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viernes, 3 de abril de 2026

Puertollano entre memoria y olvido: lo que queda y lo que podemos proteger


Fuente Foto Portus Planus
    

El patrimonio de Puertollano no siempre está a la vista, pero sigue ahí. No ha desaparecido del todo: permanece escondido en naves, almacenes y rincones olvidados. Este “patrimonio invisible” nos habla de lo que perdimos y de lo que aún podemos proteger, antes de que siga el mismo camino que los edificios y monumentos que la ciudad ya no reconoce.


El patrimonio invisible de Puertollano no ha desaparecido. No ha sido destruido del todo ni borrado por completo. Permanece, en gran parte, oculto. Guardado en naves municipales, disperso en almacenes, apartado de la mirada pública hasta el punto de que, en muchos casos, se desconoce incluso su paredero. No es un patrimonio perdido: es un patrimonio invisibilizado, secuestrado por el olvido institucional.

Pero antes de hablar de lo que aún queda, conviene detenerse en lo que ya no está. Y no como un simple ejercicio de memoria, sino como una constatación de una forma de hacer ciudad. Puertollano perdió espacios que no eran solo edificios, sino lugares donde la vida colectiva tomaba forma. Recordemos lo que ya está derruido, y en consecuencia, imposible de recuperar: Gran Teatro, Plaza de Toros, Monumento a los Caídos -junto a la ermita de la Virgen de Gracia-, Templete de la música del Paseo de San Gregorio (conocida como la Concha de la Música), el Cine Lepanto de la calle Vélez, el Edificio del Círculo de Recreo convertido en cine y recordado como El Imperial de la calle Aduana, el Edificio de Correos de la calle Calzada, el depósito de agua La Copa que dió nombre a la calle, y la Posada de la Tercia.

 Sin embargo, lo más revelador no es solo lo que se ha perdido, sino lo que aún existe y permanece fuera de la vista. Elementos de la antigua estación de Renfe, vagonetas y utillaje de la Sociedad Minera y Metalúrgica de Peñarroya, farolas históricas del Paseo de San Gregorio… piezas que no fueron destruidas, pero tampoco integradas en ningún relato público. Sobreviven sin contexto, sin función, sin mirada. Y eso plantea una cuestión de fondo: Puertollano no solo ha dejado caer su patrimonio, también ha sido incapaz de reconocer el valor de lo que conserva.

Fuente Foto Portus Planus

Mención aparte merecen, el Monumento al Marqués de Suanzes, cuyo título fue suprimido en octubre de 2022 tras la entrada de la Ley de Memoria Histórica, que fue ingeniero naval, ministro de Industria y artífice de la creación del INI, y por tanto impulsor de la instalación de Repsol en Puertollano, y el Monumento a los héroes Cabañero, familia que fue tiroteada por el Frente Popular en el 36 y que el franquismo la declaró mártir.

El monumento al Marqués de Suanzes estuvo instalado en el Paseo de San Gregorio muy cerca de la Casa de Baños. De su busto se desconoce su paradero. La obra la realizó Horacio de Eguía Quintana, se inauguró en 1967 y se retiró en 1979. El Monumento a Los Cabañero se instaló en la Plaza del Ayuntamiento, era la firgura de una mujer que portaba una corona de laurel con la leyenda en la base Puertollano a los Héroes Cabañero. Fue obra de Joaquín García Donaire que fue miembro de la Real Academia de Bellas Artes. Se inauguró en 1961 y se retiró en el mismo año que la de Suanzes corriendo la misma suerte que su busto, es decir que ambos monumentos por falta de la diligencia debida, se marcaron un ¿Quién sabe dónde?

  Más allá de las razones ideológicas, hay una pregunta que sigue abierta: ¿qué se hizo con ellos? La desaparición sin rastro no es reinterpretación, es ruptura. Porque incluso aquello que resulta incómodo forma parte de la historia y, como tal, debería poder ser explicado, contextualizado y comprendido, no simplemente borrado.

  En otras ciudades europeas se ha optado por caminos distintos. Lugares como Sofía han sabido reunir y reinterpretar elementos de su pasado, incluso aquellos vinculados a etapas políticas complejas, creando espacios donde la memoria no se impone, pero tampoco se oculta. No se trata de conservar por nostalgia, sino de dotar de sentido a lo que se hereda. Como ejemplos, el Museo de Arte del período socialista y los recorridos que se ofrecen a los turistas en las capitales de la Europa del Este mostrando  la vida cotidiana en la era comunista. 

