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viernes, 24 de abril de 2026

El león de la Fuente Agria: mito y símbolo en Puertollano



 Hay lugares que se explican solos y otros que necesitan ser contados. No porque les falte historia, sino porque lo que tienen no basta.

 Puertollano pertenece a esa segunda categoría. No nació envuelto en un relato fundacional ni protegido por una gran leyenda que le diera forma desde el origen. Y, sin embargo, como todos los lugares habitados, ha terminado por llenarse de símbolos que piden ser interpretados.

 El mito es un relato de lo fabuloso, algo que se supone ocurrido en un tiempo remoto, impreciso, casi imposible de fijar. Para los antiguos, no era una mentira, sino una forma de explicar lo que no podía comprenderse de otro modo. Los presocráticos entrelazaron mythos y lógos, como si la razón hubiese nacido envuelta en narración. Más tarde, los sofistas los separaron, aunque no renunciaron a vestir de filosofía los viejos relatos. Para el griego, el lógos era un principio abstracto, ordenador del mundo; en la tradición cristiana, se convirtió en palabra viva, creadora, casi palpable. La leyenda, en cambio, pisa tierra más firme. Parte de un hecho, de un lugar o de un nombre, pero la imaginación popular lo deforma, lo agranda, lo embellece o lo oscurece hasta hacerlo suyo.

  Las montañas de Alicante guardan ecos de estas historias. Se dice que el Puig Campana fue hendida por el espadazo de Roldán, y que el fragmento arrancado dio origen al islote de Benidorm. En el Mascarat, algunos sitúan el tránsito errante de Judas Iscariote, condenado a vagar entre peñas. El Cabezón de Oro promete tesoros ocultos en sus entrañas, mientras que en el Montíboli aún resuena la historia de un amor imposible entre el hijo de un rico comerciante árabe y la hija de un humilde pescador cristiano.

  Más al interior, en la provincia de Ciudad Real, la historia también se vuelve relato. La derrota cristiana en Alarcos, a manos de los almohades, frenó durante años el avance de la Reconquista, hasta que el destino cambió en las Navas de Tolosa con la victoria de Alfonso VIII y la carga de los Tres Reyes. Y en Valdepeñas, la resistencia popular frente a las tropas napoleónicas quedó grabada como un gesto casi épico que anticipaba la derrota francesa en Bailén.

  Otras leyendas nacen de manera más inesperada: de una voz que improvisa. Como la de aquella guía de Cracovia que, ante un grupo de turistas, explicó el origen del hejnal, ese toque de trompeta interrumpido, asegurando que recordaba el momento en que un centinela fue alcanzado en la garganta por una flecha mientras daba la alarma ante una invasión tártara. Porque, al fin y al cabo, toda leyenda comienza así: alguien cuenta algo… y otro decide creerlo.

  Puertollano, a diferencia de otros lugares, no nace envuelto en un mito ni sostenido por una leyenda fundacional. No hay héroes que abran sus tierras a golpe de espada, ni dioses que bendigan sus aguas, ni relatos antiguos que expliquen su origen con palabras heredadas. Nace, más bien, en silencio. Sin embargo, incluso los lugares más austeros terminan por reclamar su misterio. Porque allí donde no hubo relato, alguien acaba por inventarlo.

 Pero el león está ahí. En los caños de la Fuente Agria y en la Fuente de los Leones, quieto, casi ignorado por quien pasa a su lado sin detenerse. Como si siempre hubiera estado, como si no necesitara explicación. Puertollano, ciudad que ha ido perdiendo gran parte de su patrimonio, conserva sin embargo esa figura obstinada. No es un palacio, ni una muralla, ni los restos del Gran Teatro lo que permanece. Son cuatro leones. Y quizá no sea casual. Porque hay ciudades que levantan sus símbolos sobre lo que fueron, y otras —como esta— sobre lo poco que resiste. Tal vez por eso el león no preside una puerta ni protege un tesoro visible. Tal vez su función sea otra. El león ya está ahí, en los caños de la Fuente Agria y en la Fuente de los Leones del Paseo de San Gregorio, pero sin historia, es pura forma, lógos sin mythos, y eso genera perplejidad, ¿por qué un león aquí, qué guarda, qué vigila?

