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jueves, 2 de abril de 2026

La Plaza de Toros de Puertollano: memoria, pérdida y ciudad sin alma


Foto José Rueda Mozos

  A finales de la década de 1970, la Plaza de Toros de Puertollano ya existía solo en la memoria de quienes la vieron rugir, entre el polvo de sus muros dodecagonales y los pasos de nuestros mayores que compraban en La Zapatillera y tapeaban en El Ruedo.

 No era una plaza circular corriente: sus doce lados le daban personalidad y cada rincón guardaba historias de corridas, cine de verano y comercio local. Hoy, el Edificio Tauro levanta su modernidad sobre aquel solar, pero los muros de piedra y madera aún susurran recuerdos que las viviendas edificadas no pueden acallar.

  Porque una ciudad sin memoria es una ciudad sin alma, y Puertollano decidió borrar parte de la suya.

  En la segunda Feria de Mayo, la de 1896, se inauguró la Plaza de Toros de Puertollano la cual fue sustituida por otra de mayores dimensiones a finales de la primera década del siglo XX,  que es la que guardamos en la memoria y en los archivos fotográficos. Tenía planta dodecagonal y su puerta grande miraba a la Casa de Baños. En ella se celebraban corridas, novilladas y charlotadas de las ferias y también funcionaba como cine de verano con asientos para unas 1.500 personas. En sus bajos se hallaban algunos de los establecimientos más conocidos de la época: Calzados La Zapatillera, el almacén de cereales de Don Miguel Belló, la farmacia de Dña. Leticia Fernández Luna, La Trámer, tiendas de electromésticos y el bar El Ruedo. El primer toro de su historia fue lidiado por el diestro Fernando Gómez El Gallo. Fue patrocinada por la Sociedad La Taurina de Puertollano nacida gracias al auge minero.

 El Edificio Tauro domina hoy el solar que ocupaba contrastando la modernidad de los pisos actuales con el recuerdo de los muros dodecagonales de piedra y madera. La plaza de toros no se cayó, la derribaron priorizando la especulación inmobiliaria sobre el valor histórico al igual que ocurrió con el Gran Teatro. El 9 de septiembre de 1971 se celebró el último espectáculo taurino y poco después los propietarios que habían conseguido la cesión de derechos sobre el coso que originariamente estuvo en manos de la antigua sociedad  La Taurina, iniciaron las gestiones para su venta, procediendo a su demolición en 1972. Su desaparición dejó a Puertollano sin plaza de toros fija hasta la inauguración del nuevo coso en 2008.  El masivo afloramiento de agua que convirtió el solar en una laguna durante dos largos años y mermó el caudal y calidad del agua de la Fuente Agria -cuando perdimos la Plaza, perdimos también la fuerza de nuestra agua- propició una oposición municipal a conceder la licencia de obras pertinente y el contencioso se prolongó un par de años más hasta la aprobación de la licencia definitiva.

  No era una plaza circular corriente, su forma de 12 lados le daba una personalidad geométrica que hoy sería un activo turístico y cultural. Puertollano se empeñó en borrar sus huellas sin querer darse cuenta de que una ciudad sin memoria es una ciudad sin alma. Ni el Auditorio Municipal puede sustituir al Gran Teatro, ni el nuevo coso taurino a la Plaza de Toros porque con el derribo de ambos, pusimos una lápida de hormigón a modo de cenotafio en el corazón de nuestros abuelos.

Fuente Foto: Portus Planus

  La Plaza de Toros no era solo el escenario para corridas o cine de verano, estaba ubicada en la yema del huevo de la ciudad a un paso del mercado de abastos donde los vecinos se encontraban para comprar, conversar y vivir la vida cotidiana. En mi caso además, es el recuerdo del trayecto diario para ir a clase al Colegio Nacional Ramón y Cajal. Las ciudades nos cuentan historias a través de sus espacios, edificios y pequeños comercios, cuando su patrimonio se demuele, se interrumpen esas narraciones. Con el derribo de la Plaza de Toros, Puertollano perdió la narrativa de sus habitantes. Además junto a otros edificios emblemáticos especialmente el del Gran Teatro, la dicotomía entre el beneficio económico inmediato o cuidar el patrimonio, la ciudad la resolvió como una decisión política y no cultural.

  Como recuerda David Lowenthal, sobre los beneficios e inconvenientes del patrimonio, que lo que destruimos hoy resuena en la memoria colectiva de mañana. "La tensión entre la tradición y la innovación se reconoció por fin cuando los romanos copiaron a los griegos y rechazaron la inferencia de que copiar era contrario a la creación, y cuando la ley romana acuñó el concepto de damnosa hereditas. Los beneficios e inconvenientes del patrimonio heredado se han debatido sin cesar desde entonces" - David Lowenthal El Pasado es un país extrañoLos beneficios del progreso inmediato se impusieron sobre la historia y la memoria, convirtiendo decisiones administrativas en un atentado silencioso contra la identidad de la ciudad.

