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lunes, 9 de marzo de 2026

Puertollano, el pueblo de las dos mentiras



 Entre el puerto y el llano, Puertollano arrastra dos mentiras que quizá convenga no desmentir demasiado.


 Puertollano abre las puertas al Valle de Alcudia. Desde la Chimenea Cuadrá se pueden observar los afluentes del Guadiana al norte —el río Tirteafuera— y del Guadalquivir al sur —el río Ojailén—.

 Entre esos dos valles y entre los cerros de Santa Ana y San Sebastián se levanta la ciudad en el llano. Pero quien contemple ese paisaje sin demasiado rigor geográfico puede llegar fácilmente a una conclusión curiosa: que Puertollano es el pueblo de las dos mentiras.

 Puertollano abre las puertas al Valle de Alcudia. Desde la -Chimenea Cuadrá- se pueden observar los afluentes del Guadina al norte -río Tirteafuera- y del Guadalquivir al sur -río Ojailén-. Entre esos dos valles y entre los dos cerros, Santa Ana y San Sebastián, se levanta la ciudad en el llano, aunque hoy con una densidad apreciable de viviendas en ambos cerros que te hace perder la mirada hacia calles empinadas. Desde la Glorieta de la Virgen de Gracia, el punto más emblemático de la ciudad, -junto al de la Fuente Agria-, la calle de la Copa, con el Instituto Fray Andrés y las piscinas municipales, ofrece un daguerrotipo que salvo que lo contemplemos con rigor geográfico, nos lleva a la conclusión de que  es el pueblo de las dos mentiras. 

 La ubicación histórica del pueblo confirma que, en realidad, el topónimo Puertollano nace de la conjunción de las dos singularidades aludidas y por tanto, es puerto y es llano. Pero la ciudad arrastra el sanbenito como una de esas pequeñas mentiras que, repetidas mil veces, acaban tomando apariencia de verdad. Y sin embargo, pensándolo bien, tampoco conviene desmentirla, porque hay mentiras que sin quererlo, hacen una publicidad inmejorable. 

 Si alguien llega a Puertollano atraído por ellas, pronto descubrirá otras mentiras igualmente sospechosas: que aquí se encuentran algunas de las mejores tapas de los bares de España, que tenemos uno de los paseos más agradables para la conversación, o que en cualquier banco de San Gregorio, en la solana en invierno o en la fresquita en verano, aparece alguien dispuesto a conversar y a contarte una historia. En Puertollano no se necesita guasap porque tiene mucha guasa

 Y así son nuestras mentiras en Puertollano: vienen por curiosidad...y acaban quedándose por las verdades. Así que por favor, no se molesten en desmentir nuestras mentiras: bastante trabajo tienen ya en seguir trayéndonos visitantes. Y si quieren un poco de polémica añadida, circula una tercera mentira que acompaña a nuestro sanbenito: los de Repsol, no ganan, lo que dicen que ganan. Es nuestra forma particular de hermanarnos con Santillana del Mar.

domingo, 8 de marzo de 2026

Entre flechas amarillas: De Nicea a Calcedonia: la maduración dogmática de ...

Entre flechas amarillas: De Nicea a Calcedonia: la maduración dogmática de ...:  La historia de la patrística posterior al Concilio de Nicea constituye uno de los momentos intelectuales más fecundos del cristianismo anti...

De Nicea a Calcedonia: la maduración dogmática de la patrística

 La historia de la patrística posterior al Concilio de Nicea constituye uno de los momentos intelectuales más fecundos del cristianismo antiguo. Si Nicea (325) afirmó solemnemente la divinidad del Hijo frente al arrianismo, no puso fin a las discusiones teológicas, sino que inauguró un largo proceso de clarificación conceptual y doctrinal. Durante más de un siglo, teólogos, obispos y concilios se esforzaron por precisar el lenguaje con el que la Iglesia debía expresar los dos grandes misterios de la fe cristiana: la Trinidad y la Encarnación.

