cuestas de Fener, sigue formando a clérigos y laicos dando continuidad a una liturgia ininterrumpida desde los Padres de la Iglesia, defendiendo la ortodoxia y vertebrando una espiritualidad sin imperio.

   La catedral ortodoxa de Estambul terminó en el barrio de Fener tras la conversión en mezquita de Santa Sofía. Los sultanes vieron en la ortodoxia un medio de control de los cristianos orientales y otorgaron al Patriarca la jefatura civil creando el sistema conocido como millet (autogobierno dentro del sistema musulmán predominante). La barriada era griega desde la época bizantina tardía y estaba ubicada junto al Cuerno de Oro, pero alejada del poder del sultanato y a su vez cercana para ejercer el control político. Es deliberadamente pequeña porque no podía competir con las mezquitas ni recordar el pasado imperial bizantino. Con el tiempo, El Fanar se convirtió en un símbolo de la ortodoxia y le ha permitido mantener su singularidad.

  ¿Por qué Constantinopla -Estambul- sigue siendo el núcleo de la ortodoxia pese a ser ciudad musulmana? Desde su fundación en siglo IV por Constantino convirtiéndola en ciudad sede del imperio y de concilios,  otorgó a su Patriarca, el título de primus inter pares del mundo ortodoxo. Con la toma por los otomanos en 1453 de la ciudad, el Sultán convirtió al Patriarca en el jefe de los ortodoxos cristianos y responsable civil de los mismos consolidando su papel y manteniendo la centralidad de la Ortodoxia, en otras palabras, su núcleo espiritual. Lo esencial no es el contexto político en el que conviven las sedes ortodoxas de la otrora Iglesia indivisa junto a Roma: Alejandría, Jerusalén, Antioquía y Constantinopla, sino el legado histórico y conciliar.

  El Patriarca de Constantinopla conserva el simbolismo y la diplomacia, coordina los sínodos panortodoxos, concede autocefalías, representa a la ortodoxia especialmente frente a Roma, y es la cabeza sacramental ortodoxa. En occidente tras la caída de Roma, el papa ocupó el vacío de poder y la Iglesia se institucionalizó como soberana otorgando el poder al Emperador, al Rey. Pero en oriente la Iglesia se concibió desde su nacimiento ligada al Emperador, siendo éste el katechon garante del orden cristiano, en perfecta sinfonía con el Patriarca. Carl Schmitt definiría el katechon como una fuerza política e histórica que mantiene el orden frente a la anomia -ausencia de ley- frenando la disolución del derecho, la moral y la autoridad. Cuando cae Constantinopla, esta estructura se desmorona y la auctoritas se convierte en una autoridad sacramental y litúrgica y no administrativa, convirtiéndose en una forma de vida y de entender la vida. El patriarca no tiene estatus jurídico pleno, tan solo es un obispo legal en Turquía. Con la caída de Bizancio, la ortodoxia no buscó una nueva capital, se refugió en el monacato, en el Monte Athos, en un Bizancio de memoria viviente, en la liturgia, en el hesicasmo, en la tradición conciliar y Patrística.

 


La ortodoxia no es en esencia cultura helénica aunque sí lo sea estructuralmente. El cristianismo nació judío, no griego; bíblico no filosófico, simbólico y apocalíptico, no racional. El helenismo no le dio la fe, le dio el esqueleto: la ousía, el logos, la hipóstasis, la Cristología de los Concilios, pero sin la fe, no sería inteligible como Teología. Mantiene el griego en la liturgia y no se juridiza como en occidente ni crea Escuelas de Pensamiento al margen de la Tradición, mantiene la herencia sin ningún tipo de complejos ni fisuras. Ha resistido en el Islam en la era Soviética y florecido en Rusia manteniendo su forma de pensar en términos de misterio, primando la contemplación frente a la razón y el análisis filosófico.

  El Patriarca de Constantinopla tiene que ser ciudadano turco por exigencia del Estado. Turquía solo reconoce al Patriarca como líder religioso de la minoría griega ortodoxa y quiere evitar la fórmula de un Vaticano en Estambul. Como además exige que los candidatos pertenezcan al Santo Sínodo cuyos miembros a su vez tienen que ser ciudadanos turcos, el resultado es que los obispos elegibles obtienen la ciudadanía turca antes de cualquier posible elección de su persona, aunque la mayoría de ellos no son turcos de nacimiento.

