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viernes, 9 de octubre de 2026

Interludios de Athos (I). Antes de partir: la primera llamada de la Montaña Santa

 


 Hay experiencias que solo alcanzamos a comprender cuando ha pasado el tiempo. Mientras las vivimos, apenas distinguimos los hechos, las dificultades y las emociones que se suceden. Después, al volver la mirada sobre ellas, algunos detalles adquieren un significado que entonces no supimos reconocer.

 Mi viaje a Athos comenzó mucho antes de llegar a la Montaña Santa. Comenzó entre lecturas, mapas, gestiones y preguntas; en la distancia que separaba el deseo de la posibilidad real de cumplirlo. Y, sin embargo, hubo un momento, en Sofía, en el que aquella preparación dejó de ser únicamente una cuestión de itinerarios y documentos.

 Este primer interludio regresa a esos días anteriores a la partida. No para repetir el viaje, sino para detenerme en aquello que, con el tiempo, he llegado a mirar de otra manera. Porque a veces el comienzo de una peregrinación no coincide con el primer paso, sino con ese instante en que uno empieza a intuir que el camino puede conducirlo más lejos de lo que había imaginado.

 Hay viajes que comienzan cuando uno sale de casa y otros que empiezan mucho antes, quizá en el momento en que empieza a convertirse en objetivo prioritario y tienes que cumplir ese sueño. Con Athos fue lo que me ocurrió. Antes de ver la montaña había comenzado a imaginarla. Había leído sobre sus monasterios, la biografía de San Silouán el athonita, sobre la liturgia ortodoxa, los iconos y esa tradición espiritual que había conseguido mantenerse aislada del mundo. Pero cuanto más leía, menos seguro estaba de saber qué iba a encontrar. Y tampoco encontraba demasiadas respuestas a la pregunta más sencilla: cómo entrar.

 Athos parecía un lugar cercano, sin trámites de visado para entrar en territorio griego y, al mismo tiempo, extraordinariamente difícil de conseguir el diamonitirion. No era solamente cuestión de encontrar un vuelo y comprar un billete. Había permisos, monasterios que debían aceptar la estancia, fechas que encajar, desplazamientos que no siempre resultaban fáciles de comprender desde la distancia y una cadena de pequeñas decisiones en la que cualquier error podía impedir mi entrada en la Monstaña Santa. Así que empecé a organizarlo como pude.

 El camino terminé por trazarlo sobre el mapa desde Alicante con vuelo a Sofía; desde allí tendría que llegar en autobús hasta Tesalónica, y después tomar otro autobús hasta Ouranoupoli. Allí comenzaría, propiamente, el camino hacia la Montaña Santa. Visto ahora parece sencillo. Entonces no lo era tanto. La información que encontraba era fragmentaria, y buena parte de lo que necesitaba saber parecía depender de conversaciones, correos, reservas y respuestas que llegaban cuando querían llegar. Quizá por eso, cuanto más trataba de organizar el viaje, más comprendía que había cosas que escapaban de mi control.

 Y ahí apareció de una manera milagrosa, la Theotokos. No quiero decir que sintiera una señal extraordinaria ni que ocurriera nada que pudiera contarse como algo taumatúrgico. Fue algo mucho más sencillo. Una sensación persistente de que debía seguir adelante. Como si, mientras yo intentaba resolver las últimas trabas burocráticas en Sofía para entrar en Athos, alguien me recordara que no todo dependía de mí. Puede que fuera simplemente fe poniendo la vela en la catedral a la Virgen, o puede que fuera esa forma misteriosa que tiene la providencia de hacerse presente sin necesidad de anunciarse.

 Prepararse para Athos no consistía solamente en preparar un viaje. Había algo más difícil de preparar: la mirada. Uno puede organizar los desplazamientos, pensar en los monasterios que visitará, comprobar los horarios, preparar una mochila y tratar de imaginar cómo serían los días en la Montaña Santa. Pero nada de eso sirve para anticipar lo que ocurre cuando finalmente  desembarcas en Dafni. 

 Y, además, quedaba una última incertidumbre. A pocos días de partir todavía no tenía la seguridad absoluta de que todo estuviera en orden, y fue en Sofía tras ponerle la vela a la Theothocos cuando mantuve una conversación telefónica con el funcionario de Tesalónica encargado de estos asuntos. Minutos después recibí ese correo de confirmación de bienvenida a la Montaña Santa.

