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lunes, 2 de noviembre de 2026

Interludios de Athos (IV). La noche: tres monasterios, tres formas de habitar el silencio

  Hay lugares que se conocen caminando y otros como lo numinoso envuelto en el misterio, se te des-velan cuando cae la noche. El Monte Athos es uno de ellos. Durante el día, el peregrino visualiza  caminos, los distintos espacios de los monasterios, y el movimiento de los monjes. Pero cuando la luz desaparece, el paisaje cambia y también cambia la manera de estar en él. El mundo exterior parece alejarse y uno empieza a percibir que ha entrado en un territorio donde el tiempo se mide de otra forma.

 Pasé tres noches en el Athos, en tres monasterios diferentes. San Andrés, Vatopedi e Iviron. Tres lugares, tres habitaciones y tres maneras distintas de acercarme a la vida que transcurre detrás de aquellos muros. La primera fue en el Skete de San Andrés. Era también mi primera noche dentro de aquel universo monástico. Después del viaje, del barco y de la llegada, tocaba detenerse. Tenía una habitación individual, un espacio propio desde el que empezar a familiarizarme con aquella nueva realidad. La experiencia de dormir en un monasterio tenía algo de extraño. No por las condiciones, sino por lo que representaba. Afuera quedaba el mundo del que venía; dentro, otro ritmo, otras costumbres y una forma de vida que llevaba siglos resistiendo al paso del tiempo.

 La primera noche fue el descubrimiento del silencio, no sentía la ausencia de actividad ni de ruido, sino una parte esencial de la vida en Athos. La segunda noche fue en Vatopedi y la experiencia cambió considerablemente. Esta vez compartí dormitorio con otras seis personas. Después de la intimidad de San Andrés, el espacio común introducía otra dimensión de la estancia. Vatopedi era, de los tres monasterios en los que me alojé, el mejor equipado. La organización y las instalaciones mostraban una infraestructura preparada para recibir visitantes. Incluso había máquinas de café, una sala para charlar con otros peregrinos y ascensores para subir a los dormitorios. Puede parecer un detalle menor, pero me llamó la atención. En medio de aquel mundo que asociamos inevitablemente con la austeridad, aparecían pequeños elementos de nuestra vida cotidiana. El Athos no era un escenario detenido en el pasado. Seguía siendo un lugar habitado, organizado y adaptado, también, a las necesidades de quienes llegábamos de fuera. 

 La tercera noche llegué a Iviron. Allí volví a tener una habitación individual, pero había algo que la hacía diferente de las anteriores. Las vistas. El mar se extendía frente a mí y, en el horizonte, el propio Monte Athos componía una imagen difícil de olvidar. Era uno de esos paisajes ante los que uno no siente la necesidad de buscar palabras inmediatamente. Bastaba con mirar. Después de San Andrés y Vatopedi, Iviron parecía ofrecerme otra manera de permanecer en aquel territorio. La habitación, la amplitud del paisaje y la presencia constante del mar invitaban a detenerse. Ya no era únicamente la curiosidad del recién llegado ni la experiencia de compartir un espacio con otros viajeros. Había empezado a familiarizarme con el ritmo del lugar. El Athos dejaba de ser algo que estaba descubriendo para convertirse, poco a poco, en un espacio en el que estaba aprendiendo a estar. Generaciones enteras habían habitado aquellos monasterios mientras, al otro lado del mar, el mundo cambiaba de manera incesante.

 Tres noches no bastaban, naturalmente, para interiorizar todo aquello. Pero sí permitían experimentar algo que durante el día, quedaba necesariamente en segundo plano: la continuidad de una vida que no dependía de la presencia del visitante. Me di cuenta de que mis tres noches habían sido distintas porque también lo habían sido los lugares y las circunstancias. La primera, la del descubrimiento. La segunda, la de la convivencia. La tercera, la de la contemplación. No había buscado esas diferencias, simplemente habían sido el resultado casual de mi aceptación como peregrino en cada monasterio. Aunque también pienso en que ese orden tuvo más de intervención de la Theotokos que del azar.

 Quizá por eso, cuando pienso en las noches del Monte Athos, no recuerdo una única experiencia. Recuerdo tres habitaciones, tres monasterios y tres maneras de cerrar los ojos en un lugar que parecía vivir ajeno a nuestras prisas. Y recuerdo, sobre todo, aquella sensación de estar lejos de todo sin sentirme completamente fuera del mundo. Porque el Athos no está vacío de vida. Al contrario. Está lleno de una vida distinta, que transcurre mientras nosotros seguimos midiendo el tiempo con otros relojes.

 Tres noches no bastaban, naturalmente, para interiorizar todo aquello. Pero sí me habían permitido experimentar algo que durante el día quedaba necesariamente en segundo plano: la continuidad de una vida que no dependía de la presencia del visitante. Con el paso de los días comprendí que mis tres noches habían sido distintas porque también lo habían sido los lugares y las circunstancias. La primera, la del descubrimiento. La segunda, la de la convivencia. La tercera, la de la contemplación. No había buscado esas diferencias; simplemente habían surgido de las circunstancias de mi estancia en cada monasterio. Aunque, mirando atrás, me cuesta no pensar que en aquel orden hubo más intervención de la Theotokos que del azar.

