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lunes, 16 de febrero de 2026

Filioque: ontología, autoridad y la herida del Cisma

 


  Y del Hijo: una palabra ante el misterio

  En el silencio del Monte Athos el Credo se canta sin añadidos. En Roma se proclama con una conjunción más. Entre ambas fórmulas -separadas por dos palabras latinas- se abrió una de las fracturas más profundas de la Cristiandad.
 El Filioque no es solo una cláusula teológica. Es una forma distinta de pensar el misterio de Dios y de entender la autoridad en la Iglesia. No es gramática: es ontología.


 La batalla por el Filioque no es semántica, sino ontológica, ¿Quién es el Principio? ¿Dios como fuente personal -oriente- o Dios como amor -occidente-? ¿Quién tiene la Autoridad para definir la fe?  El Filioque es una herida teológica convertida en división fronteriza de las Iglesias otrora indivisas. Su trasfondo doctrinal remite al Concilio de Nicea (325) y al Primer Concilio de Constantinopla (381), donde se definió el Credo niceno-constantinopolitano y se afirmó que el Hijo es  homoousios —de la misma naturaleza— que el Padre, en respuesta al arrianismo.  

  El nuevo Credo pasó a llamarse niceno-constantinopolitano con este añadido: "Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre  y que recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas". Es decir, El Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad y es consustancial y coigual con Dios Padre y Dios Hijo -Cristo-, no es una fuerza impersonal a modo de teoría de la gravitación o física cuántica sino Persona Divina en auxilio de los creyentes. 

  La frase original del Credo fue El Espíritu procede del Padre, y la adición latina y del Hijo que no formaba parte del Credo ecuménico, se acuerda en el canon 2º del III Concilio de Toledo convocado por Recaredo en el 589 cuya finalidad tuvo por objeto igualmente combatir el arrianismo y fijar la unidad espiritual del reino visigodo de Toledo. La cláusula filioque se extendió por España, Francia y Alemania y se sumó a ella  y la defendió, el emperador Carlomagno. En el 1014 fue aceptada también en Roma y su trascendencia fue una justificación para el Cisma de 1054. Su inclusión sin consenso universal sería uno de los factores que desembocarían en el Cisma de 1054.

  El problema sobre la cláusula filioque que planteó y sigue planteando Oriente no es solo doctrinal, sino de cambio de reglas de juego unilaterales por parte de Occidente: ¿Puede Roma modificar el Credo? ¿Se puede añadir algo que fue definido en un Concilio Ecuménico? ¿Quién tiene la Autoridad última en el modelo de Iglesia indivisa anterior al Cisma, compuesta por los 5 grandes Patriarcados en la que se funcionaba de manera colegiada y se resolvían las cuestiones doctrinales a través de los Concilios?

  ¿Qué entraña esta sinécdoque? ¿Cómo pudo una conjunción romper la Cristiandad? No es una palabra, sino Autoridad, Teología Trinitaria y poder eclesial. En Occidente se afirma que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como de un solo principio, entendiendo esta procesión como expresión de la unidad esencial y del amor trinitario. En Oriente en cambio, se sostiene la monarquía del Padre: el Padre es la única causa (aitía) y fuente de la divinidad. El Hijo es eternamente engendrado por el Padre y el Espíritu procede solo del Padre. 

  La preocupación oriental es que la doble procedencia comprometa la distinción personal y debilite al Padre como único Principio. Occidente tiende a pensar desde la unidad de la esencia (ousía), el qué común; Oriente desde la hipóstasis, el quién personal. Ambas Iglesias confiesan el mismo dogma trinitario, pero parten de acentos distintos. Roma habla de unión hipostática para explicar la unión de las naturalezas divina y humana de Cristo, para los ortodoxos la distinción hipostática es absoluta y cada Persona tiene propiedades únicas e intransferibles si bien ambas Iglesias aceptan el dogma de la Trinidad, aunque conviene aclarar que la teología trinitaria de la cristología, la unión hipostática, pertenece a la definición de Calcedonia sobre la unión de las naturalezas divina y humana en Cristo y no forma parte directa del debate sobre el Filioque.

