Translate

Share buttons. Botones para compartir

martes, 12 de mayo de 2026

La calle San José de Puertollano: recuerdos de una infancia en los años sesenta

 

 Hay calles que cambian con el derribo de casas y la transformación de su fisonomía, pero continúan intactas en la memoria. En la calle San José de Puertollano nací y me crié, y quizá por eso sigo regresando tantas veces a aquel mundo de los años sesenta donde los olores, las voces y los pequeños gestos cotidianos parecían durar para siempre. Este recuerdo no habla solo de un barrio, sino también de una manera de vivir que hoy casi parece imposible.


 Puertollano era entonces una patria pequeña. Mi patria. Y estaba en la calle San José.

 No me apetece pensar en el futuro. El futuro siempre trae prisas, puertas cerradas y gente que ya no se conoce por el nombre. Yo quiero volver allí: a los años sesenta, cuando las casas compartían patio, las madres compartían conversación y los niños compartíamos la calle entera como si fuera nuestra.

  En mi calle estaba el colegio de niñas San José —hoy Gonzalo de Berceo— con su parvulario donde empezábamos a aprender el mundo antes siquiera de comprenderlo. Mis recuerdos son la leche en polvo, los primeros renglones torcidos y mi maestra, doña Patro, que aún sigue viviendo en algún rincón limpio de mi memoria.



 Estaba también el horno de la Gabriela, que olía desde lejos a tortas recién hechas y a magdalenas calientes. Aquel olor era un reloj. Uno sabía la hora sin mirar ninguna esfera. Bastaba respirar.

 Pasaba Antonio el panadero con su borriquilla, repartiendo el pan casa por casa como quien reparte una ceremonia humilde y sagrada. Y la leche llegaba en cántaras. Había que hervirla despacio mientras una nata espesa iba creciendo sobre el cazo y empañando los cristales de la cocina. Todo tenía entonces un tiempo humano: el pan, la leche, las conversaciones y hasta las tardes.

 La señora Sandalia vendía gaseosas La Casera y había que devolver el envase vacío, porque las cosas no nacían para tirarse. Tampoco las personas.

 En los patios y en la calle jugábamos todos: trompos, bolas, carreras, rodillas peladas, gritos de madre llamando desde la puerta y meriendas de pan con chocolate. Nadie hablaba de conciliación familiar porque las familias, sencillamente, convivían. La vida sucedía hacia afuera, entre vecinos, con las puertas medio abiertas y la confianza entera.

 Había alfarería, humo de hornos, vecinas tomando el fresco en sillas bajas y radios sonando bajito durante las noches de verano. Y había pobreza, claro que sí. Pero también una riqueza que hoy cuesta encontrar: la de sentirse parte de algo, la de saber que nunca estaba uno completamente solo.

  A veces pienso que uno envejece de verdad el día en que desaparece la calle donde fue feliz tal y como la recuerda.


 Y quizá por eso regreso tantas veces a aquella calle San José que ya no existe del todo, salvo en la memoria de quienes aún seguimos escuchando, muy al fondo, los pasos lentos de la borriquilla de Antonio al amanecer.

 Esta mañana, mientras desayunaba sin hambre y miraba distraídamente la luz gris entrando por la ventana, he mojado un rosquillo industrial en el café. Uno de esos rosquillos secos, demasiado dulces, fabricados quizá a cientos de kilómetros de cualquier infancia.

  Y entonces ha ocurrido.

 No sé si fue el olor tibio del café, el azúcar deshaciéndose lentamente o ese sabor antiguo y torpe del anís. Pero durante un instante ya no estaba aquí. He vuelto de golpe a la calle San José de mi niñez, a aquel Puertollano de los años sesenta donde el tiempo caminaba más despacio y las cosas parecían durar para siempre.

 La memoria tiene esas emboscadas.

