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lunes, 1 de junio de 2026

El espíritu puertollanero: ¿qué nos hace ser quienes somos?


 Hay ciudades que se conocen visitándolas y otras que sólo pueden comprenderse habitándolas. Puertollano pertenece a estas últimas. Más allá de sus calles, de sus industrias o de los episodios de su historia, existe una forma particular de mirar el mundo que comparten quienes han nacido aquí y quienes un día llegaron para quedarse. Ese conjunto de recuerdos, costumbres, símbolos y experiencias compartidas constituye algo difícil de definir pero fácil de reconocer: el espíritu puertollanero. Una identidad construida sobre el trabajo, la solidaridad, la mezcla de gentes y la capacidad de resistir sin perder la esperanza.

  Hay ciudades que se explican por su paisaje, otras por sus monumentos y algunas por los grandes acontecimientos de su historia. Pero existen también ciudades cuya verdadera identidad no está en las piedras ni en los mapas, sino en el carácter de sus habitantes. Puertollano pertenece a esta última categoría. Para comprender qué significa ser puertollanero no basta con repasar fechas o enumerar industrias; hay que intentar comprender ese espíritu colectivo, esa forma particular de estar en el mundo que hace que miles de personas se reconozcan como parte de un mismo nosotros.

  Los filósofos alemanes del siglo XIX llamaron a esa realidad Volksgeist, el espíritu del pueblo. Hegel sostenía que cada comunidad humana desarrolla una manera singular de entender la vida, una conciencia colectiva que se manifiesta en sus costumbres, en sus valores y en la memoria que comparte. No se trata de algo misterioso o sobrenatural. Es, más bien, el sedimento que dejan generaciones de experiencias comunes. El espíritu de un pueblo es aquello que permanece cuando cambian los gobiernos, las modas o incluso la economía.

 Toda identidad colectiva nace de un sentimiento de pertenencia. Los seres humanos necesitamos saber quiénes somos, pero también a quiénes pertenecemos. Ninguna comunidad surge únicamente por compartir un territorio. Hay pueblos que habitan el mismo espacio y, sin embargo, nunca llegan a constituir una verdadera comunidad. Lo que crea el vínculo es la historia compartida, la experiencia común y la conciencia de haber atravesado juntos dificultades y esperanzas.

 Freud, en una de sus intuiciones más provocadoras, afirmaba en Tótem y tabú que toda civilización nace simbólicamente de un asesinato colectivo. Más allá del carácter mítico de la tesis, la idea contiene una verdad profunda: las sociedades se cohesionan alrededor de acontecimientos fundadores que generan una memoria común. Toda comunidad necesita un relato de origen, una experiencia compartida que explique por qué existe un nosotros. En Puertollano ese relato nace del Santo Voto, del vínculo emocional con la Virgen de Gracia, y de la mina.

 La mina no fue simplemente una actividad económica. Fue el acontecimiento fundador de una forma de vida. Bajo tierra se desarrolló una cultura basada en la solidaridad, porque en las profundidades nadie sobrevive solo. El minero dependía de sus compañeros de una manera radical. Allí se aprendía que la vida de uno podía estar literalmente en las manos del otro. Esa experiencia creó una ética que terminó impregnando a toda la ciudad: el valor del esfuerzo, la dignidad del trabajo, el compañerismo y una cierta desconfianza hacia las apariencias.

 La minería dio a Puertollano algo más importante que riqueza: le dio carácter. Incluso quienes nunca descendieron a una galería heredaron una forma de mirar el mundo nacida de aquel universo subterráneo. Por eso, cuando hoy se habla del espíritu minero, no se habla únicamente de una profesión desaparecida o transformada. Se habla de una manera de entender la vida que sigue presente en la memoria colectiva.

 Sin embargo, la identidad puertollanera no puede entenderse únicamente desde la mina. Hay otro elemento igualmente decisivo: la inmigración. Puertollano fue durante décadas una tierra de llegada. Miles de personas acudieron desde Andalucía, Extremadura, Castilla y otros lugares de España atraídas por las oportunidades que ofrecían la minería y posteriormente la industria. La ciudad creció mezclando acentos, costumbres y tradiciones diversas.

