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martes, 27 de enero de 2026

La catedral ortodoxa de Estambul: tradición, patriarcado y continuidad litúrgica


  Más allá de los grandes monumentos visibles, Estambul custodia un corazón discreto pero esencial de la cristiandad oriental. En torno a su catedral ortodoxa y a la figura del Patriarca Ecuménico, pervive una tradición litúrgica que ha atravesado imperios, cismas y siglos sin perder su voz propia.



   

  En Estambul, la ortodoxia bizantina aún vive. El corazón late en la Catedral de San Jorge, en el barrio de Fener, sede del Patriarcado Ecuménico, primus inter pares del mundo ortodoxo. La catedral alberga la Piedra de la Flagelación (columna donde Jesús fue azotado), un clavo de la Santa Cruz y las reliquias de los santos Gregorio Naianceno  (santo y doctor para la Iglesia Católica igualmente y líder del Segundo Concilio Ecuménico -Primero de Constantinopla- debatido en Santa Irene) y Juan Crisóstomo, cuyas reliquias de ambos santos fueron devueltas por el papa Juan Pablo II el 27 de noviembre de 2004 en un acercamiento de ambas iglesias y perdón por la Cuarta Cruzada y el saqueo de Constantinopla.

  La Gran Escuela de la Nación, el edificio rojo cercano a la catedral, que se yergue imponente en las cuestas de Fener, sigue formando a clérigos y laicos dando continuidad a una liturgia ininterrumpida desde los Padres de la Iglesia, defendiendo la ortodoxia y vertebrando una espiritualidad sin imperio.

   La catedral ortodoxa de Estambul terminó en el barrio de Fener tras la conversión en mezquita de Santa Sofía. Los sultanes vieron en la ortodoxia un medio de control de los cristianos orientales y otorgaron al Patriarca la jefatura civil creando el sistema conocido como millet (autogobierno dentro del sistema musulmán predominante). La barriada era griega desde la época bizantina tardía y estaba ubicada junto al Cuerno de Oro, pero alejada del poder del sultanato y a su vez cercana para ejercer el control político. Es deliberadamente pequeña porque no podía competir con las mezquitas ni recordar el pasado imperial bizantino. Con el tiempo, El Fanar se convirtió en un símbolo de la ortodoxia y le ha permitido mantener su singularidad.

  ¿Por qué Constantinopla -Estambul- sigue siendo el núcleo de la ortodoxia pese a ser ciudad musulmana? Desde su fundación en siglo IV por Constantino convirtiéndola en ciudad sede del imperio y de concilios,  otorgó a su Patriarca, el título de primus inter pares del mundo ortodoxo. Con la toma por los otomanos en 1453 de la ciudad, el Sultán convirtió al Patriarca en el jefe de los ortodoxos cristianos y responsable civil de los mismos consolidando su papel y manteniendo la centralidad de la Ortodoxia, en otras palabras, su núcleo espiritual. Lo esencial no es el contexto político en el que conviven las sedes ortodoxas de la otrora Iglesia indivisa junto a Roma: Alejandría, Jerusalén, Antioquía y Constantinopla, sino el legado histórico y conciliar.

  El Patriarca de Constantinopla conserva el simbolismo y la diplomacia, coordina los sínodos panortodoxos, concede autocefalías, representa a la ortodoxia especialmente frente a Roma, y es la cabeza sacramental ortodoxa. En occidente tras la caída de Roma, el papa ocupó el vacío de poder y la Iglesia se institucionalizó como soberana otorgando el poder al Emperador, al Rey. Pero en oriente la Iglesia se concibió desde su nacimiento ligada al Emperador, siendo éste el katechon garante del orden cristiano, en perfecta sinfonía con el Patriarca. Carl Schmitt definiría el katechon como una fuerza política e histórica que mantiene el orden frente a la anomia -ausencia de ley- frenando la disolución del derecho, la moral y la autoridad. Cuando cae Constantinopla, esta estructura se desmorona y la auctoritas se convierte en una autoridad sacramental y litúrgica y no administrativa, convirtiéndose en una forma de vida y de entender la vida. El patriarca no tiene estatus jurídico pleno, tan solo es un obispo legal en Turquía. Con la caída de Bizancio, la ortodoxia no buscó una nueva capital, se refugió en el monacato, en el Monte Athos, en un Bizancio de memoria viviente, en la liturgia, en el hesicasmo, en la tradición conciliar y Patrística.

 


La ortodoxia no es en esencia cultura helénica aunque sí lo sea estructuralmente. El cristianismo nació judío, no griego; bíblico no filosófico, simbólico y apocalíptico, no racional. El helenismo no le dio la fe, le dio el esqueleto: la ousía, el logos, la hipóstasis, la Cristología de los Concilios, pero sin la fe, no sería inteligible como Teología. Mantiene el griego en la liturgia y no se juridiza como en occidente ni crea Escuelas de Pensamiento al margen de la Tradición, mantiene la herencia sin ningún tipo de complejos ni fisuras. Ha resistido en el Islam en la era Soviética y florecido en Rusia manteniendo su forma de pensar en términos de misterio, primando la contemplación frente a la razón y el análisis filosófico.

  El Patriarca de Constantinopla tiene que ser ciudadano turco por exigencia del Estado. Turquía solo reconoce al Patriarca como líder religioso de la minoría griega ortodoxa y quiere evitar la fórmula de un Vaticano en Estambul. Como además exige que los candidatos pertenezcan al Santo Sínodo cuyos miembros a su vez tienen que ser ciudadanos turcos, el resultado es que los obispos elegibles obtienen la ciudadanía turca antes de cualquier posible elección de su persona, aunque la mayoría de ellos no son turcos de nacimiento.

  Estambul pese haber perdido el centro del poder para el cristianismo ortodoxo representa la continuidad litúrgica y la espiritualidad, algunos templos bizantinos con independencia de su uso: Santa Sofía, San Salvador en Chora y Santa Irene mantienen esa esencia imperial, y la catedral patriarcal de San Jorge no gobierna, pero custodia las tradiciones.