 Recuerdo aquella sensación. Había dedicado meses a organizar el viaje y, de repente, todo parecía regresar al punto de partida. Otra vez los documentos. Otra vez las confirmaciones. Pero la Panagia Pantanassa cuya réplica en la catedral de Sofía del icono original del Monasterio de Vatopedi que fue uno de los que me recibieron en acogida, resultó ser como esa señal que de vez en cuando uno termina por percibir como algo misterioso y nada racional, quien me dio en Bulgaria la bienvenida a su Montaña Sagrada. Quizá esa fue la primera enseñanza que me dio Athos, antes incluso de pisarlo: hay lugares a los que no se llega solamente porque uno haya organizado bien el viaje.


 Antes de partir, Athos era todavía una mezcla de lecturas, fotografías, y preguntas. También era una expectativa. Y las expectativas tienen algo extraño. A veces nos ayudan a acercarnos a un lugar y otras veces se convierten en una barrera. Queremos reconocer aquello que hemos imaginado y podemos pasar por alto precisamente lo que hace que el lugar sea diferente de nuestra imaginación. Por eso el viaje a Athos no comienza en el barco. Comienza mucho antes. Comienza cuando uno decide ir. Comienza cuando aleatoriamente solicitas a tres monasterios la acogida y a la oficina de Tesalónica el diamonitirion.

 Y quizá comienza, sobre todo, cuando uno acepta que al llegar tendrá que dejar a un lado una parte de lo que cree saber. Todavía no había visto la montaña. Todavía no había escuchado las campanas de un monasterio ni había entrado en una iglesia iluminada por lámparas de aceite. Todavía no sabía cómo sería la vida allí, y asistir a una liturgia cuya lengua y cuyos gestos me resultaban desconocidos. Todo eso estaba todavía por suceder. El avión todavía no había despegado de Alicante. Sofía estaba por delante. Después vendrían los autobuses, Tesalónica, Ouranoupoli y finalmente el mar. Y más allá del mar, la montaña. Pero el viaje ya había comenzado. Quizá todos los viajes importantes empiezan así: con una mezcla de deseo y de incertidumbre, con la sensación de que vamos hacia un lugar concreto sin saber todavía que, en realidad, también vamos hacia una parte de nosotros mismos que desconocemos. Athos estaba en otro mar en sentido extenso, y pensé que quizá tendría que dejarlo todo en manos de la Theotokos.

martes, 29 de septiembre de 2026

Entre flechas amarillas: Dos caminos hacia la Montaña Santa

Entre flechas amarillas: Dos caminos hacia la Montaña Santa:  Este blog no pretende ser una guía del Monte Athos, ni una historia completa de la Iglesia ortodoxa, ni un tratado de teología. Tampoco pre...

Dos caminos hacia la Montaña Santa


 Este blog no pretende ser una guía del Monte Athos, ni una historia completa de la Iglesia ortodoxa, ni un tratado de teología. Tampoco pretende ofrecer una explicación definitiva de una realidad que, por su propia naturaleza, se resiste a quedar encerrada en unas cuantas páginas. Es, ante todo, una invitación a acercarse a un lugar.

 El Monte Athos -el Ágios Óros, la Montaña Santa- es un territorio situado en el extremo oriental de la península de Calcídica, pero también es mucho más que un territorio. Desde hace más de mil años constituye uno de los grandes centros del monacato oriental y, para millones de cristianos ortodoxos, un lugar de referencia espiritual. Su historia está inseparablemente unida a la de Bizancio, a la expansión del cristianismo oriental, a las relaciones entre las distintas Iglesias y a una tradición monástica que ha sobrevivido a imperios, guerras, ocupaciones y cambios políticos.

  Acercarse a Athos exige mirar en varias direcciones. Hay que mirar hacia sus monasterios, sus caminos, sus arsanas y su montaña. Hay que conocer algo de su historia. Hay que acercarse a la liturgia, a los iconos, al hesicasmo y a la espiritualidad de los monjes. Hay que conocer también, aunque sea de manera necesariamente incompleta, algunas de las cuestiones que separan o acercan a Oriente y Occidente.

  Pero hay otra forma de mirar: desde dentro de la experiencia del peregrino. Ese es el lugar desde el que están escritas estas páginas. No soy un teólogo ortodoxo ni pretendo hablar en nombre de la Iglesia. Mi aproximación nace de la curiosidad, del viaje, de la lectura y, sobre todo, de la experiencia de haber llegado hasta la Montaña Santa y haber intentado comprender qué había detrás de aquello que viví.