  Cada mañana, al bordear la Plaza de Toros camino al Colegio Nacional Ramón y Cajal, me acompañaban los sonidos de la vida cotidiana, los coches circulando por el Paseo, el monumento de Las Viudas y el eco de las conversaciones de los vecinos. El alboroto  de los niños jugando en los alrededores, en aquel espacio habilitado y vallado  con horario de apertura y cierre, con tobogán y columpios junto a la Casa de Baños, el golpe de los bastones de los mayores al caminar, y el murmullo cotidiano, componían la banda sonora de aquel paseo. Aquellos pequeños detalles, hoy apenas susurros en la memoria, convertían cada trayecto en un ritual de infancia que unía mi vida con la ciudad que la plaza sostenía.

  Hoy, al mirar aquel solar ocupado por el Edificio Tauro, no veo solo pisos modernos: veo ausencias, historias interrumpidas y el eco de una infancia que la ciudad decidió ignorar. La Plaza de Toros no fue solo arquitectura; fue espacio de vida, encuentro y memoria colectiva. Cada muro derribado, cada historia perdida, nos recuerda que el progreso sin memoria es olvido, y que cuidar del patrimonio no es un lujo, sino un acto de justicia con quienes vinieron antes y con quienes todavía vivimos la ciudad.

martes, 31 de marzo de 2026

Entre flechas amarillas: El Gran Teatro de Puertollano: la alegoría del pat...

Entre flechas amarillas: El Gran Teatro de Puertollano: la alegoría del pat...:   Hubo un tiempo en que el Gran Teatro de Puertollano no era solo un edificio, sino un lugar donde la ciudad se reconocía a sí misma. Bajo ...

El Gran Teatro de Puertollano: la alegoría del patrimonio derribado

  Hubo un tiempo en que el Gran Teatro de Puertollano no era solo un edificio, sino un lugar donde la ciudad se reconocía a sí misma. Bajo su techo no solo se representaban obras o se proyectaban películas: se tejía, casi sin que nadie lo advirtiera, una forma compartida de entender la vida, el ocio y el paso del tiempo.

 Hoy, sin embargo, ese espacio ya no existe. Y su desaparición no puede explicarse únicamente como el derribo de una construcción antigua o como una decisión urbanística propia de otra época. Lo que ocurrió fue algo más profundo y, quizá, más difícil de asumir: la ruptura de un vínculo entre una comunidad y uno de sus principales depositarios de memoria.

 Este texto parte de esa pérdida concreta para plantear una reflexión más amplia. Porque el patrimonio no es aquello que simplemente se conserva, sino aquello que una sociedad decide mantener vivo. Y cuando deja de hacerlo, no solo transforma su paisaje urbano: transforma también su identidad.

  El caso del Gran Teatro no es, por tanto, una excepción, sino una forma de entender cómo las ciudades pueden llegar a desprenderse de aquello que las definía. Y cómo, en ese proceso, lo que desaparece no es solo un lugar, sino la posibilidad misma de seguir contándose a través de él.

 

  El Gran Teatro de Puertollano es el símbolo más recordado de la nostalgia local. Se inauguró en 1920 gracias a las favorables condiciones económicas que creó en Puertollano la Primera Guerra Mundial, presentaba un estilo ecléctico con toques modernistas, y con una fachada imponente. Tenía un aforo de 1.233 localidades repartidas entre el patio de butacas, los palcos y el gallinero. 
  No solo albergó obras de teatro y zarzuelas, sino que funcionó como cine durante décadas, de presentación de eventos, mítines políticos sobre todo a finales de los 70, y fue el escenario de la Operación Mina que organizó Don Pedro para recaudar fondos, y en la que colaboraron los mejores artistas de la época.
  Se edificó sobre el llamado Huerto del Tío Polonio que a su vez había sido la huerta de un antiguo convento franciscano, y su promotor fue Don Alfredo Porras Delgado. Se cerró al público en 1979 y en el mes de agosto de 1982, las máquinas procedieron a su derribo. En los 2000 metros cuadrados de su solar se edificaron los edificios que hoy podemos ver.
  Igual que el cesped del campo de fútbol de El Cerrú fue muy famoso en la época -se comentaba que era el mejor de toda la Liga española-, nuestro Gran Teatro fue famoso por su excelente acústica lo que lo convirtió en espacio codiciado por las compañías líricas.
 No cayó por deterioro, sino por rentabilidad, no cayó su fachada sino la memoria de varias generaciones. No solo fue ceguera institucional que en la época impuso una visión especulativa en la que lo viejo no se veía como patrimonio histórico. No fue solo la falta de protección de las autoridades que permitieron que un bien ciudadano desapareciera para dar paso a la rentabilidad privada. No fue solo silencio administrativo ni dedos que movieran algún hilo para declararlo BIC, protegerlo, rehabilitarlo y salvarlo como legado para la modernidad. Fue amputación cultural.

