Durante los años setenta y ochenta salir de discoteca formaba parte del aprendizaje sentimental de muchos jóvenes de Puertollano. Los fines de semana tenían su propio ritual: reunirse con los amigos, pagar la entrada con consumición incluida y esperar a que la música marcara el ritmo de la noche.
"Los mandamientos eran simples. Para ser un Face -ídolo de la pista de baile- del Odyssey -la discoteca a la que hace referencia Nik Cohn- bastaba con cumplir unas pocas condiciones: ser italiano, tener entre dieciocho y veintún años y poseer el uniforme adecuado. Al menos seis camisas estampadas, cuatro pantalones ajustados, dos pares de mocasines estilo Gucci, dos pares de zapatos de plataforma, un colgante o un anillo... y alguna pieza de oro.
También había que saber bailar, conducir y defenderse en una pelea. Había que mostrar respeto -casi reverencia- por el Face y desprecio por todo lo demás. Dominar la obscenidad, ser descarado en cuestiones sexuales y, sobre todo, hacerse el duro.
No había mezclas. Los italianos eran italianos; los latinos, blandos; los judíos, distintos; los negros, según aquel código brutal, nacían para perder. Cada grupo tenía su propio territorio, su estilo, su forma de ser Face. Pero los límites eran claros. Si alguien los cruzaba y se aventuraba fuera de su zona, recibía una paliza, esa era la ley.
Luego estaban las chicas, pero ellas no eran Faces, no de verdad. A veces -si una tenía suerte- alguno podía fijarse en ella y convertirla en su chica, quizá incluso en su futura esposa. Pero eso era raro. Por lo general su papel era mucho más simple: estar allí. Decorar la entrada o los reservados, llenar la pista de baile, hablar cuando se les hablara y retirarse cuando hiciera falta. En resumen: obedecer y no causar problemas".
Así describía aquel mundo el periodista Nik Cohn en un artículo publicado en New York Magazine en 1976. Aquella crónica sobre las discotecas de Brooklyn acabaría inspirando la película Saturday Night Fever.
A miles de kilómetros de Nueva York, en Puertollano, las discotecas de los años 70 y 80 tenían otra escala de valores y otro lenguaje, pero los jóvenes compartían la pista de baile y la música, buscando divertirse y ligar. En esta entrada enumeraré -hasta donde me llega la memoria- las discotecas y sus micro-unirversos que marcaron generaciones de puertollaneros.
Puertollano fue ciudad pionera en la provincia y en casi toda Castilla La Mancha, en la apertura de discotecas a finales de los sesenta (scil. siglo XX). Creo que la primera fue la Posizen (Pues dicen que han abierto una discoteca -ese juego de palabras que le dio publicidad-) ubicada en la calle Gran Capitán. Desconocíamos qué había en su interior porque nos pilló a muchos siendo menores de edad y con el bolsillo tieso, pero sabíamos que tenían acceso hombres y mujeres.
Seguimos con la lista sin orden cronológico, con la discoteca Impala 2 en la calle Numancia que disponía de dos pistas para bailar suelto y agarrao, en la que se celebraron conciertos en directo de artistas reconocidos y se acogían actos institucionales.
La discoteca Anabel estaba ubicada en la calle Juan Bravo junto a la cafetería Cecil, propiedad de Cecilio, un albañil que se convirtió en constructor tras ganar un premio de lotería. La cafetería Pop´s en el Plazolete Patón dispuso de una pequeña pista de baile en el fondo, muy recogida y destinada a las parejas para bailar el lento. Sus propietarios eran los futbolistas del Calvo Sotelo Portilla y Posada.
En los bajos del Tauro -el Edificio de la Plaza de Toros- abrió la discoteca Drag con decoración de estalactitas y estalagmitas. La discoteca Nausícaa ubicada en la calle Numancia cerca del mercado de abastos, llegó a ser la favorita durante años de la fauna nocturna y de los alumnos del Fray Andrés los viernes por la tarde-noche con precios especiales de taquilla, y llegó a ampliar sus instalaciones con un local colindante.
La discoteca Trazos situada en la calle Muelle abrió sus puertas en los ochenta. El local era muy amplio y se celebraban bodas y acontecimientos sociales. También hubo discotecas de verano como la de la avenida de Ciudad Real que disponía de asador al aire libre, estaba un poco más abajo del hotel Cabañas.
A pesar de las diferencias de escala y de ambiente como el mundo que mostraba Fiebre del Sábado Noche, las discotecas de Puertollano también tenían sus propios rituales. La música marcaba el ritmo de la noche. Primero venían las canciones rápidas -el suelto-, las del boogie -mueve el esqueleto- con coreografías totalmente improvisadas y donde la técnica consistía únicamente en mover el cuerpo. Luego llegaba el momento esperado: el lento. Entonces cambiaba todo. Las parejas ocupaban la pista y quienes no tenían con quién bailar -lo que en el fondo significaba no haber ligado-, se retiraban hacia la barra o a las mesas para tomarse la consumición incluida en el precio de la entrada, casi siempre un refresco, una cerveza o un cubata. Era una pausa reglamentada que se aprovechaba igualmente para fumar.
De manera que bailar pegados no era solo bailar, era una forma de acercarse, porque la música, con muchos vatios, obligaba a hablar al oído, susurrar y tantear a la chica. Para muchos era el primer gesto de noviazgo que se consolidaba paseando juntos en el Paseo de San Gregorio. Más de una pareja empezó así, con un sí, vamos a bailar pegados. Luego, la distancia permitida entre los cuerpos marcaba, a su manera, nuestro propio “solo sí es sí”.
Con el paso de los años muchos de aquellos locales desaparecieron o cambiaron de uso, y la música dejó de sonar en sus pistas. Sin embargo, durante dos décadas fueron escenarios fundamentales de la vida social de la ciudad.
Allí aprendimos a salir de noche, a bailar, a observar desde la barra, a esperar el momento oportuno para invitar a alguien a la pista cuando empezaba el lento. Porque en aquellas discotecas el baile no era solo baile: era conversación, curiosidad, timidez e intento fallido o triunfal.
Y así, entre canciones rápidas y lentas que obligaban a acercarse para hablar al oído, comenzaron muchas historias. Algunas duraron solo una noche; otras continuaron después en los paseos por el Paseo de San Gregorio y terminaron convirtiéndose en noviazgos, matrimonios o recuerdos que todavía hoy regresan cuando vuelve a sonar una vieja canción de discoteca.

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