  Estambul pese haber perdido el centro del poder para el cristianismo ortodoxo representa la continuidad litúrgica y la espiritualidad, algunos templos bizantinos con independencia de su uso: Santa Sofía, San Salvador en Chora y Santa Irene mantienen esa esencia imperial, y la catedral patriarcal de San Jorge no gobierna, pero custodia las tradiciones.




domingo, 25 de enero de 2026

Entre flechas amarillas: Santa Irene: memoria de la iconoclasia y elocuenci...

Entre flechas amarillas: Santa Irene: memoria de la iconoclasia y elocuenci...:    Muy cerca de Santa Sofía y dentro del recinto del Palacio de Topkapi de Estambul, donde Bizancio proclamó su fe cristiana con boato, icon...

Santa Irene: memoria de la iconoclasia y elocuencia del vacío

 


 Muy cerca de Santa Sofía y dentro del recinto del Palacio de Topkapi de Estambul, donde Bizancio proclamó su fe cristiana con boato, iconos y teología, se alza Hagia Irene sin competir, ni persuadir. En su ábside no hay un Cristo Pantocrátor que domine el espacio, sino una cruz solitaria, desnuda, suspendida en el tiempo. No es una ausencia casual ni una mutilación histórica: es el rastro intacto de una de las heridas más profundas del cristianismo oriental: la iconoclasia. Entrar en Santa Irene es entrar en un momento en el que la fe dudó de sus propias imágenes, y no todas las cicatrices fueron borradas después.


  Hagia Irene revela la multifacética historia de Constantinopla con vestigios de los períodos bizantino y otomano, y es uno de los primeros ejemplos de la arquitectura bizantina. Es la única iglesia con atrio que ha sobrevivido en Estambul. El atrio en las iglesias bizantinas era un patio porticado  de tradición paleocristiana que se situaba a la entrada del templo y actuaba a modo de recinto de transición y purificación antecediendo al nártex que separaba el mundo exterior del sagrado.

  Su nombre significa Santa Paz en griego, aludiendo no a una santa concreta sino al ideal cristiano, y fue construida a principios del siglo IV durante el reinado del emperador romano Constantino I (324-337). Mantiene su nombre en el Imperio Otomano por ser ideal de paz, al igual que Santa Sofía que aludía a la Divina Sabiduría no colisionando con el Islam. Fue la primera gran iglesia y catedral de Constantinopla antes de que se construyera Santa Sofía. La estructura original se incendió durante la Revuelta de Niká en 532 y fue reconstruida en estilo basilical por el emperador Justiniano I (527-565). Su aspecto actual se debe en gran medida a las reparaciones realizadas en el siglo VIII tras el terremoto del 740 por Constantino V.  

   A diferencia de otras iglesias bizantinas, no posee iconos de mosaico en su interior. Un sencillo motivo de cruz en el ábside muestra rastros del período iconoclasta del Imperio bizantino. Este sencillo enfoque decorativo es significativo, ya que refleja el ambiente religioso y político de la época. Hagia Irene nunca recibió decoración figurativa tras su reconstrucción.

   En la Santa Paz se celebró el Segundo Concilio Ecuménico, y Primero de Constantinopla en el 381 en el que se fijó el credo niceno-constantinopolitano y se condenó al macedonianismo que negaba la plena divinidad del Espíritu Santo. Este concilio la convierte en un lugar doctrinalmente fundamental para católicos y ortodoxos.

 Tras la conquista de 1453 por el sultán Mehmed el Conquistador (1451-1481), Santa Irene, ubicada dentro de las murallas imperiales que rodeaban el Palacio de Topkapi, no se convirtió en mezquita, sino que se utilizó como armería. La inscripción de 1726 en el pórtico de entrada indica que el edificio fue restaurado durante el reinado del sultán Ahmed III (1703-1730) y convertido en un museo de armas. En el siglo XIX, Santa Irene se dividió en dos secciones: la colección de armas antiguas y la colección de artefactos antiguos, con piezas procedentes de diferentes regiones del Imperio Otomano. Así, se convirtió en un museo donde, por primera vez, se exhibían artefactos antiguos de forma sistemática. En este sentido, Santa Irene se considera pionera en la transición a la museología de estilo occidental en el Imperio Otomano.

