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domingo, 15 de marzo de 2026

Bailar suelto, bailar pegado: noches de discoteca en Puertollano

 

 Durante los años setenta y ochenta salir de discoteca formaba parte del aprendizaje sentimental de muchos jóvenes de Puertollano. Los fines de semana tenían su propio ritual: reunirse con los amigos, pagar la entrada con consumición incluida y esperar a que la música marcara el ritmo de la noche.


 "Los mandamientos eran simples. Para ser un Face -ídolo de la pista de baile- del Odyssey -la discoteca a la que hace referencia Nik Cohn- bastaba con cumplir unas pocas condiciones: ser italiano, tener entre dieciocho y veintún años y poseer el uniforme adecuado. Al menos seis camisas estampadas, cuatro pantalones ajustados, dos pares de mocasines estilo Gucci, dos pares de zapatos de plataforma, un colgante o un anillo... y alguna pieza de oro.

  También había que saber bailar, conducir y defenderse en una pelea. Había que mostrar respeto -casi reverencia- por el Face y desprecio por todo lo demás. Dominar la obscenidad, ser descarado en cuestiones sexuales y, sobre todo, hacerse el duro.

  No había mezclas. Los italianos eran italianos; los latinos, blandos; los judíos, distintos; los negros, según aquel código brutal, nacían para perder. Cada grupo tenía su propio territorio, su estilo, su forma de ser Face. Pero los límites eran claros. Si alguien los cruzaba y se aventuraba fuera de su zona, recibía una paliza, esa era la ley.

  Luego estaban las chicas, pero ellas no eran Faces, no de verdad. A veces -si una tenía suerte- alguno podía fijarse en ella y convertirla en su chica, quizá incluso en su futura esposa. Pero eso era raro. Por lo general su papel era mucho más simple: estar allí. Decorar la entrada o los reservados, llenar la pista de baile, hablar cuando se les hablara y retirarse cuando hiciera falta. En resumen: obedecer y no causar problemas".

  Así describía aquel mundo el periodista Nik Cohn en un artículo publicado en New York Magazine en 1976. Aquella crónica sobre las discotecas de Brooklyn acabaría inspirando la película Saturday Night Fever.

  A  miles de kilómetros de Nueva York, en Puertollano, las discotecas de los años 70 y 80 tenían otra escala de valores y otro lenguaje, pero los jóvenes compartían  la pista de baile y la música, buscando divertirse y ligar. En esta entrada enumeraré -hasta donde me llega la memoria- las discotecas y sus micro-unirversos que marcaron generaciones de puertollaneros.

 Puertollano fue ciudad pionera en la provincia y en casi toda Castilla La Mancha, en la apertura de discotecas a finales de los sesenta (scil. siglo XX). Creo que la primera fue la Posizen (Pues dicen que han abierto una discoteca -ese juego de palabras que le dio publicidad-) ubicada en la calle Gran Capitán. Desconocíamos qué había en su interior porque nos pilló a muchos siendo menores de edad y con el bolsillo tieso, pero sabíamos que tenían acceso hombres y mujeres.

 Seguimos con la lista sin orden cronológico, con la discoteca Impala 2 en la calle Numancia que disponía de dos pistas para bailar suelto y agarrao, en la que se celebraron conciertos en directo de artistas reconocidos y se acogían actos institucionales.

 La discoteca Anabel estaba ubicada en la calle Juan Bravo junto a la cafetería Cecil, propiedad de Cecilio, un albañil que se convirtió en constructor tras ganar un premio de lotería. La cafetería Pop´s en el Plazolete Patón dispuso de una pequeña pista de baile en el fondo, muy  recogida y destinada a las parejas para bailar el lento. Sus propietarios eran los futbolistas del Calvo Sotelo Portilla y Posada.

 En los bajos del Tauro -el Edificio de la Plaza de Toros- abrió la discoteca Drag con decoración de estalactitas y estalagmitas. La discoteca Nausícaa ubicada en la calle Numancia cerca del mercado de abastos, llegó a ser la favorita durante años de la fauna nocturna y de los alumnos del Fray Andrés los viernes por la tarde-noche con precios especiales de taquilla, y llegó a ampliar sus instalaciones con un local colindante.

