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domingo, 25 de octubre de 2026

Interludios de Athos (II). El barco hacia la Montaña Santa

 

 Hay un momento en el que el viaje deja de pertenecerte. Hasta entonces, todo ha sido preparación, deseo e incertidumbre. Has imaginado el Monte Athos, has leído sobre él y has tratado de anticipar lo que encontrarás. Incluso has podido construir una imagen de la Montaña Santa que, sin darte cuenta, se parece más a tus propias expectativas que a la realidad.

 Pero llega un instante en el que ya no hay nada que preparar. Estás allí, con tu equipaje y la documentación necesaria, dispuesto a embarcar. Al otro lado te espera un territorio del que sabes algunas cosas, aunque todavía ignoras lo que significará para ti. Solo queda subir al barco. Y quizá sea entonces cuando comprendes que el viaje ha comenzado de verdad.

 Para llegar a Dafni o a los monasterios que cuentan con su propia arsana, hay que hacerlo por mar. No existe acceso terrestre abierto a los visitantes. Antes de alcanzar la costa, recorrer sus caminos y encontrarse con sus iglesias, sus iconos y sus monjes, hay que embarcarse. Parece una circunstancia puramente práctica, un trámite inevitable entre el continente y la península. Sin embargo, el barco es mucho más que un medio de transporte: es el primer contacto con un territorio que no se rige por las mismas normas que has dejado atrás.

 Para embarcar en el Axion Estin, hay que mostrar el diamonitirion, el permiso de entrada al Monte Athos. El documento que has esperado durante meses y que te han entregado unos minutos antes en la oficina autorizada de Ouranopoli adquiere entonces su verdadera dimensión. Es, en cierto modo, el visado que te permite acceder a aquel territorio. Un miembro de la tripulación comprueba el permiso y el billete que has adquirido a la naviera Agioreitikes Grammes. Todo está en orden y, finalmente, embarcas. No hay nada especialmente solemne en el gesto. Nadie necesita pronunciar palabras trascendentes ni explicarte el significado de lo que está ocurriendo. Precisamente por eso, el momento tiene algo de revelador. El acceso a aquel mundo empieza con una comprobación administrativa. Para entrar en un lugar sagrado, primero hay que cumplir con la burocracia.

 La espiritualidad también tiene, en este primer momento, sus ventanillas, sus permisos y sus controles. Las normas de acceso forman parte de una organización que lleva siglos preservando una forma de vida singular. El diamonitirion no es una invitación turística, sino una autorización limitada para entrar en una comunidad monástica que conserva sus propias reglas, sus ritmos y una relación particular con el mundo exterior. Que uno comparta o no todas esas reglas es otra cuestión. Lo cierto es que, desde el primer momento, debe aceptar que está entrando en un lugar cuya existencia no depende de satisfacer sus expectativas.

 Ya en el barco, buscas tu sitio y empiezas a observar a los demás pasajeros. Algunos parecen conocer perfectamente los rituales. Otros, como tú, miran alrededor con esa atención particular de quien intenta no perderse nada. Hay mochilas, equipajes modestos y hombres que navegan con la tranquilidad de quien ha hecho aquel trayecto muchas veces. Mientras tomas un café con un tsoureki, el bollo tradicional griego que elaboran los monjes y que también puedes encontrar en la única cafetería de Karyes, observas a quienes comparten contigo la travesía. Muchos han madrugado para recoger el diamonitirion y tomar el primer ferri, el de las 6.30 de la mañana.

 Experimentas algo que, aunque conocías de antemano, quizá no habías terminado de asimilar hasta ese instante: no hay mujeres a bordo. No es una casualidad ni una circunstancia pasajera, sino la consecuencia de una norma que define al Monte Athos desde hace siglos: la prohibición de entrada de las mujeres, conocida como ávaton. Una regla vinculada a la tradición monástica de la península, a la consagración de Athos a la Virgen María y a una concepción de la vida espiritual que ha reservado aquel territorio a una comunidad exclusivamente masculina. Conocer la norma no es lo mismo que experimentarla. Su ausencia se vuelve física, inmediata, incontestable.

  La ausencia de mujeres termina adquiriendo una presencia propia. Y uno empieza a preguntarse por el significado de aquello. No necesariamente para emitir un juicio inmediato, sino para comprender. ¿Qué ocurre cuando una tradición religiosa establece una frontera de esta naturaleza? ¿Cómo se vive desde dentro? ¿Qué significado tiene para quienes han elegido consagrar su vida a la oración? ¿Y qué siente quien llega de fuera, educado en un mundo donde la presencia de hombres y mujeres en los espacios públicos se da por descontada?

