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lunes, 20 de abril de 2026

Puertollano: la excelencia silenciosa del comercio que perdura


  En tiempos de inmediatez y consumo fugaz, el pequeño comercio tradicional emerge como un ejemplo discreto pero poderoso de excelencia. Lejos de grandes discursos empresariales, estas tiendas han sabido mantenerse vivas gracias a algo más profundo: la confianza, la cercanía y una identidad que resiste el paso del tiempo. En Puertollano, ese legado no solo se conserva, se vive.

  En un mundo donde lo efímero parece imponerse, hablar de excelencia en las organizaciones adquiere un matiz distinto cuando miramos al pequeño comercio tradicional. Más allá de indicadores financieros o estrategias de crecimiento acelerado, la verdadera excelencia —como apuntaba Tom Peters— reside en la capacidad de una organización para perdurar, adaptarse y mantener su esencia sin perder su propósito. (Vid.)

  Aplicada al comercio de proximidad, esta idea cobra una fuerza especial. Las tiendas que han pasado de generación en generación en Puertollano, no solo han sobrevivido a cambios económicos, tecnológicos y sociales; han sabido reinterpretarse sin romper el hilo invisible que las une a su origen. Su excelencia no se mide únicamente en términos de rentabilidad, sino en la confianza construida con sus clientes, en el conocimiento transmitido de padres a hijos y en la identidad que aportan al tejido urbano.

  En Puertollano, estas pequeñas organizaciones familiares son mucho más que negocios: son custodios de historias, hábitos y relaciones. Su continuidad no es casualidad, sino el resultado de una forma de entender el trabajo donde la calidad, la cercanía y el compromiso se convierten en una filosofía que trasciende generaciones.

  "Solo podemos dar una opinión realmente imparcial cuando se trata de cosas que no nos interesan y ésta es, sin duda, la razón de que la opinión imparcial carezca completamente de valor". -Óscar Wilde-

  No hay mirada neutra cuando uno escribe sobre lo que le importa, y este es el caso porque esta entrada está cargada de emoción y amistad. Este texto nace, precisamente, desde la implicación: desde la admiración por esos comercios que han resistido el paso del tiempo en Puertollano, que han visto cambiar generaciones enteras sin bajar la persiana. Hablar de ellos no es un ejercicio de distancia, sino de cercanía.

  Porque si la excelencia —en el sentido más profundo que plantean las teorías organizativas— tiene que ver con la permanencia, con la coherencia y con la capacidad de seguir siendo relevantes sin traicionar el origen, entonces el pequeño comercio tradicional merece ser contado desde dentro, desde la emoción y el respeto.

  Empiezo por un pequeño repaso de esa relación de comercio tradicional: La Perla fundada en 1953 y ubicada en la calle Aduana; La Casetilla, tuvo su primer local en la calle Calzada, hoy está en la calle Cruces, las heladerías Morán y Romero, la floristería Díaz que tuvo su primer local en la calle Talavera Alta y hoy tiene el local en la calle Aduana y la droguería Espinosa que inició su actividad en la calle Córdoba y hoy se encuentra en la calle Aduana. Además, en esta lista, hay que incluir a la joyería García de la calle Aduana, los calzados Menasalvas, con dos tiendas, una en la calle Vélez y otra en el Paseo de San Gregorio, y el estudio fotográfico que fundó en los sesenta Antonio Sánchez Romero y que hoy mantiene su hijo Antonio en el Paseo de San Gregorio esquina calle Benéfica.

  Me voy a centrar en las tiendas de ultramarinos de Colado, en la de confecciones Sixto y en la de Viuda de Sánchez. Cada una de ellas nos ha acompañado en distintas etapas de la vida y de generaciones de puertollaneros. Si la vida es como el Camino de Santiago, que se hace por etapas y son etapas de tu vida, la tienda de Colado nos lleva a las generaciones que peinan canas, a la infancia, a lo cercano, al ultramarino envuelto en papel que olía antes de abrirse, y a su inconfundible acera llena de cubas de sardinas en salazón. La tienda de Sixto marcaba -y marca- un rito de paso en los eventos de nuestras vidas, el del primer traje bueno para nuestro día de la boda. Y la tienda Viuda de Sánchez nos lleva a ese tiempo sin whatspp ni fotografía digital, al revelado expectante de esos rollos de películas de 12, 24 y 36 que en cada viaje administrabas tanto como los escasos recursos económicos de los que disponíamos. Los paisajes y selfies tenían que esperar a que el laboratorio de Kodak los revelara y los recogieras en papel en la tienda. Era como abrir esa carta de amor, todo una sopresa...