  En el ábside no hay Virgen ni Cristo Pantocrátor, en su lugar solo hay una cruz negra  colocada en la época de Constantino V emperador iconoclasta que representa el rechazo de figuras decorativas por considerarlas idolátricas. Tras el triunfo de la ortodoxia en el 843 las iglesias bizantinas fueron redecoradas con iconos, pero Hagia Irene no lo fue, por eso es el único gran templo bizantino que conserva la decoración de este período anatematizado en el segundo concilio de Nicea en el 787 y último de los Ecuménicos de las Iglesias católica y ortodoxa y recuerda la crisis profunda que supuso en el cristianismo oriental, es como si fuera una herida sin cicatrizar detenida en el tiempo.

  Santa Irene fue antes de Santa Sofía, la catedral imperial, pasando después a un segundo plano, volcándose todos los recursos en redecorar a la imponente catedral con mosaicos figurativos, y ello la situó fuera de toda urgencia política e imperial manteniendo la gran cruz del ábside porque la cruz siempre fue canónicamente aceptable tras el Concilio de Nicea del 787 y no entraba en conflicto con el triunfo de la ortodoxia. Al haber sido la catedral de Bizancio antes que la Divina Sabiduría quedó al margen de la propaganda iconográfica con la Restauración como una muestra de Paz.

  El resultado de todos estos avatares históricos es la contemplación de un estilo bizantino pre-icónico, sin Pantocrátor, santos ni ningún tipo de narrativa que nos acoge como esas iglesias románicas con total silencio, recogimiento y paz.

 

 






domingo, 14 de diciembre de 2025

Entre flechas amarillas: Athos: la continuidad de Bizancio bajo el poder ot...

Entre flechas amarillas: Athos: la continuidad de Bizancio bajo el poder ot...:         Tras 1453, cuando Constantinopla se convirtió en Estambul y el Imperio romano de Oriente dejó de existir, el Monte Athos permaneció ...

Athos: la continuidad de Bizancio bajo el poder otomano

 


  

   Tras 1453, cuando Constantinopla se convirtió en Estambul y el Imperio romano de Oriente dejó de existir, el Monte Athos permaneció como una auctoritas viva: un espacio autónomo, ortodoxo y helénico que resistió a la disolución de su mundo.

  La toma de Constantinopla no supuso el fin de Bizancio. En la Montaña Sagrada del Athos, bajo la dominación otomana, sobrevivieron la liturgia, la lengua, el arte y la conciencia espiritual de un imperio derrotado pero no extinguido merced a una teobiosis integral con la Theotokos.



  Tras la toma de Constantinopla por los turcos en 1453, el Sultán Mehmet II ordenó la reconstrucción de las murallas, la repoblación de la ciudad trayendo súbditos de todo el imperio otomano y la restauración económica, al tiempo que se proclama Kaisar-i-Rum -César romano, Emperador turco- estableciendo la capital en la rebautizada ciudad de Estambul. El Monte Athos había sido conquistado por el Sultán turco Murad II en 1424.

  Durante la dominación otomana, el Monte Athos mantuvo una cierta autonomía y estatuto especial y estuvo protegido por los Sultanes, quienes permitieron a los monjes la vida monástica a cambio de tributos preservando el enclave ortodoxo como un remanente de Bizancio y un lugar de paz, confirmando la mayoría de las propiedades territoriales a los monasterios, y manteniendo sus tradiciones y la prohibición de entrada a las mujeres.

  Pero el sultán Selim II en 1569 ut infra se detalla, decretó la confiscación de los bienes athonitas redimida por una gran suma económica y el pago de impuestos anuales jarach lo que mermó la sustentación de los monasterios y en algunos casos, supuso su desaparición. -Vid- A lo largo de la historia, han existido numerosos monasterios en el Monte Sagrado (puede que incluso 40), muchos de los cuales han desaparecido debido a invasiones, incendios o abandono. Entre algunos de estos monasterios que ya no existen pero que están documentados, tenemos:

1. Monasterio de Amalfinon (monasterio amalfitano). Fundado en el siglo X por monjes italianos de Amalfi cerca del Gran Laura, fue uno de los pocos cenobios occidentales y desapareció en el siglo XIII.

2. Monasterio de Karakallinos (predecesor de Karakallou). Fundación: Antes del siglo XI. Este monasterio fue abandonado o destruido, posiblemente debido a incursiones piratas. Posteriormente, se construyó el monasterio de Karakallou en su emplazamiento o cerca de él.