 La discoteca Trazos situada en la calle Muelle abrió sus puertas en los ochenta. El local era muy amplio y se celebraban bodas y acontecimientos sociales. También hubo discotecas de verano como la de la avenida de Ciudad Real que disponía de asador al aire libre, estaba un poco más abajo del hotel Cabañas.

 A pesar de las diferencias de escala y de ambiente como el mundo que mostraba Fiebre del Sábado Noche, las discotecas de Puertollano también tenían sus propios rituales. La música marcaba el ritmo de la noche. Primero venían las canciones rápidas -el suelto-, las del boogie -mueve el esqueleto- con coreografías totalmente improvisadas y donde la técnica consistía únicamente en mover el cuerpo. Luego llegaba el momento esperado: el lento. Entonces cambiaba todo. Las parejas ocupaban la pista y quienes no tenían con quién bailar -lo que en el fondo significaba no haber ligado-, se retiraban hacia la barra o a las mesas para tomarse la consumición incluida en el precio de la entrada, casi siempre un refresco, una cerveza o un cubata. Era una pausa reglamentada que se aprovechaba igualmente para fumar.

 De manera que bailar pegados no era solo bailar, era una forma de acercarse,  porque la música, con muchos vatios, obligaba a hablar al oído,  susurrar y tantear a la chica. Para muchos era el primer gesto de noviazgo que se consolidaba paseando juntos en el Paseo de San Gregorio. Más de una pareja empezó así, con un , vamos a bailar pegados. Luego, la distancia permitida entre los cuerpos marcaba, a su manera, nuestro propio “solo sí es sí”.

  Con el paso de los años muchos de aquellos locales desaparecieron o cambiaron de uso, y la música dejó de sonar en sus pistas. Sin embargo, durante dos décadas fueron escenarios fundamentales de la vida social de la ciudad.

 Allí aprendimos a salir de noche, a bailar, a observar desde la barra, a esperar el momento oportuno para invitar a alguien a la pista cuando empezaba el lento. Porque en aquellas discotecas el baile no era solo baile: era conversación, curiosidad, timidez e intento fallido o triunfal.

 Y así, entre canciones rápidas y lentas que obligaban a acercarse para hablar al oído, comenzaron muchas historias. Algunas duraron solo una noche; otras continuaron después en los paseos por el Paseo de San Gregorio y terminaron convirtiéndose en noviazgos, matrimonios o recuerdos que todavía hoy regresan cuando vuelve a sonar una vieja canción de discoteca.

sábado, 14 de marzo de 2026

Entre flechas amarillas: La Operación Mina: cuando la radio hizo un milagro...

Entre flechas amarillas: La Operación Mina: cuando la radio hizo un milagro...:   A comienzos de la década de 1950, cuando la televisión aún no había entrado en la mayoría de los hogares españoles, la radio era algo más ...

La Operación Mina: cuando la radio hizo un milagro civil en Puertollano

  A comienzos de la década de 1950, cuando la televisión aún no había entrado en la mayoría de los hogares españoles, la radio era algo más que un medio de información o entretenimiento. Era un espacio común de emoción colectiva, un lugar donde las historias podían viajar de casa en casa y donde, en ocasiones, las palabras pronunciadas ante un micrófono tenían la capacidad de movilizar a todo un pueblo.

 En aquella España que empezaba a salir lentamente de la posguerra, las emisoras locales -muchas de ellas parroquiales-  se convirtieron en auténticos centros de vida social. A través de sus ondas circulaban noticias, canciones, concursos y también llamadas a la solidaridad. A veces bastaba una historia bien contada para que la comunidad respondiera.

  Puertollano no fue una excepción. En 1952, la llegada de un joven sacerdote, Don Pedro Muñoz Fernández, con una pequeña emisora de onda corta en la maleta, marcaría el comienzo de una experiencia radiofónica singular. Aquella emisora parroquial, nacida casi de manera artesanal, terminaría convirtiéndose en el altavoz de una de las movilizaciones solidarias más recordadas de la ciudad: la llamada Operación Mina.