 Paradójicamente, una parte fundamental de la identidad local nace precisamente de esa mezcla. Ser puertollanero nunca ha sido una cuestión de linaje ni de apellidos. Es una identidad más abierta que otras, construida alrededor de un proyecto común. Quienes  se sienten profundamente puertollaneros son tanto aquellas personas que llegaron de fuera como sus hijos o nietos. La ciudad se hizo incorporando a quienes venían a trabajar y a construir una vida nueva. Esa capacidad integradora forma parte de su personalidad más profunda. Puertollano es conocido por ser Faro industrial de La Mancha, por ser el pueblo de las dos mentiras y porque es la ciudad en la que nadie se siente forastero (con perdón de La Coruña) aunque no nos haga falta presumir de ello.

 A la herencia minera se sumó después la vocación industrial. Puertollano se convirtió en uno de los grandes centros energéticos y petroquímicos de España. La ciudad pasó de extraer riqueza del subsuelo a transformarla mediante la industria. De alguna manera, el espíritu permaneció intacto aunque cambiaran las herramientas. La misma voluntad de transformar la materia, de producir, de innovar y de mirar hacia el futuro siguió definiendo el carácter colectivo.

 Por eso Puertollano ha sido, durante buena parte de su historia contemporánea, una especie de faro industrial en el corazón de la península. Mientras muchas localidades crecían alrededor de la agricultura o de los servicios, aquí se desarrolló una conciencia vinculada a la técnica, a la energía y al trabajo industrial. Esa singularidad ha marcado profundamente la percepción que la ciudad tiene de sí misma.

 Freud habló también en El malestar en la cultura, del narcisismo de las pequeñas diferencias, esa tendencia de los grupos humanos a exagerar aquello que los distingue de sus vecinos. Toda identidad necesita contrastes. Pero en Puertollano ese narcisismo no existe, hay rivalidad con las poblaciones de la provincia, ¡cómo no!, pero no es narcisismo. Los pueblos se reconocen tanto por lo que son como por aquello que creen no ser. Los puertollaneros no son una excepción. Existe una manera particular de reivindicar la ciudad frente a las simplificaciones, los tópicos o las incomprensiones procedentes del exterior. Criticamos a Puertollano desde dentro, pero reaccionamos de otra forma cuando la crítica viene de fuera. Esa actitud revela la existencia de un fuerte sentimiento de pertenencia.

 Tal vez por eso el rasgo más característico del carácter puertollanero sea una mezcla de orgullo y resistencia. No suele ser un orgullo exhibicionista ni grandilocuente. Más bien es una convicción silenciosa de haber superado dificultades que otros desconocen. Es el orgullo de quienes saben que la ciudad no se construyó sola, sino mediante generaciones de esfuerzo colectivo.

 Y es que la historia de Puertollano no ha estado exenta de heridas. El declive de determinadas actividades, las reconversiones industriales, las crisis económicas y los momentos de incertidumbre han dejado cicatrices profundas. Sin embargo, esas mismas dificultades han contribuido a reforzar la identidad común. Las comunidades que atraviesan pruebas compartidas desarrollan una memoria emocional especialmente intensa. Aprenden a reconocerse en la adversidad.

 Quizá sea precisamente ahí donde se encuentre el núcleo del espíritu puertollanero. No en la mina, aunque nació de ella. No en la industria, aunque la industria lo fortaleció. No en una tradición concreta ni en un monumento determinado. Lo que hace único a Puertollano es haber convertido el esfuerzo compartido en una forma de entender la vida.

 Es una ciudad construida por trabajadores, moldeada por inmigrantes y sostenida por generaciones que aprendieron a convivir con la incertidumbre sin renunciar al futuro. Una ciudad acostumbrada a reinventarse sin perder del todo la memoria de lo que fue. Una comunidad que ha hecho de la resistencia una virtud y de la solidaridad una costumbre.