  Para Oriente, Roma no puede modificar un Credo Ecuménico sin Concilio Universal, para Occidente es posible porque no se altera la fe sustancial, El desacuerdo revela así dos concepciones de autoridad y dos sensibilidades espirituales. Para Oriente, la modificación del Credo sin Concilio Universal supone una alteración ilegítima del orden eclesial. Para Occidente, la adición no altera la sustancia de la fe, sino que explicita una verdad contenida implícitamente en la tradición latina. 

  El Concilio Vaticano II promovió y promueve el acercamiento, en algunos contextos recita el Credo sin el Filioque con ortodoxos y reconoce que muchas diferencias eran semánticas más que sustanciales, lo que abre una posibilidad de reconciliación.



  En el Monte Athos no se discute el Filioque como polémica viva. Es, sencillamente, una palabra que Occidente añadió y que Oriente nunca pronunció. Athos no pretende racionalizar la Trinidad: la contempla como misterio vivido. Mientras en Occidente, bajo la influencia de San Agustín, la Trinidad se piensa frecuentemente como comunión de amor, en Oriente se experimenta como realidad que desborda el pensamiento. Focio I vio en el Filioque una amenaza a la monarquía del Padre. En Athos el Credo no se corrige: se canta.



miércoles, 11 de febrero de 2026

Entre flechas amarillas: Dormición y Asunción: dos miradas, un mismo Misterio

Entre flechas amarillas: Dormición y Asunción: dos miradas, un mismo Misterio:  En la tradición cristiana, María no es solo objeto de devoción: es una clave teológica. Oriente y Occidente la contemplan desde acentos dis...

Dormición y Asunción: dos miradas, un mismo Misterio

 En la tradición cristiana, María no es solo objeto de devoción: es una clave teológica. Oriente y Occidente la contemplan desde acentos distintos, especialmente en el misterio de su tránsito a la vida eterna. Mientras la Iglesia latina habla de Asunción, la Ortodoxia celebra la Dormición. No se trata de una contradicción doctrinal, sino de dos formas de aproximarse al mismo misterio: una más definitoria y dogmática, otra más simbólica y litúrgica. Para comprender esta diferencia es necesario mirar —y leer— los iconos.


 En la Ortodoxia, la Virgen no es solo una figura devocional sino su representación visual como Theotokos -la que dio a luz a Dios- y cada icono nos proporciona información teológica. Los rasgos iconográficos presentes son el manto, rojo oscuro o púrpura (humanidad glorificada, sufrimiento y dignidad real), túnica azul (condición humana), tres estrellas doradas (en la frente, en el hombro izquierdo y en el derecho -Virgen antes del parto, durante y después del parto-) y las inscripciones en abreviaturas griegas de Madre de Dios. Hay sobriedad, ausencia de sentimentalismo y mirada directa al fiel o al Niño, la Virgen siempre conduce hacia Él.

  Los tipos iconográficos principales de la Theotokos son: Hodigitria (la que muestra el camino), la Virgen sostiene a Cristo y lo señala con la mano; Eleousa (la de la Ternura), mejillas unidas al Niño e intimidad; Orans/Playtera (Virgen de pie u orante con Cristo en un medallón sobre el pecho) usada en ábsides y Panagia, la más teológica y la que representa su papel eclesial.