  Se cuenta —aunque nadie sabría decir cuándo empezó a contarse— que la Fuente Agria no siempre brotó como hoy la conocemos. Durante mucho tiempo, el agua permanecía oculta bajo la tierra, amarga incluso antes de ser bebida. Dicen que fueron cuatro leones los que la hicieron surgir. No llegaron como animales, sino como presencias: aparecieron una noche, en silencio, y comenzaron a escarbar la tierra hasta abrir los caños. Al hacerlo, quedaron fijados para siempre en el hierro, condenados a vigilar aquello que habían despertado. Desde entonces, el agua no es solo agua. Tiene memoria, Y su sabor áspero y mineral, sería según la leyenda, el eco de aquello que los leones no pueden decir. Por eso miran siempre al mismo sitio. No para custodiar lo que hay, sino lo que falta.

 Tal vez nuestra guía polaca particular decida contar esta historia a los turistas que visiten el Geositio Fuente Agria y quizá sin saberlo, la una a la vieja leyenda de la mona de las pocitas porque Puertollano, como todos los lugares termina necesitando también un relato solemne, casi heráldico. Si el lógos explica por qué hay hierro, agua, sulfatos...el mito responde a la pregunta que nadie formula en voz alta. "¿y por qué un león aquí, mirando siempre hacia el mismo sitio?"

  Los puertollaneros sabemos que no todos los caños de la Fuente Agria se usan igual. Todos tienen el mismo león, la misma boca abierta, el mismo gesto detenido, el mismo desgaste del hierro. Repetidos como si alguien hubiera querido borrar cualquier diferencia. Y sin embargo, la hay. Hay un caño que se reserva para beber allí mismo, sin botellas, sin prisa, los otros caños aceptan garrafas, manos apresuradas para cambiarla por otra vacía. Nunca se decidió, nunca se escribió pero se cumple. Tal vez el león esté ahí para vigilarnos. El lógos dirá que todos los caños son iguales, el mito mucho más discreto se limitará a constatar que hay uno que no es igual, y eso se percibe sin cartel alguno.

  La ermita más antigua de la ciudad es la de la Soledad, antiguamente dedicada a San Mateo. Marcos no tiene en Puertollano ni ermita ni costumbre. Y, sin embargo, el león está ahí. Tal vez los símbolos se confundieran, como se confunden los nombres cuando pasan de boca en boca. Tal vez, cuando la fuente empezó a brotar, alguien pensó que hacía falta un guardián. No para bendecir el agua, sino para vigilarla. Y el león de San Marcos —aunque no perteneciera al lugar— servía para la ocasión. No tenía historia aquí. Y precisamente por eso podía quedarse. Sin devoción concreta. Sin función declarada. Solo mirando.  Tal vez por ello no es custodio de la fe, ni siquiera del agua, sino de algo más difícil de nombrar: esa forma de acuerdo silencioso, casi invisible, que sostiene lo cotidiano.

 Quizá nunca sepamos por qué hay un león en Puertollano. Ni quien decidió colocarlo en la Fuente Agria, ni qué debía vigilar exactamente. Pero hay preguntas que no necesitan respuesta para seguir teniendo sentido. El león permanece. No como símbolo de lo que fue, sino de lo que falta. Y en esa falta, callada, compartida, casi imperceptible, se reconoce una ciudad que, sin mito heredado, ha aprendido a convivir con sus propios signos. Porque al final no es un león quien guarda la fuente. Somos nosotros, quienes sin saberlo, seguimos guardando al león.

 


lunes, 20 de abril de 2026

Entre flechas amarillas: Puertollano: la excelencia silenciosa del comercio...

Entre flechas amarillas: Puertollano: la excelencia silenciosa del comercio...:   En tiempos de inmediatez y consumo fugaz, el pequeño comercio tradicional emerge como un ejemplo discreto pero poderoso de excelencia. Lej...

