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lunes, 18 de mayo de 2026

La Virgen de Gracia y el alma emocional de Puertollano

 La historia de Virgen de Gracia no puede explicarse únicamente desde la religión ni desde la tradición festiva. En Puertollano, la Virgen forma parte de algo mucho más profundo: la manera en la que la ciudad se reconoce a sí misma a través del tiempo. Su presencia atraviesa generaciones, crisis económicas, despedidas, regresos y cambios urbanos, funcionando como uno de los pocos elementos capaces de permanecer intactos mientras todo lo demás se transforma alrededor.

 Hablar de la Virgen de Gracia es hablar de identidad colectiva, de memoria emocional y de ese vínculo invisible que conecta a los puertollaneros con su origen incluso cuando viven lejos. Porque hay símbolos que no pertenecen solamente al pasado: siguen ordenando la vida cotidiana de un pueblo.

 La Virgen de Gracia es la patrona y protectora de Puertollano, y su historia permanece unida a la identidad de la ciudad desde la Edad Media. El día grande se celebra cada 8 de septiembre, una jornada de profundo fervor popular que culmina con la multitudinaria procesión de la patrona por las calles de la ciudad, acompañada por miles de puertollaneros.

 La actual imagen de la Virgen es obra del imaginero sevillano Antonio Castillo Lastrucci, realizada en 1940, después de que la talla anterior fuese destruida durante la Guerra Civil. En 2019 fue restaurada por Francisco Naranjo Beltrán para recuperar su policromía y su estado original.

 Pero hablar del 8 de septiembre en Puertollano no es hablar únicamente de una fecha marcada en el calendario ni de una simple procesión religiosa. Es hablar de una memoria colectiva que atraviesa siglos y que tiene uno de sus momentos fundacionales en el Santo Voto, realizado por la ciudad en el siglo XIV tras la epidemia de peste que asoló la comarca. Desde entonces, la relación entre Puertollano y su patrona dejó de ser únicamente devocional para convertirse también en un pacto simbólico entre la ciudad y aquello que la mantiene unida en los momentos más difíciles.

 Cada 8 de septiembre, la Virgen de Gracia se convierte en el verdadero cordón umbilical de Puertollano. No solo recorre las calles: vuelve a unir generaciones, familias y ausencias. La ciudad entera parece reconocerse a sí misma alrededor de su imagen. Los que viven fuera regresan; los que permanecen esperan; y todos, de alguna manera, vuelven a ocupar un lugar común en la memoria compartida.

 Esa dimensión emocional adquirió aún más fuerza tras la Operación Mina y la lenta reconversión industrial que obligó a muchos puertollaneros a marcharse lejos de su ciudad. El regreso durante las fiestas patronales se convirtió entonces en algo más que una tradición: era la manera de volver, aunque solo fuera durante unos días, al lugar donde seguían estando las raíces. Ya no al epicentro industrial que durante décadas definió la vida de Puertollano, sino a su epicentro emocional.

 La fiesta de la Virgen de Gracia funciona así como una suerte de red social anterior a internet: un espacio donde los puertollaneros se saludan, se reconocen y se ponen al día de sus vidas. Pero hay también algo más profundo. Como señaló Mircea Eliade, las celebraciones religiosas no son únicamente actos de devoción, sino momentos en los que el tiempo cotidiano se interrumpe y la comunidad regresa simbólicamente a un centro sagrado. Y eso es precisamente lo que sucede cada 8 de septiembre en Puertollano: durante unas horas, la ciudad deja de girar alrededor de la rutina y vuelve a hacerlo alrededor de su patrona.

 El día 7 durante la ofrenda floral, se percibe esta conexión. Los puertollaneros que viven fuera portan flores en nombre de familiares que ya no están o no han podido viajar, adornando la fachada de la ermita como un mapa visual de las familias. La pólvora y el Himno a la Virgen nos provoca una catarsis emocional y el comercio local recibe el impacto de la economía del sentimiento puertollanero. En Puertollano nadie se siente forastero, y a los hijos del pueblo que a veces vienen con amigos, no los recibimos como turistas sino como puertollaneros.

 Es esa mezcla de devoción, tradición familiar y reencuentro con el paisaje de la infancia lo que convierte al 8 de septiembre en el verdadero Día de la Identidad Puertollanera, por encima de cualquier otra celebración. Puertollano es una ciudad que ha cambiado su economía industrial y agrícola muchas veces (del carbón al petróleo, y de la minería a la energía renovable en proceso de consolidación de nuevos proyectos). En ese paisaje entre los cerros de Santa Ana y San Sebastián, que consolidan a Puertollano a simple vista como el pueblo de las dos mentiras, la Virgen de Gracia funciona como un axis mundi. Para el que se fue, volver y ver que Ella sigue en el mismo sitio, con la misma mirada, es confirmar que su origen sigue intacto, a pesar de que el resto de la ciudad sea irreconocible. Es la victoria de la permanencia de lo inmutable de nuestra ciudad.

