Corren tiempos en los que prolifera la búsqueda de relaciones afectivas en la red. Posiblemente el tipo de vida, la soledad y la falta de tiempo nos animen a ello, pero lo que tal vez pase inadvertido es que la lógica interna es muy coherente. Se buscan perfiles, es decir, se da una sustitución de la química en favor del elemento cerebral. Es una deconstrucción interesante. Seguiremos alimentando el instinto primario, pero la aldea global puede revolucionar nuestras costumbres. Me pregunto si una inversión ontológica en la que el sentido común y la razón prioricen la compatibilidad en la convivencia, previa al chispazo químico del amor, no sea una solución al alto índice de fracaso en las parejas e incluso a la violencia masculina contra la mujer.
Y hecha la propuesta, quiero salvar el elemento irracional, romántico y poético, antes de que pueda tacharse de frívola. ¿Acaso hay algo más enigmático que encontrar a nuestra media naranja en el sentido mítico que nos narra Platón en El Banquete entre la inmensidad de la red? Si la poesía como decía Ortega es eludir el momento cotidiano de la vida, nada más cercano a ella que dejar que ángeles y hadas acudan en nuestra ayuda. Tal vez una fuerza cósmica nos haga salir en busca de nuestra media alma, que no conoceremos si no salimos en su busca, y que tampoco recordaremos si no entramos en ella. Hegel nos enseñó que todo lo racional es real. Las relaciones virtuales son por tanto tan reales como las que se dan en la vida. Y nuestro espíritu es etéreo, intangible. El amor está en el aire, es decir, también en la red. Y el Dios Cupido lo sabe.
En los años transcurridos desde que publiqué este texto por primera vez, la red no ha hecho más que reforzar su papel como escenario privilegiado de encuentros afectivos. Las aplicaciones y sitios de contactos se han multiplicado hasta convertirse en parte central de la vida sentimental de millones de personas, sustituyendo en muchos casos la coincidencia casual por algoritmos, perfiles y deslizamientos de dedo.
¿Podemos entonces seguir pensando en Internet como un Dios Cupido benevolente o romántico? Tal vez más bien se ha convertido en una especie de mediador omnipresente, que nos propone opciones y afinidades, pero también nos enfrenta a la paradoja de la elección infinita: cuando todo es posible, ¿qué significa realmente encontrar a alguien?
Lo que sigue intacto, sin embargo, es nuestro impulso primario: la búsqueda de compañía, de sentido, de afecto. Al final, la manera en que usemos la red -con atención, con criterio, con conciencia de nuestros propios deseos y límites- es lo que determinará si Cupido en línea nos une o nos dispersa en un océano de estímulos.
-Actualización 2026-