  A finales de 1951, una grave enfermedad de Don Daniel -uno de los coadjutores de Don José María-, que con el tiempo llegaría a ser uno de los grandes impulsores del Instituto Fray Andrés y de la Escuela de Maestría Industrial de Puertollano, hace que el obispo Don Emeterio envíe para sustituirlo en la Asunción a Don Pedro Muñoz Fernández, que llegó a nuestra ciudad en 1952 con una emisora de radio de onda corta en la maleta y con una autorización administrativa para funcionar. Nacía así Radio Puertollano, emisora parroquial. Poco después y gracias a la colaboración de Don Alfredo Porras, a la sazón dueño del Gran Teatro, la Plaza de Toros y de algunas minas, se instaló en uno de los locales del Teatro la emisora, y se unió como colaborador, Don José Luis Ortuño, el cura de la Calvo Sotelo.

 La España del transistor ya había aprendido que la radio podía producir pequeños milagros civiles. En la película Historias de la radio de José Luis Saenz de Heredia de 1955 se da eco al medio como un poder amplificado capaz de movilizar a la sociedad. Pepe Isbert protagoniza uno de sus episodios y como veremos,  participó igualmente en la Operación Mina liderada por Don Pedro. Ese cine reflejaba algo real: en los años 50 la radio era el gran espacio emocional de la sociedad española. No había televisión al menos extendida aún, y la prensa escrita carecía de la inmediatez que requería una sociedad en plena evolución.

 En los años 50 y 60 (scil. siglo XX), la Iglesia comenzó a coordinar las numerosas emisoras parroquiales y diocesanas que existían por todo el país. Ese proceso acabaría cristalizando en la cadena COPE y la de Puertollano fue una de las pioneras. Los obispos terminaron por hacer suya la filosofía de párrocos como Don Pedro y vieron una oportunidad para crear una radio popular, católica y con capacidad de movilización social.

 El contexto político también es importante subrayarlo. Durante el franquismo, el Estado promovía una retórica de solidaridad nacional y la Iglesia tenía un gran peso institucional. Las campañas benéficas públicas eran habituales y conseguían ayuda real a personas o comunidades en crisis, movilización moral y religiosa y un refuerzo del imaginario comunitario. La radio era perfecta porque llegaba a pueblos pequeños, generaba emoción inmediata y permitía la participación social.

 En ese ecosistema mediático y cultural aparece la Operación Mina que encajaba perfectamente con la España de la época, y con un guión sociológico que ya funcionaba. Una desgracia colectiva (la desaparición del Barrio Minero Muelle María Isabel de Asdrúbal por el desbordamiento del río Ojailén en la que 500 familias perdieron sus casas), un intermediario carismático -Don Pedro-, la radio amplificando el relato con la ayuda del diario LANZA y una comunidad respondiendo con fe y solidaridad.

 Vamos a destacar la figura de Don Pedro Muñoz Fernández, su visión del Puertollano que le tocó vivir y que describió en su libro Operación Mina. Ed. La Económica de Puertollano 1978  reeditada en 2022, sus anécdotas -conocido como el cura de la radio, por sus tacones, y por su loro-, su campaña en favor de conseguir fondos para las viviendas de los mineros, y por conseguir llevar la imagen de la Virgen de Gracia a las minas, episodio que tuvo que sortear la oposición del Arcipreste Don José María (a quien en su libro lo cita como el Jefe) porque entendía que el estado de conservación no era el adecuado y el camino estaba lleno de obstáculos en su recorrido. El 19 de noviembre de 1961 la Virgen visita las minas y se oficia una misa con su imagen presente en la que el protagonismo corre a cargo del Arcipreste, el Jefe, quien impidió que Don Mariano Mondéjar, el cura titular de la barriada minera la oficiara. En palabras de Don Pedro, "Que la misa la digo yo; yo soy el arcipreste y no está bien que la misa no la diga yo" (Ibídem op. cit.)

  En el tramo entre los pozos Elorza y Argüelles,  una encina arañó la cara de la Virgen y en las maniobras para retirarla del ramaje, la imagen perdió un dedo. Don José María refunfuñando le recriminó al cura del loro que ya se lo había advertido lo que podía pasar y a ver qué iba a decir ahora la radio (Sic).

  El Obispo y el Gobernador Civil presidieron el retorno de la Virgen a su ermita con un gran clamor y  fervor popular y con las calles abarrotadas de gente. Podemos afirmar que Puertollano vivió un acontecimiento histórico, la Virgen había visitado los pozos y a los mineros, y su vuelta al camarín había concentrado a las máximas autoridades de la provincia.

