Hubo un tiempo en que Puertollano no solo era industria, humo y turnos de fábrica. Hubo un tiempo en que también era fútbol de Segunda División, quinielas marcadas con lápiz y radios encendidas los domingos por la tarde.
En aquel mapa sentimental del fútbol español aparecía un nombre que hoy todavía resuena en la memoria colectiva: el Calvo Sotelo.
No hablamos del club actual, sino de aquel equipo que representó a toda una ciudad en la categoría de plata, el que viajaba en autobús, jugaba en El Cerrú y se colaba en los carruseles deportivos de la época. Un equipo que, más allá de los resultados, formaba parte de la identidad de Puertollano.
El actual Calvo Sotelo Puertollano no es el mismo club que jugó en Segunda División, sino el heredero del antiguo C.F. Calvo Sotelo, que es el que realmente compitió en la división de plata del fútbol español.
Nos vamos a centrar en el club histórico, en el que salía en las apuestas de las quinielas y en los carruseles deportivos de la radio y de la televisión de la época. Nuestro club disputó varias etapas en Segunda División, sumando un total de 11 temporadas.
Fue fundado en 1948 vinculado a la Empresa Nacional Calvo Sotelo ENCASO que le otorga el nombre. Vivió una década dorada en los años 60 y estuvo a punto de ascender a Primera División en la temporada 68-69, perdiendo la promoción contra el Córdoba. Disputaba los partidos en el Estadio de Fútbol conocido como El Cerrú.
Tal vez la época más recordada sea la etapa de los setenta (scil. siglo XX), las temporadas 75-76. 76-77, y 77-78, descendiendo en el 78 justo cuando se reorganizaron las categorías del fútbol español, pasando a Segunda B.
Los partidos contra el Rayo Vallecano constituían un choche interesante de Segunda con seguidores muy competitivos y público local entregado, sobre todo en Puertollano. El 3 de abril de 1977 el partido disputado contra el Sporting de Gijón en El Cerrú, fue suspendido en el minuto 32 tras una invasión de campo y agresión al ábritro por parte de varios espectadores, lo que provocó la clausura de dos partidos del estadio. Era la época en la que José María García lideraba en la SER la radio deportiva en España, y se posicionó en favor de estas medidas disciplinarias pero con una línea editorial que marcaba la diferencia de trato en relación con los equipos grandes de la liga. En la temporada 77-78 se instalaron vallas perimetrales en nuestro estadio al igual que en el resto de España para evitar invasiones del terreno de juego separando al público del cesped.
Y por supuesto hay que mencionar el impacto que tuvo entre los aficionados y en la ciudad, el póster desplegable que encabeza esta entrada, a través de su revista-suplemento AS Color publicada en 1976 en plena etapa del club en Segunda División. El póster era un gran desplegable a doble página que los aficionados podían sacar del periódico y colgar en la pared como memorabilia del equipo. Para un club como el Calvo Sotelo, tener un póster en AS Color era un reconocimiento visual y presencia mediática. Era una forma de hacer visible al Calvo Sotelo más allá de Puertollano, y muchas personas del resto de España, continúan asociando al club con la ciudad y con el sambenito del pueblo de las dos mentiras. En las tardes radiofónicas de la época, siempre escuchábamos Calvo Sotelo de Puertollano y su estadio de Empetrol dando entrada al minuto y resultado del carrusel deportivo.
Entre los grandes animadores a capella del equipo, destacaba Luis Pizarro, el dueño de la Librería Pizarro de la calle Amargura y Francisco Sánchez Menor -El Pilfo-, quien ha dado nombre al estadio municipal de fútbol de las seiscientas, y que en los prolegómenos de los partidos de fútbol, corría dando vueltas al perímetro del campo del Cerrú despertando la admiración general.
Hoy, cuando el fútbol es otra cosa -más rápido, más global y también más distante-, cuesta imaginar aquel Calvo Sotelo sin vallas al principio, con la grada casi encima del campo y con una ciudad entera empujando desde el cemento. Pero permanece el recuerdo. Permanece en las voces que aún evocan alineaciones, en las tardes de radio que parecían detener el tiempo y en aquel póster arrancado de una revista que acabó colgado en tantas paredes.
Porque aquel equipo no fue solo un club de fútbol. Fue una forma de vivir, de reunirse, de sentirse parte de algo. Y, como ocurre con todas las cosas importantes, sigue volviendo de vez en cuando, como una memoria inesperada, como una magadalena de Proust con sabor a pisto manchego.