Esta reflexión resulta aún más pertinente si se tiene en cuenta que en 2024 la UNESCO reconoció el valor del territorio al declarar Geoparque Mundial a los Volcanes de Calatrava de la provincia de Ciudad Real, incluyendo a Puertollano como enclave relevante por su patrimonio geológico y minero. Sus puntos de interés se centran en el Geositio Fuente Agria, el Carbonífero -monumento natural- y el Museo de la Minería.

  Este reconocimiento no debería ser solo un motivo de orgullo, sino también una advertencia. Porque si hoy sabemos valorar lo que nos hace únicos, también deberíamos ser capaces de cuidar aquello que aún conservamos. Puertollano está a tiempo de no repetir su propia historia: de evitar que lo que queda siga el mismo camino que lo que ya se perdió o se hizo desaparecer.

  Aún estamos a tiempo de mirar de otra manera. De recuperar, reunir y dar sentido a lo que permanece. Porque el verdadero patrimonio no es solo el que se reconoce desde fuera, sino el que una ciudad decide no volver a olvidar.

  Este reconocimiento internacional no debería ser solo motivo de orgullo, sino también una llamada de atención. Puertollano aún está a tiempo de cuidar lo que queda, de reunirlo, mostrarlo y dar sentido a su historia. No podemos permitir que lo que sobrevive siga el mismo destino que lo perdido. Porque el verdadero patrimonio no es solo el que otros valoran desde fuera, sino el que una ciudad decide no volver a olvidar.

P.D.: Como ejemplo de patrimonio que aún podemos recuperar, puedes leer sobre la Chimenea Cuadrá y su restauración aquí


jueves, 2 de abril de 2026

Entre flechas amarillas: La Plaza de Toros de Puertollano: memoria, pérdida...

Entre flechas amarillas: La Plaza de Toros de Puertollano: memoria, pérdida...: Foto José Rueda Mozos   A finales de la década de 1970, la Plaza de Toros de Puertollano ya existía solo en la memoria de quienes la vieron ...

La Plaza de Toros de Puertollano: memoria, pérdida y ciudad sin alma


Foto José Rueda Mozos

  A finales de la década de 1970, la Plaza de Toros de Puertollano ya existía solo en la memoria de quienes la vieron rugir, entre el polvo de sus muros dodecagonales y los pasos de nuestros mayores que compraban en La Zapatillera y tapeaban en El Ruedo.

 No era una plaza circular corriente: sus doce lados le daban personalidad y cada rincón guardaba historias de corridas, cine de verano y comercio local. Hoy, el Edificio Tauro levanta su modernidad sobre aquel solar, pero los muros de piedra y madera aún susurran recuerdos que las viviendas edificadas no pueden acallar.

  Porque una ciudad sin memoria es una ciudad sin alma, y Puertollano decidió borrar parte de la suya.

  En la segunda Feria de Mayo, la de 1896, se inauguró la Plaza de Toros de Puertollano la cual fue sustituida por otra de mayores dimensiones a finales de la primera década del siglo XX,  que es la que guardamos en la memoria y en los archivos fotográficos. Tenía planta dodecagonal y su puerta grande miraba a la Casa de Baños. En ella se celebraban corridas, novilladas y charlotadas de las ferias y también funcionaba como cine de verano con asientos para unas 1.500 personas. En sus bajos se hallaban algunos de los establecimientos más conocidos de la época: Calzados La Zapatillera, el almacén de cereales de Don Miguel Belló, la farmacia de Dña. Leticia Fernández Luna, La Trámer, tiendas de electromésticos y el bar El Ruedo. El primer toro de su historia fue lidiado por el diestro Fernando Gómez El Gallo. Fue patrocinada por la Sociedad La Taurina de Puertollano nacida gracias al auge minero.

