Antes de comenzar, conviene desprenderse de una idea muy extendida: que el silencio es simplemente la ausencia de ruido. Para la tradición cristiana de Oriente, y también para el monacato benedictino, el silencio constituye una forma de presencia, una escuela de libertad interior y el camino que permite al ser humano escuchar a Dios y escucharse a sí mismo. En el Monte Athos, donde la oración marca el ritmo de cada jornada, el silencio no es una renuncia al mundo, sino una manera distinta de habitarlo.
Vivimos en una época en la que el silencio parece haberse convertido en un bien escaso. Nos acompaña el ruido de las ciudades, el de las pantallas, el de las conversaciones permanentes y, sobre todo, el de nuestros propios pensamientos. Rara vez estamos verdaderamente solos con nosotros mismos. Quizá por eso el silencio nos incomoda tanto.
Sin embargo, tanto en la tradición ortodoxa como en la benedictina, el silencio nunca ha sido entendido como un vacío. Es, por el contrario, un espacio lleno de presencia. No es la ausencia de palabras, sino la posibilidad de escuchar aquello que el ruido nos impide percibir.
El silencio es el lenguaje del alma como reza una sentencia franciscana; Dios es silencio como afirman los benedictinos. Esta visión del silencio coincide con la espiritualidad de los monjes del Monte Athos. Aunque pertenezcan a tradiciones distintas, ambas comparten una intuición fundamental: el hombre solo comienza a encontrarse con Dios cuando aprende primero a encontrarse consigo mismo. En palabras de Eckart: "Es necesario que el alma haya reencontrado el silencio para que Dios se descubra en ella y se radique en ella". En 1 Reyes 19,11-13 Elías descubre a Dios en el susurro de una brisa suave. Y en Salmo 46,10 Estad quietos y conoced que yo soy Dios.
En la espiritualidad ortodoxa existe una palabra que resume perfectamente esta experiencia: hesychia, que suele traducirse como quietud, reposo o silencio interior. No se trata simplemente de permanecer callado, sino de alcanzar una paz profunda en la que el corazón deja de agitarse y puede abrirse a la presencia de Dios. En Occidente: "Hay dos verbos latinos que nos abren las puertas de par en par para entrar en el territorio del significado de la palabra silencio. Son los verbos silere y tacere. El primero significa: no hacer ruido ninguno, estar en calma, en reposo o inactivo. El segundo verbo tiene un sentido más amplio: dejar de hablar, sobreentender, no mencionar. El primero indica más bien el silencio natural de las cosas. El segundo el de las personas, un silencio consciente y deseado. En español la palabra callado, nos aproxima bastante a las palabras originales tacere, tacitus, de donde vienen directamente taciturno y taciturnidad. (...) El sustantivo silencio recoge el sentido y matices de ambos verbos latinos y significaría el estado del que calla. (...) El silencio es el clima imprescindible para el recogimiento, para la custodia de la vida interior, para el contacto íntimo y personal con el Señor." (1)
Los monjes del Athos saben que el primer enemigo de la oración no son las distracciones exteriores, sino el incesante torrente de pensamientos que invade la mente. Los Padres del Desierto llamaban a esos pensamientos logismoi: preocupaciones, recuerdos, deseos, juicios, temores o fantasías que aparecen sin cesar y que terminan ocupando todo nuestro mundo interior.
Por eso el silencio es mucho más que una disciplina monástica. Es un combate. Un ejercicio de humildad en el que aprendemos a dejar pasar esos pensamientos sin convertirlos en el centro de nuestra vida. Poco a poco la mente se aquieta y comienza a aparecer algo que normalmente permanece oculto bajo el ruido cotidiano.Entre los grandes maestros de la vida espiritual oriental destaca Isaac el Sirio (siglo VII), cuyas obras siguen leyéndose hoy en los monasterios del Monte Athos. Para él, el silencio no era una simple ausencia de palabras, sino el lugar donde el corazón comienza a purificarse. Ama el silencio más que cualquier otra cosa, aconsejaba a los monjes, porque en el silencio el hombre aprende a conocerse a sí mismo y descubre, poco a poco, la inmensa misericordia de Dios. Solo quien deja de escuchar constantemente su propia voz puede empezar a escuchar la de Dios.
Quizá sea esa una de las razones por las que tantas personas tienen dificultad para permanecer en silencio. Cuando desaparecen las distracciones, aparecen nuestras heridas, nuestros miedos, nuestro orgullo y nuestras contradicciones. El silencio actúa como un espejo del alma. No permite esconderse detrás de la actividad constante.
