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domingo, 10 de mayo de 2026

Entre María Auxiliadora y la Asunción: la educación religiosa en Puertollano

Basílica de María Auxiliadora de Turín

 Durante buena parte del siglo XX, la educación religiosa en Puertollano quedó marcada por dos nombres propios que todavía hoy forman parte de la memoria colectiva de la ciudad: Salesianos y María Inmaculada. Más allá de su función educativa, ambos colegios terminaron convirtiéndose en pequeños universos sociales con identidades muy distintas y profundamente ligadas a la evolución urbana, industrial y humana de Puertollano.


  La historia de la educación en Puertollano no se puede entender sin dos instituciones que han moldeado la formación y el futuro laboral de sus ciudadanos durante décadas. Situados en dos puntos estratégicos de la ciudad, Salesianos y el Colegio María Inmaculada representan mucho más que aulas; son también centros de identidad local.

 Los dos centros presentan además un contraste interesante. Por un lado, Salesianos Puertollano representa el modelo salesiano clásico de Don Bosco: juventud, deporte, asociacionismo, barrio, parroquia y una vida comunitaria masculina que más tarde evolucionó hacia la coeducación. Se instaló oficialmente en nuestra ciudad en 1953 y construyó alrededor del colegio todo un ecosistema social y religioso: parroquia, scouts, centro juvenil, asociaciones y deporte.

 Por otro lado, el Colegio María Inmaculada tiene un origen más ligado a la educación femenina, la acción social y la presencia de las Hijas de la Caridad en el centro histórico, junto a la Plaza de la Asunción. Nació en los años cuarenta por petición directa de las familias.

  En cierto sentido, Salesianos dotó a la ciudad de una identidad obrera, juvenil y deportiva, además de contribuir a la formación de trabajadores cualificados para la industria local. María Inmaculada, por su parte, quedó más vinculado a una tradición académica y asistencial muy ligada al casco urbano tradicional.

 Ambos centros han sobrevivido a los cambios de Puertollano, al auge minero e industrial y a las transformaciones sociales de los años setenta y ochenta. Con la caída demográfica, también tuvieron que reinventarse. María Inmaculada pasó de ser exclusivamente femenino a mixto en 1987, mientras que Salesianos hizo lo propio manteniendo una identidad fácilmente reconocible.

 Yo no fui alumno de Salesianos ni del María Inmaculada, pero como muchos niños de Puertollano sí pasé parte de mi infancia dentro del universo salesiano. Los fines de semana acudíamos a la catequesis y antes de entrar era casi obligatorio pasar por los quioscos del Paseo para comprar regaliz y jobitos, aquel maíz frito que consumíamos entre clase y clase. Curiosamente, no comprábamos pipas; había una conciencia bastante asumida de que las instalaciones debían mantenerse limpias.

  Aunque en aquellos años la formación religiosa ya formaba parte obligatoria de la enseñanza escolar, muchos padres seguían queriendo que sus hijos acudieran a la catequesis salesiana. No era solo una cuestión religiosa. Allí socializábamos, hacíamos amigos y disfrutábamos de unas instalaciones —cine, pistas deportivas, piscina de verano— de las que muchos barrios y familias carecían entonces.

 Para muchos chavales de la ciudad, incluso sin estudiar allí, Salesianos terminó convirtiéndose también en un espacio de encuentro, ocio y convivencia.

 Con el paso del tiempo, aquel modelo de colegio casi autosuficiente fue cambiando junto a la propia ciudad. La secularización, la caída de población y las nuevas formas de ocio hicieron desaparecer parte de aquel mundo de catequesis masivas, cine de fin de semana y patios siempre llenos. Sin embargo, tanto Salesianos como María Inmaculada han conseguido mantener algo esencial de su carácter original.

 Salesianos continúa muy vinculado a la formación técnica y profesional, conservando esa mezcla de colegio, parroquia y espacio comunitario que durante décadas definió a buena parte de la juventud puertollanense. María Inmaculada, por su parte, mantiene una identidad más centrada en el acompañamiento educativo, la cercanía y la tradición académica heredada de las Hijas de la Caridad.

 Probablemente hoy ambos centros ya no ocupan en la ciudad el mismo lugar casi total que tuvieron durante buena parte del siglo XX. Pero siguen formando parte de la memoria colectiva de Puertollano. Basta mencionar cualquiera de los dos nombres para que aparezcan inmediatamente recuerdos, generaciones y maneras distintas de entender la educación.

 Porque, al final, durante décadas muchos vecinos crecieron —de una forma u otra— entre María Auxiliadora y la Asunción.