  Perdimos el olor a cine de sesión doble, con sus acomodadores y la linterna guiándonos a la butaca, sus empleados con una bandeja colgada al cuello ofreciendo patatas fritas, caramelos, chicles y  cigarrillos, su bar para el descanso entre películas para tomar el refresco, palomitas y frutos secos, los aplausos cuando llegaba el Séptimo de Caballería, el sonido de su suelo de madera, la luz de su fachada y el orgullo puertollanero que no supo conservar lo que muchas ciudades hicieron con sus respectivos teatros de la época y que hoy son activos turísticos y culturales. No fue fatalidad, fue elección, no fue olvido de lo que fue, sino consentimiento de toda una ciudad que hoy sigue con esa herida abierta. Puertollano no perdió uno de sus símbolos, lo entregó a la especulación urbanística, su derribo no fue una sustitución por edificios de viviendas y locales comerciales, sino por un modelo de vida que despreció el legado de varias generaciones.
  Eróstrato incendió el Templo de Artemisa en Éfeso -una de las 7 maravillas de la antigüedad- para ser recordado, y las autoridades decretaron la damnatio memoriae -su eliminación de la Historia-. En Éfeso se intentó borrar al culpable, en Puertollano ni siquiera sabemos a quién culpar del todo, en otras palabras, la culpa del derribo en el 82 de nuestro Gran Teatro, termina diluyéndose en una responsabilidad difusa, y por lo tanto no hay castigo, sino dolor compartido por lo que perdimos.
  Si la damnatio memoriae borraba estatuas, nombres e inscripciones matando al cuerpo y al recuerdo, en Puertollano no se borra al culpable, se borra el edificio. Nuestra damnatio memoriae se le aplica al patrimonio y no a quienes por acción u omisión permitieron su derribo.
  Según Walter Benjamin, el progreso no construye, amontona ruinas, para él lo que llamamos avance es una sucesión de destrucciones, el progreso urbano de 1982 es nuestra ruina moral en el presente. El Ángel de la Historia de Walter Benjamin mira al pasado de Puertollano y ve una catástrofe que amontona ruinas (a las del Gran Teatro habría que sumar la de nuestra Plaza de Toros, o las del Cine Imperial de la calle Aduana entre otros muchos), no como una opresión de los vencidos en el sentido marxista de la Historia, pero sí como una catástrofe que impidió en su día reparar el legado del pasado.
   Hannah Arendt nos enseñó que bastaba con la rutina y la dejadez de trámites administrativos para que venciera el mal, o lo que es lo mismo, nadie quiso derribar al Gran Teatro, pero nadie quiso salvarlo lo suficiente.
  Como sentenció Borges, “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes.” En la Alegoría del patrimonio, Françoise Choay indaga en el porqué del culto al patrimonio a través de su relación con la memoria y el tiempo. El Gran Teatro era una casa en el centro del pueblo que guardaba nuestras risas, nuestros susurros, nuestras primeras manitas con la pareja en la oscuridad de la sala, el escenario en el que nunca faltaba El Lolo los domingos en la sesión doble del cine, personaje puertollanero adelantado a su época que salió del armario sin rubor alguno. Pero el pueblo aprendió a pasar de largo y un día llegaron los hombres con cascos amarillos y empezaron a derribarla ante la indiferencia total de los ciudadanos. Las historias que guardaba y sus personajes: amantes, cómicos, héroes de la pantalla, fantasmas... salieron en silencio entendiendo que se había apagado la luz de su mundo. El teatro es el patrimonio, los personajes que se escapan son la memoria cultural colectiva, y el solar la pérdida intangible de nuestra Historia.
  Parafraseando a Sarte, el recuerdo es el único paraíso del que no podemos ser expulsados, nuestro paraíso solo es tal en la memoria y en el recuerdo de generaciones que lo conocimos, las venideras solo dispondrán de fotos históricas y de publicaciones. Lo que no se nombra, no existe y cada vez nombramos menos al Gran Teatro en nuestras conversaciones entre amigos. La memoria colectiva no es un dato, sino una construcción social, con el derribo del Gran Teatro nuestra memoria colectiva también se derrumbó y hoy permanece en la memoria subjetiva de cada uno de nosotros. Para la UNESCO, el patrimonio no es una colección de objetos o edificios, sino un proceso cultural, su valor no estaba en su arquitectura, sino en lo que la gente vivió allí. Un pueblo sin sus lugares simbólicos pierde referencias, sin referencias pierde relato, y sin relato se pierda la identidad.
  Hoy, donde estuvo el Gran Teatro de Puertollano, no queda nada que obligue a recordar, ningún vestigio que interpele. Solo es silencio de unos edificios de viviendas y locales que cumplen su función, pero no su memoria. Pero la verdadera desaparición no ocurrió aquel agosto de 1982. Ocurre cada vez que su nombre deja de pronunciarse, cada vez que sus historias no se cuentan, cada vez que una ciudad olvida que su pasado también le pertenece.
  Porque el Gran Teatro no era solo arquitectura. Era voz, era escena, era experiencia compartida. Y cuando se derriba, lo que se pierde no cabe en planos ni en catastros: se pierde la posibilidad de reconocerse, de recordar, de ser parte de una historia común.
  El patrimonio no muere cuando cae un muro. Muere cuando deja de significar. Y en Puertollano, el Gran Teatro sigue vivo solo en nuestra memoria, recordándonos que cuidar lo que heredamos es, también, cuidar quiénes somos.