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viernes, 22 de mayo de 2026

Josito y la verbena de San Antonio: la memoria popular del Puertollano que desaparece



  Durante décadas, los barrios de Puertollano tuvieron sus propios rituales, pequeñas celebraciones que servían para unir vecinos y mantener viva una forma de entender la vida comunitaria. Entre todas ellas, la verbena de San Antonio organizada por Josito en la calle Cañerías dejó una huella especial en la memoria popular. Aquella campana rescatada del Pozo Norte, la pequeña capilla levantada junto a su casa y las noches de junio llenas de música y promesas forman hoy parte de un mundo desaparecido que todavía sobrevive en el recuerdo de quienes lo vivieron.

 Hay barrios que pierden algo más que una fiesta cuando desaparece una verbena. Pierden una manera de reconocerse, un pequeño ritual colectivo que durante años dio sentido al calendario y a la memoria. En Puertollano, entre la plaza de la Tercia y la calle Cañerías, junio llegaba acompañado de la verbena de San Antonio de Padua que organizaba Josito.

 José Aguilar fue uno de esos personajes imposibles de separar de su barrio. Minero de oficio y vecino de la calle Cañerías, pertenecía a esa generación de hombres moldeados por el carbón y la dureza del pozo. Sin embargo, alrededor de él siempre hubo algo distinto: una mezcla de devoción popular, teatralidad y humanidad que terminó convirtiéndolo en una figura inolvidable para varias generaciones de vecinos.

 La historia comenzó cuando encontró abandonada en el cementerio una talla de San Antonio de Padua. Josito rescató aquella imagen y levantó para ella una pequeña capilla en el bajo de su casa. Resultaba casi paradójico que aquel hombre de estudios elementales terminara entregado precisamente a uno de los grandes doctores de la Iglesia, aunque quizá ahí residía parte del misterio: Josito no veneraba al teólogo, sino al santo que un día apareció abandonado en su camino.

  Junto a la imagen colocó también una campana recuperada del Pozo Norte, como si quisiera reunir en un mismo espacio las dos almas que durante décadas definieron la vida de Puertollano: la mina y la fe popular. Y él mismo se encargó durante años de alimentar la pequeña leyenda de aquella campana y de la imagen rescatada, hasta convertirlas en parte inseparable de la memoria del barrio.

 Cada 13 de junio, coincidiendo con la festividad de San Antonio, organizaba una verbena que llenaba de vida las calles cercanas. Había música, vecinos sentados a la fresca y ese ambiente donde lo religioso y lo festivo convivían sin contradicción, como ocurría entonces en tantos barrios obreros. Pero además existía un gesto que daba verdadero sentido a la celebración: Josito repartía comida entre los pobres como cumplimiento de una promesa personal.

 Y estaba, claro, la campana.

 No era Josito quien la hacía sonar. Éramos los muchachos y las muchachas del barrio quienes la tocábamos casi como un juego ritual para atraer el amor. Porque aunque San Antonio no sea exactamente un San Valentín popular, sí arrastra desde hace siglos esa fama de santo casamentero al que se le piden novios, encuentros o pequeños milagros sentimentales. Aquella campana minera, rescatada de las entrañas del pozo, terminó convertida en una ingenua llamada a la esperanza amorosa de toda una generación.

 Josito fue también un personaje transgresor en unos años donde casi todo estaba vigilado. Participó en aquellos carnavales prohibidos donde el humor y el disfraz servían para desafiar discretamente las normas. Y, aun viviendo bajo los rígidos códigos morales de su tiempo, jamás ocultó del todo esa diferencia que el barrio intuía sin necesidad de nombrarla. Quizá por eso despertaba a la vez extrañeza, afecto y respeto entre quienes lo conocimos.

 Cuando la imagen de San Antonio se quemó en un incendio, el barrio entero se volcó con él. Porque aquella talla ya no pertenecía únicamente a Josito: pertenecía también a todos los que habían crecido alrededor de su verbena y de su peculiar manera de entender la devoción, la convivencia y la propia vida del barrio.

 Con el tiempo, sin embargo, la fiesta también desapareció. Años antes de la muerte de Josito, la verbena dejó de celebrarse y el barrio perdió uno de esos rituales que parecían eternos. Tal vez fue entonces cuando terminó realmente una época. Porque mientras sonó aquella campana cada 13 de junio, Puertollano todavía conservó algo de ese mundo de vecinos, promesas y noches de verano que hoy apenas sobrevive en la memoria.

 Y quizá exista una última paradoja silenciosa en torno a la vieja capilla de San Antonio. Justo enfrente permanece el colegio que hoy lleva el nombre de don David Jiménez Avendaño, el maestro comprometido al que varias generaciones de Puertollano recuerdan desde la memoria oficial de una ciudad que supo agradecerle su labor poniendo su nombre al antiguo colegio de Las Cañas. Frente a esa memoria escrita en una fachada sobrevive otra mucho más frágil y popular: la de Josito, que no dejó placas ni reconocimientos, pero sí una huella persistente en la transmisión oral de quienes aún recuerdan aquellas noches de verbena, la campana del Pozo Norte y aquel barrio donde la vida comunitaria todavía parecía eterna.