3. Monasterio de Xylourgou. Fundación: siglo X. Abandonado en favor del monasterio ruso de San Pantaleón.

4. Monasterio de Kralis (Monasterio Serbio). Fundado en el siglo XIV por gobernantes serbios, cayó en decadencia y fue absorbido por otros monasterios.

5. Monasterio de Kolobu (o Kolobos). Fundación: Período Athonita temprano. Es probable que sus monjes se trasladaran a monasterios más importantes.

6. Monasterio de Chrysanthou. Fundación: Desconocida, probablemente antes del siglo XI. Fue uno de los monasterios más pequeños que no sobrevivió, fusionándose con una comunidad más grande. Vid.

  El imperio otomano mantuvo en Karyes a un oficial llamado kaimakam que se encargaba de recaudar los impuestos pagados por los monjes a la Sublime Puerta nombre con el que se aludía al poder. Con las derrotas en el Gran Sitio de Malta en 1565, sede de la Orden Hospitalaria de San Juan que con el desembarco de los tercios españoles en ayuda de la Orden provoca la derrota y huida otomana, y posteriormente con la derrota en la Batalla de Lepanto el 7 de octubre de 1571 a manos de la Liga Santa organizada por el papa Pío V que aglutinó al Imperio español, la República de Venecia, la Orden de Malta, la República de Génova y el Ducado de Saboya y en las que vencieron las tropas cristianas lideradas por el genio militar de Juan de Austria y de Álvaro de Bazán,  se intensificó la acción confiscatoria en el Monte Athos con la advertencia de que en caso de no satisfacerse, la propiedad de los monasterios pasaría al Sultán.

  La victoria en Lepanto, restableció el comercio en el Mediterráneo oriental y tal vez hiciera reflexionar al papa a modo de ucronía, qué hubiese ocurrido, si la cristiandad se hubiese movilizado en la defensa de Constantinopla. Los turcos quedaron diezmados económicamente y con la necesidad de reconstruir su flota, lo cual provocó la decadencia económica de los cenobios de la Montaña Sagrada especialmente en los menos ricos.

  Pese a todo, Athos mantuvo viva la cultura griega durante todo el poder de dominio turco hasta 1912, fecha en la que  tras la Guerra de los Balcanes, Ágion Óros pasa definitivamente a manos cristianas, ejerciendo el liderazgo en todos los órdenes: espiritual,  cultura ortodoxa, tradiciones, arte y raíces helénicas que toman el nombre de Hellas de la Hélade como unión que evocaba a todos los griegos. Sigue siendo el centro de la ortodoxia, su liturgia, teología y espiritualidad, y representa igualmente la continuidad de Bizancio (en Grecia se mantiene el uso del topónimo Constantinopla en lugar del de Estambul), la resistencia a ser aniquilada la cultura heredada y la capacidad de mantener las tradiciones intactas. En cierta manera, representa igualmente el milagro y teobiosis integral de la Theotokos defendiendo su Jardín.

  El avaton -prohibición de entrada a las mujeres- ha conseguido sortear los avatares políticos y sociales y no se cuestiona por ninguna organización que pudiere liderar protesta alguna. La fuerza moral y el respeto de la comunidad monástica athonita son incuestionables en Grecia. La Montaña Sagrada es la auctoritas por antonomasia de todo lo que fue Bizancio. Sic transit.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Entre flechas amarillas: La ortodoxia después de la toma de Constantinopla....

Entre flechas amarillas: La ortodoxia después de la toma de Constantinopla....:     Tras la caída de Constantinopla en 1453, la Ortodoxia no desapareció,  se replegó y encontró un nuevo hogar.  Moscú comenzó a concebirse...

La ortodoxia después de la toma de Constantinopla. Rusia como la tercera Roma

 

  Tras la caída de Constantinopla en 1453, la Ortodoxia no desapareció,  se replegó y encontró un nuevo hogar.  Moscú comenzó a concebirse a sí misma como heredera de Bizancio, la Tercera Roma, llamada a custodiar la fe y sostener la llama que parecía destinada a extinguirse, superando con el tiempo a la nueva amenaza surgida con la llegada del comunismo.


  Tras el asedio de Constantinopla iniciado el 6 de abril de 1453, el 29 de mayo los turcos irrumpen en Santa Sofía y el Sultán Mehmed II -El Conquistador- ordena que los rezos musulmanes se cantasen desde el gran púlpito de Santa Sofía convirtiéndola en una mezquita, haciendo de Constantinopla la nueva capital del imperio otomano.