  Si Hegel tuviera razón y los pueblos poseyeran un espíritu propio, el de Puertollano no sería el espíritu de la gloria ni el de la conquista. Sería algo más humilde y quizá más valioso: el espíritu de quienes construyen. De quienes llegan, se quedan, trabajan, sufren las crisis y vuelven a empezar. De quienes saben que la verdadera identidad no se hereda como un título nobiliario, sino que se forja cada día en la experiencia compartida de pertenecer a un mismo lugar.

 Porque, al final, ser puertollanero no consiste únicamente en haber nacido en Puertollano. Consiste en reconocerse en esa historia colectiva de esfuerzo, mezcla, trabajo y resistencia que, generación tras generación, ha dado forma al alma de la ciudad

 Porque el Volksgeist no vive sólo en las grandes estructuras históricas. Vive también en los pequeños símbolos que para un extraño pueden parecer irrelevantes y que, sin embargo, para quien pertenece al lugar contienen una enorme carga emocional. El espíritu de un pueblo se encarna en sus rituales cotidianos.

  Un puertollanero puede hablar de la minería, de la industria o de la inmigración, pero también reconoce inmediatamente una geografía sentimental que no aparece en los libros de historia. El Monumento al Minero y Las Viudas no son únicamente esculturas; son una representación visible de una deuda colectiva. Es la materialización de una memoria. Cuando un puertollanero pasa junto a ellos no ve sólo bronce o piedra: ve a padres, abuelos, vecinos y una forma de vida que explica la ciudad.

 La Fuente Agria funciona de manera parecida. Desde fuera puede parecer una curiosidad local. Para muchos puertollaneros es un punto de referencia emocional. Un lugar que forma parte de la infancia, de los paseos, de las conversaciones y de la memoria compartida. Hay sitios que adquieren significado porque son bellos; otros porque acumulan historias. La Fuente Agria pertenece a esta segunda categoría.

 Y luego está el tapeo. Un sociólogo diría que toda comunidad necesita espacios de sociabilidad informal donde se construya el sentimiento de pertenencia. Un puertollanero diría simplemente que se queda a tomar algo. Pero detrás de esa aparente sencillez hay una institución social. Los bares, las terrazas, las rondas de tapas, los encuentros improvisados, son mecanismos mediante los cuales una ciudad se reconoce a sí misma. Allí circulan las noticias, las bromas, las preocupaciones y las historias que terminan formando parte del imaginario colectivo.

 Porque al final uno no pertenece a una ciudad por conocer su historia. Pertenece a ella cuando un simple nombre activa un mundo entero de recuerdos. Cuando el Monumento al Minero no es una estatua. Cuando la Fuente Agria no es una fuente. Cuando una tapa no es sólo comida.

 Ahí es donde habita el auténtico espíritu de un pueblo. No en las definiciones académicas, sino en esa red invisible de significados compartidos que hace que dos puertollaneros, aunque lleven años fuera, reconozcan inmediatamente que vienen del mismo lugar. Y eso, probablemente, es lo más cercano que existe al alma de una ciudad. Siguiendo a Hegel, los puertollaneros, se reconocen porque en su lucha con la vida, se abrazan.

 Quizá por eso el espíritu puertollanero no pueda encerrarse en una definición exacta. Vive en la memoria de la mina y de la industria, pero también en la Fuente Agria, en el hornazo, en el Paseo, en las conversaciones de bar y en esos nombres que sólo entienden quienes forman parte de esta comunidad. Vive en la capacidad de acoger a quien llega y en la fidelidad de quienes, incluso lejos de aquí, siguen sintiendo que Puertollano forma parte de ellos.