  La Ortodoxia no habla de Asunción como en Occidente, sino de Dormición, es decir que en el Tránsito a la vida eterna, a diferencia de Occidente donde se proclama que fue asunta en cuerpo y alma al cielo y la muerte queda implícita o subrayada según la tradición teológica (en la definición dogmática de la Asunción de 1950 no se especifica si María murió o no), entrando en un estado de paz obrando su Hijo para que su cuerpo y su alma no se separaran,  en la Ortodoxia, María muere verdadera y pacíficamente, su alma es recibida por Cristo y su cuerpo es glorificado y asumido, anticipando la resurrección final. La Iglesia transmite esta enseñanza a través de iconos e himnos, no como declaración dogmática. Oriente vive el misterio por encima de la racionalidad. La Fiesta se celebra igualmente el 15 de agosto y es una de las Doce Grandes Fiestas de la Iglesia Ortodoxa.


  La iconografía de la Dormición en oriente es narrativa: la Virgen yace sobre lecho funerario, tiene los ojos cerrados -muerte real no simbólica-, Cristo está de pie detrás en Gloria y sostiene una figura pequeña envuelta en blanco -el alma de María representada como una niña-; escatólogica: la muerte como paso, la Resurrección como promesa y María como imagen de la Iglesia glorificada;  y litúrgica: los Doce Apóstoles rodean al lecho, Cristo en una mandorla luminosa, Ángeles -anticipando la gloria-, santidad inviolable de la Theotokos y Jerusalén idealizada -acontecimiento histórico-.

  María no es un privilegio aislado, sino promesa cumplida. Lo que en ella acontece, en la Iglesia se espera. Y por eso el misterio no se resuelve: se canta, se pinta y se celebra.

   El icono de la Dormición es un icono de esperanza escatológica que nos testimonia la fe en la Resurrección, el misterio carece de definición dogmática alguna y se expresa cantando y pintando, no definiendo y toda tradición se anuda a la experiencia litúrgica y patrística. En occidente se parte de la definición dogmática de Pío XII de 1950 que recoge lo que la tradición creía: que la Virgen fue Asunta en cuerpo y alma al cielo tal y como se festeja en el Misterio de Elche declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2001, y del dogma de la Purísima proclamado en 1854 que establece que la Virgen estuvo libre de pecado original. Occidente formula dogmas y Oriente contempla el misterio, Occidente ha preferido subrayar la Gloria más que el tránsito por la muerte.

  En la Dormición ortodoxa, Cristo es el principal actor, Él viene a buscar el alma de su madre; en la Asunción, María aparece elevada a los cielos muchas veces sin Cristo, el protagonismo es mariano, para la Ortodoxia cualquier icono que no muestre al Hijo, es incompleto e inaceptable. La Theotokos es la imagen de la humanidad redimida confirmando que Cristo asumió plenamente la condición humana, en la Asunción se subraya el privilegio singular de la Virgen María extremo que para la Ortodoxia corre el riesgo de aislarla de la humanidad. La Dormición pinta el misterio desde la Pascua, desde la Resurrección, la Asunción, desde la Gloria, no hay contradicción ni herejía, pero sí una antropología y una concepción religiosa diferente. 

  En palabras de San Juan Damasceno -Doctor para ambas Iglesias-: "Era necesario que aquella que había conservado su virginidad intacta en el parto conservara también su cuerpo incorrupto después de la muerte" (vid.), es decir no hay privilegio alguno en favor de María, sino consecuencia del Plan de Dios. Y en palabras de San Germán de Constantinopla; "Tú no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios, aunque hayas pasado a la vida eterna" (vid.), es decir, La Dormición conecta directamente con la Pascua y no como un triunfo aislado mariano. De esta forma, la lex orandi -la ley de la oración es ley de fe- y lex credendi -la oración fundamenta la doctrina y la fe- terminan superando las diferencias conceptuales.

  Al final, Oriente y Occidente no discuten un hecho, sino un acento. Uno contempla el tránsito, el otro proclama la gloria. Uno pinta a la Madre dormida en manos del Hijo; el otro la eleva en luz. Pero en ambos casos la fe es la misma: la muerte no tiene la última palabra, la diferencia no es herejía ni ruptura, sino antropología y lenguaje.