Puertollano: la excelencia silenciosa del comercio que perdura


  En tiempos de inmediatez y consumo fugaz, el pequeño comercio tradicional emerge como un ejemplo discreto pero poderoso de excelencia. Lejos de grandes discursos empresariales, estas tiendas han sabido mantenerse vivas gracias a algo más profundo: la confianza, la cercanía y una identidad que resiste el paso del tiempo. En Puertollano, ese legado no solo se conserva, se vive.

  En un mundo donde lo efímero parece imponerse, hablar de excelencia en las organizaciones adquiere un matiz distinto cuando miramos al pequeño comercio tradicional. Más allá de indicadores financieros o estrategias de crecimiento acelerado, la verdadera excelencia —como apuntaba Tom Peters— reside en la capacidad de una organización para perdurar, adaptarse y mantener su esencia sin perder su propósito. (Vid.)

  Aplicada al comercio de proximidad, esta idea cobra una fuerza especial. Las tiendas que han pasado de generación en generación en Puertollano, no solo han sobrevivido a cambios económicos, tecnológicos y sociales; han sabido reinterpretarse sin romper el hilo invisible que las une a su origen. Su excelencia no se mide únicamente en términos de rentabilidad, sino en la confianza construida con sus clientes, en el conocimiento transmitido de padres a hijos y en la identidad que aportan al tejido urbano.

  En Puertollano, estas pequeñas organizaciones familiares son mucho más que negocios: son custodios de historias, hábitos y relaciones. Su continuidad no es casualidad, sino el resultado de una forma de entender el trabajo donde la calidad, la cercanía y el compromiso se convierten en una filosofía que trasciende generaciones.

  "Solo podemos dar una opinión realmente imparcial cuando se trata de cosas que no nos interesan y ésta es, sin duda, la razón de que la opinión imparcial carezca completamente de valor". -Óscar Wilde-

  No hay mirada neutra cuando uno escribe sobre lo que le importa, y este es el caso porque esta entrada está cargada de emoción y amistad. Este texto nace, precisamente, desde la implicación: desde la admiración por esos comercios que han resistido el paso del tiempo en Puertollano, que han visto cambiar generaciones enteras sin bajar la persiana. Hablar de ellos no es un ejercicio de distancia, sino de cercanía.

  Porque si la excelencia —en el sentido más profundo que plantean las teorías organizativas— tiene que ver con la permanencia, con la coherencia y con la capacidad de seguir siendo relevantes sin traicionar el origen, entonces el pequeño comercio tradicional merece ser contado desde dentro, desde la emoción y el respeto.

  Empiezo por un pequeño repaso de esa relación de comercio tradicional: La Perla fundada en 1953 y ubicada en la calle Aduana; La Casetilla, tuvo su primer local en la calle Calzada, hoy está en la calle Cruces, las heladerías Morán y Romero, la floristería Díaz que tuvo su primer local en la calle Talavera Alta y hoy tiene el local en la calle Aduana y la droguería Espinosa que inició su actividad en la calle Córdoba y hoy se encuentra en la calle Aduana. Además, en esta lista, hay que incluir a la joyería García de la calle Aduana, los calzados Menasalvas, con dos tiendas, una en la calle Vélez y otra en el Paseo de San Gregorio, y el estudio fotográfico que fundó en los sesenta Antonio Sánchez Romero y que hoy mantiene su hijo Antonio en el Paseo de San Gregorio esquina calle Benéfica.

  Me voy a centrar en las tiendas de ultramarinos de Colado, en la de confecciones Sixto y en la de Viuda de Sánchez. Cada una de ellas nos ha acompañado en distintas etapas de la vida y de generaciones de puertollaneros. Si la vida es como el Camino de Santiago, que se hace por etapas y son etapas de tu vida, la tienda de Colado nos lleva a las generaciones que peinan canas, a la infancia, a lo cercano, al ultramarino envuelto en papel que olía antes de abrirse, y a su inconfundible acera llena de cubas de sardinas en salazón. La tienda de Sixto marcaba -y marca- un rito de paso en los eventos de nuestras vidas, el del primer traje bueno para nuestro día de la boda. Y la tienda Viuda de Sánchez nos lleva a ese tiempo sin whatspp ni fotografía digital, al revelado expectante de esos rollos de películas de 12, 24 y 36 que en cada viaje administrabas tanto como los escasos recursos económicos de los que disponíamos. Los paisajes y selfies tenían que esperar a que el laboratorio de Kodak los revelara y los recogieras en papel en la tienda. Era como abrir esa carta de amor, todo una sopresa...