 Esa conexión espiritual actúa como presencia espiritual por delegación para los puertollaneros que no pueden volver físicamente. El puertollanero sabe que la ciudad se fundó sobre la supervivencia (las 13 familias de la peste). Esa resiliencia está en el ADN local. La conexión espiritual con la Virgen de Gracia tiene mucho de ese "agradecimiento por seguir aquí". El puertollanero que regresa siente que, a pesar de las crisis, del cierre de minas o de las dificultades personales siente que la Gracia (entendida como nuestra Virgen protectora) le ha permitido salir adelante. Es un vínculo de gratitud colectiva. Cuando la Virgen recorre las calles, no está paseando por una ciudad, está recorriendo vidas. Cada esquina tiene un recuerdo. El vínculo espiritual aquí se vuelve colectivo: al ver la imagen, el puertollanero no solo se conecta con lo divino, sino con el vecino que tiene al lado, al que quizás no ve en años, pero con el que comparte ese sentir que no hace falta explicar con palabras. Es una comunión civil y espiritual a la vez.

 Para Mircea Eliade, el hombre religioso necesita un punto fijo para orientarse en el caos del mundo. Puertollano, con su paisaje industrial mutable, encuentra en la Ermita de la Virgen de Gracia su punto de ruptura y cuando regresa y se sitúa ante la Virgen, siente que vuelve al Centro del Mundo, al lugar donde su identidad se reconstruye. El 8 de septiembre, no es una mera efeméride, sino que es la reactualización siguiendo a Mircea Eliade, del mito fundacional,  es el illud tempus que nos hace regresar a la promesa del voto en el que tiene lugar la fundación del Puertollano espiritual deteniendo el tiempo cronológico para vivir el tiempo intemporal.

 Puertollano es una ciudad de contrastes: la dureza de la mina y la delicadeza de la fe, lo material de la industria frente a lo inmaterial del sentimiento. Nuestra Virgen de Gracia opera como coincidencia de opuestos, en ella se reconcilian el pasado minero, el futuro tecnológico y el vínculo espiritual con lo sagrado. El 8 de septiembre, parafreseando a Eliade, nuestra nostalgia del paraíso se recupera como necesidad de retorno, como peregrinación hacia la fuente de la vida. Esa es la verdadera conexión: la Virgen de Gracia como la geometría sagrada que sostiene la estructura emocional de todo un pueblo, permitiéndole sobrevivir al paso del tiempo y al olvido.

  Y quizá por eso la verdadera dimensión de la Virgen de Gracia no se comprende únicamente el 8 de septiembre, entre pólvora, flores y procesiones multitudinarias. Se comprende en los pequeños gestos cotidianos que los puertollaneros repetimos casi sin pensar y que, precisamente por eso, revelan hasta qué punto forma parte de nuestra vida.

 Está en quienes, al pasar junto a la ermita, se asoman instintivamente por la mirilla del camarín para verla apenas unos segundos, como quien necesita comprobar que todo sigue en su sitio. Y está también en ese gesto automático de santiguarse al pasar en coche frente a la ermita, tanto al salir de Puertollano como al regresar, convirtiendo cada viaje en una despedida o en un regreso simbólico al hogar.

 Son rituales silenciosos, heredados muchas veces sin palabras, pero profundamente arraigados en la memoria emocional de la ciudad. Porque en Puertollano, la Virgen de Gracia no pertenece solo a las grandes celebraciones: pertenece a la rutina, al paisaje y a la forma íntima en la que los puertollaneros entendemos la protección, la nostalgia y el sentido de pertenencia.

 Tal vez ahí resida la verdadera fuerza de la patrona: en seguir siendo, día tras día, el punto fijo al que una ciudad entera continúa mirando para reconocerse.

martes, 12 de mayo de 2026

Entre flechas amarillas: La calle San José de Puertollano: recuerdos de una...

Entre flechas amarillas: La calle San José de Puertollano: recuerdos de una...:    Hay calles que cambian con el derribo de casas y la transformación de su fisonomía, pero continúan intactas en la memoria. En la calle Sa...

La calle San José de Puertollano: recuerdos de una infancia en los años sesenta

 

 Hay calles que cambian con el derribo de casas y la transformación de su fisonomía, pero continúan intactas en la memoria. En la calle San José de Puertollano nací y me crié, y quizá por eso sigo regresando tantas veces a aquel mundo de los años sesenta donde los olores, las voces y los pequeños gestos cotidianos parecían durar para siempre. Este recuerdo no habla solo de un barrio, sino también de una manera de vivir que hoy casi parece imposible.