Los antiguos monjes expresaban esta realidad con una frase de extraordinaria sencillez: Siéntate en tu celda y tu celda te enseñará todas las cosas. No era la celda la que enseñaba, sino el silencio que ella hacía posible.
En la tradición hesicasta, la llamada Oración de Jesús: Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí, tampoco busca llenar el silencio con palabras. Su repetición pausada va simplificando el pensamiento hasta que la oración deja de ser una actividad de la mente para convertirse en el latido mismo del corazón. Los grandes maestros espirituales dicen entonces que la oración ya no se pronuncia, sino que respira dentro de la persona.
Esta experiencia fue descrita con extraordinaria profundidad por Gregorio Palamás (1296-1359), el gran teólogo del hesicasmo y uno de los santos más venerados de la Iglesia ortodoxa. Palamás enseñaba que la oración silenciosa no busca provocar estados emocionales ni visiones extraordinarias. Su finalidad es abrir el corazón a la acción de la gracia, permitiendo que el ser humano participe de las energías divinas sin pretender jamás comprender la esencia inaccesible de Dios. El silencio no es, por tanto, un vacío psicológico, sino el espacio donde Dios actúa discretamente en el alma.
Este modo de entender el silencio encuentra un hermoso paralelo en la tradición benedictina. San Benito insistía en la importancia de la escucha antes que de la palabra. No es casual que el prólogo de su Regla comience precisamente con una invitación a escuchar: Escucha, hijo…. Toda la vida monástica nace de esa disposición interior. Solo quien sabe escuchar puede aprender; solo quien aprende a callar puede hablar con verdadera sabiduría.
Ambas tradiciones coinciden en algo que nuestra cultura parece haber olvidado: la palabra solo adquiere valor cuando nace del silencio. De lo contrario, corre el riesgo de convertirse en un ruido más.
Quizá el problema de nuestro tiempo no sea únicamente que vivimos rodeados de sonidos, sino que hemos perdido el hábito de la interioridad. Buscamos continuamente nuevas experiencias, nuevas opiniones, nuevas noticias y nuevos estímulos, pero rara vez dedicamos unos minutos a permanecer en silencio ante nosotros mismos.
No hace falta ser monje ni retirarse al Monte Athos para descubrir el valor de esa experiencia. Cualquier persona puede reservar cada día unos minutos para apagar el teléfono, dejar a un lado las preocupaciones y permanecer simplemente en silencio. Al principio aparecerá el desorden interior; después, si somos perseverantes, comenzará a surgir una paz que no depende de las circunstancias externas. Tal vez esa sea una de las grandes enseñanzas que el Athos puede ofrecer al hombre contemporáneo. Los monjes no huyen del mundo porque desprecien la vida, sino porque saben que el silencio permite escuchar una voz que el ruido termina ocultando. En nuestra sociedad solemos pensar que el silencio es ausencia de comunicación. Los monjes nos enseñan justamente lo contrario. El silencio es la forma más profunda de comunicación porque elimina las máscaras, las prisas y las apariencias. En él dejamos de escuchar únicamente nuestra propia voz para abrirnos a una presencia mayor.
Quienes hemos visitado el Monte Athos comprendemos pronto que allí el silencio tiene una cualidad difícil de describir. No resulta pesado ni incómodo. Es un silencio que parece respirar con los bosques, con el mar y con la oración de quienes han dedicado su vida a buscar a Dios. Quizá todos necesitemos recuperar un poco de ese silencio. No para escapar del mundo, sino para regresar a él con un corazón más sereno, una mirada más limpia y una capacidad mayor para escuchar a los demás y escuchar, también, aquello que Dios susurra en lo más profundo del alma.
El Monte Athos recuerda al hombre contemporáneo una verdad tan sencilla como exigente: el silencio no empobrece la vida, sino que la ensancha. Solo cuando cesa el ruido de las palabras y de los pensamientos puede abrirse un espacio donde la oración, la paz y la escucha recuperan su sentido. Tal vez no todos estemos llamados a vivir entre monasterios, pero sí podemos aprender de quienes han descubierto que el silencio no es una huida del mundo, sino el lugar desde el que es posible regresar a él con un corazón más libre, más atento y más dispuesto a reconocer la presencia de Dios en lo cotidiano.
(1) Bernardo Recaredo GARCÍA PINTADO: Por el silencio al jardín de la armonía. Ed. Silos, Burgos 2022
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