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lunes, 9 de abril de 2018

El caño de beber y los jarros de la Fuente Agria de Puertollano

   
  Las cosas funcionan siempre a su debido destiempo, pero "es asombrosa la naturalidad con la que ocurren las extraordinarias"- Lola Quiroga-. Una de ellas es el acuerdo ciudadano del uso de un caño de agua de la Fuente Agria para beber, sin aguardar el turno establecido para el llenado de botellas. Puede parecer algo trivial, pero no lo es. No fue necesaria ordenanza alguna y desconozco desde cuando in illo témpore hubo consenso para tal costumbre consuetudinaria puertollanera. Es un ejemplo de cómo un pueblo crea normas sin necesidad de imponerlas por ley y de la sabiduría popular para mantenerla.
   ¿Qué esconde in nuce dicho consenso? Nuestra idiosincrasia, en otras palabras, una forma de entender la vida en lo universal y en la plena integración de los vecinos acogidos en adopción, sin discriminación alguna. En Puertollano nunca hubo ni lo habrá (no está en nuestro ADN) un término despectivo para referirse a quienes acudieron llamados por el trabajo de la industria y de la minería. Somos acogedores, campechanos, más manchegos que castellanos y más quijotescos que sanchopancescos.
  Emotion is back frente a la barbarie de las murallas, de la discriminación, el etnocentrismo y la soberbia de los pueblos. Sencillamente altruismo y  apoyo mutuo entre ciudadanos que se sienten iguales. Nos gusta contar los ahoras con nuestros vecinos antes que las horas, y la ironía de saborear un agua agria que nos endulza la vida. 
 Pero nuestro caño espectador de días de mucho trajín y largas colas en la Fuente y árbitro del buen uso de la dispensa de la cola para quienes querían beber, no sería protagonista sin su jarro artesanal de hojalata diseñado ad hoc para beber a chorro sin chupar. El agua no te sabía igual en esos vasos plegables que muchos llevaban consigo al Paseo, ni en esa botella que pedíamos a alguien que acudía a llenarlas para llevarlas a casa. El rito era esperar turno para coger el jarro y aprender a beber a chorro inclinándonos hacia adelante ligeramente para no mojar la ropa. También aprendimos de niños a beber formando una concavidad con las manos que además nos las calentaba en los días fríos de invierno.
   No es lo mismo beber agua en el jarro que agua en un botijo que reservábamos exclusivamente para el agua dulce, son técnicas distintas pero aunque parezca trivial, nos convertía en  ecologistas, porque junto al uso de botellas de vidrio que adquirían ese color ocre, se evitaba el plástico contaminante. Recuerdo la alfarería, la cacharrería como la denominábamos, de la calle San José con sus botijos blancos a la vista en el pasillo de la casa, que rezumaban agua para mantenerla fresca sumergidos en barreños para que se abrieran los poros y que estuvieran en perfecto estado de  uso antes de su venta.
   Hoy en la Fuente no hay jarros colgados, la hojalatería de la calle Soledad aún sigue abierta pero sin viso de continuidad familiar, y debido al poco interés de nuestro Ayuntamiento en reponerlos y adquirirlos, se ha perdido el encanto de lo auténtico. Tampoco el agua agria sabe tan fuerte, pero el caño de beber sigue permitiendo no guardar cola para echarse un traguito.