 No todas las preguntas necesitan una respuesta inmediata. Algunas conviene llevarlas consigo durante el viaje. Hay, además, detalles mucho más prosaicos que contribuyen a hacer visible esa singularidad. Los espacios, los servicios y las pequeñas comodidades de la travesía parecen concebidos para un pasaje exclusivamente masculino. Hasta la cuestión de los aseos, algo en lo que normalmente nadie repararía durante un trayecto en barco, adquiere aquí una dimensión inesperada. La ausencia de mujeres no es solamente una norma escrita en un reglamento. Se manifiesta también en la organización material de las cosas, en aquello que se ha previsto y en aquello que ni siquiera parece necesario contemplar.

 Es curioso cómo un detalle cotidiano puede explicar mejor una realidad que muchas páginas de historia. Quizá porque estamos acostumbrados a que las grandes diferencias se anuncien con grandes gestos. Esperamos ceremonias, símbolos, palabras solemnes. Pero a veces basta con buscar un aseo, recorrer con la mirada el pasaje o advertir quiénes ocupan los asientos para comprender que hemos cruzado una frontera cultural.

 El barco continúa navegando. El Monte Athos empieza a contemplarse a lo lejos. Quienes viajan contigo parecen entregados a sus propios pensamientos. Algunos conversan; otros permanecen en silencio. Los hay que miran el horizonte y quienes parecen no prestar atención a nada en particular. No sabes qué ha llevado a cada uno hasta allí. Quizá alguno busca unos días de recogimiento. Quizá otro regresa al monasterio donde vive. Puede que haya quien llegue movido por una fe profunda y quien lo haga por curiosidad, por interés histórico o por el deseo de conocer un mundo que permanece fuera de los circuitos habituales. Las motivaciones pueden ser muy distintas, aunque todos compartan durante un tiempo el mismo barco y el mismo destino. Quizá por eso el barco invita a observar.

  Poco a poco empiezas a tomar conciencia de estar entrando en un lugar que no se ha organizado pensando en nosotros, en nuestros hábitos ni en nuestra manera de entender las cosas. Durante unos días, tendrás que aceptar otros horarios, otras costumbres, otras prioridades. Esa disposición, más que cualquier expectativa de encontrar respuestas, quizá sea la mejor manera de comenzar: estar dispuesto a mirar, escuchar y comprender.


viernes, 9 de octubre de 2026

Entre flechas amarillas: Interludios de Athos (I). Antes de partir: la prim...

Entre flechas amarillas: Interludios de Athos (I). Antes de partir: la prim...:    Hay experiencias que solo alcanzamos a comprender cuando ha pasado el tiempo. Mientras las vivimos, apenas distinguimos los hechos, las d...

Interludios de Athos (I). Antes de partir: la primera llamada de la Montaña Santa

 


 Hay experiencias que solo alcanzamos a comprender cuando ha pasado el tiempo. Mientras las vivimos, apenas distinguimos los hechos, las dificultades y las emociones que se suceden. Después, al volver la mirada sobre ellas, algunos detalles adquieren un significado que entonces no supimos reconocer.

 Mi viaje a Athos comenzó mucho antes de llegar a la Montaña Santa. Comenzó entre lecturas, mapas, gestiones y preguntas; en la distancia que separaba el deseo de la posibilidad real de cumplirlo. Y, sin embargo, hubo un momento, en Sofía, en el que aquella preparación dejó de ser únicamente una cuestión de itinerarios y documentos.

 Este primer interludio regresa a esos días anteriores a la partida. No para repetir el viaje, sino para detenerme en aquello que, con el tiempo, he llegado a mirar de otra manera. Porque a veces el comienzo de una peregrinación no coincide con el primer paso, sino con ese instante en que uno empieza a intuir que el camino puede conducirlo más lejos de lo que había imaginado.

 Hay viajes que comienzan cuando uno sale de casa y otros que empiezan mucho antes, quizá en el momento en que empieza a convertirse en objetivo prioritario y tienes que cumplir ese sueño. Con Athos fue lo que me ocurrió. Antes de ver la montaña había comenzado a imaginarla. Había leído sobre sus monasterios, la biografía de San Silouán el athonita, sobre la liturgia ortodoxa, los iconos y esa tradición espiritual que había conseguido mantenerse aislada del mundo. Pero cuanto más leía, menos seguro estaba de saber qué iba a encontrar. Y tampoco encontraba demasiadas respuestas a la pregunta más sencilla: cómo entrar.

 Athos parecía un lugar cercano, sin trámites de visado para entrar en territorio griego y, al mismo tiempo, extraordinariamente difícil de conseguir el diamonitirion. No era solamente cuestión de encontrar un vuelo y comprar un billete. Había permisos, monasterios que debían aceptar la estancia, fechas que encajar, desplazamientos que no siempre resultaban fáciles de comprender desde la distancia y una cadena de pequeñas decisiones en la que cualquier error podía impedir mi entrada en la Monstaña Santa. Así que empecé a organizarlo como pude.