 Quizá por eso, cuando pienso en las noches del Monte Athos, no recuerdo una única experiencia. Recuerdo tres habitaciones, tres monasterios y tres maneras de cerrar los ojos en un lugar que parecía vivir ajeno a mi vida cotidiana. Y recuerdo, sobre todo, aquella sensación de estar lejos de todo sin sentirme completamente fuera de este mundo. Porque el Athos no está vacío de vida. Al contrario. Está lleno de una vida distinta, que al igual que a nuestro corazón, lo que realmente le importa es por quién late y no cómo late.

jueves, 29 de octubre de 2026

Entre flechas amarillas: Interludios de Athos (III). La primera puerta: lle...

Entre flechas amarillas: Interludios de Athos (III). La primera puerta: lle...:   De sembarcar en Dafni es cruzar una frontera. Hasta ese momento, el Monte Athos había sido una presencia lejana, una geografía cargada de ...

Interludios de Athos (III). La primera puerta: llegada a la Montaña Santa


 Desembarcar en Dafni es cruzar una frontera. Hasta ese momento, el Monte Athos había sido una presencia lejana, una geografía cargada de historia y espiritualidad, un nombre que evocaba monasterios suspendidos sobre el mar, campanas que rompen el silencio y hombres que habían elegido vivir apartados del mundo. Pero ahora ya no había distancia. La Montaña Sagrada estaba ahí, delante de mí, y el viaje adquiría otra dimensión.

 Dafni es la puerta de entrada. El pequeño puerto recibe a quienes llegan por mar y los introduce en un territorio que  obedece a sus propias leyes. El desembarco tiene algo de tránsito entre dos realidades: atrás queda el mundo conocido; delante, un espacio en el que el tiempo parece discurrir de otra manera. Desde allí, una furgoneta transit me llevó hasta Karyes, el centro administrativo y espiritual de la comunidad monástica del Athos. El trayecto me permitió ir tomando contacto con otros peregrinos, con el paisaje interior de la península, con sus caminos, sus bosques y esa sensación de aislamiento que acompaña a todo lo que se encuentra lejos de las prisas del mundo contemporáneo.

 Karyes me esperaba. Y, a unos quinientos metros del centro, me esperaba también el lugar donde me alojaría la primera noche: el Skete de San Andrés, dependiente del monasterio de Vatopedi. La presentación debería hacerla antes de las 13.30 horas. Tuve tiempo para pasear por Karyes, fotografiar la iglesia y la sede del gobierno de los monjes y tomar café. Necesitaba aquellas primeras horas para observar, orientarme y empezar a reconocer el lugar en el que me encontraba. Después emprendí el camino hacia San Andrés.

  La primera impresión una vez que atravesé la puerta del skete, fue la de encontrarme con su imponente conjunto arquitectónico, el Serai: una iglesia de grandes dimensiones y la Academia Eclesiástica Athonita para jóvenes seminaristas e instructores. San Andrés posee una escala que sorprende en un territorio cuya imagen más habitual está asociada a monasterios recogidos, edificios de piedra, torres defensivas y pequeñas comunidades de monjes entregados a la oración. Aquí, en cambio, la arquitectura se levanta con una grandiosidad que impone respeto.

  La iglesia concentró toda mi atención. Me impresionó su tamaño, su presencia y la fuerza con la que ocupaba el espacio. Hay edificios que se contemplan y otros que, de alguna manera, te obligan a detenerte. El templo de San Andrés pertenece a esta segunda categoría. Ante él, la mirada necesita tiempo para abarcarlo, como si sus dimensiones exigieran una pausa antes de que uno pudiera empezar a comprender lo que tenía delante.

 Pude entrar en su interior. Más tarde comprobé que no era aquella la iglesia en la que los monjes celebran los oficios a los que los peregrinos podemos asistir. Su visita, por tanto, tenía un carácter distinto. En las celebraciones litúrgicas, quienes no pertenecen a la Iglesia ortodoxa deben respetar las indicaciones que regulan su presencia y ocupar los lugares reservados para los visitantes no ortodoxos, más alejados del iconostasio. También esa disposición forma parte de un orden que el recién llegado debe aprender a reconocer.

  En el Athos, la espiritualidad no siempre adopta la forma de lo pequeño y lo austero. A veces también se expresa mediante la grandeza. San Andrés es la muestra de ello. A las 13:30, la hora indicada en el correo, me presenté en el Archontariki -sala de acogida de peregrinos-. La acogida tuvo algo de sencillo ritual: loukoumi y agua, los primeros gestos de hospitalidad antes de las indicaciones prácticas. Después, el arcontaris, comprobó mi diamonitirion, anotó mi nombre en el Libro de Registro del Skete, me asignó una habitación y me explicó las normas de cumplimiento durante la estancia, así como los horarios de los oficios. A partir de ese momento, mi presencia en el skete quedaba sujeta a una organización precisa, con sus tiempos y sus obligaciones. Había llegado.