  Hay que separar pues la operación mina y su recolecta, de la visita de la Virgen al Ojailén cuyo desbordamiento había provocado toda la operación. La visita de la Virgen reactivó la tradición de los votos comunitarios, tenía algo de rito colectivo, de promesa cumplida y de súplica compartida, no era una imagen extraña en la historia de Puertollano.

  La visita de la Virgen a las minas en 1961, impulsada por Don Pedro Muñoz y amplificada por las ondas de Radio Puertollano, parecía situarse en esa misma lógica cultural: una comunidad golpeada por la adversidad que recurre a su patrona y convierte el gesto religioso en un acto de cohesión social. Como en los antiguos votos, la fe se mezclaba con la necesidad, la emoción popular y una voluntad colectiva de reconstrucción. En palabras de Don Pedro: "La operación Mina no fue un algo maravilloso para verlo solo desde fuera. Hay que verlo desde dentro, como hay que ver y entender lo de la peste" (Ibídem op. cit.).

 El loro de Don Pedro con el tiempo en los 70, llegó a convertirse en metáfora de su proyecto, el loro como término lo importa la sociedad de la jerga carcelaria, pero su loro fue un regalo de un emigrante que a su vuelta de vacaciones para ver a sus padres se lo regaló, "un loro..., a mí...¿Para qué?"

  Lo del loro se hizo famoso,  circulaba entre el vecindario que contaba chistes, y también se le atribuyó una anécdota de que iba a ser subastado y que soltó por el micrófono: "Eso tu suegrrra, tu suegrrra, ¡guarro!" Pero según nos cuenta Don Pedro, el loro no decía ni pío.

  Asdrúbal era la barriada tradicional de las viejas minas y Don Pedro organizaba festivales de caridad para los mineros, una forma de apostolado que posteriormente vendría refrendado por el Concilio Vaticano II (entre 1962 y 1965). De alguna manera nuestro cura de la radio fue un adelantado. Los jueves se hacía una tertulia con concursos de cante y fruto de esas emisiones nació el espacio Llamaron a una puerta que consistía en que colaboradores salían a los arrabales de la ciudad, llamaban a una puerta al azar y volvían al estudio contando lo que habían visto. También se hacían colectas y el cura tenía sus propios peregrinos de la caridad. La arquitectura solidaria ya estaba vertebrada.

  Cuando el Ojailén se desbordó dejando a 500 familias sin hogar, tan solo había que conseguir llevar al Gran Teatro a los artistas famosos bautizados como los Peregrinos de la Caridad  por el cardenal de Santiago de Compostela, que ya habían participado en otras capitales y pueblos. De las vicisitudes, dificultades y la acogida da cuenta en su libro citado Don Pedro. Se recaudó medio millón de pesetas de la época y el 23 de febrero de 1962 se constituyó el Patronato de la Operación Mina para viviendas de necesitados en Puertollano, que surgió como continuación de la operación benéfico-social de la misma con la finalidad de administrar los fondos recaudados. Los actores participantes fueron los siguientes:

  Don Pedro Muñoz Fernández nace en Socuéllamos el 19 de enero de 1912, canta su primera misa en su Iglesia Parroquial en 1936, y en 1952 llega a Puertollano, ciudad en la que se jubiló regresando a su pueblo natal en 1983. Junto a su labor pastoral ejerció las tareas radiofónicas, fue un buen escritor, y fue miembro de la Sociedad General de Autores Españoles.

  Visto con perspectiva del tiempo, la Operación Mina fue mucho más que una colecta para reconstruir viviendas. Fue también una demostración del poder social de la radio en una España que todavía no conocía la televisión como medio dominante.

  En cierto modo, la historia volvió a repetirse fuera de la pantalla: como en aquel episodio de Historias de la radio, donde Pepe Isbert encarnaba al hombre sencillo cuya suerte dependía de las ondas. Puertollano descubrió que la radio podía convertir una desgracia local en una causa compartida. La Operación Mina fue, así, uno de los primeros ejemplos en España de movilización solidaria a través de la radio: un micrófono, una historia que conmueve y una comunidad que responde. Y detrás de aquel pequeño milagro civil estaba la intuición de un cura con un loro, una emisoria parroquial y la convicción de que las ondas podían llegar más lejos que las campanas de cualquier campanario.

 Fuente de las fotos y de las citas de esta entrada: MUÑOZ FERNÁNDEZ, Pedro: Operación Mina Ed. La Económica de Puertollano 1978  reeditada en 2022