Tras el Primer Concilio de Nicea (325), la patrística entró en una etapa de maduración dogmática que se caracterizó por la formulación canónica de los grandes dogmas cristianos. La reflexión teológica se centró especialmente en tres grandes cuestiones: la definición de la Trinidad, la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y la cristología, es decir, la determinación de la naturaleza y la identidad de Cristo.
Lejos de cerrar las discusiones, Nicea abrió un largo período de controversias teológicas en torno a la interpretación del término homoousios y a la relación entre las Personas Divinas. Durante el siglo IV persistió una considerable confusión terminológica en torno a conceptos fundamentales como ousía -esencia-, hipóstasis -realidad personal- y prósopon -alusión a la Santísima Trinidad-, términos que no siempre se utilizaban con precisión uniforme.
En este contexto desempeñaron un papel decisivo los Padres Capadocios entre 360-390 cuya labor fue de arquitectura del lenguaje, parafraseando a Ortega y Gasset a propósito de la filosofía, su claridad y trascendencia fue la cortesía para con la teología. Sus principales representantes fueron Basilio de Cesarea, Gregorio de Nisa y Gregorio Nacianceno quienes propusieron una fórmula que acabaría imponiéndose: una sola ousía y tres hipóstasis, es decir, unidad de la naturaleza divina y distinción real de las Personas Divinas, que se adoptó canónicamente en el Primer Concilio de Constantinopla del 381 que confirmó y desarrolló la doctrina trinitaria definida en Nicea contribuyendo decisivamente a la estabilización del lenguaje teológico sobre la Trinidad.
Cada uno de los padres Capadocios contribuyó de manera particular a esta clarificación teológica. Basilio de Cesárea desarrolló una defensa sistemática de la divinidad del Espíritu Santo distinguiendo entre ousía e hipóstasis; Gregorio de Nisa profundizó filosóficamente en la unidad de la naturaleza divina y en la distinción de las Personas Trinitarias, y Gregorio Nacianceno destacó en la precisión teológica sobre la Trinidad.
De San Gregorio Nazianceno tenemos sermones, cartas y poesías; San Basilio de Cesárea delinea la concepción del mundo cristiano en sus homilías sobre las obras de los seis días de la Creación -Hexameron- y San Gregorio de Nisa nos proporcionó una doctrina sobre Dios, el hombre, el alma y la inmortalidad en su obra Gran Catequesis, y en Vida con Macrina donde narra la vida ascética de su hermana quien renuncia a las riquezas y decide vivir en castidad, y donde trata la resurrección y la vida después de la muerte.
Una vez clarificado en gran medida el problema trinitario, la reflexión teológica se desplazó progresivamente hacia la cristología, es decir, hacia la cuestión de cómo se relacionan en Cristo la naturaleza divina y la naturaleza humana. Durante los siglos IV y V este problema generó intensos debates teológicos que implicaron a importantes figuras como Cirilo de Alejandría, Nestorio y el papa León I el Magno.
En el siglo IV se continúa la lucha contra el arrianismo incluso después del Primer Concililio de Nicea. En el 381 se consolida la doctrina trinitaria en el Primer Concilio de Constantinopla -Padres Capadocios-. En el siglo V el debate teológico tiene que combatir nuevas controversias y herejías como el nestorianismo, el cual se condena en el Concilio de Éfeso del 431. El principal protagonista fue Nestorio y su principal oponente Cirilo de Alejandría.
El Concilio de Éfeso del 431 establece la unidad de la Persona de Cristo y reconoce a María como Theotokos. La controversia cristológica del siglo V enfrentó principalmente a Nestorio, patriarca de Constantinopla y a Cirilo de Alejandría. El núcleo del debate era cómo entender la unión entre la naturaleza divina y la humana en Cristo. Nestorio tendía a distinguir fuertemente ambas naturalezas, lo que llevaba a interpretar a Cristo casi como la unión de dos sujetos distintos, uno divino y otro humano. Por ello rechazaba llamar a María Theotokos -madre de Dios-, acuñando el término Christotokos -madre de Cristo-. Cirilo en cambio defendía la unidad personal de Cristo, es decir, que el Verbo de Dios se encarnó verdaderamente en Cristo y en consecuencia tanto la naturaleza divina como la humana están unidas en Él en una sola Persona, y ello sostenía y legitimaba el título de Theotokos a la Virgen María. La controversia se resolvió en Éfeso en el 431 en favor de Cirilo.
Entre las figuras más influyentes de la patrística tardía destaca pues, Cirilo de Alejandría, y no hay que contemplarlo solo como el rival de Nestorio sino como uno de los principales teólogos cristológicos heredero de la tradición teológica alejandrina.
Tras la condena del nestorianismo en el Concilio de Éfeso (431) y la afirmación de Cirilo sobre la unidad de la Persona de Cristo, surgió un nuevo problema: algunos teólogos temían que esta unidad condujera a una confusión de naturalezas. De esta forma nace el monofisismo defendido por Eutiques quien defendió que en Cristo existe una sola naturaleza, principalmente divina tras la Encarnación porque la humana fue absorbida por la divina, que venía a ser una exageración de la unidad de Cristo.
La reacción ortodoxa vino de León I el Magno en Tomus ad Flavianum defendiendo la doctrina de las dos naturalezas completas en una sola persona -divina y humana- sin mezcla ni confusión, posición que fue confirmada en el Concilio de Calcedononia en el 451, donde se estableció la definición clásica de Cristo: "una sola persona en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división y sin separación".
Con las definiciones de Calcedonia suele considerse cerrada la gran etapa de formación doctrinal de la patristica. A partir de entonces la reflexión teológica cristiana herederá un marco doctrinal estabilizado en torno a los dos grandes misterios: la Trinidad y la Encarnación de Cristo.
La patrística entre Nicea y Calcedonia, no ha de resumirse en los Padres Capadocios y Cirilo. Hubo otros padres destacados. Juan Crisóstomo gran predicador e interprete pastoral de la Escritura, Jerónimo de Estridón su traducción de la Biblia al latín, conocida como la Vulgata tuvo una influencia decisiva en la tradición cristiana occidental, Agustín de Hipona quien marcó el desarrollo posterior de toda la teología cristiana y Teodoreto de Ciro participante en las controversias que condujeron a Calcedonia.
Las definiciones doctrinales de Calcedonia suelen considerarse el punto culminante de este largo proceso de elaboración teológica iniciado tras Nicea. En ellas quedó formulado de manera clásica el equilibrio dotrinal que la Iglesia había buscado durante más de un siglo: la confesión trinitaria y la afirmación de Cristo como una sola persona en dos naturalezas.
Sin embargo, este período no puede comprenderse únicamente a través de los grandes concilios o de las principales controversias. Fue también la época de algunos de los Padres más influyentes del cristianismo antiguo -tanto en Oriente como en Occidente- cuyas obras teológicas, pastorales y exegéticas modelaron de forma decisiva la tradición cristiana posterior. La presencia conjunta de figuras como Basilio, Gregorio de Nisa, Gregorio Nacianceno, Juan Crisóstomo, Jerónimo, Agustín o León Magno recuerda además una realidad histórica fundamental: a pesar de las tensiones doctrinales y de las diferencias culturales entre las diversas regiones del mundo cristiano, la Iglesia de estos siglos seguía siendo aún una sola.
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