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lunes, 4 de mayo de 2026

David Jiménez Avendaño y don Carlos: maestros en Puertollano y vocación docente

 


  Hay nombres que no se quedan en la historia, sino en la memoria. Nombres que, al evocarlos, traen consigo no solo un tiempo, sino una forma de entender el mundo. En la escuela de tiza, pupitres y mapas colgados, algunos maestros no solo enseñaron lecciones: encarnaron una manera de ejercer la vocación. Este es el recuerdo de dos de ellos.

 Hubo un tiempo en que la escuela olía a tiza, a cuadernos recién abiertos y a madera gastada de pupitre. Un tiempo de tarima elevada y de mapas colgados con chinchetas, en el que aprender podía ser, casi sin darnos cuenta, una forma de asombro. En ese escenario se dibuja la figura de David Jiménez Avendaño, maestro en Puertollano y, para muchos de sus alumnos, algo más que un docente: una presencia firme, cercana y profundamente humana.

 Quienes pasaron por su aula recuerdan no solo lo que enseñaba, sino cómo lo hacía. La memoria ejercitada con la cadencia de los reyes godos o las tribus de Israel; la ausencia de castigo como norma; el refuerzo amable, casi ceremonial, de una bolita de caramelo como premio al acierto. En una época distinta, de métodos más rígidos, su manera de enseñar abría una grieta luminosa por la que se colaban la motivación, la curiosidad y el respeto.

  Maestro comprometido, bibliotecario de su ciudad y reconocido con la Orden de Alfonso X el Sabio, su legado no se limita a los títulos ni a los honores. Permanece, sobre todo, en la memoria de quienes aprendieron a su lado y en el hecho simbólico —pero profundamente significativo— de que hoy un colegio de Puertollano lleve su nombre.

 Hablar de David Jiménez Avendaño es, en el fondo, hablar de una forma de entender la enseñanza: la que deja huella. Recordarlo  no es solo un ejercicio de nostalgia, sino también una forma de pensar qué significa, en el fondo, ejercer una profesión. En ese sentido, su figura dialoga de manera inesperada con la reflexión de Max Weber sobre la ética de las profesiones y la idea de vocación.

  Para Weber, toda actividad ejercida con autenticidad se sostiene en una tensión entre la responsabilidad y la convicción: entre hacer lo que uno cree justo y asumir las consecuencias de ese hacer en el mundo real. En el aula de Puertollano, esa tensión no se resolvía en discursos, sino en gestos concretos. La renuncia al castigo, la apuesta por el refuerzo positivo, la paciencia al repetir una lección hasta que prendiera en la memoria del alumno… eran formas silenciosas de responsabilidad. No se trataba solo de transmitir contenidos, sino de modelar una relación con el conocimiento y con los demás.

 Su manera de enseñar parecía responder a esa idea weberiana de la vocación como entrega sostenida, lejos del exhibicionismo y de la recompensa inmediata. La bolita de caramelo, humilde y casi simbólica, no era tanto un premio como un reconocimiento: la constatación de que el aprendizaje podía ser celebrado, de que el esfuerzo tenía sentido.

  Así, en la aparente sencillez de aquella escuela de tiza y pizarra, se desplegaba una ética profesional profunda. Una ética que no necesitaba ser nombrada para existir, pero que hoy, a la luz de Weber, puede entenderse como una forma de coherencia entre lo que se cree y lo que se hace. Y quizá por eso su huella perdura: porque fue, ante todo, un maestro que vivió su oficio como una vocación.

 David Jiménez Avendaño nació en Ajofrín (Toledo) el 29 de diciembre de 1.901. Llegó a nuestra ciudad en 1.933 y casi toda su etapa profesional la desarrolló en el Colegio Nacional Ramón y Cajal (antes Ave María). Murió en Puertollano el 18 de noviembre de 1.979, Fue docente comprometido con la sociedad y el fomento de la cultura y de la lectura. Organizó la pequeña biblioteca de los bajos de la Concha de la Música en el Paseo de San Gregorio, y en 1.953 se le nombró primer bibliotecario con la creación de la Biblioteca Municipal en las instalaciones de la calle Aduana. Por su entrega absoluta a la educación y la cultura, el Estado le concedió la Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio en 1.965 coincidiendo con el día del maestro.

 En sus últimos años de vida laboral, tuve la suerte de ser su alumno, todavía bajo el antiguo plan de estudios. Poco después, con mi promoción, llegaría la implantación de la EGB en el curso 1971-72, y con ella un relevo generacional en el claustro del colegio Ramón y Cajal.

