Hay experiencias que solo alcanzamos a comprender cuando ha pasado el tiempo. Mientras las vivimos, apenas distinguimos los hechos, las dificultades y las emociones que se suceden. Después, al volver la mirada sobre ellas, algunos detalles adquieren un significado que entonces no supimos reconocer.
Mi viaje a Athos comenzó mucho antes de llegar a la Montaña Santa. Comenzó entre lecturas, mapas, gestiones y preguntas; en la distancia que separaba el deseo de la posibilidad real de cumplirlo. Y, sin embargo, hubo un momento, en Sofía, en el que aquella preparación dejó de ser únicamente una cuestión de itinerarios y documentos.
Este primer interludio regresa a esos días anteriores a la partida. No para repetir el viaje, sino para detenerme en aquello que, con el tiempo, he llegado a mirar de otra manera. Porque a veces el comienzo de una peregrinación no coincide con el primer paso, sino con ese instante en que uno empieza a intuir que el camino puede conducirlo más lejos de lo que había imaginado.
Hay viajes que comienzan cuando uno sale de casa y otros que empiezan mucho antes, quizá en el momento en que empieza a convertirse en objetivo prioritario y tienes que cumplir ese sueño. Con Athos fue lo que me ocurrió. Antes de ver la montaña había comenzado a imaginarla. Había leído sobre sus monasterios, la biografía de San Silouán el athonita, sobre la liturgia ortodoxa, los iconos y esa tradición espiritual que había conseguido mantenerse aislada del mundo. Pero cuanto más leía, menos seguro estaba de saber qué iba a encontrar. Y tampoco encontraba demasiadas respuestas a la pregunta más sencilla: cómo entrar.
Athos parecía un lugar cercano, sin trámites de visado para entrar en territorio griego y, al mismo tiempo, extraordinariamente difícil de conseguir el diamonitirion. No era solamente cuestión de encontrar un vuelo y comprar un billete. Había permisos, monasterios que debían aceptar la estancia, fechas que encajar, desplazamientos que no siempre resultaban fáciles de comprender desde la distancia y una cadena de pequeñas decisiones en la que cualquier error podía impedir mi entrada en la Monstaña Santa. Así que empecé a organizarlo como pude.
El camino terminé por trazarlo sobre el mapa desde Alicante con vuelo a Sofía; desde allí tendría que llegar en autobús hasta Tesalónica, y después tomar otro autobús hasta Ouranoupoli. Allí comenzaría, propiamente, el camino hacia la Montaña Santa. Visto ahora parece sencillo. Entonces no lo era tanto. La información que encontraba era fragmentaria, y buena parte de lo que necesitaba saber parecía depender de conversaciones, correos, reservas y respuestas que llegaban cuando querían llegar. Quizá por eso, cuanto más trataba de organizar el viaje, más comprendía que había cosas que escapaban de mi control.
Y ahí apareció de una manera milagrosa, la Theotokos. No quiero decir que sintiera una señal extraordinaria ni que ocurriera nada que pudiera contarse como algo taumatúrgico. Fue algo mucho más sencillo. Una sensación persistente de que debía seguir adelante. Como si, mientras yo intentaba resolver las últimas trabas burocráticas en Sofía para entrar en Athos, alguien me recordara que no todo dependía de mí. Puede que fuera simplemente fe poniendo la vela en la catedral a la Virgen, o puede que fuera esa forma misteriosa que tiene la providencia de hacerse presente sin necesidad de anunciarse.
Prepararse para Athos no consistía solamente en preparar un viaje. Había algo más difícil de preparar: la mirada. Uno puede organizar los desplazamientos, pensar en los monasterios que visitará, comprobar los horarios, preparar una mochila y tratar de imaginar cómo serían los días en la Montaña Santa. Pero nada de eso sirve para anticipar lo que ocurre cuando finalmente desembarcas en Dafni.
Y, además, quedaba una última incertidumbre. A pocos días de partir todavía no tenía la seguridad absoluta de que todo estuviera en orden, y fue en Sofía tras ponerle la vela a la Theothocos cuando mantuve una conversación telefónica con el funcionario de Tesalónica encargado de estos asuntos. Minutos después recibí ese correo de confirmación de bienvenida a la Montaña Santa.
Recuerdo aquella sensación. Había dedicado meses a organizar el viaje y, de repente, todo parecía regresar al punto de partida. Otra vez los documentos. Otra vez las confirmaciones. Pero la Panagia Pantanassa cuya réplica en la catedral de Sofía del icono original del Monasterio de Vatopedi que fue uno de los que me recibieron en acogida, resultó ser como esa señal que de vez en cuando uno termina por percibir como algo misterioso y nada racional, quien me dio en Bulgaria la bienvenida a su Montaña Sagrada. Quizá esa fue la primera enseñanza que me dio Athos, antes incluso de pisarlo: hay lugares a los que no se llega solamente porque uno haya organizado bien el viaje.
Antes de partir, Athos era todavía una mezcla de lecturas, fotografías, y preguntas. También era una expectativa. Y las expectativas tienen algo extraño. A veces nos ayudan a acercarnos a un lugar y otras veces se convierten en una barrera. Queremos reconocer aquello que hemos imaginado y podemos pasar por alto precisamente lo que hace que el lugar sea diferente de nuestra imaginación. Por eso el viaje a Athos no comienza en el barco. Comienza mucho antes. Comienza cuando uno decide ir. Comienza cuando aleatoriamente solicitas a tres monasterios la acogida y a la oficina de Tesalónica el diamonitirion.
Y quizá comienza, sobre todo, cuando uno acepta que al llegar tendrá que dejar a un lado una parte de lo que cree saber. Todavía no había visto la montaña. Todavía no había escuchado las campanas de un monasterio ni había entrado en una iglesia iluminada por lámparas de aceite. Todavía no sabía cómo sería la vida allí, y asistir a una liturgia cuya lengua y cuyos gestos me resultaban desconocidos. Todo eso estaba todavía por suceder. El avión todavía no había despegado de Alicante. Sofía estaba por delante. Después vendrían los autobuses, Tesalónica, Ouranoupoli y finalmente el mar. Y más allá del mar, la montaña. Pero el viaje ya había comenzado. Quizá todos los viajes importantes empiezan así: con una mezcla de deseo y de incertidumbre, con la sensación de que vamos hacia un lugar concreto sin saber todavía que, en realidad, también vamos hacia una parte de nosotros mismos que desconocemos. Athos estaba en otro mar en sentido extenso, y pensé que quizá tendría que dejarlo todo en manos de la Theotokos.
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