 Al final, una ciudad no es únicamente un lugar en el mapa. Es una forma de reconocerse entre iguales. Y ser puertollanero consiste precisamente en eso: en compartir una historia común hecha de esfuerzo, solidaridad, memoria y futuro. Un espíritu que no se hereda por sangre ni se acredita con un certificado de nacimiento, sino que se gana formando parte de esa gran conversación colectiva que, generación tras generación, sigue dando alma a la ciudad.

 El bautizo puertollanero

 Y luego...el bautizo...eres puertollanero aunque no lo seas de nacimiento, si has bebido agua en la Fuente Agria poniendo cara de circunstancia con ese sabor a hierro. Te comes el bocata de chorizo el 23 de enero, te comes el hornazo el domingo siguiente al de Resurrección en los Pinos, comes la carne guisada del Santo Voto, subes al Minero y a la Chimenea Cuadrá, y llamas a las cosas por su nombre, el Paseo de San Gregorio, es el Paseo, el Complejo Petroquímico, es la Calvo Sotelo, la Plaza de Villarreal es la Plazoleta Patón y el Supermercado del Grupo Carrefour del Paseo, es el Simago.

 


viernes, 29 de mayo de 2026

Entre flechas amarillas: Puertollano: filosofía de barras y tapas

Entre flechas amarillas: Puertollano: filosofía de barras y tapas:    El término estética suele asociarse en el lenguaje cotidiano a lo bello, mientras que en filosofía remite tanto a la percepción sensible ...

Puertollano: filosofía de barras y tapas

  El término estética suele asociarse en el lenguaje cotidiano a lo bello, mientras que en filosofía remite tanto a la percepción sensible como a la reflexión sobre el arte y la belleza. Más allá de las discusiones teóricas —e incluso de la afirmación de Mario Bunge, quien sostenía que la estética no constituye una disciplina sino una acumulación de opiniones—, cabe formular una pregunta aparentemente sencilla: ¿tiene estética el tapeo en Puertollano?

  El término estética en lenguaje coloquial alude a lo bello, en filosofía podemos hablar de tres ramificaciones: como esencia y percepción de la belleza, como una teoría del arte o como un estudio de la percepción tanto sensorial como racional. En este sentido, más allá de la afirmación de Mario Bunge quien sostiene que la estética no puede constituir una disciplina sino una mera acumulación de opiniones, plantearemos la siguiente pregunta: ¿Tiene estética el tapeo en Puertollano? La pregunta puede parecer extraña o incluso exagerada: ¿Puede haber belleza filosófica en algo tan cotidiano como enlazar bares, compartir una tapa o alargar una conversación apoyados en una barra?

   Algunas costumbres populares contienen una manera de entender la vida mucho más profunda de lo que aparentan. Igual que la siesta no es absolutamente descanso, el tapeo tampoco consiste unicamente en comer o beber. Ambos forman parte de una cultura del tiempo, de una forma de habitar el día y de relacionarnos con los demás.

  

  En ciudades como Puertollano, el tapeo pertenece a la respiración misma de la vida cotidiana. No aparece como un acontecimiento excepcional ni como un reclamo turístico, sino como una costumbre casi natural, incorporada al ritmo de las semanas y de las generaciones. Hay algo profundamente humano en ese desplazamiento lento de un bar a otro, en las calles recorridas tantas veces, en la ronda improvisada que nunca parece tener demasiada prisa por terminar. El tapeo posee incluso una cierta coreografía: alguien propone el siguiente bar, otro pide la ronda, las conversaciones se entrecruzan mientras los camareros reconocen rostros y rutinas. Todo sucede con una naturalidad tan repetida que apenas advertimos la pequeña liturgia social que se está produciendo.

