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domingo, 26 de abril de 2026

Puertollano, Nemesio y la memoria del tapeo




  Recorrido por los bares de Puertollano y la cultura del tapeo como forma de vida, a través de la figura de Nemesio El Seco y su bar. Entre tapas como los tumbalobos, la caña en tubo y la memoria de la barra, se reconstruye una época donde los bares eran mucho más que lugares de consumo: eran espacios de encuentro, rutina y vida cotidiana en el pueblo.

  En el Madrid de La Transición, Enrique Tierno Galván se permitió una de esas hipérboles que, por exageradas, acaban siendo más verdaderas que los datos: entre la Glorieta de Atocha y la Plaza de Antón Martín —decía— había más bares que en toda Dinamarca. No importaba comprobarlo. Bastaba con haber paseado alguna vez por ese tramo para entender que hablaba de algo más que de cifras: hablaba de densidad vital, de esa forma tan nuestra de convertir la calle en una extensión del salón.

  Si uno intentara hoy un ejercicio parecido en Puertollano y en la misma época, quizá no saldrían las cuentas, pero sí la intuición. Porque aquí los bares no son solo bares: son archivo, son memoria sedimentada en la barra, son pequeñas cápsulas donde el tiempo no pasa igual.

  En algunos de esos bares, además, había algo que no figuraba en ninguna cuenta. Una manera de estar, de atender, de sostener el ritmo de la barra sin hacerse notar demasiado. En Puertollano, durante años, eso tuvo un nombre: Nemesio. El Seco.

  No hacía falta explicarlo. Bastaba con entrar y verlo moverse detrás de la barra, con esa forma suya de estar sin estorbar y de atender sin aspavientos. La tapa llegaba cuando tenía que llegar, casi sin pedirla, y en ese gesto —repetido mil veces, siempre ligeramente distinto— se iba quedando algo más que el hambre. La caña en tubo y los tumbalobos de tapa eran el motivo para quedar con los amigos en El Seco.

  Porque tapear, al final, es eso: una forma de eludir el aburrimiento cotidiano, pero también de domesticarlo. Una manera de estar en el mundo que oscila, como casi todo en España, entre Don Quijote y Sancho Panza: entre el impulso de arreglarlo todo y la sabiduría de conformarse con lo inmediato.

  Tapeando se vertebran las relaciones —las de trabajo, las de familia, las que no tienen nombre— y se construye una memoria que no siempre necesita palabras. A veces basta un sabor, una costumbre, una barra concreta. A veces basta con que alguien, sin preguntar, te ponga delante lo de siempre.

  Y es ahí donde la tapa deja de ser acompañamiento y pasa a ser gesto. No importa tanto lo que es, sino lo que provoca: la conversación que se interrumpe, la mano que se alarga, el breve silencio compartido. Una coreografía mínima, casi invisible, que sin embargo sostiene algo más grande.

  En bares como el de Nemesio, primero ubicado en el Paseo de San Gregorio y después en la calle Pozo, esa coreografía no se pensaba. Simplemente ocurría. Siempre te hacía hueco con la mirada y en cuanto podía sin que le hubieras pedido la comanda, ya la tenías en la barra incluso con el punto de picante que sabía de tu gusto, para las bravas y los tumbalobos. Entre el sonido ambiental de las conversaciones y el humo del tabaco, junto a la sinfonía de tapas a lo largo de la barra, pasábamos momentos de felicidad  que en aquellos tiempos no los percíbiamos como tales.

  Nemesio encarnaba una manera de trabajar y estar en un bar sin espectáculo, sin marketing, sin performatividad. Solo presencia, oficio y repetición. Ese tipo de ritmo —lento, constante, casi invisible— hoy se ha vuelto raro, y lo raro se recuerda. Un bar así no era solo consumo: era estructura cotidiana. Gente que se veía, que coincidía, que se reconocía. Nemesio no dirigía eso, pero lo sostenía. Y eso hace que, con el tiempo, lo asociemos a algo más grande que él.  La memoria colectiva no guarda solo hechos, sino figuras que condensan épocas. Igual que otros lugares tienen el camarero de siempre o la barra de toda la vida, Nemesio funciona como ese punto fijo alrededor del cual gira el recuerdo. Si a Juanito lo asociamos con las pipas, a Nemesio, con los tumbalobos y el tubo de cerveza.

  Algunos lugares no son escenario, sino eje. En torno a Nemesio no solo ibas a beber o tapear: ibas a coincidir, a repetir, a verte reflejado en una rutina compartida. Eso hace que el recuerdo no sea episódico, sino estructural. Lo que más se recuerda a largo plazo no es lo llamativo, sino lo estable. No hay picos, hay continuidad. Y la continuidad, con el tiempo, se convierte en identidad.