 El Edificio Tauro domina hoy el solar que ocupaba contrastando la modernidad de los pisos actuales con el recuerdo de los muros dodecagonales de piedra y madera. La plaza de toros no se cayó, la derribaron priorizando la especulación inmobiliaria sobre el valor histórico al igual que ocurrió con el Gran Teatro. El 9 de septiembre de 1971 se celebró el último espectáculo taurino y poco después los propietarios que habían conseguido la cesión de derechos sobre el coso que originariamente estuvo en manos de la antigua sociedad  La Taurina, iniciaron las gestiones para su venta, procediendo a su demolición en 1972. Su desaparición dejó a Puertollano sin plaza de toros fija hasta la inauguración del nuevo coso en 2008.  El masivo afloramiento de agua que convirtió el solar en una laguna durante dos largos años y mermó el caudal y calidad del agua de la Fuente Agria -cuando perdimos la Plaza, perdimos también la fuerza de nuestra agua- propició una oposición municipal a conceder la licencia de obras pertinente y el contencioso se prolongó un par de años más hasta la aprobación de la licencia definitiva.

  No era una plaza circular corriente, su forma de 12 lados le daba una personalidad geométrica que hoy sería un activo turístico y cultural. Puertollano se empeñó en borrar sus huellas sin querer darse cuenta de que una ciudad sin memoria es una ciudad sin alma. Ni el Auditorio Municipal puede sustituir al Gran Teatro, ni el nuevo coso taurino a la Plaza de Toros porque con el derribo de ambos, pusimos una lápida de hormigón a modo de cenotafio en el corazón de nuestros abuelos.

Fuente Foto: Portus Planus

  La Plaza de Toros no era solo el escenario para corridas o cine de verano, estaba ubicada en la yema del huevo de la ciudad a un paso del mercado de abastos donde los vecinos se encontraban para comprar, conversar y vivir la vida cotidiana. En mi caso además, es el recuerdo del trayecto diario para ir a clase al Colegio Nacional Ramón y Cajal. Las ciudades nos cuentan historias a través de sus espacios, edificios y pequeños comercios, cuando su patrimonio se demuele, se interrumpen esas narraciones. Con el derribo de la Plaza de Toros, Puertollano perdió la narrativa de sus habitantes. Además junto a otros edificios emblemáticos especialmente el del Gran Teatro, la dicotomía entre el beneficio económico inmediato o cuidar el patrimonio, la ciudad la resolvió como una decisión política y no cultural.

  Como recuerda David Lowenthal, sobre los beneficios e inconvenientes del patrimonio, que lo que destruimos hoy resuena en la memoria colectiva de mañana. "La tensión entre la tradición y la innovación se reconoció por fin cuando los romanos copiaron a los griegos y rechazaron la inferencia de que copiar era contrario a la creación, y cuando la ley romana acuñó el concepto de damnosa hereditas. Los beneficios e inconvenientes del patrimonio heredado se han debatido sin cesar desde entonces" - David Lowenthal El Pasado es un país extrañoLos beneficios del progreso inmediato se impusieron sobre la historia y la memoria, convirtiendo decisiones administrativas en un atentado silencioso contra la identidad de la ciudad.

  Cada mañana, al bordear la Plaza de Toros camino al Colegio Nacional Ramón y Cajal, me acompañaban los sonidos de la vida cotidiana, los coches circulando por el Paseo, el monumento de Las Viudas y el eco de las conversaciones de los vecinos. El alboroto  de los niños jugando en los alrededores, en aquel espacio habilitado y vallado  con horario de apertura y cierre, con tobogán y columpios junto a la Casa de Baños, el golpe de los bastones de los mayores al caminar, y el murmullo cotidiano, componían la banda sonora de aquel paseo. Aquellos pequeños detalles, hoy apenas susurros en la memoria, convertían cada trayecto en un ritual de infancia que unía mi vida con la ciudad que la plaza sostenía.

  Hoy, al mirar aquel solar ocupado por el Edificio Tauro, no veo solo pisos modernos: veo ausencias, historias interrumpidas y el eco de una infancia que la ciudad decidió ignorar. La Plaza de Toros no fue solo arquitectura; fue espacio de vida, encuentro y memoria colectiva. Cada muro derribado, cada historia perdida, nos recuerda que el progreso sin memoria es olvido, y que cuidar del patrimonio no es un lujo, sino un acto de justicia con quienes vinieron antes y con quienes todavía vivimos la ciudad.