 El camino terminé por trazarlo sobre el mapa desde Alicante con vuelo a Sofía; desde allí tendría que llegar en autobús hasta Tesalónica, y después tomar otro autobús hasta Ouranoupoli. Allí comenzaría, propiamente, el camino hacia la Montaña Santa. Visto ahora parece sencillo. Entonces no lo era tanto. La información que encontraba era fragmentaria, y buena parte de lo que necesitaba saber parecía depender de conversaciones, correos, reservas y respuestas que llegaban cuando querían llegar. Quizá por eso, cuanto más trataba de organizar el viaje, más comprendía que había cosas que escapaban de mi control.

 Y ahí apareció de una manera milagrosa, la Theotokos. No quiero decir que sintiera una señal extraordinaria ni que ocurriera nada que pudiera contarse como algo taumatúrgico. Fue algo mucho más sencillo. Una sensación persistente de que debía seguir adelante. Como si, mientras yo intentaba resolver las últimas trabas burocráticas en Sofía para entrar en Athos, alguien me recordara que no todo dependía de mí. Puede que fuera simplemente fe poniendo la vela en la catedral a la Virgen, o puede que fuera esa forma misteriosa que tiene la providencia de hacerse presente sin necesidad de anunciarse.

 Prepararse para Athos no consistía solamente en preparar un viaje. Había algo más difícil de preparar: la mirada. Uno puede organizar los desplazamientos, pensar en los monasterios que visitará, comprobar los horarios, preparar una mochila y tratar de imaginar cómo serían los días en la Montaña Santa. Pero nada de eso sirve para anticipar lo que ocurre cuando finalmente  desembarcas en Dafni. 

 Y, además, quedaba una última incertidumbre. A pocos días de partir todavía no tenía la seguridad absoluta de que todo estuviera en orden, y fue en Sofía tras ponerle la vela a la Theothocos cuando mantuve una conversación telefónica con el funcionario de Tesalónica encargado de estos asuntos. Minutos después recibí ese correo de confirmación de bienvenida a la Montaña Santa.

 Recuerdo aquella sensación. Había dedicado meses a organizar el viaje y, de repente, todo parecía regresar al punto de partida. Otra vez los documentos. Otra vez las confirmaciones. Pero la Panagia Pantanassa cuya réplica en la catedral de Sofía del icono original del Monasterio de Vatopedi que fue uno de los que me recibieron en acogida, resultó ser como esa señal que de vez en cuando uno termina por percibir como algo misterioso y nada racional, quien me dio en Bulgaria la bienvenida a su Montaña Sagrada. Quizá esa fue la primera enseñanza que me dio Athos, antes incluso de pisarlo: hay lugares a los que no se llega solamente porque uno haya organizado bien el viaje.


 Antes de partir, Athos era todavía una mezcla de lecturas, fotografías, y preguntas. También era una expectativa. Y las expectativas tienen algo extraño. A veces nos ayudan a acercarnos a un lugar y otras veces se convierten en una barrera. Queremos reconocer aquello que hemos imaginado y podemos pasar por alto precisamente lo que hace que el lugar sea diferente de nuestra imaginación. Por eso el viaje a Athos no comienza en el barco. Comienza mucho antes. Comienza cuando uno decide ir. Comienza cuando aleatoriamente solicitas a tres monasterios la acogida y a la oficina de Tesalónica el diamonitirion.

 Y quizá comienza, sobre todo, cuando uno acepta que al llegar tendrá que dejar a un lado una parte de lo que cree saber. Todavía no había visto la montaña. Todavía no había escuchado las campanas de un monasterio ni había entrado en una iglesia iluminada por lámparas de aceite. Todavía no sabía cómo sería la vida allí, y asistir a una liturgia cuya lengua y cuyos gestos me resultaban desconocidos. Todo eso estaba todavía por suceder. El avión todavía no había despegado de Alicante. Sofía estaba por delante. Después vendrían los autobuses, Tesalónica, Ouranoupoli y finalmente el mar. Y más allá del mar, la montaña. Pero el viaje ya había comenzado. Quizá todos los viajes importantes empiezan así: con una mezcla de deseo y de incertidumbre, con la sensación de que vamos hacia un lugar concreto sin saber todavía que, en realidad, también vamos hacia una parte de nosotros mismos que desconocemos. Athos estaba en otro mar en sentido extenso, y pensé que quizá tendría que dejarlo todo en manos de la Theotokos.