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miércoles, 25 de marzo de 2026

El Minero y Las Viudas: historia de dos monumentos que nacieron del pueblo de Puertollano

  


 Hay ciudades que se explican en sus calles y otras que se entienden en sus silencios. Puertollano pertenece a estas últimas: su identidad no solo se escribe en los libros de historia, sino también en los espacios que sus vecinos han convertido en memoria compartida. Entre plazas, parroquias y cerros, dos monumentos recuerdan que el progreso tuvo un coste humano y que la gratitud de un pueblo puede expresarse en piedra y bronce.

  El Minero y el Monumento a los Caídos en el Trabajo (conocido popularmente como Las Viudas) no son únicamente obras escultóricas integradas en el paisaje urbano. Son el resultado de una tradición de participación ciudadana profundamente arraigada: la suscripción popular. En ellos confluyen duelo, orgullo colectivo e identidad minera, elementos que han marcado durante generaciones la vida de Puertollano.

  En España existe desde el siglo XIX una tradición de financiación colectiva de monumentos mediante suscripción popular -micromecenazgo como definición que propone la RAE frente al crowfunding que a su vez se diferencia porque suele realizarse online mediante plataformas-. Más que una simple fórmula de financiación, era una forma de participación cívica y expresión de identidad colectiva. La práctica se popularizó durante el siglo XIX con la aparición de una opinión pública más activa. Las instituciones no siempre asumían el coste de homenajes y surgió esta alternativa impulsada por la prensa local, ateneos y círculos culturales, asociaciones obreras y colectivos vecinales. El objetivo era que el monumento naciera del pueblo y perteneciera simbólicamente al pueblo. Los monumentos financiados así suelen reflejar sentimientos profundamente arraigados en la comunidad. 
  En el caso de Puertollano, esta tradición adquirió un significado unido a la minería. Con ello se honraba a los trabajadores fallecidos y se reconocía la profesión del minero. La suscripción popular funcionaba como un ritual comunitario: aportar dinero era para participar en el duelo y en el reconocimiento. El Minero y Las Viudas representan la continuidad de una tradición centenaria en España y, en el caso de Puertollano, contribuyen al relato colectivo y a la memoria viva de la ciudad. Aunque nuestra identidad industrial y petroquímica es significativa, ha sido la minería la que ha calado más hondo en nuestra gente y ha llevado a que estos monumentos surgieran del esfuerzo y reconocimiento de la comunidad minera. 
  Esa memoria minera no solo se conserva en el recuerdo o en los relatos familiares: habita el espacio público y dialoga silenciosamente con los lugares más simbólicos de la ciudad. La figura de El Minero, erguida y vigilante, establece un vínculo con la cercana Ermita de la Virgen de Gracia. Desde su posición, el trabajador del carbón no solo mira y actúa a modo de faro de la ciudad que creció gracias al esfuerzo de generaciones enteras, sino que parece custodiar uno de sus centros espirituales. Es como si el mundo del subsuelo, del esfuerzo y de la dureza cotidiana, se colocara también al servicio de la protección de lo sagrado y lo comunitario participando de la promesa del Santo Voto en favor de la Virgen. 
  Pero la lectura puede invertirse: acaso es la propia Virgen quien vela por el minero, por su memoria y por lo que representa. En esa proximidad física entre monumento y ermita se teje un diálogo silencioso entre la fe y el trabajo, entre el consuelo espiritual y la dureza de la extracción del carbón. Algo parecido sucede con Las Viudas. Su presencia introduce la dimensión más humana del legado minero: el dolor íntimo que acompaña a la épica de su trabajo. Si el minero simboliza la fuerza colectiva que levantó la ciudad, el Monumento a los Caídos en el Trabajo -denominación oficial de lo que en Puertollano todos conocemos como Las Viudas- representa el coste emocional que sostuvo esa misma historia.  Ambos monumentos componen un relato completo de esfuerzo y pérdida, de orgullo y duelo compartido. 