  Ultramarinos Colado lo funda Balbina en 1.940, en lenguaje político actual, hablaríamos de mujer empoderada. Su primera ubicación fue en la calle Ave María y posteriormente, a la empresa, se unió su marido Felipe, cambiando el local a la calle Soledad. Continuó la tradición Valentín, siguieron la saga su hijo Pedro y  su viuda Carmen. Hoy la biznieta Sofía mantiene la esencia pero con otro colorido, decoración y organización, entrar en su tienda es como ver la película de Chocolat y dejarte llevar por el olor a pimentón, y a los  mejores embutidos, pastas, y especias, todo un lujo gourmet.

  Confecciones Sixto lo funda Sixto Ruiz Mohedano en 1.976, conocía bien el oficio porque había trabajado en La Perla. Siguió la tradición su hijo Pedro Sixto, y la continuidad está asegurada por la nieta, María Ruiz Mora. Es la tienda del rito de paso de los puertollaneros que se van a casar. El traje de caballero es su seña de identidad y su escaparate es uno de los mejores -el mejor sin duda- de la calle Aduana.

 Gabriel Sánchez Romero funda Viuda de Sánchez en 1.958 en el Paseo de San Gregorio, y en 1.967 su viuda se hace cargo del establecimiento. Fue tienda de fotografía, laboratorio fotográfico en blanco y negro, regalos, artículos de fumador, pequeños electrodomésticos y estanco. Hoy el nieto Gabriel Sánchez Duque continúa la tradición familiar con la venta de complementos de regalo.

  La fotografía en rollo revelada por Kodak, acompañaba como el zumbido al moscardón, a la tienda Viuda de Sánchez y representaba algo casi mágico: capturar momentos sin verlos al instante. Cada carrete era un pequeño acto de fe. Disparabas sin certeza absoluta, confiando en la luz, en el pulso y en el ojo. Luego venía la espera, a veces de días, hasta llevar el rollo a revelar y descubrir qué había salido bien… y qué no.

  Ese proceso hacía que cada imagen tuviera más peso. No había miles de fotos ni posibilidad de borrar: cada disparo contaba. Las fotos reveladas eran objetos físicos, recuerdos tangibles que se guardaban en cajas o álbumes y se compartían en familia. Más que un simple registro, la fotografía en rollo era una forma de detener el tiempo con intención, donde la sorpresa final formaba parte esencial de la experiencia. Cada día, la saca de Kodak se facturaba en Renfe, era como ese petate de la mili, y en él se custodiaban los recuerdos de la vida cotidiana, eventos y viajes. La tienda mantiene como elemento vintage el cartel luminoso de la otrora poderosa Kodak.

  Viuda de Sánchez fue también pionera en la venta de películas en Super 8, que fue el puente con el vídeo doméstico... ¡Cuántas historias viendo aquéllas películas en la tienda!

  Quizá la verdadera excelencia no esté en crecer sin límite, sino en permanecer con sentido. En seguir levantando la persiana cada día con el mismo compromiso, en conocer a quien entra por la puerta y en formar parte de su historia sin hacer ruido.

  Porque estos comercios no solo venden productos: sostienen recuerdos, acompañan etapas y dan forma a la memoria colectiva de una ciudad. Y mientras sigan ahí —adaptándose sin dejar de ser— Puertollano conservará algo que no se puede replicar ni digitalizar: su alma.

  P. D.: Esta entrada podrá actualizarse en el futuro para incorporar nuevas tiendas de comercio tradicional conforme vaya teniendo constancia de más establecimientos de este tipo.




martes, 14 de abril de 2026

Entre flechas amarillas: Salones recreativos y Hogar de la OJE en Puertolla...

Entre flechas amarillas: Salones recreativos y Hogar de la OJE en Puertolla...:     En el Puertollano de los años sesenta y setenta, en una España todavía contenida pero ya en movimiento, hubo espacios humildes donde, si...

Salones recreativos y Hogar de la OJE en Puertollano: amistad, memoria y el germen de la Transición

 


  En el Puertollano de los años sesenta y setenta, en una España todavía contenida pero ya en movimiento, hubo espacios humildes donde, sin darnos cuenta, empezábamos a vivir de otra manera. Entre salones recreativos y las estancias del Hogar de la OJE, se fue tejiendo una forma de convivencia que no figuraba en ningún programa oficial: una educación sentimental hecha de juegos, música, complicidades y descubrimientos compartidos. Aquellos lugares, aparentemente menores, fueron en realidad escenarios donde se ensayaba una libertad discreta y donde la amistad —la verdadera, la que se construye en el trato cotidiano— comenzaba a tomar forma.

Colegio Ramón y Cajal. Fuente Portus Planus

  En el Puertollano de los años sesenta y setenta, cuando el país aún caminaba con paso vigilado hacia el final de una época, hubo lugares discretos donde empezábamos, casi sin saberlo, a ensayar la libertad. Los salones recreativos no eran solo refugio del tedio ni excusa para escapar del colegio en aquellas mañanas de hacer toros -absentismo escolar-; eran también territorio propio, un espacio donde mezclábamos edades, descubríamos códigos y aprendíamos a estar con los otros sin demasiadas consignas.