 Uno cree que recuerda con la cabeza, pero no: recuerda con el paladar, con el olor de los hornos, con el vapor de la leche hirviendo, con el polvo de las aceras en verano y con las voces que llegaban desde los patios compartidos.

 Y he vuelto a verla entera.

 La calle.
 El colegio de niñas San José —hoy Gonzalo de Berceo—.
 La leche en polvo y doña Patro.
 El horno de la Gabriela oliendo a tortas calientes.
 Antonio el panadero llegando despacio con su borriquilla.

 Las gaseosas de la señora Sandalia esperando el retorno del casco vacío como si hasta los objetos tuvieran dignidad.

 Todo estaba allí otra vez, intacto y lejano.

 Tal vez lleve razón Milan Kundera: "El tiempo humano no da vueltas en redondo, sino que sigue una trayectoria recta. Ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir".

 Quizá la memoria no exista para devolvernos el pasado, sino para recordarnos quiénes fuimos cuando todavía la vida tenía patios compartidos, puertas abiertas y tiempo para mirar despacio. Y aunque aquella calle San José ya no exista del todo, seguirá viva mientras alguien conserve dentro el olor de las magdalenas calientes, el sonido lejano de una borriquilla al amanecer o la voz de una madre llamando desde la puerta al caer la tarde.

domingo, 10 de mayo de 2026

Entre flechas amarillas: Entre María Auxiliadora y la Asunción: la educació...

Entre flechas amarillas: Entre María Auxiliadora y la Asunción: la educació...: Basílica de María Auxiliadora de Turín  Durante buena parte del siglo XX, la educación religiosa en Puertollano quedó marcada por dos nombre...

Entre María Auxiliadora y la Asunción: la educación religiosa en Puertollano

Basílica de María Auxiliadora de Turín

 Durante buena parte del siglo XX, la educación religiosa en Puertollano quedó marcada por dos nombres propios que todavía hoy forman parte de la memoria colectiva de la ciudad: Salesianos y María Inmaculada. Más allá de su función educativa, ambos colegios terminaron convirtiéndose en pequeños universos sociales con identidades muy distintas y profundamente ligadas a la evolución urbana, industrial y humana de Puertollano.


  La historia de la educación en Puertollano no se puede entender sin dos instituciones que han moldeado la formación y el futuro laboral de sus ciudadanos durante décadas. Situados en dos puntos estratégicos de la ciudad, Salesianos y el Colegio María Inmaculada representan mucho más que aulas; son también centros de identidad local.

 Los dos centros presentan además un contraste interesante. Por un lado, Salesianos Puertollano representa el modelo salesiano clásico de Don Bosco: juventud, deporte, asociacionismo, barrio, parroquia y una vida comunitaria masculina que más tarde evolucionó hacia la coeducación. Se instaló oficialmente en nuestra ciudad en 1953 y construyó alrededor del colegio todo un ecosistema social y religioso: parroquia, scouts, centro juvenil, asociaciones y deporte.

 Por otro lado, el Colegio María Inmaculada tiene un origen más ligado a la educación femenina, la acción social y la presencia de las Hijas de la Caridad en el centro histórico, junto a la Plaza de la Asunción. Nació en los años cuarenta por petición directa de las familias.

  En cierto sentido, Salesianos dotó a la ciudad de una identidad obrera, juvenil y deportiva, además de contribuir a la formación de trabajadores cualificados para la industria local. María Inmaculada, por su parte, quedó más vinculado a una tradición académica y asistencial muy ligada al casco urbano tradicional.

 Ambos centros han sobrevivido a los cambios de Puertollano, al auge minero e industrial y a las transformaciones sociales de los años setenta y ochenta. Con la caída demográfica, también tuvieron que reinventarse. María Inmaculada pasó de ser exclusivamente femenino a mixto en 1987, mientras que Salesianos hizo lo propio manteniendo una identidad fácilmente reconocible.