 También existía entonces una percepción bastante extendida entre muchas familias de Puertollano: Salesianos y María Inmaculada eran colegios especialmente adecuados para alumnos que no terminaban de adaptarse al modelo académico más competitivo de la época. Eran años en los que el sistema educativo todavía valoraba más la excelencia entendida como selección que la integración o el acompañamiento individual.

 En muchos casos, más que buscar expedientes brillantes, las familias buscaban entornos donde hubiese cercanía, disciplina, seguimiento personal y cierta sensación de comunidad. Y probablemente ahí ambos centros encontraron parte de su verdadera función social dentro de la ciudad.

  Con el tiempo, el propio concepto de educación fue cambiando. Hoy términos como inclusión, atención a la diversidad o acompañamiento emocional forman parte habitual del discurso educativo, algo mucho menos presente en aquellas décadas. Sin embargo, precisamente esa capacidad de cercanía personal —más visible en unos centros que en otros— explica en parte por qué Salesianos y María Inmaculada han conseguido mantener su espacio dentro de Puertollano hasta nuestros días.

 Hoy Puertollano es una ciudad muy distinta a la que vio crecer aquellas generaciones de patios llenos, catequesis multitudinarias y colegios casi autosuficientes. Sin embargo, Salesianos y María Inmaculada siguen ocupando un lugar reconocible dentro de la memoria sentimental de la ciudad.

 Quizá porque ambos representan dos maneras distintas —aunque complementarias— de entender la educación, la convivencia y el papel social de la escuela en una ciudad obrera e industrial.

 Metafóricamente, durante décadas, buena parte de la comunidad escolar de Puertollano creció entre dos campanas: la de María Auxiliadora y la de la Asunción.




lunes, 4 de mayo de 2026

Entre flechas amarillas: David Jiménez Avendaño y don Carlos: maestros en P...

Entre flechas amarillas: David Jiménez Avendaño y don Carlos: maestros en P...:     Hay nombres que no se quedan en la historia, sino en la memoria. Nombres que, al evocarlos, traen consigo no solo un tiempo, sino una fo...

David Jiménez Avendaño y don Carlos: maestros en Puertollano y vocación docente

 


  Hay nombres que no se quedan en la historia, sino en la memoria. Nombres que, al evocarlos, traen consigo no solo un tiempo, sino una forma de entender el mundo. En la escuela de tiza, pupitres y mapas colgados, algunos maestros no solo enseñaron lecciones: encarnaron una manera de ejercer la vocación. Este es el recuerdo de dos de ellos.

 Hubo un tiempo en que la escuela olía a tiza, a cuadernos recién abiertos y a madera gastada de pupitre. Un tiempo de tarima elevada y de mapas colgados con chinchetas, en el que aprender podía ser, casi sin darnos cuenta, una forma de asombro. En ese escenario se dibuja la figura de David Jiménez Avendaño, maestro en Puertollano y, para muchos de sus alumnos, algo más que un docente: una presencia firme, cercana y profundamente humana.

 Quienes pasaron por su aula recuerdan no solo lo que enseñaba, sino cómo lo hacía. La memoria ejercitada con la cadencia de los reyes godos o las tribus de Israel; la ausencia de castigo como norma; el refuerzo amable, casi ceremonial, de una bolita de caramelo como premio al acierto. En una época distinta, de métodos más rígidos, su manera de enseñar abría una grieta luminosa por la que se colaban la motivación, la curiosidad y el respeto.

  Maestro comprometido, bibliotecario de su ciudad y reconocido con la Orden de Alfonso X el Sabio, su legado no se limita a los títulos ni a los honores. Permanece, sobre todo, en la memoria de quienes aprendieron a su lado y en el hecho simbólico —pero profundamente significativo— de que hoy un colegio de Puertollano lleve su nombre.

 Hablar de David Jiménez Avendaño es, en el fondo, hablar de una forma de entender la enseñanza: la que deja huella. Recordarlo  no es solo un ejercicio de nostalgia, sino también una forma de pensar qué significa, en el fondo, ejercer una profesión. En ese sentido, su figura dialoga de manera inesperada con la reflexión de Max Weber sobre la ética de las profesiones y la idea de vocación.

  Para Weber, toda actividad ejercida con autenticidad se sostiene en una tensión entre la responsabilidad y la convicción: entre hacer lo que uno cree justo y asumir las consecuencias de ese hacer en el mundo real. En el aula de Puertollano, esa tensión no se resolvía en discursos, sino en gestos concretos. La renuncia al castigo, la apuesta por el refuerzo positivo, la paciencia al repetir una lección hasta que prendiera en la memoria del alumno… eran formas silenciosas de responsabilidad. No se trataba solo de transmitir contenidos, sino de modelar una relación con el conocimiento y con los demás.