  Ultramarinos Colado lo funda Balbina en 1.940, en lenguaje político actual, hablaríamos de mujer empoderada. Su primera ubicación fue en la calle Ave María y posteriormente, a la empresa, se unió su marido Felipe, cambiando el local a la calle Soledad. Continuó la tradición Valentín, siguieron la saga su hijo Pedro y  su viuda Carmen. Hoy la biznieta Sofía mantiene la esencia pero con otro colorido, decoración y organización, entrar en su tienda es como ver la película de Chocolat y dejarte llevar por el olor a pimentón, y a los  mejores embutidos, pastas, y especias, todo un lujo gourmet.

  Confecciones Sixto lo funda Sixto Ruiz Mohedano en 1.976, conocía bien el oficio porque había trabajado en La Perla. Siguió la tradición su hijo Pedro Sixto, y la continuidad está asegurada por la nieta, María Ruiz Mora. Es la tienda del rito de paso de los puertollaneros que se van a casar. El traje de caballero es su seña de identidad y su escaparate es uno de los mejores -el mejor sin duda- de la calle Aduana.

 Gabriel Sánchez Romero funda Viuda de Sánchez en 1.958 en el Paseo de San Gregorio, y en 1.967 su viuda se hace cargo del establecimiento. Fue tienda de fotografía, laboratorio fotográfico en blanco y negro, regalos, artículos de fumador, pequeños electrodomésticos y estanco. Hoy el nieto Gabriel Sánchez Duque continúa la tradición familiar con la venta de complementos de regalo.

  La fotografía en rollo revelada por Kodak, acompañaba como el zumbido al moscardón, a la tienda Viuda de Sánchez y representaba algo casi mágico: capturar momentos sin verlos al instante. Cada carrete era un pequeño acto de fe. Disparabas sin certeza absoluta, confiando en la luz, en el pulso y en el ojo. Luego venía la espera, a veces de días, hasta llevar el rollo a revelar y descubrir qué había salido bien… y qué no.

  Ese proceso hacía que cada imagen tuviera más peso. No había miles de fotos ni posibilidad de borrar: cada disparo contaba. Las fotos reveladas eran objetos físicos, recuerdos tangibles que se guardaban en cajas o álbumes y se compartían en familia. Más que un simple registro, la fotografía en rollo era una forma de detener el tiempo con intención, donde la sorpresa final formaba parte esencial de la experiencia. Cada día, la saca de Kodak se facturaba en Renfe, era como ese petate de la mili, y en él se custodiaban los recuerdos de la vida cotidiana, eventos y viajes. La tienda mantiene como elemento vintage el cartel luminoso de la otrora poderosa Kodak.

  Viuda de Sánchez fue también pionera en la venta de películas en Super 8, que fue el puente con el vídeo doméstico... ¡Cuántas historias viendo aquéllas películas en la tienda!

  Quizá la verdadera excelencia no esté en crecer sin límite, sino en permanecer con sentido. En seguir levantando la persiana cada día con el mismo compromiso, en conocer a quien entra por la puerta y en formar parte de su historia sin hacer ruido.

  Porque estos comercios no solo venden productos: sostienen recuerdos, acompañan etapas y dan forma a la memoria colectiva de una ciudad. Y mientras sigan ahí —adaptándose sin dejar de ser— Puertollano conservará algo que no se puede replicar ni digitalizar: su alma.

  P. D.: Esta entrada podrá actualizarse en el futuro para incorporar nuevas tiendas de comercio tradicional conforme vaya teniendo constancia de más establecimientos de este tipo.