  Entre Nicea y Calcedonia (451) se desarrolló así una intensa actividad teológica en la que confluyeron reflexión filosófica, controversia doctrinal y decisiones conciliares. Los Padres Capadocios contribuyeron decisivamente a estabilizar el lenguaje trinitario, mientras que las controversias cristológicas del siglo V obligaron a precisar cómo se unen en Cristo la naturaleza divina y la naturaleza humana. El resultado de este proceso fue la formación de un marco doctrinal que marcaría de forma duradera el pensamiento cristiano.

  Tras el Primer Concilio de Nicea (325), la patrística entró en una etapa de maduración dogmática que se caracterizó por la formulación canónica de los grandes dogmas cristianos. La reflexión teológica se centró especialmente en tres grandes cuestiones: la definición de la Trinidad, la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y la cristología, es decir, la determinación de la naturaleza y la identidad de Cristo.

  Lejos de cerrar las discusiones, Nicea abrió un largo período de controversias teológicas en torno a la interpretación del término homoousios y a la relación entre las Personas Divinas. Durante el siglo IV persistió una considerable confusión terminológica en torno a conceptos fundamentales como ousía -esencia-, hipóstasis -realidad personal- y  prósopon  -alusión a la Santísima Trinidad-, términos que no siempre se utilizaban con precisión uniforme.

  En este contexto desempeñaron un papel decisivo los Padres Capadocios entre 360-390 cuya labor fue de arquitectura del lenguaje, parafraseando a Ortega y Gasset a propósito de la filosofía, su claridad y trascendencia fue la cortesía para con la teología. Sus principales representantes fueron Basilio de Cesarea, Gregorio de Nisa y Gregorio Nacianceno quienes propusieron una fórmula que acabaría imponiéndose: una sola ousía y tres hipóstasis, es decir, unidad de la naturaleza divina y distinción real de las Personas Divinas, que se adoptó canónicamente en el Primer Concilio de Constantinopla del 381 que confirmó y desarrolló la doctrina trinitaria definida en Nicea contribuyendo decisivamente a la estabilización del lenguaje teológico sobre la Trinidad.

  Cada uno de los padres Capadocios contribuyó de manera particular a esta clarificación teológica. Basilio de Cesárea desarrolló una defensa sistemática de la divinidad del Espíritu Santo distinguiendo entre ousía e hipóstasis; Gregorio de Nisa profundizó filosóficamente en la unidad de la naturaleza divina y en la distinción de las Personas Trinitarias, y Gregorio Nacianceno destacó en la precisión teológica sobre la Trinidad.

  De San Gregorio Nazianceno tenemos sermones, cartas y poesías; San Basilio de Cesárea delinea la concepción del mundo cristiano en sus homilías sobre las obras de los seis días de la Creación -Hexameron- y San Gregorio de Nisa nos proporcionó una doctrina sobre Dios, el hombre, el alma y la inmortalidad en su obra Gran Catequesis, y en Vida con Macrina donde narra la vida ascética de su hermana quien renuncia a las riquezas y decide vivir en castidad, y donde trata la resurrección y la vida después de la muerte.

 Una vez clarificado en gran medida el problema trinitario, la reflexión teológica se desplazó progresivamente hacia la cristología, es decir, hacia la cuestión de cómo se relacionan en Cristo la naturaleza divina y la naturaleza humana. Durante los siglos IV y V este problema generó intensos debates teológicos que implicaron a importantes figuras como Cirilo de AlejandríaNestorio y el papa León I el Magno.

  En el siglo IV se continúa la lucha contra el arrianismo incluso después del Primer Concililio de Nicea. En el 381 se consolida la doctrina trinitaria en el Primer Concilio de Constantinopla -Padres Capadocios-. En el siglo V el debate teológico tiene que combatir nuevas controversias y herejías como el nestorianismo, el cual se condena en el Concilio de Éfeso del 431. El principal protagonista fue Nestorio y su principal oponente Cirilo de Alejandría.