  El último emperador bizantino Constantino XI había solicitado ayuda a occidente pero ésta fue escasa y tardía, Estuvo compuesta por mercenarios y voluntarios y una mínima dotación de 200 soldados enviados por el papa. Las divisiones internas de los reinos y la falta de unión entre la Iglesia católica y la ortodoxa, pese a los esfuerzos de unificación, contribuyeron a que Constantinopla quedara abandonada a su suerte y debelada en favor del Islam.

 Todos los bastiones enclavados en la ortodoxia bizantina: Alejandría, Jerusalén, Antioquía y Constantinopla quedaron sometidos en la órbita musulmana. Solo Roma permaneció cristiana entre la Pentarquía, pero no era ortodoxa. A mediados del siglo XV todo apuntaba a que la ortodoxia quedaría reducida a pequeñas áreas geográficas y al ámbito privado como las antiguas iglesias del norte de África.

  Pero sucedió que el trabajo de Cirilo y Metodio llevaba 500 años germinans germinabit expansionando la ortodoxia desde la otrora Gran Moravia hacia  pueblos, tierras y gentes de costumbres muy diferentes. Y de esta forma, el centro se propagó desde Kiev hacia Moscú dando forma a la identidad rusa. Como otrora los Padres del desierto, la fe la predicaban ermitaños errantes y hombres santos, y poco a poco fueron apareciendo monasterios que junto al ejemplo de vida de estos hombres sencillos hizo prender la fe en sus gentes.

  Esta naciente religión del pueblo se anudó al ascenso del también naciente imperio ruso, y sus gobernantes vieron en ella la posibilidad de expandir y controlar el territorio articulándose a modo de triángulo entre el zar, el clero y los fieles devotos. Moscú se perfiló como la heredera de Bizancio, y en 1472 el Gran Príncipe Iván III se casa con la sobrina del último emperador Sofía Paleólogo, adopta el águila bizantina de dos cabezas como símbolo y se autoproclama Zar, el nuevo César Imperial de la Tercera Roma.

  La primera Roma había caído ante los bárbaros en el 476, la segunda Roma, Constantinopla estaba en poder del Islam desde 1453, y Rusia se perfilaba como la tercera Roma de la mano de la Iglesia Ortodoxa terminando por recibir su propio Patriarcado en Moscú en 1589 reconociendo el sínodo de obispos a la Iglesia Ortodoxa Rusa, su condición de autocéfala.