 El Hogar de la OJE de la calle Benéfica, pensado para formar según los moldes del régimen, acabó siendo para muchos de nosotros un lugar ambiguo y fértil: un refugio inesperado donde crecer a nuestra manera. Allí aprendimos a jugar al ajedrez, veíamos películas mudas de El Gordo y El Flaco en la pequeña sala de cine, y en sus salas improvisadas como pequeñas discotecas, los guateques trajeron algo más que música: dieron a las chicas un espacio propio y a todos nosotros la posibilidad de mirarnos de otra forma, menos vigilada, más libre. Nuestra formación primaria estaba diferenciada por sexos y hasta que no llegamos al Instituto, no compartimos aulas chicos y chicas.

 Pero hay que dar  un breve repaso de los salones recreativos de los que dispuso Puertollano. Creo que el primero fue el Coimbra ubicado en la calle Aduana, al que siguieron el Salón Moderno de la calle Juan Bravo, los Llopis en la avenida 1º de Mayo, y los Espada y Morales en el Paseo de San Gregorio. Puede que alguno más. Entre sus sonidos característicos el las máquinas de bolas acompañadas del golpeteo de manos para cambiar su trayectoria y evitar que se colara por el centro, y el de aquellas gramolas en las que se seleccionaba una canción previo pago con una moneda de duro de la época. A esos sonidos, los inconfundibles del taco de billar, el de las bolas de ping pong en las mesas de juego y el de los futbolines. Sonidos inconfundibles en tiempos de cambio pobretes pero alegretes como diría Vázquez Montalbán, y miradas atentas a los jugadores más aventajados como técnica de pasatiempo que conllevaba una endoculturación  en un modelo de vida social totalmente offline.

 El Hogar de la OJE lo frecuentaban también algunos profesores que nos sacaban los colores cuando hacíamos toros, pero jamás recuerdo ninguna reprimenda, creo que eran conscientes de la importancia de esa vida cotidiana que significaba apertura del régimen. El personaje sin duda más entrañable y querido era Carmelo, que controlaba los tiempos asignados para los futbolines, el billar y el ping pong. Se acompañaba siempre de su libreta en la que anotaba los tiempos y los turnos, y era inconfundible por su carácter bonachón, sus patillas en forma de hacha, sus chascarrillos cuando nos tenía que llamar la atención y su paternalismo. Siempre le preguntábamos impacientes, ¿cuánto falta para una mesa?

  El Hogar de la OJE disponía de distintas plantas, en la más alta, la de las mesas de ping pong, y descendiendo, la de los billares y futbolines. En la planta baja, la sala de cine y la discoteca abierta los sábados y domingos con un pequeño bar. En el tocata de la sala de baile,  la música romántica italiana era la preferida para bailar con las chicas, y naturalmente se establecía un juego seductor muy sano, veníamos de un modelo educativo diferenciado por sexos, y aquellos bailes -con las canciones de Adamo- eran dinamita: pequeños ritos de paso adolescentes en los que, entre miradas y torpezas, empezábamos también a aprender otra forma de relación. 

  Con el tiempo he llegado a pensar que allí se fraguaba algo más profundo: una forma de amistad que iba más allá del simple entretenimiento. Sin saberlo, nos acercábamos a esa idea clásica de la amistad en el sentido que le dió Aristóteles en su Ética a Nicómaco, como vínculo que se construye en la convivencia, en el reconocimiento mutuo y en una cierta lealtad callada. No era solo pasar el rato: era aprender a estar juntos, a respetar turnos, a medirnos sin rompernos, a compartir un mundo que empezaba a ser nuestro.

  Visto con la distancia del tiempo, cuesta no pensar que en aquellos espacios -entre el ruido de las bolas, las canciones de los guateques y la mirada atenta de figuras como Carmelo- se estaba gestando algo más que una forma de pasar las horas. Había una felicidad sencilla, casi ingenua, hecha de pequeñas conquistas cotidianas, que convivía con un país que empezaba a cambiar sin saber muy bien cómo. El Hogar de la OJE, con todas sus contradicciones, y personas como Carmelo, tan cercanas y tan humanas, formaron parte de ese aprendizaje silencioso.

  Sin grandes discursos, sin conciencia histórica, fuimos aprendiendo a convivir, a relacionarnos y a reconocernos en los otros. Y quizá fue precisamente ahí, en esa vida compartida y aparentemente menor, donde empezó a tomar forma la España que vendría después: una España más abierta, más libre, que ya estaba latiendo -casi sin saberlo- en aquellos días pobretes pero alegretes.