  Aquellos nuevos maestros —que, significativamente, no gustaban de la etiqueta de “profesores”— encarnaban otra manera de estar en el aula. Habían sido formados en un contexto distinto, más atento a la pedagogía, a los métodos, a la organización de la enseñanza como sistema. La escuela empezaba a cambiar de tono: de la autoridad casi artesanal del maestro se pasaba, poco a poco, a una práctica más estructurada y colectiva.

  Y, sin embargo, el cambio no fue una ruptura. Bajo formas diferentes, persistía una misma conciencia del oficio, una misma responsabilidad hacia el alumno. La huella de maestros como don David no desaparecía: se transformaba.

 En ese nuevo escenario emergió la figura de don Carlos, uno de aquellos maestros que entendieron la enseñanza como parte de un tiempo que estaba cambiando. No era solo un relevo generacional, sino también una manera distinta de situarse ante la escuela y ante la vida.

 Don Carlos no se reconocía en los viejos métodos. Había en su forma de estar en el aula una voluntad clara de hacer las cosas de otro modo: más abierta, más dialogante, más acorde con el clima de cambio político y social que empezaba a respirarse en el país. La enseñanza dejaba de ser únicamente transmisión para convertirse también en conversación, en el despertar de una mirada propia.

 Recuerdo, en ese sentido, una propuesta que nos hizo y que, con los años, ha ido cobrando un significado especial. Nos pidió que escribiéramos sobre cómo nos gustaría que fuera la España futura. No era un ejercicio más. En un tiempo en el que aún muchas cosas no podían decirse en voz alta, aquella invitación abría un espacio inesperado: el de pensar, imaginar y, de algún modo, tomar posición.

  A través de gestos como aquel, don Carlos nos enseñaba algo que iba más allá de los contenidos. Nos estaba dando permiso —quizá sin decirlo— para mirar el mundo con criterio propio.

  Con los años, esa manera de entender su oficio fue más allá del aula. Para el grupo de antiguos alumnos del Colegio Ramón y Cajal —los de la promoción 1974-75— don Carlos terminó siendo algo más que un maestro: nuestra referencia sostenida en el tiempo, nuestro tutor en el sentido más amplio de la palabra.

  Quizá por eso, al volver la vista atrás, no recordamos solo lo que aprendimos, sino la forma en que nos enseñaron a estar en el mundo. Y ahí, en ese territorio invisible donde la enseñanza se convierte en huella, es donde perduran los verdaderos maestros. Porque la vocación —cuando lo es de verdad— no termina en el aula: continúa, silenciosa, en la vida de los otros.



sábado, 2 de mayo de 2026

Entre flechas amarillas: Entre el silencio y la memoria: masonería y comuni...

Entre flechas amarillas: Entre el silencio y la memoria: masonería y comuni...: Fachada Iglesia 1.930. Fuente Iglesia Evangélica de Puertollano   Puertollano no solo se forjó al calor de la minería y la industria. En par...

Entre el silencio y la memoria: masonería y comunidad evangélica en Puertollano

Fachada Iglesia 1.930. Fuente Iglesia Evangélica de Puertollano

  Puertollano no solo se forjó al calor de la minería y la industria. En paralelo a su crecimiento, se desarrollaron formas de sociabilidad, creencias y redes que influyeron en la vida de la ciudad de maneras muy distintas.

  Algunas de ellas dejaron huellas visibles que han llegado hasta hoy. Otras, en cambio, apenas pueden rastrearse entre silencios, archivos fragmentarios y memorias difusas. Este recorrido se sitúa precisamente en ese contraste: entre lo que permanece y lo que se desvanece.

  A finales del siglo XIX, Puertollano experimentó un proceso de transformación ligado al desarrollo minero e industrial que alteró no solo su economía, sino también su tejido social. En ese contexto de cambio, diversas corrientes ideológicas, culturales y religiosas encontraron espacio —con mayor o menor visibilidad— en la vida local. Algunas de ellas, como la iglesia evangélica, dejaron una huella material y una memoria reconocible que ha llegado hasta nuestros días. Otras, como la masonería, apenas se perciben en el paisaje urbano y solo pueden rastrearse a través de documentación fragmentaria conservada en archivos.

  El contraste entre ambas realidades permite aproximarse a una cuestión más amplia: la forma en que determinadas expresiones de sociabilidad y pensamiento participaron en la construcción de la ciudad, así como los distintos destinos de su memoria. Mientras unas pervivieron en forma de comunidad y presencia física, otras quedaron diluidas, en parte por la propia naturaleza de sus prácticas y en parte por los procesos históricos que condujeron a su desaparición o silenciamiento.

