En Puertollano, el Terri no es solo una montaña: es un dragón dormido sobre la llanura, testigo de la prosperidad que alguna vez llenó la ciudad de humo y carbón. Sus laderas guardan historias de trabajo, fatiga y crecimiento; su silueta negra recuerda que el tiempo convierte la industria en memoria y la memoria en mito. Intentaron domesticarlo con parques y senderos, pero el dragón de escorias es paciente: devora proyectos, observa generaciones y mantiene la ciudad siempre bajo su sombra. Entre lo que fue, lo que queda y lo que está por venir, el Terri sigue siendo el guardián silencioso de Puertollano, recordando que incluso en la crisis late la memoria de su pasado y la incertidumbre del futuro.
El Terri no es solo una montaña artificial de escoria minera. Tampoco es el dragón que parecía dormir a las afueras de la ciudad, esperando el tributo de doncellas y que, en su lugar, terminó devorando a quienes rebuscaban carbón entre sus laderas, víctimas de las emanaciones de monóxido de carbono y de la inestabilidad del terreno.
El Terri es un punto de referencia vital. La montaña negra que guarda la entrada al Valle de Alcudia y que durante décadas vigiló a Puertollano, una ciudad que vivía del carbón. Es, literalmente, el residuo físico de ese pasado: una montaña levantada por el trabajo de miles de personas y que, todavía hoy, sigue representando el desarrollo y la memoria industrial de la ciudad. El Terri de mi infancia era una criatura viva que desprendía humo y gases, hoy es un parque periurbano con un camino que permite el acceso a la coronación de la montaña convirtiéndola en mirador de la ciudad y de su entorno desde su inauguración en 2010. Ha caído en un estado lamentable de abandono y desidia, y desde ciertas plataformas se pide que vuelva a su estado de escombrera.
Creyeron haber domado al dragón de escorias levantando senderos y miradores sobre su lomo, pero el Terri, paciente y antiguo, acabó devorando los proyectos políticos que pretendían convertirlo en parque. Ahora, alrededor de sus escorias, vuelven a brotar proyectos industriales, como si el paisaje corrigiera al experimento. El futuro parque empresarial que ocupará la acería verde -si prosperan el proyecto y su viabilidad económica- recibirá el nombre de Agustín Escobar y nuestro dragón particular está a la espera del contencioso por la titularidad de los terrenos que reclaman los propietarios del Terri y la Central para que reviertan al dominio público.
El nombre del dragón deriva del francés terril que se daba a estas escombreras de formas marcadamente cónicas, denominándolas oficialmente la SMMP, Terril Central según investigación de Lorenzo Agudo. Hoy, el apartadero Calatrava con sus edificios abandonados, conserva una belleza silenciosa, la central termoeléctrica de Peñarroya de 1917 fabricada en ladrillo con amplios ventanales, se ha convertido en el Palacio de Congresos de Puertollano y pese a su falta de mantenimiento, se da una actividad cultural intermitente.
Nuestro dragón particular, el Terri, sigue observando todo desde su lomo de escorias. Los proyectos vienen y van, algunos prosperan, otros se quedan en promesas políticas, pero él permanece paciente y eterno con la quietud de quien ha visto pasar generaciones y sabe que la ciudad siempre intentará reinventarse a su alrededor. Su presencia nos recuerda que Puertollano no olvida, que incluso en la crisis late la memoria del pasado, y la incertidumbre del futuro industrial, se ve siempre a través de su sombra.

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