  El término estética deriva del griego aesthesis, que podríamos traducir como sensibilidad, y de tekné, comúnmente traducido como técnica o arte. En sentido etimológico, significaría arte o técnica de la sensibilidad, es decir, una especie de conocimiento práctico de la sensibilidad. Según Kant, la actividad del espíritu tiene tres niveles: sensibilidad, entendimiento y razón, pero a partir de Hegel  la interpretación que debemos conceder a su sentencia sobre la muerte del arte, es el hecho de que el arte ya no puede proporcionar por sí solo satisfacción a nuestras necesidades más elevadas y necesita apoyarse en la ciencia. En consecuencia, si solo podemos centrarnos en la dimensión sensorial, podemos afirmar que el tapeo puertollanero tiene estética y que dota de un nuevo significado al acto de comer, con sus derivaciones lingüísticas y filosóficas respectivas de picotear. En otras palabras, que tapear en Puertollano, tiene mucho arte y que nos convierte en poetas improvisados habida cuenta de que el tapeo y la poesía, parafraseando a Ortega y Gasset, son formas de eludir el momento cotidiano de la vida. 

 En España, las ciudades se dividen en dos categorías invisibles: aquellas donde la tapa llega con la cerveza o el vino sin que nadie la pida, y aquellas donde aparece en la cuenta como un concepto aparte. La diferencia parece menor, pero encierra dos maneras de entender la barra del bar. En Puertollano, la tapa sigue formando parte del precio, como una herencia de su pasado obrero y minero, de generaciones acostumbradas a compartir mesa, conversación y sustento sin cálculos excesivos. Frente a ello, existe una cultura más burguesa del bar, donde cada consumición se descompone en partidas y cada bocado tiene su precio. La tapa gratuita no es solo una cortesía: es la huella de una forma de vida.

 Tal vez por eso los bares ocupan un lugar tan importante en la memoria sentimental de Puertollano. Muchos recuerdos no se conservan únicamente en plazas o edificios, sino en nombres concretos de bares, en terrazas determinadas, en barras donde se repitieron conversaciones durante décadas. Lugares como Nemesio, El Seco, no forman solo parte del paisaje urbano; forman parte también de la biografía emocional de mucha gente. En ellos permanece algo de la historia obrera de la ciudad, de las amistades construidas lentamente, de las generaciones que aprendieron allí a conversar, discutir, celebrar o simplemente dejar pasar el tiempo.

  Existe además una belleza particular en todo ello: una belleza que no suele aparecer en las postales ni en los discursos oficiales sobre las ciudades. No es la estética monumental de los grandes centros históricos, sino una estética humilde y cotidiana hecha de voces, de ruido de platos, de cañas compartidas y de calles recorridas sin objetivo urgente. Hay ciudades cuya verdadera belleza no reside tanto en sus monumentos como en sus costumbres. Y quizá Puertollano pertenezca precisamente a esa categoría de lugares donde la vida cotidiana construye una forma silenciosa de belleza colectiva.

  En el fondo, el tapeo al igual que la siesta comparten algo esencial: ambos representan una resistencia discreta frente a la aceleración contemporánea. En una época dominada por la productividad constante, las prisas y el aislamiento individual, detenerse para conversar durante horas o para interrumpir el ritmo del día adquiere casi un valor filosófico. Son prácticas que recuerdan que el tiempo humano no puede reducirse únicamente a rendimiento y eficacia. Hay también un tiempo para la pausa, para la conversación inútil en el mejor sentido de la palabra, para la presencia compartida.

 Quizá por eso el tapeo conserva todavía algo profundamente civilizador. Mientras existan barras llenas, amigos enlazando un bar con otro y conversaciones que se prolongan más de lo previsto, seguirá existiendo una manera humana de vivir el tiempo. Tal vez ahí resida, finalmente, la verdadera estética del tapeo puertollanero: en recordarnos que la vida no solo se trabaja; también se conversa.

 Ortega y Gasset sostenía que la filosofía española no debía buscarse únicamente en los sistemas abstractos, sino también en nuestra manera de vivir. En ese sentido, ciudades como Puertollano contienen una filosofía cotidiana hecha de barras, calles recorridas lentamente, tapas compartidas y conversaciones sin prisa. Una filosofía popular y silenciosa que no suele escribirse en tratados, pero que permanece viva en la experiencia común de quienes todavía entienden que convivir también es una forma de pensamiento.