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domingo, 29 de marzo de 2026

La Chimena Cuadrá: memoria olvidada que Puertollano debe recuperar

 Hay imágenes que no documentan el pasado, sino que lo imaginan posible. La fotografía que abre este texto no es real: es una recreación generada por inteligencia artificial de cómo podría lucir hoy la Chimenea Cuadrá si hubiera sido restaurada. Y, sin embargo, al mirarla, cuesta no sentir que debería existir.

  Porque lo que vemos en esa imagen no es solo una torre recuperada, sino una deuda pendiente. Un fragmento de historia que, en lugar de desmoronarse lentamente sobre el Cerro de Santa Ana, sigue en pie, vigilando el horizonte como lo hizo hace más de siglo y medio. Esa imagen no engaña: revela, con precisión incómoda, todo lo que hemos dejado de hacer.



  A mediados del siglo XIX, España era un país sacudido por la inestabilidad de las Guerras Carlistas y el bandolerismo. El Gobierno necesitaba enviar órdenes rápidas desde Madrid a las periferias para mantener el control militar y político. José María Mathé fue el artífice de poner en marcha una red de telegrafía óptica diseñando un modelo propio resistente a la climatología española. En el reinado de Isabel II se aprobó la creación de una red nacional que conectara la capital con los principales puertos y fronteras. El sistema consistía en la ubicación de torres situadas en elevados puntos o atalayas con dos o tres torreros cuyo trabajo era mirar por un catalejo hacia la torre anterior  y la siguiente, y cuando veían una señal la traducían y la enviaban mediante un libro de códigos secretos.

  La telegrafía óptica en España tuvo una vida corta porque con la llegada del Telégrafo Eléctrico, el tendido del cable era más barato de mantener y funcionaba tanto de día como de noche sin depender de factores climatológicos como la niebla.

  España llegó a tener cerca de 200 torres de telegráfía óptica en sus tres líneas principales: Norte, Andalucía y Levante y hoy solo unas pocas están restauradas. El sistema de Mathé fue el internet de la época capaz de enviar mensajes desde Madrid a los destinos costeros en menos de dos horas. Hoy la conservación de aquellas torres de telegrafía óptica es desigual. En la línea del Norte -Madrid-Irún- hay bastantes restauradas y algunas son visitables como la de Adanero en Ávila o la de Arganda del Rey en Madrid que funcionan además como centros de interpretación. En la línea de Levante Madrid-Valencia han sido rehabilitadas la Torre de Graja de Iniesta en Cuenca y la de Godelleta en Valencia. La línea de Andalucía Madrid-Cádiz fue la más larga de todas con un total de 59 torres y es la que peor panorama conserva con las excepciones de la Torre Alta en San Fernando o el Castillete del Retiro.

  La Torre número 18 de la línea de Cádiz se corresponde con nuestra Chimena Cuadrá. Pese a estar declarada Bien de Interés Cultural su estado es de abandono total y mientras que en la respectiva torre de Argamasilla de Calatrava, por parde de su Ayuntamiento, se ha iniciado el expediente para buscar fondos y recuperarla, la de Puertollano se mantiene como una ruina arqueológica ubidada en el mirador más emblemárico de la ciudad: el Cerro de Santa Ana.

  La Ley de Patrimonio obliga a las administraciones locales y autonómicas a conservar los BIC declarados y a no limitarse a dotarlos de un título en los documentos oficiales. Las torres rehabilitadas en otras ciudades de España suponen un activo cultural e interés turístico y Puertollano además dispone de ruta senderista que conecta la ermita de la Virgen de Gracia con el Monumento al Minero y el cerro de Santa Ana, que bien podría utilizarse como una ruta del colesterol para los vecinos. Si al final la torre se derrumba, la historia se borra. La torre puertollanera se construyó en 1851 aprovechando los restos de la antigua ermita de Santa Ana y nuestra tradición mariana vinculada al Santo Voto y a la Virgen de Gracia, no merece abandonar lo que en su día fue la ermita de la madre de la Virgen.

 La Chimenea Cuadrá no es solo piedra y ladrillo en ruinas, es mirada al horizonte, es el punto con el que cuando regresas a la ciudad por la carretera de Ciudad Real es lo primero que te hace sentirte en casa.

  Puertollano ha sido pionera en tecnologías como la de la central termoeléctrica de Peñarroya -Talleres Calatrava- que se puso en funcionamiento en 1917, y con nuestra Chimenea Cuadrá formamos parte del primer sistema de comunicación rápido de España, el internet de la época, con torreros que enviaban guasaps al horizonte en una España que necesitaba comunicarse para no romperse en unas circunstancias sociales y políticas de constanstes conflictos, lo que nos conecta con la Historia antes de que lo hicera la industria petroquímica.

  La Chimenea Cuadrá representa la continuidad entre lo sagrado -ermita de Santa Ana- con lo civil anudado a un modelo de ciudad vertebrada con España, el salto al olvido de por sí es lamentable, pero su derrumbe dado el estado de ruina y abandono, sería otra herida abierta como salvando las distancias, lo son el Gran Teatro y la Plaza de Toros, hoy ya sin posibilidad de recuperación alguna. Las ciudades no se definen por lo que construyen, sino por lo que deciden no dejar caer, no es solo el Ayuntamiento, somos nosotros también como puertollaneros. El abandono, también es una decisión política y social. La torre ya no transmite señales, pero sigue esperando una respuesta, un guasap particular de que vamos a recuperarla.

 Quizá dentro de unos años alguien mire otra imagen -esta vez, sí, real- de la Chimenea Cuadrá restaurada, integrada en la vida de la ciudad, convertida en lugar de paseo, de memoria y de encuentro. O quizá solo queden fotografías antiguas y textos como este, recordando lo que un día estuvo a punto de salvarse.

 La imagen de cabecera, generada por inteligencia artificial, no es solo una fantasía: es una propuesta. Un espejo adelantado de lo que Puertollano podría decidir ser. Porque restaurar la torre no es reconstruir el pasado, es tomar partido en el presente.

 La torre ya no transmite señales, pero sigue esperando una respuesta. Y esta vez, el mensaje no viaja de torre en torre, sino de conciencia en conciencia. La pregunta es si estaremos a la altura de contestarlo.