 Su manera de enseñar parecía responder a esa idea weberiana de la vocación como entrega sostenida, lejos del exhibicionismo y de la recompensa inmediata. La bolita de caramelo, humilde y casi simbólica, no era tanto un premio como un reconocimiento: la constatación de que el aprendizaje podía ser celebrado, de que el esfuerzo tenía sentido.

  Así, en la aparente sencillez de aquella escuela de tiza y pizarra, se desplegaba una ética profesional profunda. Una ética que no necesitaba ser nombrada para existir, pero que hoy, a la luz de Weber, puede entenderse como una forma de coherencia entre lo que se cree y lo que se hace. Y quizá por eso su huella perdura: porque fue, ante todo, un maestro que vivió su oficio como una vocación.

 David Jiménez Avendaño nació en Ajofrín (Toledo) el 29 de diciembre de 1.901. Llegó a nuestra ciudad en 1.933 y casi toda su etapa profesional la desarrolló en el Colegio Nacional Ramón y Cajal (antes Ave María). Murió en Puertollano el 18 de noviembre de 1.979, Fue docente comprometido con la sociedad y el fomento de la cultura y de la lectura. Organizó la pequeña biblioteca de los bajos de la Concha de la Música en el Paseo de San Gregorio, y en 1.953 se le nombró primer bibliotecario con la creación de la Biblioteca Municipal en las instalaciones de la calle Aduana. Por su entrega absoluta a la educación y la cultura, el Estado le concedió la Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio en 1.965 coincidiendo con el día del maestro.

 En sus últimos años de vida laboral, tuve la suerte de ser su alumno, todavía bajo el antiguo plan de estudios. Poco después, con mi promoción, llegaría la implantación de la EGB en el curso 1971-72, y con ella un relevo generacional en el claustro del colegio Ramón y Cajal.

  Aquellos nuevos maestros —que, significativamente, no gustaban de la etiqueta de “profesores”— encarnaban otra manera de estar en el aula. Habían sido formados en un contexto distinto, más atento a la pedagogía, a los métodos, a la organización de la enseñanza como sistema. La escuela empezaba a cambiar de tono: de la autoridad casi artesanal del maestro se pasaba, poco a poco, a una práctica más estructurada y colectiva.

  Y, sin embargo, el cambio no fue una ruptura. Bajo formas diferentes, persistía una misma conciencia del oficio, una misma responsabilidad hacia el alumno. La huella de maestros como don David no desaparecía: se transformaba.

 En ese nuevo escenario emergió la figura de don Carlos, uno de aquellos maestros que entendieron la enseñanza como parte de un tiempo que estaba cambiando. No era solo un relevo generacional, sino también una manera distinta de situarse ante la escuela y ante la vida.

 Don Carlos no se reconocía en los viejos métodos. Había en su forma de estar en el aula una voluntad clara de hacer las cosas de otro modo: más abierta, más dialogante, más acorde con el clima de cambio político y social que empezaba a respirarse en el país. La enseñanza dejaba de ser únicamente transmisión para convertirse también en conversación, en el despertar de una mirada propia.

 Recuerdo, en ese sentido, una propuesta que nos hizo y que, con los años, ha ido cobrando un significado especial. Nos pidió que escribiéramos sobre cómo nos gustaría que fuera la España futura. No era un ejercicio más. En un tiempo en el que aún muchas cosas no podían decirse en voz alta, aquella invitación abría un espacio inesperado: el de pensar, imaginar y, de algún modo, tomar posición.

  A través de gestos como aquel, don Carlos nos enseñaba algo que iba más allá de los contenidos. Nos estaba dando permiso —quizá sin decirlo— para mirar el mundo con criterio propio.

  Con los años, esa manera de entender su oficio fue más allá del aula. Para el grupo de antiguos alumnos del Colegio Ramón y Cajal —los de la promoción 1974-75— don Carlos terminó siendo algo más que un maestro: nuestra referencia sostenida en el tiempo, nuestro tutor en el sentido más amplio de la palabra.

  Quizá por eso, al volver la vista atrás, no recordamos solo lo que aprendimos, sino la forma en que nos enseñaron a estar en el mundo. Y ahí, en ese territorio invisible donde la enseñanza se convierte en huella, es donde perduran los verdaderos maestros. Porque la vocación —cuando lo es de verdad— no termina en el aula: continúa, silenciosa, en la vida de los otros.