 Algunas de estas entradas nacieron como artículos independientes. Fueron escritas en momentos diferentes, a partir de lecturas, viajes, conversaciones y preguntas que fueron apareciendo con el tiempo. Al reunirlas, necesariamente han cambiado de lugar y de función. El lector encontrará, por tanto, distintos registros. Unas veces hablaremos de historia. Otras, de monasterios y de personajes. En otras páginas nos detendremos en cuestiones de teología o espiritualidad. Habrá también referencias al mundo bizantino, a la historia de las relaciones entre Oriente y Occidente y a algunos de los acontecimientos que ayudan a explicar cómo Athos llegó a ser lo que es. 

 Y, junto a todo ello, aparecerá mi propia mirada. No pretendo que esa mirada sea neutral. Ninguna mirada que se haya acercado verdaderamente a un lugar puede ser completamente neutral. Pero sí procuro distinguir lo que conozco de lo que intento comprender; lo que procede de las fuentes de lo que pertenece a mi propia experiencia; y lo que sé de aquello que todavía me plantea preguntas. 

 Porque quizá ese sea el verdadero punto de partida de este viaje: no llegar a Athos con todas las respuestas, sino llegar dispuesto a formular mejores preguntas. A lo largo de estas páginas aparecerán también ocho interludios. No son capítulos propiamente dichos ni pretenden aportar información adicional sobre Athos. Su función es otra: detener el paso y volver a la experiencia del viaje.

Son:

Antes de partir

El barco

La primera puerta

La noche

La mesa

La liturgia

El camino

El regreso

                                                                                                                                                           

  Juntos forman una segunda línea narrativa que atraviesa las demás entradas. Si estas últimas intentan explicar, contextualizar o comprender la Montaña Santa, los interludios intentan acercarse a lo que significa estar allí. Por eso pueden leerse como pequeñas pausas dentro del recorrido. No es necesario buscar en ellos una explicación ni esperar que resuelvan alguna de las cuestiones planteadas en las otras páginas. A veces serán simplemente un momento, una imagen, una conversación, una sensación o un recuerdo. Otras veces quizá permitan mirar de otra manera aquello que acabamos de leer.  

 Hay, por tanto, dos caminos que avanzan juntos. Uno trata de comprender Athos desde la historia, la religión, la cultura y las personas que lo han habitado. El otro sigue los pasos de un peregrino: prepararse para partir, cruzar el mar, atravesar una primera puerta, descubrir la noche, sentarse a la mesa, participar en la liturgia, caminar por la montaña y, finalmente, regresar. No son dos recorridos separados. Se necesitan mutuamente.

 La historia ayuda a comprender el lugar que estamos recorriendo. La experiencia del viaje permite contemplarlo desde otra perspectiva: como un viaje hacia un lugar, como una aproximación a la Ortodoxia, como una introducción al mundo espiritual del cristianismo oriental o, sencillamente, como el recorrido de alguien que llegó al Monte Athos con unas preguntas y regresó con muchas más.

 Quizá esa sea también la mejor manera de acercarse a la Montaña Santa: no intentando comprenderlo todo antes de entrar, sino aceptando que algunas cosas solo empiezan a comprenderse después de haberlas contemplado. Athos es un lugar en el que la historia sigue viva, pero también un lugar en el que el tiempo parece comportarse de otra manera. Los monasterios conservan manuscritos, iconos y tradiciones centenarias; los monjes siguen rezando con palabras que fueron pronunciadas hace siglos; los peregrinos siguen llegando por mar y caminando por los mismos senderos que otros recorrieron antes que ellos.

 Este blog intenta seguir uno de esos caminos. No para llegar a una conclusión definitiva, sino para caminarlo. No sé si estas páginas conseguirán explicar Athos. Probablemente no. Hay lugares que se comprenden mejor cuanto más se acepta que una parte de ellos permanecerá siempre fuera de nuestro alcance.

 Pero quizá puedan servir para algo más sencillo: acompañar un camino. Un camino que comienza mucho antes de llegar a la Montaña Santa y que no termina cuando uno abandona sus costas. Porque quizá Athos no sea solamente un lugar al que se llega. Quizá sea también un lugar desde el que uno vuelve.