  Junto a la Iglesia de Santa Bárbara -la patrona de los mineros- en el Poblado, el monumento parece encontrar refugio en su ubicación actual. Santa Bárbara es su patrona y ofrece consuelo para quienes viven con el miedo de no ver regresar a los suyos del trabajo bajo tierra. Colocar a La Viudas allí es como cerrar un círculo emocional: a quien antes se le pedía intercesión, ahora se les honra con su ausencia. El monumento representa el dolor de los familiares que no volvieron a ver a los suyos en los accidentes de grisú en las explosiones de El Pozo de Calvo Sotelo de 1953 y 1958. Que estas obras nacieran de iniciativas municipales impulsadas mediante suscripción popular refuerza aún más su significado: no son esculturas impuestas, sino símbolos asumidos. Monumentos que no solo ocupan un lugar en la ciudad, sino también en la conciencia sentimental de Puertollano. 
  Tras esa dimensión simbólica y emocional, resulta necesario detenerse en el origen concreto de estas obras. Conocer las circunstancias históricas que propiciaron su creación permite comprender mejor no solo su significado artístico, sino también el contexto social que impulsó a la ciudadanía de Puertollano a convertir el recuerdo y el duelo en memoria permanente. El 13 de octubre de 1953 tuvo lugar una explosión de grisú en el Pozo de Calvo Sotelo que provocó la muerte de once mineros. Tras el trágico accidente se llevó a cabo una suscripción popular para erigir un monumento en honor de los caídos en el trabajo. El monumento se inauguró el 20 de julio de 1958 y se ubicó entre el Mercado de Abastos y la Plaza de Toros -hoy Edificio Tauro-. El 18 de octubre apenas unos meses después de su inauguración, tuvo lugar una nueva explosión de grisú en el mismo pozo en la que perdieron la vida otros doce mineros. En los primeros años de la década de los 80 -scil. siglo XX- poco después del derribo del coso taurino, se retiró de su emplazamiento por reordenación urbanística, se guardó en los almacenes municipales y en el año 1988 el conjunto fue instalado y reinagurado por el expresidente de Castilla La Mancha José Bono en su actual ubicación en la plaza de Santa Bárbara junto a la parroquia de la barriada de El Poblado. El conjunto escultórico fue obra de Marino Amaya
  El monumento al minero surge en una campaña radiofónica el 15 de diciembre de 1981 para recaudar fondos para salvar la degradada situación de la empresa Calvo Sotelo a la que se acogieron el Ayuntamiento, empresas, colectivos y vecinos de Puertollano con la idea de erigirlo. En enero de 1982 se constituyó la comisión Pro.Monumento, se contactó con el escultor José Noja quien tardó en aceptar el proyecto, pero finalmente aceptó por el alegato que conllevaba implícito de homenaje tanto a la minería como a la ciudad. Se desecharon distintas ubicaciones por parte del escultor (junto alguna torreta minera o en el Paseo de San Gregorio) y a principios de 1983 se iniciaron las obras de acondicionamiento de su emplazamiento actual en el cerro de Santa Ana. El 26 de febrero de 1983 se inauguró el monumento que se alza como un obelisco a modo de monumento conmemorativo y de faro de la ciudad.

  Con el paso del tiempo, la ciudad ha cambiado su fisonomía y su actividad económica, pero estos monumentos permanecen como anclas de la memoria colectiva. No solo recuerdan a quienes trabajaron y murieron en la mina; también evocan una forma de entender la comunidad, donde el dolor compartido se transformaba en homenaje y la gratitud en legado visible.

  El Minero y Las Viudas no son únicamente esculturas urbanas: son la expresión tangible de un sentimiento colectivo que convirtió el recuerdo en presencia permanente. Porque en Puertollano la memoria no se limita a evocarse; se levanta, se contempla y se habita.





domingo, 15 de marzo de 2026

Entre flechas amarillas: Bailar suelto, bailar pegado: noches de discoteca ...

Entre flechas amarillas: Bailar suelto, bailar pegado: noches de discoteca ...:    Durante los años setenta y ochenta salir de discoteca formaba parte del aprendizaje sentimental de muchos jóvenes de Puertollano. Los fin...

Bailar suelto, bailar pegado: noches de discoteca en Puertollano

 

 Durante los años setenta y ochenta salir de discoteca formaba parte del aprendizaje sentimental de muchos jóvenes de Puertollano. Los fines de semana tenían su propio ritual: reunirse con los amigos, pagar la entrada con consumición incluida y esperar a que la música marcara el ritmo de la noche.


 "Los mandamientos eran simples. Para ser un Face -ídolo de la pista de baile- del Odyssey -la discoteca a la que hace referencia Nik Cohn- bastaba con cumplir unas pocas condiciones: ser italiano, tener entre dieciocho y veintún años y poseer el uniforme adecuado. Al menos seis camisas estampadas, cuatro pantalones ajustados, dos pares de mocasines estilo Gucci, dos pares de zapatos de plataforma, un colgante o un anillo... y alguna pieza de oro.

  También había que saber bailar, conducir y defenderse en una pelea. Había que mostrar respeto -casi reverencia- por el Face y desprecio por todo lo demás. Dominar la obscenidad, ser descarado en cuestiones sexuales y, sobre todo, hacerse el duro.

  No había mezclas. Los italianos eran italianos; los latinos, blandos; los judíos, distintos; los negros, según aquel código brutal, nacían para perder. Cada grupo tenía su propio territorio, su estilo, su forma de ser Face. Pero los límites eran claros. Si alguien los cruzaba y se aventuraba fuera de su zona, recibía una paliza, esa era la ley.

  Luego estaban las chicas, pero ellas no eran Faces, no de verdad. A veces -si una tenía suerte- alguno podía fijarse en ella y convertirla en su chica, quizá incluso en su futura esposa. Pero eso era raro. Por lo general su papel era mucho más simple: estar allí. Decorar la entrada o los reservados, llenar la pista de baile, hablar cuando se les hablara y retirarse cuando hiciera falta. En resumen: obedecer y no causar problemas".

