María ocupa un lugar central tanto en la tradición católica romana como en la ortodoxa, pero no desde el mismo horizonte teológico ni antropológico. Mientras Occidente ha tendido a definirla mediante dogmas que buscan resolver tensiones doctrinales —pecado original, herencia, preservación—, Oriente la contempla como un misterio inseparable de la Encarnación y de la libertad humana. No es una excepción ontológica ni una solución jurídica al problema del pecado, sino la plenitud de una respuesta libre al llamado de Dios.
María como Theotokos en la Ortodoxia no es la respuesta a un problema de estatus jurídico del pecado. En occidente, María es la Inmaculada sin pecado concebida y ha de serlo para sortear la herencia del pecado original que se transmite por el sexo fijado como doctrina por San Agustín. En la ortodoxia, María no es la excepción, es panagia -toda santa-, Dios no la elige como un acto de preservación previa garantizando el éxito, sino por ser la suma de toda pureza y virtud, preservando la libertad humana. Su santidad es libre, no una inmunidad concedida con anterioridad, sino que Dios la escoge porque responde a su llamada, su fiat -He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Lucas 1-38-, supone obediencia, disponibilidad y confianza en el plan del Dios. En otras palabras, en oriente, María participa plenamente de la condición humana, hereda la mortalidad, muere -Dormición- y después es resucitada y llevada al cielo por su Hijo.
Hablar de María como Theotokos en la Ortodoxia no es, por tanto, comparar privilegios ni enumerar diferencias dogmáticas, sino asomarse a dos formas distintas de entender la condición humana, la salvación y el lugar del misterio en la fe. Desde esta perspectiva, María no se explica: se contempla. Y Athos, la Montaña Sagrada, aparece como el espacio donde esta visión se encarna, se custodia y se vive, no como devoción sentimental, sino como una forma de existencia modelada por el silencio, la libertad y la transfiguración.
Stricto sensu más que comparar dogmas, oriente ofrece una antropología y una forma de entender la salvación de una manera distinta a occidente. María como misterio -oriente- frente a María como solución teológica y racional. Los católicos proclaman su Inmaculada Concepción y su Asunción -dogma de fe establecido en 1950 por Pío XII- y con la celebración del Misterio de Elche declarado Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad por la Unesco en 2001. En oriente no se considera que la humanidad herede el pecado de Adán, sino sus consecuencias, es decir, la mortalidad y la enfermedad por lo que no ve necesario el dogma de la Inmaculada Concepción y celebran la Dormición y no la Asunción.
Tanto para católicos romanos como para católicos ortodoxos, María es la Madre de Dios, - Concilio de Éfeso- siempre Virgen -antes, durante y después del parto- y la mayor de todos los santos a la que se reza pidiendo su intercesión ante Dios, pero en la ortodoxia no hay dogmas marianos y la celebración de la Dormición insiste en el carácter humano de su muerte aunque ese momento coincida con el de su Glorificación y Resurrección por parte de su Hijo. El misterio de la Encarnación afirma que el Hijo de Dios se hizo hombre asumiendo su naturaleza humana en el seno de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, y sin dejar de ser Dios.
La ortodoxia lo trata como un dogma cristológico, lo expresa en la oración tras invocar al Espíritu Santo y proclama su grandeza centrándose en el misterio inefable de la Encarnación al que está vinculado y este enfoque en el misterio por parte de oriente, no necesita de dogmas marianos y por tanto no hay pretensión alguna de racionalidad. María no es una mujer ideal ni una divinidad femenina, sino la figura humana que participa en la acción salvadora de Dios a modo de faro de la humanidad actuando como modelo de fe, voluntad y libertad al decidir participar con todo su ser, y corazón en el Plan Divino.
Athos es la Montaña Sagrada que ha decidido vivir como ella, es una forma de vida, es el jardín de la Theotokos y no un mero territorio mariano. No hay devoción a la manera occidental, es el espacio de la Virgen consagrado, custodiado por sus monjes y habitado bajo su protección. Athos es a la paz interior lo que María a la Encarnación. Si la María Ortodoxa participa plenamente de la condición humana, es mortal y muere -Dormición-, la Montaña Sagrada metafóricamente repite este ciclo, y por tanto, para la antropología ortodoxa, la virginidad de María no es la negación de la carne y el cuerpo, sino su transfiguración.
En oriente y de una manera acentuada, en su Montaña Sagrada, a María no se la define, y se aleja de todo dogma, se la contempla, se la venera y se la canta. La Theotokos está presente en sus iconos, con un lenguaje simbólico vivo, y se besa al cristal que la protege, es una representación viva y vivida, sin necesidad de recurrir a dogma mariano alguno. Occidente, cierra el misterio con definiciones racionales, oriente lo hace con el velo del silencio, no explica, custodia, mantiene la fe, la tradición, y su presencia.
Athos no es mariano porque María esté presente en los iconos del Kathotikón de cada monasterio, sino porque vive como ella. Athos es el Jardín de la Madre de Dios y sin embargo no hay imágenes sentimentales ni exaltación emocional y mantiene el avaton porque María sostiene el centro, no lo ocupa.
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