 Puertollano era entonces una patria pequeña. Mi patria. Y estaba en la calle San José.

 No me apetece pensar en el futuro. El futuro siempre trae prisas, puertas cerradas y gente que ya no se conoce por el nombre. Yo quiero volver allí: a los años sesenta, cuando las casas compartían patio, las madres compartían conversación y los niños compartíamos la calle entera como si fuera nuestra.

  En mi calle estaba el colegio de niñas San José —hoy Gonzalo de Berceo— con su parvulario donde empezábamos a aprender el mundo antes siquiera de comprenderlo. Mis recuerdos son la leche en polvo, los primeros renglones torcidos y mi maestra, doña Patro, que aún sigue viviendo en algún rincón limpio de mi memoria.



 Estaba también el horno de la Gabriela, que olía desde lejos a tortas recién hechas y a magdalenas calientes. Aquel olor era un reloj. Uno sabía la hora sin mirar ninguna esfera. Bastaba respirar.

 Pasaba Antonio el panadero con su borriquilla, repartiendo el pan casa por casa como quien reparte una ceremonia humilde y sagrada. Y la leche llegaba en cántaras. Había que hervirla despacio mientras una nata espesa iba creciendo sobre el cazo y empañando los cristales de la cocina. Todo tenía entonces un tiempo humano: el pan, la leche, las conversaciones y hasta las tardes.

 La señora Sandalia vendía gaseosas La Casera y había que devolver el envase vacío, porque las cosas no nacían para tirarse. Tampoco las personas.

 En los patios y en la calle jugábamos todos: trompos, bolas, carreras, rodillas peladas, gritos de madre llamando desde la puerta y meriendas de pan con chocolate. Nadie hablaba de conciliación familiar porque las familias, sencillamente, convivían. La vida sucedía hacia afuera, entre vecinos, con las puertas medio abiertas y la confianza entera.

 Había alfarería, humo de hornos, vecinas tomando el fresco en sillas bajas y radios sonando bajito durante las noches de verano. Y había pobreza, claro que sí. Pero también una riqueza que hoy cuesta encontrar: la de sentirse parte de algo, la de saber que nunca estaba uno completamente solo.

  A veces pienso que uno envejece de verdad el día en que desaparece la calle donde fue feliz tal y como la recuerda.


 Y quizá por eso regreso tantas veces a aquella calle San José que ya no existe del todo, salvo en la memoria de quienes aún seguimos escuchando, muy al fondo, los pasos lentos de la borriquilla de Antonio al amanecer.

 Esta mañana, mientras desayunaba sin hambre y miraba distraídamente la luz gris entrando por la ventana, he mojado un rosquillo industrial en el café. Uno de esos rosquillos secos, demasiado dulces, fabricados quizá a cientos de kilómetros de cualquier infancia.

  Y entonces ha ocurrido.

 No sé si fue el olor tibio del café, el azúcar deshaciéndose lentamente o ese sabor antiguo y torpe del anís. Pero durante un instante ya no estaba aquí. He vuelto de golpe a la calle San José de mi niñez, a aquel Puertollano de los años sesenta donde el tiempo caminaba más despacio y las cosas parecían durar para siempre.

 La memoria tiene esas emboscadas.

 Uno cree que recuerda con la cabeza, pero no: recuerda con el paladar, con el olor de los hornos, con el vapor de la leche hirviendo, con el polvo de las aceras en verano y con las voces que llegaban desde los patios compartidos.

 Y he vuelto a verla entera.

 La calle.
 El colegio de niñas San José —hoy Gonzalo de Berceo—.
 La leche en polvo y doña Patro.
 El horno de la Gabriela oliendo a tortas calientes.
 Antonio el panadero llegando despacio con su borriquilla.

 Las gaseosas de la señora Sandalia esperando el retorno del casco vacío como si hasta los objetos tuvieran dignidad.

 Todo estaba allí otra vez, intacto y lejano.

 Tal vez lleve razón Milan Kundera: "El tiempo humano no da vueltas en redondo, sino que sigue una trayectoria recta. Ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir".

 Quizá la memoria no exista para devolvernos el pasado, sino para recordarnos quiénes fuimos cuando todavía la vida tenía patios compartidos, puertas abiertas y tiempo para mirar despacio. Y aunque aquella calle San José ya no exista del todo, seguirá viva mientras alguien conserve dentro el olor de las magdalenas calientes, el sonido lejano de una borriquilla al amanecer o la voz de una madre llamando desde la puerta al caer la tarde.