  Así describía aquel mundo el periodista Nik Cohn en un artículo publicado en New York Magazine en 1976. Aquella crónica sobre las discotecas de Brooklyn acabaría inspirando la película Saturday Night Fever.

  A  miles de kilómetros de Nueva York, en Puertollano, las discotecas de los años 70 y 80 tenían otra escala de valores y otro lenguaje, pero los jóvenes compartían  la pista de baile y la música, buscando divertirse y ligar. En esta entrada enumeraré -hasta donde me llega la memoria- las discotecas y sus micro-unirversos que marcaron generaciones de puertollaneros.

 Puertollano fue ciudad pionera en la provincia y en casi toda Castilla La Mancha, en la apertura de discotecas a finales de los sesenta (scil. siglo XX). Creo que la primera fue la Posizen (Pues dicen que han abierto una discoteca -ese juego de palabras que le dio publicidad-) ubicada en la calle Gran Capitán. Desconocíamos qué había en su interior porque nos pilló a muchos siendo menores de edad y con el bolsillo tieso, pero sabíamos que tenían acceso hombres y mujeres.

 Seguimos con la lista sin orden cronológico, con la discoteca Impala 2 en la calle Numancia que disponía de dos pistas para bailar suelto y agarrao, en la que se celebraron conciertos en directo de artistas reconocidos y se acogían actos institucionales.

 La discoteca Anabel estaba ubicada en la calle Juan Bravo junto a la cafetería Cecil, propiedad de Cecilio, un albañil que se convirtió en constructor tras ganar un premio de lotería. La cafetería Pop´s en el Plazolete Patón dispuso de una pequeña pista de baile en el fondo, muy  recogida y destinada a las parejas para bailar el lento. Sus propietarios eran los futbolistas del Calvo Sotelo Portilla y Posada.

 En los bajos del Tauro -el Edificio de la Plaza de Toros- abrió la discoteca Drag con decoración de estalactitas y estalagmitas. La discoteca Nausícaa ubicada en la calle Numancia cerca del mercado de abastos, llegó a ser la favorita durante años de la fauna nocturna y de los alumnos del Fray Andrés los viernes por la tarde-noche con precios especiales de taquilla, y llegó a ampliar sus instalaciones con un local colindante.

 La discoteca Trazos situada en la calle Muelle abrió sus puertas en los ochenta. El local era muy amplio y se celebraban bodas y acontecimientos sociales. También hubo discotecas de verano como la de la avenida de Ciudad Real que disponía de asador al aire libre, estaba un poco más abajo del hotel Cabañas.

 A pesar de las diferencias de escala y de ambiente como el mundo que mostraba Fiebre del Sábado Noche, las discotecas de Puertollano también tenían sus propios rituales. La música marcaba el ritmo de la noche. Primero venían las canciones rápidas -el suelto-, las del boogie -mueve el esqueleto- con coreografías totalmente improvisadas y donde la técnica consistía únicamente en mover el cuerpo. Luego llegaba el momento esperado: el lento. Entonces cambiaba todo. Las parejas ocupaban la pista y quienes no tenían con quién bailar -lo que en el fondo significaba no haber ligado-, se retiraban hacia la barra o a las mesas para tomarse la consumición incluida en el precio de la entrada, casi siempre un refresco, una cerveza o un cubata. Era una pausa reglamentada que se aprovechaba igualmente para fumar.

 De manera que bailar pegados no era solo bailar, era una forma de acercarse,  porque la música, con muchos vatios, obligaba a hablar al oído,  susurrar y tantear a la chica. Para muchos era el primer gesto de noviazgo que se consolidaba paseando juntos en el Paseo de San Gregorio. Más de una pareja empezó así, con un , vamos a bailar pegados. Luego, la distancia permitida entre los cuerpos marcaba, a su manera, nuestro propio “solo sí es sí”.

  Con el paso de los años muchos de aquellos locales desaparecieron o cambiaron de uso, y la música dejó de sonar en sus pistas. Sin embargo, durante dos décadas fueron escenarios fundamentales de la vida social de la ciudad.

 Allí aprendimos a salir de noche, a bailar, a observar desde la barra, a esperar el momento oportuno para invitar a alguien a la pista cuando empezaba el lento. Porque en aquellas discotecas el baile no era solo baile: era conversación, curiosidad, timidez e intento fallido o triunfal.

 Y así, entre canciones rápidas y lentas que obligaban a acercarse para hablar al oído, comenzaron muchas historias. Algunas duraron solo una noche; otras continuaron después en los paseos por el Paseo de San Gregorio y terminaron convirtiéndose en noviazgos, matrimonios o recuerdos que todavía hoy regresan cuando vuelve a sonar una vieja canción de discoteca.