 El Concilio de Éfeso del 431 establece la unidad de la Persona de Cristo y reconoce a María como Theotokos.  La controversia cristológica del siglo V enfrentó principalmente a Nestorio, patriarca de Constantinopla y a Cirilo de Alejandría. El núcleo del debate era cómo entender la unión entre la naturaleza divina y la humana en Cristo. Nestorio tendía a distinguir fuertemente ambas naturalezas, lo que llevaba a interpretar a Cristo casi como la unión de dos sujetos distintos, uno divino y otro humano. Por ello rechazaba llamar a María Theotokos -madre de Dios-, acuñando el término Christotokos -madre de Cristo-. Cirilo en cambio defendía la unidad personal de Cristo, es decir, que el Verbo de Dios se encarnó verdaderamente en Cristo y en consecuencia tanto la naturaleza divina como la humana están unidas en Él en una sola Persona, y ello sostenía y legitimaba el título de Theotokos a la Virgen María. La controversia se resolvió en Éfeso en el 431 en favor de Cirilo.

  Entre las figuras más influyentes de la patrística tardía destaca pues, Cirilo de Alejandría, y no hay que contemplarlo solo como el rival de Nestorio sino como uno de los principales teólogos cristológicos heredero de la tradición teológica alejandrina.

  Tras la condena del nestorianismo en el Concilio de Éfeso (431) y la afirmación de Cirilo sobre la unidad de la Persona de Cristo, surgió un nuevo problema: algunos teólogos temían que esta unidad condujera a una confusión de naturalezas. De esta forma nace el monofisismo defendido por Eutiques quien defendió que en Cristo existe una sola naturaleza, principalmente divina tras la Encarnación porque la humana fue absorbida por la divina, que venía a ser una exageración de la unidad de Cristo.

  La reacción ortodoxa vino de León I el Magno en Tomus ad Flavianum defendiendo la doctrina de las dos naturalezas completas en una sola persona -divina y humana- sin mezcla ni confusión, posición que fue confirmada en el Concilio de Calcedononia en el 451, donde se estableció la definición clásica de Cristo: "una sola persona en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división y sin separación".

  Con las definiciones de Calcedonia suele considerse cerrada la gran etapa de formación doctrinal de la patristica. A partir de entonces la reflexión teológica cristiana herederá un marco doctrinal estabilizado en torno a los dos grandes misterios: la Trinidad y la Encarnación de Cristo.

  La patrística entre Nicea y Calcedonia, no ha de resumirse en los Padres Capadocios y Cirilo. Hubo otros padres destacados. Juan Crisóstomo gran predicador e interprete pastoral de la Escritura, Jerónimo de Estridón su traducción de la Biblia al latín, conocida como la Vulgata tuvo una influencia decisiva en la tradición cristiana occidental, Agustín de Hipona quien marcó el desarrollo posterior de toda la teología cristiana y Teodoreto de Ciro participante en las controversias que condujeron a Calcedonia.

 Las definiciones doctrinales de Calcedonia suelen considerarse el punto culminante de este largo proceso de elaboración teológica iniciado tras Nicea. En ellas quedó formulado de manera clásica el equilibrio dotrinal que la Iglesia había buscado durante más de un siglo: la confesión trinitaria y la afirmación de Cristo como una sola persona en dos naturalezas.

  Sin embargo, este período no puede comprenderse únicamente a través de los grandes concilios o de las principales controversias. Fue también la época de algunos de los Padres más influyentes del cristianismo antiguo -tanto en Oriente como en Occidente- cuyas obras teológicas, pastorales y exegéticas modelaron de forma decisiva la tradición cristiana posterior. La presencia conjunta de figuras como Basilio, Gregorio de Nisa, Gregorio Nacianceno, Juan Crisóstomo, Jerónimo, Agustín o León Magno recuerda además una realidad histórica fundamental: a pesar de las tensiones doctrinales y de las diferencias culturales entre las diversas regiones del mundo cristiano, la Iglesia de estos siglos seguía siendo aún una sola.