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sábado, 31 de enero de 2026

Entre el primado y la fuerza: Constantinopla y Moscú ante la mayor fractura de la Ortodoxia contemporánea

 


  La ruptura de la comunión entre los patriarcados de Constantinopla y Moscú no ha sido proclamada como cisma, pero en la práctica funciona como tal. Desde la concesión del Tomos de autocefalia a la Iglesia Ortodoxa de Ucrania en 2019, la Ortodoxia vive una tensión inédita en la era moderna: dos centros de referencia que ya no se reconocen mutuamente como interlocutores plenos. Bajo el conflicto ucraniano late una disputa más profunda —sobre autoridad, primacía y modelo de unidad— que ha transformado una Iglesia tradicionalmente conciliar en un espacio marcado por bloques, silencios y una “guerra fría” eclesial cuyo desenlace sigue abierto.


  El Patriarca Ecuménico de Constantinopla es el primus inter pares de la Iglesia Ortodoxa, no es el papa de la ortodoxia, su primacía es de honor y coordinación, no de jurisdicción ni obediencia. Pero tiene funciones esenciales: convocar concilios panortodoxos, reconocer la autocefalia (autonomía, independencia) de las nuevas Iglesias, y además actuar como instancia de apelación en conflictos canónicos.


  El Patriarca de Moscú es la cabeza de la Iglesia Ortodoxa Rusa y la más numerosa del mundo, su poder es demográfico y político, no histórico ni canónico. Había sido reconocida su autocefalia en 1589 y se autopercibe desde el siglo XVI como la Tercera Roma la heredera de Bizancio tras la toma de Constantinopla por los turcos en 1453. De manera que Constantinopla mantiene la primacía histórica, y Moscú tiene el peso demográfico y el del aparato del Estado en su favor.

  El punto de ruptura entre ambos patriarcados es Ucrania, no como un cisma doctrinal o canónico, sino político, y surge el 5 de enero de 2019 cuando en la Catedral Patriarcal de San Jorge en Estambul, el Patriarca Ecuménico Bartolomé I firmó y entregó el Tomos (documento sinodal y patriarcal solemne que formaliza decisiones eclesiásticas) a la Iglesia Ortodoxa de Ucrania que se había formado el 15 de diciembre de 2018 en Kiev. Hasta esa fecha, Ucrania dependía canónicamente de Moscú.

  Para Constantinopla nunca hubo una cesión formal, jurídica y canónica, un tomos de Ucrania a Moscú, y habida cuenta de que su Patriarca tiene el derecho histórico de conceder autocefalias, actuó como garante y árbitro en contra del criterio de Rusia que entendió que su decisión había invadido su jurisdicción y que venía a ser una demostración arbitraria de poder a modo de papa oriental, como sumo pontífice de la ortodoxia. El resultado: Moscú rompe la comunión eucarística con Constantinopla y no se concelebran ni reconocen sacramentos mutuos, en otras palabras, un fiel ruso no puede comulgar en templos del Patriarcado Ecuménico y viceversa. 

  Y con ello se produce una fractura  interna, stricto sensu no es un Cisma como el de 1054 entre oriente y occidente, pero en la vida cotidiana plantea posicionamientos encontrados, algunas Iglesias apoyan a Constantinopla: Grecia, Chipre y Alejandría; y otras lo hacen en favor de Moscú o mantienen silencio: Serbia, Antioquía y Jerusalén, es decir, confusión para los fieles y forma de percibir esta división de manera desigual.

  Asistimos pues a un conflicto político envuelto en papel de celofán entre patriarcas. La Iglesia rusa está muy vinculada al Estado y la guerra de Ucrania ha radicalizado el conflicto, Moscú considera a Ucrania su cuna espiritual con el bautismo del príncipe Vladimir en Kiev en el 988 y a la Rus de Kiev como el origen de su legado cultural. El Patriarca ruso a su vez considera y apoya que Ucrania debe estar bajo la esfera de Moscú, y entiende la invasión armada como si de una guerra santa se tratara.

  Una Constantinopla minoritaria, vulnerable y confinada en un Estado de religión islámica, apela a la sinodalidad, como un caminar juntos de la ortodoxia y misión de su Iglesia manteniendo el  equilibrio histórico, y el Kremlin intenta rivalizar en prestigio apelando a su fuerza y al apoyo del Estado.

  El dilema que surge es, ¿Cómo se ejerce la primacía sin caer en un papado ortodoxo y cómo se evita el caos de Iglesias autocéfalas desconectadas entre ellas? ¿Hablamos de cisma o de herida abierta? ¿Bartolomé I y Cirilo chocan como personas o como modelos que representan? ¿La primacía del honor y la Historia, o autocefalias fuertes sin sumisión a cualquier instancia superior efectiva?

  La comunión se ha convertido en el instrumento de presión, no se ha producido la excomunión entre Patriarcados por una herejía, sino por una disputa jurisdiccional con el trasfondo ideológico de Moscú como Tercera Roma. Es como si la solución fuese, un papa en el Kremlin. Hablamos pues de una ortodoxia en bloques, sin ruptura universal ni dogmas de fe enfrentados, de una guerra fría, de un Telón de acero ortodoxo, sin visos de solución. Bartolomé I ha declarado que no retirará el tomos y que la autocefalia de la Iglesia ucraniana es un hecho irrevocable habida cuenta de que su concesión fue un acto canónico y no político, y por otra parte dicha autocefalia ha sido reconocida solo por algunas Iglesias locales y otras como Antioquia, Serbia o Georgia no la han aceptado formalmente. Sic transit.