  En el siglo XIX existieron al menos 16 logias y un triángulo en la provincia de Ciudad Real, con actividad confirmada en localidades como Almagro, Manzanares, Valdepeñas o la capital. Lo que pudiera haberse dado en Puertollano quedó, en todo caso, fuera de foco y, posteriormente, absorbido por procesos de incautación y centralización documental. Aun así, el contexto resulta significativo: una ciudad en expansión, con llegada de técnicos y obreros cualificados, y una sociabilidad obrera y republicana que funcionaba como red de intercambio y apoyo.

  El socialismo temprano, los ateneos y las sociedades de socorro mutuo se entrelazaban con esas dinámicas, configurando un tejido en el que la masonería difícilmente aparecería de forma aislada. Más bien se integraba, se solapaba o se diluía en otras formas de organización. Figuras como la de Antonio Rivilla apuntan, precisamente, a la existencia de ese entramado.

  Sin embargo, todo ello plantea un límite difícil de franquear: el de una presencia que, de haber existido, no dejó una huella clara en la ciudad. La discreción inherente a estas prácticas, unida a los procesos posteriores de represión y olvido, contribuyó a que su rastro se diluyera hasta volverse casi indistinguible.

  Frente a esa disolución, cabe preguntarse qué ocurre cuando una forma de disidencia logra sostenerse de otro modo: no en el secreto ni en los archivos, sino en la continuidad de la vida cotidiana.

  Es ahí donde aparece otra realidad distinta. En el mismo contexto de transformación social, la iglesia evangélica fue configurando en Puertollano un espacio de encuentro que no solo sobrevivió al paso del tiempo, sino que dejó una huella reconocible, no tanto en los edificios como en las personas.

 Si la masonería se intuye más de lo que se puede demostrar, la comunidad evangélica ofrece el recorrido inverso: una presencia que no siempre ocupó el centro, pero que ha persistido a través de vínculos, prácticas compartidas y biografías concretas. Entre ellas, la de don Salvador González.

  La presencia protestante en Puertollano es una de las más antiguas y consolidadas de la provincia, con su enclave histórico en la calle Ancha. Llegó, como tantas otras cosas en la ciudad, en tren: a comienzos del siglo XX, entre los mineros procedentes de Santa Elena y La Carolina. Los hermanos Avellaneda, Alfonsa y Juan José, abrieron sus casas a quienes querían escuchar la Palabra, dando forma a un primer núcleo que crecería con el tiempo.

  Cuando aquel espacio se quedó pequeño, la comunidad se trasladó primero al Paseo de San Gregorio y, en 1924, adquirió el edificio de la calle Ancha con ayuda de una misión inglesa (la Glynn Vivian Miners Mission).  Tres años más tarde, en 1927, se hizo cargo de la comunidad don Salvador: maestro y colportor, figura discreta y constante. Parte del edificio se habilitó como escuela, y aún hoy persiste el recuerdo de quienes pasaron por sus aulas. En mi propia familia, mi tío Agustín lo evocaba como una presencia cercana.

  Tras la Guerra Civil llegaron la represión, la prisión y el destierro. Se le prohibió ejercer como maestro, pero continuó haciéndolo de forma clandestina. Su figura se fue definiendo no solo por lo que construía, sino también por aquello a lo que se enfrentaba.

  Tuvo enfrente al arcipreste don José María. Y quizá esa oposición explique, en parte, la nitidez de su recuerdo. Según testimonios de quienes vivieron aquel tiempo, el conflicto alcanzó tal dimensión que fue necesaria la intervención de la embajada inglesa, que solicitó amparo ante el gobierno.

  No era solo un enfrentamiento personal. En él se cruzaban dos formas de entender la autoridad, la fe y la propia comunidad. Una más institucional, otra más arraigada en la práctica cotidiana; una con respaldo estructural, otra sostenida desde la persistencia.

  Don Salvador permaneció como pastor evangélico hasta 1.970. Su legado no se mide tanto en documentos como en la memoria compartida de quienes lo conocieron o heredaron su influencia.

  Y es ahí donde el contraste inicial cobra todo su sentido. Donde otras formas de disidencia quedaron diluidas o apenas intuibles, la comunidad evangélica encontró una manera de permanecer: no en el archivo, sino en la vida de la ciudad.

  Tal vez toda ciudad sea también el resultado de esa tensión: entre lo que logra mantenerse y aquello que se pierde con el tiempo.

 En Puertollano, esa diferencia no solo habla de ideologías o creencias, sino de las formas en que una comunidad consigue perdurar. Porque, en última instancia, lo que permanece no siempre es lo más visible, sino aquello que encuentra la manera de seguir viviendo en las personas.