  Nemesio no representaba nada de forma consciente, pero ahora, al mirarlo hacia atrás, funciona como un contenedor: dentro caben los ritmos de barrio, las formas de hablar, la relación con la barra, la confianza sin protocolo. La memoria humana simplifica. Donde había muchos bares, muchos camareros, muchas rutinas… el recuerdo elige uno. No porque sea el único importante, sino porque es el que permite ordenar el resto.

  Al final, Nemesio no es un recuerdo aislado, sino una forma de ordenar lo que fuimos. En torno a él, como en tantos otros bares de aquella época, no solo se iba a beber o a tapear: se iba a coincidir, a repetir, a reconocerse en una rutina compartida.

  Lo que permanece no es lo extraordinario, sino lo estable. Y lo estable, con el tiempo, deja de ser cotidiano para convertirse en identidad.

 Nemesio no representaba nada de manera consciente. Pero hoy funciona como un punto fijo alrededor del cual gira la memoria: los ritmos de Puertollano, las formas de hablar, la confianza sin protocolo, la barra como lugar de vida.

 Y quizá por eso lo recordamos así: no porque fuera único, sino porque en él se ordena todo lo demás.

📎Posdata de bares: Macías, La Perdiz, Galicia, La Gamba, Rueda, Chinato, El Coto, Monroy, Emi, Coimbra, Cervantes, Gijón, La Extremeña, Manolo, La Giralda, Los Candiles, Trini, Goya, Los Nevado, El Ruedo, Sambo, El Carro, El Pijo, Redondo, La Castellana, Mohatar, Segovia, Stop, La Perdiz, Camilo, Benedicto, Lucas, Peña El Taurino...

viernes, 24 de abril de 2026

Entre flechas amarillas: El león de la Fuente Agria: mito y símbolo en Puer...

Entre flechas amarillas: El león de la Fuente Agria: mito y símbolo en Puer...:  Hay lugares que se explican solos y otros que necesitan ser contados. No porque les falte historia, sino porque lo que tienen no basta.  Pu...

El león de la Fuente Agria: mito y símbolo en Puertollano



 Hay lugares que se explican solos y otros que necesitan ser contados. No porque les falte historia, sino porque lo que tienen no basta.

 Puertollano pertenece a esa segunda categoría. No nació envuelto en un relato fundacional ni protegido por una gran leyenda que le diera forma desde el origen. Y, sin embargo, como todos los lugares habitados, ha terminado por llenarse de símbolos que piden ser interpretados.

 El mito es un relato de lo fabuloso, algo que se supone ocurrido en un tiempo remoto, impreciso, casi imposible de fijar. Para los antiguos, no era una mentira, sino una forma de explicar lo que no podía comprenderse de otro modo. Los presocráticos entrelazaron mythos y lógos, como si la razón hubiese nacido envuelta en narración. Más tarde, los sofistas los separaron, aunque no renunciaron a vestir de filosofía los viejos relatos. Para el griego, el lógos era un principio abstracto, ordenador del mundo; en la tradición cristiana, se convirtió en palabra viva, creadora, casi palpable. La leyenda, en cambio, pisa tierra más firme. Parte de un hecho, de un lugar o de un nombre, pero la imaginación popular lo deforma, lo agranda, lo embellece o lo oscurece hasta hacerlo suyo.

  Las montañas de Alicante guardan ecos de estas historias. Se dice que el Puig Campana fue hendida por el espadazo de Roldán, y que el fragmento arrancado dio origen al islote de Benidorm. En el Mascarat, algunos sitúan el tránsito errante de Judas Iscariote, condenado a vagar entre peñas. El Cabezón de Oro promete tesoros ocultos en sus entrañas, mientras que en el Montíboli aún resuena la historia de un amor imposible entre el hijo de un rico comerciante árabe y la hija de un humilde pescador cristiano.

  Más al interior, en la provincia de Ciudad Real, la historia también se vuelve relato. La derrota cristiana en Alarcos, a manos de los almohades, frenó durante años el avance de la Reconquista, hasta que el destino cambió en las Navas de Tolosa con la victoria de Alfonso VIII y la carga de los Tres Reyes. Y en Valdepeñas, la resistencia popular frente a las tropas napoleónicas quedó grabada como un gesto casi épico que anticipaba la derrota francesa en Bailén.

  Otras leyendas nacen de manera más inesperada: de una voz que improvisa. Como la de aquella guía de Cracovia que, ante un grupo de turistas, explicó el origen del hejnal, ese toque de trompeta interrumpido, asegurando que recordaba el momento en que un centinela fue alcanzado en la garganta por una flecha mientras daba la alarma ante una invasión tártara. Porque, al fin y al cabo, toda leyenda comienza así: alguien cuenta algo… y otro decide creerlo.

