Puertollano pertenece a esa segunda categoría. No nació envuelto en un relato fundacional ni protegido por una gran leyenda que le diera forma desde el origen. Y, sin embargo, como todos los lugares habitados, ha terminado por llenarse de símbolos que piden ser interpretados.
El mito es un relato de lo fabuloso, algo que se supone ocurrido en un tiempo remoto, impreciso, casi imposible de fijar. Para los antiguos, no era una mentira, sino una forma de explicar lo que no podía comprenderse de otro modo. Los presocráticos entrelazaron mythos y lógos, como si la razón hubiese nacido envuelta en narración. Más tarde, los sofistas los separaron, aunque no renunciaron a vestir de filosofía los viejos relatos. Para el griego, el lógos era un principio abstracto, ordenador del mundo; en la tradición cristiana, se convirtió en palabra viva, creadora, casi palpable. La leyenda, en cambio, pisa tierra más firme. Parte de un hecho, de un lugar o de un nombre, pero la imaginación popular lo deforma, lo agranda, lo embellece o lo oscurece hasta hacerlo suyo.
Las montañas de Alicante guardan ecos de estas historias. Se dice que el Puig Campana fue hendida por el espadazo de Roldán, y que el fragmento arrancado dio origen al islote de Benidorm. En el Mascarat, algunos sitúan el tránsito errante de Judas Iscariote, condenado a vagar entre peñas. El Cabezón de Oro promete tesoros ocultos en sus entrañas, mientras que en el Montíboli aún resuena la historia de un amor imposible entre el hijo de un rico comerciante árabe y la hija de un humilde pescador cristiano.
Más al interior, en la provincia de Ciudad Real, la historia también se vuelve relato. La derrota cristiana en Alarcos, a manos de los almohades, frenó durante años el avance de la Reconquista, hasta que el destino cambió en las Navas de Tolosa con la victoria de Alfonso VIII y la carga de los Tres Reyes. Y en Valdepeñas, la resistencia popular frente a las tropas napoleónicas quedó grabada como un gesto casi épico que anticipaba la derrota francesa en Bailén.
Otras leyendas nacen de manera más inesperada: de una voz que improvisa. Como la de aquella guía de Cracovia que, ante un grupo de turistas, explicó el origen del hejnal, ese toque de trompeta interrumpido, asegurando que recordaba el momento en que un centinela fue alcanzado en la garganta por una flecha mientras daba la alarma ante una invasión tártara. Porque, al fin y al cabo, toda leyenda comienza así: alguien cuenta algo… y otro decide creerlo.
Puertollano, a diferencia de otros lugares, no nace envuelto en un mito ni sostenido por una leyenda fundacional. No hay héroes que abran sus tierras a golpe de espada, ni dioses que bendigan sus aguas, ni relatos antiguos que expliquen su origen con palabras heredadas. Nace, más bien, en silencio. Sin embargo, incluso los lugares más austeros terminan por reclamar su misterio. Porque allí donde no hubo relato, alguien acaba por inventarlo.
Pero el león está ahí. En los caños de la Fuente Agria y en la Fuente de los Leones, quieto, casi ignorado por quien pasa a su lado sin detenerse. Como si siempre hubiera estado, como si no necesitara explicación. Puertollano, ciudad que ha ido perdiendo gran parte de su patrimonio, conserva sin embargo esa figura obstinada. No es un palacio, ni una muralla, ni los restos del Gran Teatro lo que permanece. Son cuatro leones. Y quizá no sea casual. Porque hay ciudades que levantan sus símbolos sobre lo que fueron, y otras —como esta— sobre lo poco que resiste. Tal vez por eso el león no preside una puerta ni protege un tesoro visible. Tal vez su función sea otra. El león ya está ahí, en los caños de la Fuente Agria y en la Fuente de los Leones del Paseo de San Gregorio, pero sin historia, es pura forma, lógos sin mythos, y eso genera perplejidad, ¿por qué un león aquí, qué guarda, qué vigila?
Se cuenta —aunque nadie sabría decir cuándo empezó a contarse— que la Fuente Agria no siempre brotó como hoy la conocemos. Durante mucho tiempo, el agua permanecía oculta bajo la tierra, amarga incluso antes de ser bebida. Dicen que fueron cuatro leones los que la hicieron surgir. No llegaron como animales, sino como presencias: aparecieron una noche, en silencio, y comenzaron a escarbar la tierra hasta abrir los caños. Al hacerlo, quedaron fijados para siempre en el hierro, condenados a vigilar aquello que habían despertado. Desde entonces, el agua no es solo agua. Tiene memoria, Y su sabor áspero y mineral, sería según la leyenda, el eco de aquello que los leones no pueden decir. Por eso miran siempre al mismo sitio. No para custodiar lo que hay, sino lo que falta.
Tal vez nuestra guía polaca particular decida contar esta historia a los turistas que visiten el Geositio Fuente Agria y quizá sin saberlo, la una a la vieja leyenda de la mona de las pocitas porque Puertollano, como todos los lugares termina necesitando también un relato solemne, casi heráldico. Si el lógos explica por qué hay hierro, agua, sulfatos...el mito responde a la pregunta que nadie formula en voz alta. "¿y por qué un león aquí, mirando siempre hacia el mismo sitio?"
Los puertollaneros sabemos que no todos los caños de la Fuente Agria se usan igual. Todos tienen el mismo león, la misma boca abierta, el mismo gesto detenido, el mismo desgaste del hierro. Repetidos como si alguien hubiera querido borrar cualquier diferencia. Y sin embargo, la hay. Hay un caño que se reserva para beber allí mismo, sin botellas, sin prisa, los otros caños aceptan garrafas, manos apresuradas para cambiarla por otra vacía. Nunca se decidió, nunca se escribió pero se cumple. Tal vez el león esté ahí para vigilarnos. El lógos dirá que todos los caños son iguales, el mito mucho más discreto se limitará a constatar que hay uno que no es igual, y eso se percibe sin cartel alguno.
La ermita más antigua de la ciudad es la de la Soledad, antiguamente dedicada a San Mateo. Marcos no tiene en Puertollano ni ermita ni costumbre. Y, sin embargo, el león está ahí. Tal vez los símbolos se confundieran, como se confunden los nombres cuando pasan de boca en boca. Tal vez, cuando la fuente empezó a brotar, alguien pensó que hacía falta un guardián. No para bendecir el agua, sino para vigilarla. Y el león de San Marcos —aunque no perteneciera al lugar— servía para la ocasión. No tenía historia aquí. Y precisamente por eso podía quedarse. Sin devoción concreta. Sin función declarada. Solo mirando. Tal vez por ello no es custodio de la fe, ni siquiera del agua, sino de algo más difícil de nombrar: esa forma de acuerdo silencioso, casi invisible, que sostiene lo cotidiano.
Quizá nunca sepamos por qué hay un león en Puertollano. Ni quien decidió colocarlo en la Fuente Agria, ni qué debía vigilar exactamente. Pero hay preguntas que no necesitan respuesta para seguir teniendo sentido. El león permanece. No como símbolo de lo que fue, sino de lo que falta. Y en esa falta, callada, compartida, casi imperceptible, se reconoce una ciudad que, sin mito heredado, ha aprendido a convivir con sus propios signos. Porque al final no es un león quien guarda la fuente. Somos nosotros, quienes sin saberlo, seguimos guardando al león.

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