 Yo no fui alumno de Salesianos ni del María Inmaculada, pero como muchos niños de Puertollano sí pasé parte de mi infancia dentro del universo salesiano. Los fines de semana acudíamos a la catequesis y antes de entrar era casi obligatorio pasar por los quioscos del Paseo para comprar regaliz y jobitos, aquel maíz frito que consumíamos entre clase y clase. Curiosamente, no comprábamos pipas; había una conciencia bastante asumida de que las instalaciones debían mantenerse limpias.

  Aunque en aquellos años la formación religiosa ya formaba parte obligatoria de la enseñanza escolar, muchos padres seguían queriendo que sus hijos acudieran a la catequesis salesiana. No era solo una cuestión religiosa. Allí socializábamos, hacíamos amigos y disfrutábamos de unas instalaciones —cine, pistas deportivas, piscina de verano— de las que muchos barrios y familias carecían entonces.

 Para muchos chavales de la ciudad, incluso sin estudiar allí, Salesianos terminó convirtiéndose también en un espacio de encuentro, ocio y convivencia.

 Con el paso del tiempo, aquel modelo de colegio casi autosuficiente fue cambiando junto a la propia ciudad. La secularización, la caída de población y las nuevas formas de ocio hicieron desaparecer parte de aquel mundo de catequesis masivas, cine de fin de semana y patios siempre llenos. Sin embargo, tanto Salesianos como María Inmaculada han conseguido mantener algo esencial de su carácter original.

 Salesianos continúa muy vinculado a la formación técnica y profesional, conservando esa mezcla de colegio, parroquia y espacio comunitario que durante décadas definió a buena parte de la juventud puertollanense. María Inmaculada, por su parte, mantiene una identidad más centrada en el acompañamiento educativo, la cercanía y la tradición académica heredada de las Hijas de la Caridad.

 Probablemente hoy ambos centros ya no ocupan en la ciudad el mismo lugar casi total que tuvieron durante buena parte del siglo XX. Pero siguen formando parte de la memoria colectiva de Puertollano. Basta mencionar cualquiera de los dos nombres para que aparezcan inmediatamente recuerdos, generaciones y maneras distintas de entender la educación.

 Porque, al final, durante décadas muchos vecinos crecieron —de una forma u otra— entre María Auxiliadora y la Asunción.

 También existía entonces una percepción bastante extendida entre muchas familias de Puertollano: Salesianos y María Inmaculada eran colegios especialmente adecuados para alumnos que no terminaban de adaptarse al modelo académico más competitivo de la época. Eran años en los que el sistema educativo todavía valoraba más la excelencia entendida como selección que la integración o el acompañamiento individual.

 En muchos casos, más que buscar expedientes brillantes, las familias buscaban entornos donde hubiese cercanía, disciplina, seguimiento personal y cierta sensación de comunidad. Y probablemente ahí ambos centros encontraron parte de su verdadera función social dentro de la ciudad.

  Con el tiempo, el propio concepto de educación fue cambiando. Hoy términos como inclusión, atención a la diversidad o acompañamiento emocional forman parte habitual del discurso educativo, algo mucho menos presente en aquellas décadas. Sin embargo, precisamente esa capacidad de cercanía personal —más visible en unos centros que en otros— explica en parte por qué Salesianos y María Inmaculada han conseguido mantener su espacio dentro de Puertollano hasta nuestros días.

 Hoy Puertollano es una ciudad muy distinta a la que vio crecer aquellas generaciones de patios llenos, catequesis multitudinarias y colegios casi autosuficientes. Sin embargo, Salesianos y María Inmaculada siguen ocupando un lugar reconocible dentro de la memoria sentimental de la ciudad.

 Quizá porque ambos representan dos maneras distintas —aunque complementarias— de entender la educación, la convivencia y el papel social de la escuela en una ciudad obrera e industrial.

 Metafóricamente, durante décadas, buena parte de la comunidad escolar de Puertollano creció entre dos campanas: la de María Auxiliadora y la de la Asunción.