  Puertollano, a diferencia de otros lugares, no nace envuelto en un mito ni sostenido por una leyenda fundacional. No hay héroes que abran sus tierras a golpe de espada, ni dioses que bendigan sus aguas, ni relatos antiguos que expliquen su origen con palabras heredadas. Nace, más bien, en silencio. Sin embargo, incluso los lugares más austeros terminan por reclamar su misterio. Porque allí donde no hubo relato, alguien acaba por inventarlo.

 Pero el león está ahí. En los caños de la Fuente Agria y en la Fuente de los Leones, quieto, casi ignorado por quien pasa a su lado sin detenerse. Como si siempre hubiera estado, como si no necesitara explicación. Puertollano, ciudad que ha ido perdiendo gran parte de su patrimonio, conserva sin embargo esa figura obstinada. No es un palacio, ni una muralla, ni los restos del Gran Teatro lo que permanece. Son cuatro leones. Y quizá no sea casual. Porque hay ciudades que levantan sus símbolos sobre lo que fueron, y otras —como esta— sobre lo poco que resiste. Tal vez por eso el león no preside una puerta ni protege un tesoro visible. Tal vez su función sea otra. El león ya está ahí, en los caños de la Fuente Agria y en la Fuente de los Leones del Paseo de San Gregorio, pero sin historia, es pura forma, lógos sin mythos, y eso genera perplejidad, ¿por qué un león aquí, qué guarda, qué vigila?

  Se cuenta —aunque nadie sabría decir cuándo empezó a contarse— que la Fuente Agria no siempre brotó como hoy la conocemos. Durante mucho tiempo, el agua permanecía oculta bajo la tierra, amarga incluso antes de ser bebida. Dicen que fueron cuatro leones los que la hicieron surgir. No llegaron como animales, sino como presencias: aparecieron una noche, en silencio, y comenzaron a escarbar la tierra hasta abrir los caños. Al hacerlo, quedaron fijados para siempre en el hierro, condenados a vigilar aquello que habían despertado. Desde entonces, el agua no es solo agua. Tiene memoria, Y su sabor áspero y mineral, sería según la leyenda, el eco de aquello que los leones no pueden decir. Por eso miran siempre al mismo sitio. No para custodiar lo que hay, sino lo que falta.

 Tal vez nuestra guía polaca particular decida contar esta historia a los turistas que visiten el Geositio Fuente Agria y quizá sin saberlo, la una a la vieja leyenda de la mona de las pocitas porque Puertollano, como todos los lugares termina necesitando también un relato solemne, casi heráldico. Si el lógos explica por qué hay hierro, agua, sulfatos...el mito responde a la pregunta que nadie formula en voz alta. "¿y por qué un león aquí, mirando siempre hacia el mismo sitio?"

  Los puertollaneros sabemos que no todos los caños de la Fuente Agria se usan igual. Todos tienen el mismo león, la misma boca abierta, el mismo gesto detenido, el mismo desgaste del hierro. Repetidos como si alguien hubiera querido borrar cualquier diferencia. Y sin embargo, la hay. Hay un caño que se reserva para beber allí mismo, sin botellas, sin prisa, los otros caños aceptan garrafas, manos apresuradas para cambiarla por otra vacía. Nunca se decidió, nunca se escribió pero se cumple. Tal vez el león esté ahí para vigilarnos. El lógos dirá que todos los caños son iguales, el mito mucho más discreto se limitará a constatar que hay uno que no es igual, y eso se percibe sin cartel alguno.

  La ermita más antigua de la ciudad es la de la Soledad, antiguamente dedicada a San Mateo. Marcos no tiene en Puertollano ni ermita ni costumbre. Y, sin embargo, el león está ahí. Tal vez los símbolos se confundieran, como se confunden los nombres cuando pasan de boca en boca. Tal vez, cuando la fuente empezó a brotar, alguien pensó que hacía falta un guardián. No para bendecir el agua, sino para vigilarla. Y el león de San Marcos —aunque no perteneciera al lugar— servía para la ocasión. No tenía historia aquí. Y precisamente por eso podía quedarse. Sin devoción concreta. Sin función declarada. Solo mirando.  Tal vez por ello no es custodio de la fe, ni siquiera del agua, sino de algo más difícil de nombrar: esa forma de acuerdo silencioso, casi invisible, que sostiene lo cotidiano.

 Quizá nunca sepamos por qué hay un león en Puertollano. Ni quien decidió colocarlo en la Fuente Agria, ni qué debía vigilar exactamente. Pero hay preguntas que no necesitan respuesta para seguir teniendo sentido. El león permanece. No como símbolo de lo que fue, sino de lo que falta. Y en esa falta, callada, compartida, casi imperceptible, se reconoce una ciudad que, sin mito heredado, ha aprendido a convivir con sus propios signos. Porque al final no es un león quien guarda la fuente. Somos nosotros, quienes sin saberlo, seguimos guardando al león.