  La ortodoxia tuvo su centro en Constantinopla, pero la irrupción de los zares y la intensidad con la que vivía la fe el pueblo, impregnó a la Iglesia de un marcado carácter ruso como se puede apreciar en las cúpulas de cebolla de los templos que bien pueden simbolizar una especie de vela encendida hacia el cielo al mismo tiempo que evitan que la nieve se acumule en las cúpulas,  el uso del eslavo eclesiástico y del crucifijo considerado objeto litúrgico y símbolo teológico de la Pasión y Redención de Cristo.
 La catedral más famosa e icono ruso por antonomasia, es la de San Basilio mandada a construir por Ivan el Terrible en 1555 para conmemorar la victoria sobre los tártaros de religión islámica. Si Justiniano construyó La Divina Sabiduría -Santa Sofía- como centro de Bizancio, y había caído en manos del imperio otomano, la ortodoxia florecía de nuevo con otra catedral en el centro de Moscú, en la Plaza Roja, como centro del imperio de la tercera Roma.
  Iván es coronado Gran Príncipe de Moscú a los 16 años y fue el primero en usar el título de zar en 1547. Su proyecto fue crear una Rusia Santa con él en el centro de la nueva Constantinopla representando a Cristo en el territorio ortodoxo. Ordenó la construcción de iglesias y dispuso que los iconos debían pintarse con gran preocupación por lo sagrado, pero su reinado lo devaluó  la tiranía.
  Un hombre santo, ermitaño, peculiar, con toques de locura, San Basilio dio nombre a la catedral. Se atrevió a cuestionar al zar en plena Cuaresma al ponerle un pedazo de carne en sus manos diciéndole que no tenía sentido que ayunara después de haber cometido tantos crímenes. Su modo de vida entroncaba con la tradición eremítica heredada viviendo en la caridad, con desprecio de su cuerpo y como una forma de ser partícipe en la Pasión de Cristo, lo que le permitió ser una figura carismática y atraer la devoción del pueblo. El zar salió humillado y el santo triunfante demostró que la fe de los rusos había arraigado tanto, que a pesar de la crueldad, se mantendrían fieles en la ortodoxia.
  Un siglo después Alejo I de Rusia y el Patriarca Nikon quisieron reformar los cánones de la liturgia ortodoxa rusa para acercarlos a la liturgia bizantina defendiendo una mayor separación entre Iglesia y Estado, provocando un cisma que denominó  a sus oponentes como los viejos creyentes los cuales fueron perseguidos y diezmados. El clero en la tradición bizantina hacía la señal de la cruz utilizando tres dedos para simbolizar a la Trinidad, pero los disidentes siguieron utilizando dos dedos para simbolizar las dos naturalezas de Cristo, prohibiendo rasurarse la barba y el consumo de alcohol. El Concilio de la Iglesia Ortodoxa Rusa de 1971 legalizó a esta secta y declaró nulas ciertas prohibiciones adoptadas contra los viejos creyentes en los concilios de 1656 y 1667.
  La iglesia imperial continuó sirviendo a los zares, pero entre el poder de éstos, la nobleza y el pueblo, la iglesia se había consolidado como una fuerza con pretensión de dar respuesta a la pregunta: ¿Quién es el verdadero representante de Dios en la tierra, el zar o el patriarca? En 1689 Pedro el Grande vio al cristianismo como la herramienta perfecta para occidentalizar a Rusia y modernizarla y para asegurar la sumisión de la iglesia y evitar que interviniera en la política del Estado, sustituyó al patriarcado por un sínodo presidido por el propio zar.
 En el siglo XIX la Iglesia ortodoxa pese haber perdido su capacidad de decisión, renació con fuerza, aumentaron los monasterios y los templos se llenaban de devotos. Gracias a este golpe de mano zarista había conseguido sobrevivir a 1300 años de vaivenes provocados por Roma, la invasión del Islam y la toma de Constantinopla por los turcos.
  Con la Primera Guerra Mundial y la revolución soviética llegó la siguiente amenaza. En 1917 el zar Nicolás II fue obligado a abdicar. En Moscú eligieron al primer Patriarca desde Pedro el Grande, pero en octubre, Lenin y el partido bolchevique se hicieron con el control del poder y se instauró la dictadura del proletariado con poder en toda Rusia, y en este nuevo orden, no había lugar para Dios ni la ortodoxia. El comunismo veía a la religión como el opio del pueblo y un obstáculo a la revolución marxista, y Lenin pretendió forzar al ateísmo al pueblo. Stalin llevó a la ortodoxia al borde de la extinción y en 1931 destruyó hasta los cimientos con explosivos, la catedral de Cristo Salvador en Moscú para construir el Palacio de los Soviets que no llegó a materializarse. Se produjo una reedición iconoclasta con la destrucción masiva de iconos. 
  Pese a todo, la ortodoxia sobrevivió con unos pocos centenares de sacerdotes y cuatro obispos fuera de prisión, y en la Segunda Guerra Mundial, Stalin necesitó del apoyo de la Iglesia para poder ganar a los nazis, y para ello, el primer paso fue reconocerla nuevamente al llegar a la conclusión de que el patriotismo ruso no se vertebraba apenas con la revolución sino mucho más con la cultura heredada de la ortodoxia, y permitió la reapertura de iglesias, monasterios, colegios y escuelas de teología.
  Tras la Gran Guerra, volvió el modelo bolchevique con más persecución, y durante unas cuantas décadas, el área ortodoxa de la Europa del este estuvo presa de la dictadura de Moscú. Pero la ortodoxia sobrevivió también al orden comunista mundial y en los años 90 del siglo XX tras el colapso soviético, en la era Gorvachov, el comunismo perdió su poder emocional y entusiasta, y este vacío lo volvió a llenar de nuevo la ortodoxia recuperando su lugar en la vida cotidiana rusa y en los países ortodoxos sometidos al comunismo durante décadas tras la Conferencia de Yalta.
  En 1988 se creó una organización pública para reconstruir la Catedral de Cristo Salvador y sede del Patriarca de Moscú, con suscripción popular que aglutinó a miembros de la iglesia, científicos, escritores, artistas, creyentes y al presidente Boris Yeltsin y al alcalde,  comenzando su reconstrucción en 1994. Nuevamente la ortodoxia había sobrevivido a las amenazas, y esta vez, se había consolidado y renacido en el país con el mayor número de fieles ortodoxos del mundo.